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París D.F., de Roberto Wong | Guillermo Núñez Jáuregui

(WEB)

Otra novela

 

Leí la primera novela de Roberto Wong (Tampico, 1982), París D.F. (2015). En ella, cada tanto,se nos ofrece un pasaje cero que ocurre en una zona fantasmal, ajena (al menos en apariencia) a la línea temporal “real” de la trama y donde la ciudad de México y París se sobreponen, como la imagenque tenía Freud de Roma: una serie de yuxtaposiciones históricas (y que en el D.F. se encuentra sin dificultad, por ejemplo, en la Plaza de las Tres Culturas). El resto del tiempo, cuando la voz del protagonista, Arturo, yuxtapone ambas ciudades se entiende más como un capricho del narrador que de la realidad que ocupa. Los capítulos que se numeran consecutivamente, en cambio, ofrecen una trama sencilla: a un dependiente de una farmacia finalmente le ocurre algo y al menos en dos ocasiones, a partir del asalto que irrumpe en su vida, Arturo tiene la impresión de experimentar realidades sacadas de una «mala película noir».

¿Pero es París D.F. una mala novela negra? No, parece pertenecer a otro género de consumo masivo, cada vez más común en el mercado: el de la novela internacional. Posee varios de sus elementos: ganó un premio que la hizo visible (aunque eso no es realmente importante), en su contraportada se nos asegura que estamos ante «una voz osada, original, capaz de sacudirnos» (clave para hablar de una prosa correcta, clara, sin fricciones ni dificultades) y su trama es fácil de seguir al tiempo que ofrece guiños a lo literario; es decir, se trata de un producto cultural serio (es claro, pues, que no es una novela de detectives que se venderá en saldos de librería, sino un producto en el que cierta editorial ha colocado cierta confianza). Ricardo Piglia ya nos ha advertido sobre este fenómeno: identificamos sin dificultad ciertos subgéneros literarios, con sus convenciones establecidas y estudiadas, como el policial, el horror, la ciencia ficción; y se debe añadir a ellos, el de la novela internacional o global.

Como en toda novela internacional que se respete en París D.F. no hay lo que se dice un “estilo” identificable ni chocante. Es decir: se encuentra, al contrario, lo que podría esperarse de una novela contemporánea con aspiraciones globales, un desbalance entre las expectativas de un lector y el ordenamiento particular de una prosa, donde la balanza se inclina, sin pudor, ante las expectativas de un lector ideal. ¿Qué tipo de lector es ese? Uno que quiere entretenerse, que se encuentra aburrido y que abre un libro como quien enciende un televisor. Y se espera que en la tele pasen algo bueno (Sergio González Rodríguez considera que París D.F. es «muestra de la nueva literatura de espléndida calidad») como una nueva serie, de espléndida calidad, de HBO o un buen documental, pues somos gente seria y no vamos a ver a las Kardashian (pero tampoco vamos a hacer algo distinto que ver la TV). González Rodríguez tiene razón: la novela tiene calidad. Pero debe señalarse que la “nueva literatura” que invoca sólo quiere decir “nuevo” como quien habla de “un nuevo producto” y no tanto “una nueva forma de escribir”.

No se puede tener un estilo fuerte sin una comunidad de lectores capaz de identificarlo. El problema: la “comunidad” a la que se aspira ahora, con novelas como la de Wong, pretende ser internacional, lectores o consumidores cosmopolitas que podrían perdonar (o incluso celebrar) un poco de color local (tristes dependientes de una farmacia hablando con “no mames” o “chingados”, por ejemplo), siempre y cuando se presente una trama que avance sin mayor dificultad. Sobre todo eso: un lenguaje atractivo (prístino); una trama, un panorama claro, verosímil si se puede, y pocas dificultades.¿Pues tiene alguien tiempo suficiente para dedicarse a libros difíciles y poco placenteros? ¿Tiene alguien tiempo para leer otra cosa que no sean novelas? Por supuesto que no. Eso no rinde.

Hay momentos sorprendentes, sin embargo, en la primera novela de Wong. Dos, para ser exactos. Estas metáforas: «El teléfono suena hasta que salta el buzón de voz. Es como esperar un autobús que nunca pasa» y «Es curiosa la manera en que las cosas se esfuerzan en anudarse unas con otras, como calcetines enrollados en una lavadora».Quizá decir que se tratan de metáforas sea demasiado. Son, más bien, comparaciones. Ninguna refiere a algo cercano para aclarar un fenómeno lejano, sino que se presentan dos elementos cercanos (cotidianos) para aclarar un fenómeno que se encuentra, y no, en la metáfora: de nuevo, lo cotidiano –entendido como lo real. Pues eso es, precisamente, lo cotidiano: una luz plena (y artificial) que se arroja para igualarlo todo. Pagar impuestos, lavar la ropa, sufrir un asalto, ver series de televisión, leer novelas que ni fu ni fa, salir con amigos, hablar del calor que hace, etcétera; da lo mismo. Es casi como si nada ocurriera en lo real, una de las ilusiones que, extrañamente, nos empecinamos en nutrir.

 

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