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Noviembre, de Jorge Galán | José Sánchez Carbó  

Ética y estética de la novela

 

Jorge Galán, Noviembre, Planeta, México, 2015, 255 p.

 

Jorge Galán (San Salvador, 1973), exalumno de la Universidad Centroamericana Siméon Cañas y uno de los poetas más reconocidos de El Salvador, ha recibido premios a nivel nacional e internacional por su obra de creación literaria: poesía, narrativa y literatura infantil. A finales del 2015, Planeta le publicó Noviembre, novela sobre el asesinato de seis jesuitas en El Salvador.

La noche del 16 de noviembre de 1989 ingresó a la casa de los jesuitas un grupo del batallón Atlacatl con la orden de asesinarlos, no dejar testigos y simular un enfrentamiento con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) para luego presentarlos como responsables del atentado. Fueron ejecutados Ignacio Ellacuría, Joaquín López y López, Juan Ramón Moreno, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Armando López así como la señora Elba Ramos y su hija Celina, empleadas domésticas. Ignacio Ellacuría era el objetivo principal, puesto que se vislumbraba como el mediador idóneo para lograr un acuerdo de paz entre el gobierno y la guerrilla. La firma de la paz implicaba que los militares no siguieran recibiendo millones de dólares por parte del gobierno estadunidense.

Esos días de noviembre fueron de los más convulsos en la larga guerra civil salvadoreña. Si bien el conflicto había comenzado casi una década antes, la mayor parte de los enfrentamientos se ubicaban fuera de la capital, en zonas rurales. Pero a principios de noviembre de 1989, cuando la guerrilla inició la llamada Ofensiva Final, los frentes de batalla se extendieron en todo el territorio nacional. Los enfrentamientos entre guerrilla y ejército llegaron hasta la capital salvadoreña. En medio de este caos, el batallón Atlacatl irrumpió en la casa de los jesuitas para ejecutarlos.

El sacerdote José María Tojeira, en ese entonces Provincial de los Jesuitas para Centroamérica, al enterarse en la mañana del 17 de noviembre que el crimen había sido cometido por el ejército salvadoreño, gracias al testimonio de una testigo, Lucía Cerna, le informó al arzobispo de El Salvador, Arturo Rivera y Damas, y a la prensa internacional.

La novela de Jorge Galán reconstruye el contexto de la Ofensiva Final, los días previos a los asesinatos de los jesuitas, la forma en la que operó el batallón Atlacatl y el difícil proceso emprendido para aclarar la verdad sobre los hechos e identificar a los culpables materiales e intelectuales del crimen, todavía impunes. Paralelo a esta línea argumental, Galán intercala otras historias y perspectivas con el fin de ampliar y descubrir, por una parte, la red de relaciones e intereses tanto políticos como ideológicos implicados para legitimar la versión oficial de que la guerrilla había sido la responsable del atentado y, por otra, para dar constancia de las décadas de desigualdad social e injusticia padecidas por el pueblo salvadoreño.

En este sentido recrea, desde la óptica de un joven, el clima de caos y confusión, de temor e incertidumbre experimentado por los salvadoreños durante la Ofensiva Final. Estas sensaciones se materializan por la desaparición y la consecuente búsqueda de una tía, situación que despierta en el sobrino y la hermana varias hipótesis pero ninguna certeza sobre el paradero de su familiar. Por otra parte, detalla la serie de acciones emprendidas por Tojeira, los jesuitas y diplomáticos de España y Francia, para proteger la identidad e integridad de Lucía Cerna, única testigo del caso, y las posteriores amenazas recibidas por parte de funcionarios judiciales y militares salvadoreños. Lucía Cerna es trasladada a Miami para salvaguardar supuestamente su vida pero, con la complicidad de la Embajada de los Estados Unidos y el FBI, termina recluida junto con su familia en un hotel. Aislada e incomunicada, es interrogada y amedrentada por oficiales del FBI y del gobierno salvadoreño para obligarla a retractarse públicamente de su versión. Jorge Galán incluye además capítulos biográficos de cada uno de los jesuitas asesinados y el punto de vista de un miembro del batallón Atlacatl que participó días antes en cateos a las casas de los jesuitas y en la masacre.

Otros capítulos rememoran los crímenes cometidos por la Guardia Nacional en contra del jesuita Rutilio Grande en marzo de 1977 y de monseñor Óscar Romero el 24 de marzo de 1980. Con estos dos hechos, el autor traza una línea de relaciones, compromisos, simpatías, influencias y preocupaciones comunes entre los sacerdotes Rutilio Grande, Óscar Romero e Ignacio Ellacuría. El nombramiento de Óscar Romero como arzobispo, en febrero de 1977, fue visto con muchas reservas por una parte de la curia y los feligreses, dado su carácter débil y manipulable y, sobre todo, por las relaciones que mantenía con miembros del gobierno, el ejército, las clases altas y las familias de latifundistas salvadoreñas. Pero un hecho provocaría un cambio radical en la postura de Romero respecto a los problemas sociales y los abusos de los militares. A los pocos meses de dicho nombramiento, el jesuita Rutilio Grande era asesinado por la Guardia Nacional con 18 impactos de bala. A partir de entonces, Romero no dejó de denunciar las injusticias cometidas por los militares en su país. En el mismo velorio de Rutilio Grande, nos cuenta el narrador, Romero pronunció un ya basta. Para Ellacuría el cambio de actitud de Romero resultaría ejemplar en su vida, puesto que reconoció el valor del arzobispo; estrecharon una relación que antes había sido más bien distante. Para Ellacuría, Romero llegó a convertirse en “el ideal espiritual”.

A principios de 1990 el presidente Alfredo Cristiani reconoció ante los medios la participación de los militares salvadoreños. Meses más tarde la Comisión de la Verdad señalaba a otros seis militares como autores intelectuales (René Emilio Ponce, Inocente Orlando Montano, Juan Orlando Zepeda, Óscar León Linares y Francisco Elena Fuentes), pero sólo fueron enjuiciados el coronel Benavides y los miembros del batallón Atlacatl.

Los atributos de la novela de Jorge Galán son diversos y destacables. Combina una prosa concisa con una ingeniosa estructura para equilibrar la información histórica, la tensión narrativa y la ficción, sin caer en amarillismos o mitificaciones. La novela tiene tras de sí un notable trabajo de investigación documental y periodística. Buena parte de ella se construye con testimonios directos recopilados de varias entrevistas realizadas a José María Tojeira, Jon Sobrino o el expresidente Alfredo Cristiani, “entre muchas otras personas que prefieren permanecer en el anonimato por años de temor y amenazas”.

Los valores literarios son empleados no sólo para mantener vivo el recuerdo de un suceso o una cadena de sucesos trágicos inscritos en la historia contemporánea, no esclarecidos del todo, sino también para reconocer el nivel de compromiso de unos cuantos por los menos favorecidos. Como el mismo Jorge Galán declaró en una entrevista, esta novela, a pesar de la denuncia, también es una “una historia de amor por los otros”.

Lamentablemente las primeras reacciones e impresiones respecto a la novela no vinieron de la crítica sino de un grupo criminal anónimo que amenazó de muerte al escritor. Por este motivo, Jorge Galán actualmente se encuentra lejos de su familia, exiliado en Granada, desde donde espera la aprobación de la solicitud de asilo político en España. Varios artistas y escritores como Mario Vargas Llosa, Luis García Montero, Juan Villoro, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, entre otros, firmaron un manifiesto de apoyo para el escritor salvadoreño, con la expresa solicitud de que el gobierno de El Salvador vele por su seguridad e integridad.

Jorge Galán reconoció su ingenuidad, pues nunca previó las consecuencias que traería consigo la publicación de Noviembre. Pensaba que, en El Salvador, había cambiado la situación política y el momento era adecuado para contar literariamente una historia de este talante. Pero la boca muda de una pistola se acercó a su persona para desmentirlo y expulsarlo de El Salvador. De hecho, confiesa que de haber previsto las adversidades que enfrentaría de ninguna manera pondría en peligro su vida ni la de su familia: “Para mí la vida es sagrada, lo más valioso que uno tiene. No la arriesgaría por la libertad de expresión porque no soy un valiente”.

Aunque como escritor Jorge Galán sobrestimó la situación política actual de El Salvador, o subestimó las consecuencias, Noviembre carece de tal candidez; por el contrario, constituye un elocuente artefacto discursivo que aúna los ámbitos de la ética y la estética. Con ellos crea una gran obra literaria que recupera la memoria y demanda justicia no sólo en una sociedad como la salvadoreña sino para toda Latinoamérica, en donde la injusticia, la impunidad y la desigualdad social no han desparecido.

 

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