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Orden aleatorio, de Luis Vicente de Aguinaga | Gerardo Lino

De otros órdenes

 

Luis Vicente de Aguinaga, Orden aleatorio (Cincuenta poemas 1989-2014), unam / Textos de Difusión Cultural / Serie Presente perpetuo, México, 2015, 97 p.

 

Una palabra no dicha atraviesa este libro: desasosiego. También la voz nostalgia, callada, trasmina sus arquitecturas. Igual esplende la sigilosa bienaventuranza. Porque hay aire por todos lados; mucha agua; personas. Penumbras, luces, acallamientos: relato, introspección y canto.

A la altura de los raros narradores, estos poemas infunden atmósferas; algunas reconocibles, si la voz poética usa términos cotidianos; otras, no: combinan significados en apariencia no conexos o, mejor dicho, que no se habían conectado de esta forma. Algunas atmósferas refieren guerras todavía no historiadas; luchas en playas sin mares, en golfos sin costas; o rodeados por las aguas, los incomprendidos personajes, moviéndose sin comprender, ya han dejado su huella en una memoria que sólo pudo imaginarlos –precoz lectura–. Son los sitios de la noche de los tiempos de un niño soñador, de un adolescente que, claro, siente las dificultades del crecimiento, para años después asomarse a su propia fugacidad. En otros casos es nítida la historia, cercana, tanto como la extrañeza que aleja a los hermanos, el juego en que dos amigos se aventuraban en la inmensa vida por venir, o la sensación de estar en un lugar con los pies, que son también extraños. Ínsulas extrañas son estas atmósferas. Y no obstante, segregan con su aire un deseo por regresar.

Quien escribió estos poemas –y quien se sumerja en ellos– sabe que nunca se regresa, por aromadas o fétidas, oscuras o lucientes que hayan sido tales situaciones; sólo tiene el recurso de volver a leer o reescribir. Así hojea y elige –al azar o en otro orden (oigan cada sílaba)–:

 

No entrar. Quedarse a punto. Ahí:

donde consienta el misterio la pobreza

del oro, el fondo

insípido del vino.

 

Ir. Cada vez

más despacio.

 

Luis Vicente de Aguinaga escogió, descartó y desordenó, de la selección propuesta por el editor Víctor Cabrera, cuarenta y cinco poemas de los libros que ha publicado desde 1989 hasta 2014 además de añadir cinco que no habían sido integrados aún: cincuenta poemas espigados de su escritura en un cuarto de siglo. Avisa que los barajó, como si hubiera dejado al azar todo y el resultado fuera esta reunión de su trabajo poético; pero hay un ordenamiento a la vez adrede: el libro tiene cinco partes; cada una abre con un poema de El agua circular, el fuego (1995) y cada una cierra con uno de Séptico (2012). Al transcurrir las lecturas, puede percibirse que hay una asociación a veces inconsciente y, otras, con el propósito alevoso de poner juntos poemas que alguna relación tuvieron antes de conocerse entre sí, vaya: antes de que su autor los tuviera juntos a la vista por primera o enésima vez. Esta colección entonces obedece bien a su título o al revés, el título al conjunto –que no pretende ser una antología ni suma ni cosa definitiva, pero tiene la cualidad de mostrar a los lectores la diversidad y la unidad de una obra.

Puede ser desconcertante la lectura de una selección de poemas hechos durante veinticinco años. En primera, porque su autor ha explorado varios abordajes, ha cambiado sus enfoques y como en este caso él mismo reconoce, ha vivido tiempos diferentes o “han pasado muchos tiempos: el de las experiencias, el de los gustos, el de los intereses, el de los estilos”. En segunda, porque el desprevenido lector puede muy bien haberse asido del tono del primer poema que cayó en sus ojos –sea el que se colocó al principio o cualquiera que al hojear el volumen le hubiese llamado la atención– y luego dar con otro cuyo léxico, tono y ambientes difieren como si se tratara de autores disímiles –a primera vista, claro–. En tercera, porque las expectativas de quien se acerca al libro, sea porque le interesa este poeta, sea porque las reseñas alusivas lo han orillado a indagar en el libro de marras, traen antes de la lectura cosas que acaso el libro no tenga. Y en reversa, porque nunca se sabe qué va a pasar con uno al entrar en un libro –aunque ya de eso el poeta no tenga por qué responder–. Cada lector lo verá con su ritmo, a su modo y en su momento.

Decía: puede ser; Orden aleatorio lo es: desconcierta: por las razones acá expuestas o algunas distintas que cada quien pueda encontrar; pero por encima de ellas, el desconcierto conspicuo se presenta por una paradoja: raras veces se halla un libro antológico –de un cuarto de centuria–, en que el rigor y la soltura, el conocimiento y la duda, los definidos ritmos, los asuntos, los vocablos, preserven su sentido prístino, como si nunca hubieran sido puestos por escrito, como si el tiempo no fuera.

 

Pensé en desasosiego, la palabra no dicha:

 

cuánto tarda un minuto en ser un año,

cuánto tarda uno mismo en ya no serlo.

 

Oí la voz nostalgia:

 

¿Quién canta ahora? No las gaviotas que trabajosamente mascan su miseria. No las nubes, mudas excavaciones en los ojos del ángel. No la resina que arde en las linternas. No las redes ni el pez estrangulado.

El árbol sí, pero inaudible: arde. Igual a una apuesta que al despertar se pierde, igual a quien la sueña, que ha de lavar por la mañana su rostro de aventura, el árbol.

 

Mencioné la sigilosa bienaventuranza:

 

El mundo era otro mundo.

Incluso los mendigos y los bancos,

que siempre son iguales,

Que todo se perdiera

qué importaba:

la vida o el amor o Amado Nervo.

La canción importaba

contigo viéndome de cerca,

yo viéndote mirarme

y marzo siendo marzo para siempre.

 

Porque hay aire por todos lados; mucha agua; personas.

Penumbras, luces, acallamientos: relato, introspección, canto.

Y una euforia suscitada por ciertos poemas –esto es raro–, que provocan la tentación de escribir.

Me evitaré el trabajo de analizar los metros que Luis Vicente de Aguinaga usa con viveza, conocimiento y hasta perversidad –pues los oídos desatentos creen que todo es “verso libre” y para los posmos cualquier cosa vale lo mismo; o los irresponsables publican con denuedo ignorando qué es un endecasílabo (o sabiéndolo, pero dejándonos fríos), cuáles son los acentos de un alejandrino; o tantos se quedarían perplejos al leer el dictum de Mallarmé: “Eso de la prosa no existe; existe el abecedario y versos más o menos estrictos, más o menos difusos” [de mi mal pie-de-la-letra]–. Ya los escoliastas dedicados harán el estudio de las tradiciones que vienen a encontrarse en el patio –cemento y hierba– donde este poeta juega, padece y escribe (por supuesto que también se equivoca; tarea para la hora del recreo).

Por cierto: hay un humor ni ácido ni alcalino en ciertos momentos de sus versos; un humor que no se sabe ya si es de melancolía o resistente derrota frente al mundo tal como es, ganas de rehacer el tiempo, provectudes ante rem para reír como si nada pero tan callando; un humor tan proporcional a quien fue acelerado –ya había publicado su Noctambulario a los ¡diecisiete!–, ha oído tanto las canciones, ha leído a fondo los clásicos y sus derrumbes –nótese lo seco de las rolas dylanescas & sucs.–; un humor que agradece ser corpóreo y a la vez ya no sabe qué invectivas decir ante la muerte; un humor al fin yecto en su decir, atento a sus olvidos y esperando siempre que pueda escribir otro poema que no hubiera existido.

De ahí la incitación: para aquellos que no lo hayan leído, para quienes han seguido sus publicaciones o para esos que se han asomado circunstancialmente a los poemas de Luis Vicente de Aguinaga, este libro puede llevarlos a examinar en las ediciones precedentes, a cuestionar sus transcursos, a conocer la poesía actual fuera de los lugares comunes.

Desconcertante por bien concertado, concertino rebelde –sin gritar–, acucioso, dado al desorden –metódico cual más–, tan propio como loco, sereno como los más altos rockeros, estricto y cantábile.

Séptico ya nos anuncia sus mejores entreveramientos, se dejará de solemnidades adolescentes y acaso se acercará al sinsentido pero mostrándolo, que nos hace falta, con canciones en medio de tanto silencio inhumano, ese fondo donde nadie dice nada. (¿Quiénes pueden meterse en esas aguas arenosas con el aire suficiente?) Anuncia, como podrá ver quien se entregue a su lectura, una libertad mejor –hay quienes creen que con decir nada se cambia; hay quienes escriben para que algo cambie; hay la nada, lo fugaz y lo cierto, leyes del azar–, con sólo poner esto al morir un perro y qué ocurre con su pulga:

 

 

Se quedó abajo de la cama

con su pepsi de un litro y sus galletas,

tarareando una cumbia indestructible.

 

Sin el perro está sola como un perro.

Santo remedio, porque busca otro perro.

 

Y en el orden que sea.

 

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