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Para subir y caer, de Juan Carlos Reyes | Judith Castañeda Suarí

Inasible

 

Juan Carlos Reyes, Para subir y caer, Tierra Adentro, México, 2015, 96 p.

Reúnes datos, cuentas bolígrafos, tantos de tinta verde, azul y roja, cuentas libros, piezas metálicas de determinado grosor y largo, después anotas esas cifras en un registro o bien las ingresas a un documento electrónico. ¿Por qué? Quieres saber cuántas piezas metálicas del mismo calibre hay en la primera estantería del fondo. Seguridad, conocimiento. De cualquier modo, tendrás la sensación de que algo se te ha escapado. Un artículo de papelería que olvidaste en la gaveta más pequeña, un volumen que se encontraba en el estante al momento de hacer el recuento pero que ahora no está pues alguien lo tomó o lo robó o lo cambió de lugar. Y entonces vuelves a contar o a revisar, desarrollando así una obsesión.

La pluma de Juan Carlos Reyes retrata lo anterior en el cuento “Inventario”, que apareciera en el número 157 de la revista Crítica y que ahora recoge en Para subir y caer, volumen publicado bajo el sello de Tierra Adentro. Es una especie de experimentación este texto, el inaugural, donde parece que nada ocurre, que sólo es un conteo y su posterior registro en las páginas de numerosísimas libretas.

Sin embargo algo se mueve debajo. Las citas de libros, los largos párrafos transcritos, los formularios arrancados de periódicos y revistas, la composición, dosis y vía de administración del Clonazepam –indicado para el tratamiento del trastorno bipolar y los trastornos del sueño y de ansiedad–, los códigos de barras recortados de alguna caja, lata o libro, las claves pertenecientes al sistema de catalogación de una biblioteca, no alcanzan a velar un evento sencillo, sencillo y raro: el hecho de legar posesiones –una casa– a un completo extraño: “Julia desperdició un día en su departamento intentando recordar quién era ese anciano. Intentó inútilmente adjudicarle algún encuentro en la calle, en algún café perdido y olvidado. Repasó mecánicamente la lista de personas que había conocido de paso en su vida, y ninguna coincidía con aquel hombre abierto en canal sobre una plancha de metal.”

Al final, el día programado para el derrumbe de esa casa ahíta de anaqueles y libretas que recibiera como herencia, Julia sale del lugar con sólo una pluma y una libreta en blanco. Esto, aunado a los recuadros negros que salpican el texto, los cuales ocultan nombres, números y fechas que hacen de esas libretas cualquier libreta porque pueden ser más de uno, nos dice que la obsesión que conforma “Inventario” pasa de persona a persona, que antes quizás un desconocido también dueño de una inmensa colección de libretas se refirió al anciano de unos ochenta años como éste lo hizo con respecto a Julia: “Era tan anodina, tan insignificante, que era en todo el tamaño del término: una completa extraña. Y una extraña era lo que estaba buscando. Y las posibilidades de que llegue a este pequeño párrafo entre cientos de miles de palabras, serán el dado que tendremos que tirar juntos, aunque ella nunca lo sepa.”

Así como ese anciano abierto en canal bien pudo recibir una herencia de libretas llenas de datos, el hecho de inventariar se extiende a varios de los cuentos que integran los tres apartados del libro. Para subir y caer registra las vidas y la convivencia a veces difícil, que pasa por una vecindad anónima en “Búfalos en estampida”. Registra también los eventos ajenos a una existencia que vuelven a ésta más que secundaria, invisible, en “La vacía historia de Samuel”. Da cuenta de gatos, de cadáveres y sitios devastados por la guerra en “Escombro” y en “Gato con camisa blanca y tirantes”. Y aunque en cierto momento el narrador nos diga que inventariar es lo primordial en esas páginas y lo demás se torna irrelevante, usando un “Yo, soy sólo un testigo y no importa mi nombre ni existencia”, la verdad es que en algunos casos existen motivaciones para llevar un registro. Está, por ejemplo, “Escombro”. Parte del segundo apartado, en el que las narraciones se apegan más a la idea tradicional de un cuento, muestra a sus lectores al sobreviviente de una explosión. El hombre, luego de esperar durante horas y quedarse dormido por momentos, camina en la noche, busca sobrevivientes y se dirige hacia la lejanía, donde alcanza a ver un tanque en llamas. En su avance, en su recorrer con los ojos espacios llenos de escombros, de cuerpos muertos cada vez más abundantes bajo cada árbol, “junto a cada roca infinitamente presente en aquel bosque”, como si de ofrendas se tratara, va contando a estos últimos y termina por otorgarles el nombre de algún conocido, el de familiares y amigos de infancia, creyendo así borrar el anonimato de una muerte en vano –escribe el autor–. Creo que al hacerlo, este militar se convierte en una más de las libretas que conforman la colección de “Inventario”: registra datos para no sentir la herida de la soledad, para reafirmar su propia respiración y su existencia, para al mismo tiempo reprocharse la suerte de estar vivo. Pero no existe nada seguro, nada inmortal, y esta reafirmación va a perderse y con el tiempo nada significará, pues el soldado mismo ha de morir, desvaneciéndose junto a él los que fueran cadáveres y escombros, claros de bosque. Inventario inasible el suyo, inasible sin remedio.

En esta segunda sección, los cuentos se alejan en mayor o menor grado del acto de inventariar. Y es que, si bien muchos escritores van estructurando sus obras en torno a una idea central, a un único tema, no es una regla el que deba ser de esta manera siempre y para todos. Así, encontramos breves narraciones policiacas y relatos ambientados en una época de guerra. Y entre escenas donde un festejo de cumpleaños infantil acaba en un asesinato múltiple y ensoñaciones que tienen su origen en el deseo de un soldado de estar en casa con la familia, con su novia, y no agazapado entre los matorrales, listo para emboscar al enemigo, bajo la noche iluminada por una bengala roja, destaca la fotografía que es “Úrsula pintando en las paredes”.

Detrás de ella está la historia de un familiar perdido, una hermana mayor que se quedó atrás, entre la metralla, el humo y las trincheras. De nuevo en un entorno de guerra, en este breve texto resalta la imagen de una mujer desnuda que tiene en el rostro una máscara antigás y el cuerpo cubierto de hollín. Si en sí misma esta apocalíptica instantánea me parece como trazada con tinta indeleble, dicha característica se acentúa a través de la mirada de los demás. Cual si se tratara de un ser arrancado a la tumba o de una superviviente de sangre divina, existen personas que la invocan, que se acogen a ella como si fuera una deidad. Juan Carlos Reyes representa este hecho adaptando una plegaria al cuento: “Santa madre de la guerra: ruega por nosotros; madre intacta por las balas: ruega por nosotros; virgen prudentísima ante la tortura: ruega por nosotros; virgen digna de alabanza enemiga: ruega por nosotros; virgen poderosa y violenta: ruega por nosotros…” Tales palabras, tomadas en préstamo al Rosario de nuestra realidad, también vuelven solida la esperanza de personas que no tienen otro asidero sino la supuesta Úrsula, sombras que transcurren una existencia difícil, ocultas entre los estragos de la guerra y el hedor de la comida putrefacta, entre explosiones y avisos anónimos para correr y esperar en otro sitio, igual de desolado, una muerte que tarde o temprano se completará.

El tercer apartado es el más variopinto, por así decirlo, el más heterogéneo. Constituido por una especie de guía de viaje, por un recuento exhaustivo de los habitantes de una casa, así como de sus probables motivaciones para estar ante el refrigerador o en la mesa, y por una combinación de cuento con fábula, tiene sin embargo entre estos dos últimos textos un elemento de enlace: ambos están protagonizados por animales. Por veintiséis gatos y un elefante.

De haber una moraleja como tal en este último texto, sería algo cercano a “ten cuidado con lo que deseas porque puede cumplírsete” o “junto a lo luminoso siempre se presentará la oscuridad”. En sus páginas, “Iktumbe” nos relata la vida de un elefante que viaja a Las Vegas para ejercer el pleno derecho a ser millonario, como señala la Declaración de los Derechos Universales del Elefante, el que se suma al “derecho a conservar sus incisivos superiores de marfil –que muchos toman por colmillos–, y el de bañarse en un sauna por lo menos tres veces en su vida”.

Luego de días de no encontrar alimento, Iktumbe se preguntará por qué es pobre su familia, por qué vivir en tal inopia, para después considerar hacerse diputado, actor de Hollywood o deportista profesional. El miedo a los zapatos, la desconfianza hacia las jeringas y la pena que le daría lastimar a alguien con su trompa, lo llevan al casino que se acaba de inaugurar cerca de su casa. Ahí trabajan sus cinco kilos de cerebro, cuenta cartas y gana el dinero que invierte en un boleto de avión de primera clase, donde no lo admiten por el exceso de peso: “Nunca avisó que era un elefante.” Pero al final llega a Las Vegas, donde junto al brillo de los espectaculares lo cercará la oscuridad que antes mencioné, tomando la forma de un desenlace quizá temido o presentido pero que, en ningún momento deseado, tan inasible como lo es el entorno que contiene a varios de estos cuentos y a nosotros mismos al exterior del libro.

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