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Norte. Una antología, de Eduardo Antonio Parra | Alejandro Badillo

Geografía en disolución

 

Eduardo Antonio Parra (comp.), Norte. Una antología, Era / Fondo Editorial de Nuevo León/ Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 2015, 329 p.

¿Cómo delimitar una geografía literaria? ¿Cómo encontrar puntos en común en los cuentos de cuarenta y nueve narradores sólo partiendo de su lugar de nacimiento o identificación con un territorio? Me parece que, con cada nueva antología que se sustenta en el lugar de origen de los autores, queda en evidencia la inutilidad de tomar al pie de la letra este atributo como motivo principal de una reunión de textos. En el prólogo del libro, Eduardo Antonio Parra –a la sazón nacido en León, Guanajuato– habla de pulsiones y escenarios que sólo pueden capturar los escritores norteños: “Otra intención es la de dejar en claro que la narrativa norteña forma parte de una tradición sustentada en una genealogía de autores que, por lo menos desde los albores del siglo xx, reflejan en sus relatos no sólo las obsesiones literarias personales que han dado forma y contenido a sus obras, sino también a las características de su ser norteño, adquiridas desde la infancia y la adolescencia, que pueden advertirse en ciertos giros del lenguaje, en las alusiones al entorno o en el carácter de los personajes.” Después de la lectura de Norte, es evidente que esta intención queda a la mitad ya que la narrativa del país, en especial el cuento, es desde hace mucho un territorio que evade lo gregario para instalarse en una búsqueda individual que, acaso, es influida por problemáticas recientes como el narcotráfico y la violencia. Ese “ser norteño” del que habla Parra y que quizá se puede vincular con lo coloquial, lo atrabancado y directo, la referencia a los paisajes desérticos y a un realismo que roza lo documental, lo podemos encontrar en algunos de los primeros autores recopilados en el volumen; sin embargo esta cohesión se disuelve conforme avanzamos en el tiempo y desaparece casi por completo en los autores que empezaron a publicar en el nuevo siglo. Incluso se podría discutir en qué medida conservaron sus orígenes autores norteños que pronto migraron a la ciudad de México ya que, durante gran parte del siglo xx, la capital del país concentraba la actividad cultural, periodística y literaria.

Norte. Una antología se justifica, como lo apunté, con coordenadas geográficas y temporales. En la primera se tomó en cuenta a escritores nacidos en estados fronterizos como Nuevo León, Sonora, Tamaulipas y Baja California. Además, incluye a los nacidos en lugares lejanos como Guerrero y Jalisco (Julián Herbert y Luis Felipe Lomelí), pero que migraron hacia el norte. Sinaloa y Durango, aunque no son estados fronterizos, también fueron considerados. ¿Por qué no Zacatecas o San Luis Potosí? El compilador no lo explica. En el aspecto cronológico, se abarca desde Martín Luis Guzmán (1887-1976) hasta Luis Panini (1978). Esta gran línea del tiempo permite atisbar la gran cantidad de intereses narrativos cuya fragmentación es más perceptible conforme nos acercamos al final del siglo xx.

Para criticar Norte. Una antología hay que entender, primero, que es una selección personal de un escritor que utiliza criterios no académicos. También hay que destacar que sólo se revela un parte de la narrativa y no su totalidad. ¿Se podría hacer una antología con fragmentos de novelas para incluir a aquellos autores que, por azares del destino, no practicaron la narrativa corta? También hay que separar el concepto de literatura con el de narrativa, gazapo en el que incurren algunos críticos y lectores. Formuladas estas apreciaciones, queda por hacer un repaso de la selección de Eduardo Antonio Parra. El compilador tiene toda la libertad de elaborar su convocatoria y las ausencias (algunos han mencionado a autores como Eve Gil, Carlos Velázquez, Eduardo Ruiz Sosa, entre otros) no tiene sentido discutirlas, ya que una antología no es un censo o un ejercicio democrático. Lo que sí se puede hacer es señalar y ponderar los cuentos publicados para –desde la trinchera del crítico– ofrecer al lector una imagen del libro y entablar un diálogo con la obra.

El primer autor incluido, Martín Luis Guzmán, representa lo mejor de la novela de la Revolución Mexicana. “La fiesta de las balas” es una excepción en la antología, pues estamos hablando de un fragmento de novela, en este caso El águila y la serpiente. Es criticable incluir esta pieza no por su calidad sino porque, a diferencia del cuento, no se puede juzgar la obra completa. Esto, a mi parecer, genera cierta gratuidad en el criterio de selección. Sin embargo, la alta calidad literaria del autor solventa, a mi parecer, los escollos del género. “La fiesta de las balas” cuenta los pormenores de un fusilamiento masivo ordenado por un general revolucionario. Los preparativos que demoran la acción final crean una tensión que convierte a este fragmento una pieza redonda, que no deja muchos cabos sueltos. Este elemento, sin olvidar la gran factura prosística de Guzmán, vuelve pertinente su presencia en el libro. El segundo autor, Alfonso Reyes, un clásico de la literatura mexicana muy poco leído, muestra en “El hombrecito del plato” una aproximación lúdica y humorística al tema extraterrestre. El cuento, muy breve, es además una rareza por la época en la que fue escrito. Este texto resalta también en el grupo de escritores que convoca Parra, cuya escritura estuvo determinada por el realismo impuesto gracias a los cánones de comienzo de siglo y por la importancia de la Revolución Mexicana como telón de fondo. De entre los autores cercanos a este evento destacan Nellie Campobello y José Revueltas. La primera, olvidada por muchos años, participa con “El muerto”, cuento que pertenece a Cartucho. Relatos de la lucha en el norte de México. En este texto, como en toda su obra, la autora parte del testimonio para fabricar pequeñas viñetas, estampas de la vida durante la Revolución que mezclan, con mucha fortuna, la crudeza de la muerte con el asombro de la poesía. Revueltas, otro explorador del lenguaje y de la condición humana, participa con “Barra de Navidad”. Creo que, analizando la cuentística del autor, tendrían méritos cuentos más redondos, en donde se explota más un universo mítico y demoledor, como “Dios en la tierra”. Sin embargo el compilador, quizá por capturar la atención de jóvenes lectores –asunto que también menciona en el prólogo–, opta por este cuento más accesible para quien se acerca por primera vez a la narrativa de Revueltas.

El grupo que sigue a esta, por así llamarla, primera generación, es desigual y se advierten algunas apuestas, a mi gusto fallidas. Los autores nacidos entre 1920 y 1960 son nombres fundamentales, con una gran apuesta estilística como Jesús Gardea y Daniel Sada. Ambos autores, además, recrearon en clave simbólica, poética, los escenarios del norte del país. Gardea, quien practicó en igual medida la novela corta y el cuento, es uno de los narradores que llevaron al límite la exploración del lenguaje. Desde Los viernes de Lautaro (1979) hasta Tropa de sombras (2003) –sin olvidar los libros póstumos que por desgracia no se han publicado– dibujó, en trazos cada vez más complicados, el aislamiento, el calor y la desolación del norte. “Como en el mundo”, cuento de su primer libro, nos muestra a un Gardea que aún no explota todas las dimensiones de su lenguaje pero que ya anuncia, con este texto, su personaje arquetípico: un hombre consumido por el tiempo, que levita entre tierra y los fantasmas que evoca el desierto. Daniel Sada, más visible para el mundo editorial, comparte la experimentación de Gardea a través del ritmo de la prosa antes que la creación de imágenes deslumbrantes. En “Cualquier altibajo” se utiliza de trasfondo un juego de beisbol para llevarlo al territorio del corrido, la leyenda y, por supuesto, la artesanía verbal valorada por muchos críticos y pocos lectores. Federico Campbell, Ignacio Solares, Élmer Mendoza y Víctor Hugo Rascón Banda son incluidos con cuentos de bajo perfil. Me parece que el compilador los integra, simplemente, por la importancia de sus nombres dentro de la geografía literaria sin atender necesariamente a la calidad de los cuentos publicados. Algunos textos transcurren, casi con desgana, hasta un final que se antoja previsible. No hay mayor complejidad narrativa y el único enfoque es contar una historia sin distracciones y con una técnica solvente pero muy simple. Creo que es este aspecto en el que naufragan muchas antologías narrativas: con el afán de incluir nombres que pertenecen, por así decirlo, a un canon, se utiliza una mirada condescendiente, pues los compiladores saben que esos convocados son mejores con obras de largo aliento pero que tienen que estar en una reunión de cuentos por un compromiso implícito. Dentro de este grupo generacional debe resaltarse la narrativa de César López Cuadras –autor, para muchos, desconocido– que muestra en “El león que fue a misa de siete” un espléndido relato que mezcla la fábula, la parodia y un humor sutil que desemboca en un final que evade el lugar común. Esos autores, medio olvidados por las grandes editoriales y a veces rescatados por alguna institución de gobierno, no son comparsas de sus compañeros más renombrados; merecen un amplio estudio y una difusión mucho mayor que la que han tenido.

El tercer grupo, compuesto por muchos nombres, de los nacidos entre 1960 y finales de la década de los setenta, es también irregular, aunque varios de ellos, sobre todo los más jóvenes, aún están madurando su escritura y falta ver sus frutos. Este bloque generacional es el que pone en jaque la construcción del “ser norteño” del que habla Parra en el prólogo. Hay varios factores que inciden en que, más allá de la calidad, haya una fragmentación constante en los intereses y estilos. Como teorías plausibles se puede mencionar la migración de los autores, influencias literarias cada vez más diversas, algunas incluso, encontradas. A pesar de que un autor nacido en el norte, que comenzó a publicar a finales del siglo xx y ya no tuvo la imperiosa necesidad de migrar a la ciudad de México para entrar en contacto con el mundo cultural, hay que recordar que la migración no es necesariamente física sino intelectual, de interacción con libros, información, influencias. Alguien puede escribir desde Sonora o Chihuahua y pertenecer a una cartografía muy lejana. Estos elementos, a mi gusto, han contribuido a este fenómeno. Con algunas excepciones, el tema de estos nuevos autores es la violencia con distintos matices: urbana, familiar y, como es previsible, la generada por la delincuencia organizada. Sin embargo esto no los hace distintos a los escritores del resto del país, ya que la violencia ha permeado grandes zonas de México. En esta generación son visibles la escritura de Julián Herbert, Luis Felipe Lomelí y César Silva Márquez. Los tres, con distintas apuestas, buscan aproximarse a lo violento, a la amarga realidad social, desde construcciones artificiales que lindan, sobre todo en Herbert, con lo poético. Un cuento sorprendente de un autor coetáneo es “Señor de señores”, de Miguel Tapia, poco citado en antologías y encuentros. Este relato es una muestra de la revitalización que puede tener el tema del narcotráfico, muchas veces tratado de forma simplona, cuando hay una voluntad de crear un estilo y no limitarse a contar una historia. En “Señor de señores” hay un diálogo entre el mito bíblico y el poder que subyuga a los desheredados. Usando el formato de los versículos de la Biblia, con una trasposición de nombres y títulos, Miguel Tapia construye una autoridad inplacable, que aplasta a sus enemigos y recompensa a quienes obedecen sus órdenes. Semejante aproximación, que recuerda a la propuesta de escritores como Yuri Herrera, no trivializa el problema del narcotráfico sino que lo lleva a aguas más profundas, interrogándonos de qué manera los nuevos poderes inciden y moldean el imaginario social. El último norteño de la lista, Luis Panini, se acerca más al texto conceptual, que abreva de lo posmoderno. En “Gran pantalla” la violencia se justifica a sí misma y el contexto es la jungla urbana. El absurdo es la única regla y se nutre de la cultura pop, el individualismo que no conoce límites.

Una antología es una lista, una geografía que revela apuestas que se cumplen o fracasan en un futuro que aún no podemos bosquejar. Quedará para la discusión si la llamada “narrativa del norte” o “narrativa del desierto” tiene futuro como grupo compacto, con búsquedas similares o una memoria compartida, como aún la quieren ver algunos nostálgicos o sucumbirá, como tantas otras narrativas regionales, ante el embate de un mercado editorial cada vez más homogenizado. Quizá sólo quede en mera etiqueta de un momento preciso. Mi profecía, a contracorriente de Eduardo Antonio Parra, es que las fronteras literarias serán cada vez más difusas hasta desaparecer. Los autores del norte, así como los del resto del país –gracias a internet y a las tecnologías de comunicación como las redes sociales–, ya forman parte de un mundo global en el que los territorios físicos pierden paulatinamente su importancia.

 

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