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París desaparece de Héctor Manjarrez | Por Juan Carlos Reyes

Postales sin sellar

Héctor Manjarrez, París desaparece, Era/Conaculta, México, 2014, 390 p.

 

No tengo reparo alguno en decir que Héctor Manjarrez (1945) es uno de los escritores en activo más sólidos de la literatura mexicana contemporánea. Con un oficio y estilo forjados a lo largo de una prolífica serie de libros –entre los que habría que destacar sus tan logrados volúmenes de relatos, especialmente No todos los hombres son románticos–, es evidente la comodidad y gozo con los que el autor transita por las páginas de París desaparece, la más reciente de sus novelas.

Poeta, narrador y ensayista, Manjarrez es actualmente profesor de la uam-Xochimilco, además de colaborador de diversas revistas y suplementos así como ganador de varios premios literarios. Pero mejor hablar de libros que de premios: No todos los hombres son románticos, Pasaban en silencio nuestros dioses, Ya casi no tengo rostro, El bosque en la ciudad y El horror es familiar tienen sin duda un lugar asegurado entre los libros de referencia de la literatura mexicana del siglo xx y este incipiente xxi. Manjarrez no es sólo un escritor con una prosa sólida y una poética consistente y elaborada, sino que en varios de sus libros experimenta con el régimen de géneros de manera incisiva –aunque me pregunto si la mera mención no ayuda únicamente a la solidificación de dicho régimen y con ello a la impostada sorpresa.

Dividida en tres partes principales con un seguimiento capitular continuo, la novela comienza con una primera parte concreta y cuya trama es sencilla de seguir. El primer capítulo es un guiño a muchas de las novelas latinoamericanas de mediados del siglo xx, así como a innumerables relatos que intentan retratar o capturar ese momento específico del tiempo y lo que significaba vivir en París en esas condiciones. Unos “pobres artistas pobres”, enamorados de mujeres imposibles o lejanas, mueren de hambre en una buhardilla maloliente y helada, pero que, como nuevos Flauberts, prefieren morir en las entrañas de París antes de hacer algo que no les interesa o hacerlo por una “sucia recompensa simplemente monetaria”. El narrador nos dice: “El hueco en el estómago se ahondaba hacía días y me estaba enloqueciendo, pero no me atrevía a dejar el drama del amor para plantar el del alimento.” En esta primera parte nos son presentados los personajes y la trama se construye lentamente entre eventos y reflexiones por parte del narrador. A partir de la segunda parte, algo pierde el libro de su anterior estructura y cuenta cosas en las que, por capítulos, no vuelve a mencionar siquiera a personajes que antes parecían centrales, y que en la tercera parte reaparecen de manera sorpresiva y, en algún caso aislado, casi por demasiada causalidad.

De manera general, ya que la novela tiene muy diversas líneas que seguir, un joven mexicano aspirante a escritor llega a la capital francesa en la mitad de la década de los sesenta con sólo 19 años. Es amigo de Manuel, pintor enamorado de un vividor parisino que se dedica a prostituirse junto con otro grupo de hombres y mujeres, y de paso asalta la cartera y la moralina conciencia de algunos de sus clientes. La trama se complica cuando uno de dichos clientes es herido casi mortalmente. Mientras sus amigos desaparecen por el temor a la policía, el narrador es visitado por sus tíos Samuel y Adelita. Con esta última sostiene unas exquisitas sesiones de sexo para después sólo extrañarla, se confabula para pedir rescate por un falso Matisse, asiste a sesiones espiritistas, intercambia postales y cartas con una mujer de Ámsterdam, se enamora de una supuesta sordomuda y, en el camino, realiza una búsqueda personal tan ardua como encantadora. Dice el narrador: “Esperanza y miedo eran mis dos emociones constantes. La vida estaba ahí, todos los días, la vida de la ciudad y sus ciudadanos, y yo era un casi transparente transeúnte que miraba desde afuera, pero a veces me veía envuelto en las pasiones, como en ciertas obras de teatro de esos años, en las que los actores involucraban física y emocionalmente al público.”

Al hablar de los personajes sería un tópico decir que el verdadero personaje es la ciudad: sería tal vez posible argumentarlo, pero me parece que París aparece como un mapa sobre el que los personajes deambulan cada vez más desorientados, porque el plano está cambiando, porque al mapa se le están borrando calles y cafés, puertas y un río que –en su reflejo– no desdibuja la ciudad sino a ellos mismos. El personaje que carga con el peso narrativo de toda la historia es el propio narrador, del cual, con una cautela excelente, el autor no revela su nombre, Héctor, hasta literalmente la última página del texto. Así, Manjarrez evita en parte el riesgo de que el lector se adentre en la novela como si fuera una biografía o alguna especie de memorias del propio escritor. Casi todos los personajes de la novela rondan los 25 años, de no ser por el propio narrador de apenas 19 y Manuel, “un hijo de puta, pero también un soñador”, su amigo de 32 años. Alrededor de Alain orbita una pandilla de poca monta de carteristas como P’tit André o las cautivadoras prostitutas Margot y Didi.

Mención aparte merecen Jeanne –aman­te ocasional del narrador–, que vive en Ámsterdam y con quien mantiene una continua correspondencia que construye un retrato de la “educación sentimental” de los dos personajes. Ambos eligen postales siempre significativas, siempre seleccionadas con algún motivo especial que diga aquello que las letras al reverso jamás podrían decir. Por otro lado está Augustine, chica en apariencia sordomuda de la que el narrador se enamora perdidamente después de haberse conocido en salas de aquello que comenzó a llamarse “cine de autor”, cuyo epicentro estaba en esa misma ciudad por la que paseaban Jean-Luc Godard, Andrej Varda o François Truffaut.

Uno de los personajes que menos aparece pero que provoca una historia paralela es uno de los más divertidos: Madame Gusková, obesa guía de las sesiones espiritistas a las que por una casualidad termina acudiendo Héctor. La sesión que se nos relata en el libro es alucinante. Madeleine busca en el “más allá” a su marido André Marchais –si el lector se toma la molestia de buscar, sabrá que es un personaje real con una relación estrecha en la trama de la novela–. Este hombre, Marchais, es apodado Très-Bon, por lo que en el “más allá” será nombrado por algunos André Très-Bon. Ello provoca una divertidísima confusión que termina con el enfado del recién fenecido poeta surrealista André Breton, a quien no le parece motivo de risa ser confundido con Marchais.

La mirada de Manjarrez sobre estos acontecimientos se desenvuelve de una manera brillante gracias a su manera de trabajar el lenguaje en el que, si bien le interesa contar una historia, o mejor dicho, le interesa contar muchas historias, éstas se unen de una manera muy íntima, algunas apenas se tocan, otras se ven de lejos y pasan de largo, mientras otras se colisionan. El autor no recurre a la novela “posmoderna” en la que las historias, contadas cada una por su parte, se van mezclando poco a poco hasta que resulta que “sorpresivamente” los personajes actúan en la misma obra pero “nadie” se había dado cuenta. Manjarrez se preocupa claramente por hablar de cómo es que sus personajes se sienten y cómo están viviendo esa desaparición de París desde muy distintos puntos de vista. Si bien esto no la hace una novela a muchas voces, logra que, mediante la visión del narrador, pongamos bajo la lupa a los personajes, las situaciones y las emociones que habitan la novela. El narrador, viviendo en ese espacio intersticial entre la adolescencia y la edad adulta, puede comportarse en ocasiones casi como un niño inocente al que es muy fácil engañar, en otras es simple y llanamente bobo, y en otras tan mordaz y enjuiciador como si cargara en el cinturón un regalo de Damocles.

Ese carismático narrador del que hablo lleva el grueso de la novela como un narrador-personaje al que Manjarrez da la libertad de pensar, escribir y transitar por la novela con una prosa y unos diálogos impecables. Dice el narrador: “Yo era distinto. Yo observaba, escuchaba y calibraba todo. Era cauteloso, aunque creo que no era cobarde; desconfiado, pero amigable; contaba los céntimos, mas no por tacaño; y si no era audaz, rebelde sí era. Y algo más de lo que estaba orgulloso: me valía un carajo lo que pensaran de mí. No me había largado tan lejos de casa para solicitar aprobación de nadie.”

Me parece relevante anotar que a pesar de que la novela tiene cientos de frases, modismos, o como diría el narrador, idiomes, en francés, la novela jamás se hace ininteligible para alguien no francoparlante. El autor tiene la sutileza de intercalar esas frases de una manera tan natural que, aunque en algunos casos las traduce después de que el narrador o alguno de los personajes las enuncian, es poco notorio. Anoto algunos ejemplos: “–Vous pouvez partir, Monsieur –pronunció con esa solemnidad eufónica que comparten los meseros con los notarios, los cardenales, los jueces, los alcaldes y los Présidents de la République–: Puede usted marcharse, señor”, o “Quittez mes tables! Et ne revenez jamais! –enunció en violento susurro que aludía a sus mesas, mismas que abarcó con ambas manos como Bajazet, en la obra homónima de Racine, se refiere a Bizancio–: ¡Márchese de mis mesas! ¡Y no vuelva nunca!” Además de estas múltiples frases en francés, la novela tiene también decenas de referencias encalladas en la ciudad, pero Manjarrez se las arregla maravillosamente para que en ningún momento suenen a referencias como las de otro tipo de escritores en las que es evidente que, de poder, anexarían una copia de su pasaporte en la contraportada de sus libros. En este caso sinceramente dan ganas de buscar cada referencia, de poder ver o imaginar de qué color son los muros en los que Héctor, Alain o Manuel se recargan a fumar una cajetilla entera de Gauloises, de buscar alguna fotografía para saber cómo se ve el Sena de noche, de por qué calles se pierde el personaje en sus largas caminatas que lo llevan, en ocasiones, a lugares que ignoraba cercanos a su cuarto de azotea. Anota el autor: “Lo que dista la Porte d’Orléans de la Porte de Clichy o lo que media entre la Porte d’Italie y la Porte d’Aubervilliers se puede recorrer en unas horas, aunque no afirmo que yo lo haya hecho nunca.”

Como antes lo anuncié, París desaparece no es una novela, no quisiera decir que es “más que una novela”, sino un género escurridizo que se mueve cómodamente parasitando con justicia a otros. Algunas secciones bien podrían ser relatos separados, como las sesiones espiritistas de Madame Guscova, o especialmente el paréntesis que habla de Aug, la chica sordomuda. Podría ser también en gran medida un texto epistolar en el que se transcriben cartas y postales que el narrador introduce con simples: “Yo a ella” o “Ella a mí”. Se transcriben también telegramas enteros con sus debidos puntos y aparte, y antiguos textos del narrador, quien decide integrarlos al texto general, como el proyecto de un artículo, en donde el narrador tiene pensado tocar temas tan dispares y parisinos como los aristócratas, la burguesía, las corrientes de aire colado, el fin de los mejores tiempos de París, las mujeres, las grandes familias, el dolor o la enfermedad del hígado, la moda y los notarios. Otro capítulo entero se titula irónicamente “Obra de teatro sin título”, la cual es una obra de teatro en toda la extensión de la palabra –tiene inclusive indicaciones para su montaje–; pero aparece también otro guiño al teatro cuando el narrador visita a su amigo Manuel en un sanatorio psiquiátrico, en donde los pacientes montan una obra que titulan L’esprit français, en la que es inevitable reconocer la influencia de Becket o Ionesco y el teatro del absurdo.

Manjarrez le confiere también a su personaje central una clara conciencia de la narración, del contar, escribir y recordar, ya sea de manera oral, escrita o por medio de la lectura. El autor nos da claras señas de que lo que estamos leyendo en París desaparece es algo contado desde un presente no muy lejano que se empeña en recordar el pasado –“Han pasado más de cuarenta años de aquello”– y que está siendo escrito por el propio narrador, quien anota por ejemplo: “Lo que he contado tuvo lugar en una ciudad que aún no había tirado a la basura aquel mercado…” En otros casos habla de textos “recuperados” que aparecen en el libro: “(Transcribo un texto escrito en mi máquina de escribir portátil. El original está lleno de tachaduras y errores mecanográficos que ahorro al lector. También he alisado y planchado la redacción aquí y acá. Calculo que es diciembre de 1964 o enero de 65).” Como decía, aparece la clara conciencia de que existe un lector para el texto que se tiene entre las manos: “Como en todas las otras postales y cartas, le escatimo al lector las palabras privadas de ternura, deseo, mimo o porno que se suelen colocar al final de las epístolas” o “Me gustaría poder trasladarle al lector…” En algunos casos, esta ruptura del espacio literario hacia el lector ocurre con preguntas directas: “El desdichado Althusser mató a su desgraciada esposa (…) y Sartre… ¿Qué piensan ustedes de él?”

Antes de ir al último tema que me capturó en París desaparece, no podría dejar de mencionar el tono irónico y de un humor casi cáustico que, por medio del narrador, la novela adquiere en algunas secciones. Anoto sólo algunos ejemplos. Arropado siempre por su magnífico suéter de Chinconcuac, alguna vez recibe a Didi y Margot en su cuarto de azotea, pero sus vecinas españolas, católicas recalcitrantes, le reclaman tan indigna visita. Él sale del problema diciendo que son actrices: “–Dignas señoras, os pido una disculpa por la irrupción de esas celebérrimas actrices de la Comédie Française y os aconsejo que no os entrometáis en la vida ajena, tal como nos lo enseñó Nuestro Señor Jesucristo. Dios os bendiga.” O el telegrama que su tío Samuel le envía cuando llega a París: “urgent urgent querido profugo del metate nacional. dos puntos. traigote chipotles y jalapeños en lata y cajeta quemada y unos libros que se ven interesantes punto telefoneame ahorititita mismo al ely 6969 nada menos habitacion 105 tu tio samuel y señora.”

Como última mención a este tono, hago referencia a que parte de esta comedia involuntaria por la que el narrador pasa lo es, en muchas ocasiones, por el propio deseo adolescente que le impide pensar con claridad. Héctor conoce a unas gringas beatniks –una muy hermosa y otra horrenda: “Me prometió su cuerpo si antes le daba el mío a su amiga, y acepté. Es sabido (pero no a esa edad) lo nociva que es la mezcla de testosterona y pendejez.”

Como asunto final quisiera anotar que me parece que París desaparece es un texto de aprendizaje, una guía emocional y sentimental del narrador, quien comparte lo doloroso y magnífico que puede resultar encontrarse a sí mismo en una balanza en la que el personaje aparece mientras París desaparece. Dice el narrador: “Me gustaría poder trasladarle al lector lo que pasaba en mi extática y también turbulenta alma solitaria mientras viajaba de los diecinueve años a los veinte, pero me resulta imposible. Recuerdo a quiénes leía, a quiénes admiraba, a quiénes criticaba, pero no quién era yo para mí.”

A mi parecer, la novela termina de manera un poco intempestiva, y sinceramente lo siento porque su construcción ha requerido tal cantidad de trabajo que apresurar el final me parece injusto para el texto. El tío Samuel regresa a París al final y se entera de que la tía Adela lo ha estado engañando. Cita a su sobrino en un hotel de lujo para salir por la noche, pero en el camino éste se encuentra a Didi y decide enviar con ella un recado a su tío excusándose por no llegar. El narrador camina junto al Sena y cae, ¿o se tira?, al río, pero de algún lado aparece Aug, quien le grita que no lo haga. “–¿Ya puedes hablar?”, le pregunta intrigado Héctor. “Siempre he podido hablar”, contesta Aug, quizás queriendo decir, “pero no he querido, y no era necesario”.

¿Qué desaparece de París? ¿Por qué París desaparece? Una capital cultural que va perdiendo su capacidad de atraer a la bohemia intelectual del mundo, que pierde su atracción para ser la ciudad en la que ocurrían revoluciones artísticas y culturales. Una ciudad en la que van desapareciendo lugares míticos en los que había ocurrido la historia intelectual de buena parte del siglo xx en Occidente. El narrador lo reflexiona desde su escritura cerca de cuarenta años después: “Ahora que lo pienso, aquel París inmediatamente anterior al 68 era la más prestigiosa universidad de la vida, la mejor cineteca, la biblioteca ideal, el atelier consagrado, el río perfecto, el catolicismo tolerable, los cafés ideales, el hambre significativa, las mujeres interesantes y decorativas…” Y ahora que yo lo pienso bajo esta luz, creo entender más el texto de Manjarrez, en donde es mucho más importante el todo, aprender y poder transmitir el sentimiento de ese encuentro que significaba pérdida, que contar una historia específica y cerrada. Era mucho más importante que, para vislumbrar el futuro, el precio fuera la desaparición del presente.

 

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Juan Carlos Reyes es narrador y creador cinematográfico. Sus libros publicados son Imagínate lejos (cuentos cortos), Circo de pulgas, Iktumbe. Entre sus cortometrajes están Lo demás es olvido, Barro, Silla eléctrica para moscas Así comienza una montaña.  Es Doctor en Creación y Teorías de la Cultura y actualmente profesor de la Universidad de las Américas Puebla