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Murallas, de Gabriel Bernal Granados | Judith Castañeda Suarí

Delgada línea de frontera

 

 

Gabriel Bernal Granados, Murallas, conaculta, 2015, 88 p.

 

A lo largo de las poco más de ochenta páginas que componen el libro de Gabriel Bernal Granados flotan con insistencia varias preguntas: ¿quién narra? ¿Cuál es el hilo que une los seis relatos? ¿Se trata de cuentos, de una novela breve?

Me parece que a cada una de ellas corresponde la misma respuesta: la solitaria palabra de tres sílabas que da título a la obra, Murallas. Aunque no se trata de esas enormes paredes construidas para defensa de un fuerte, de una ciudad; más bien imagino dichos muros como un conjunto de derrumbes, como algo muy endeble que se presenta frente a los posibles lectores para colapsarse. Y creo que ésa es la intención del autor: a través de un puñado de relatos que requieren de la completa atención de quien se asome a ellos y de una relectura, a veces, mostrarnos que las separaciones no existen, que muchas ocasiones es imposible una clasificación.

El primer muro que Gabriel Bernal se propone derribar es el de la voz narrativa. Desde el comienzo hay un juego entre una primera persona y una tercera. De esta manera va armándose la narración, completándose, como si de un rompecabezas se tratara. Pero no se quedan nada más en eso los cambios de punto de vista; hacia el final esa voz se posiciona a ambos lados de la frontera que es el papel. “Juan tiene el alma de un pájaro que sobrevuela las cosas y atraviesa las paredes con la agudeza de sus ojos verdes. Centinelas permanentes de todo lo que es. Y de todo lo que no. Camino por las calles de sus dibujos como si caminara por las calles de una ciudad desconocida, orientado por los trazos. Una rama excede el perímetro del papel que la contiene y se rompe”, escribe Gabriel Bernal Granados en “90, el texto que cierra su libro, haciéndonos sospechar que las páginas anteriores quizás hayan salido de la mano de ese Juan, quien adopta la primera persona en varios momentos y en otros se convierte en Miguel o en G. (¿Gabriel?), quien, libre del impedimento que sería encontrarse al otro lado de una muralla en pie, se permite la libertad de entrar y salir de sus textos, de asomarse por un segundo y hablarle al lector de manera directa, como ocurre en “P”, relato de un viaje a Paracho en el cual G, el recién llegado, y Luis, hermano de Porfirio, amigo que le ofrecerá hospedaje a G, charlan sobre pintura. Por las pinceladas iniciales con las que el autor nos presenta a Luis –pelo negrísimo, hirsuto, una boca parlante que saluda con un gruñido al viajero proveniente de la ciudad, que “debió decirle bato, morro, o algo por el estilo”–, por el hecho de que este joven de quince años no ha salido nunca de Paracho, parece incoherente que después, en un viaje al campo, a bordo de una carcacha azul llamada Buñuelo, se exprese con palabras como “¿Pero qué me dices de la escena del sillón color cereza que aparece en medio de la selva y que supuestamente corresponde a Pierre Loti?” Al lector le extraña, pero no sólo a él. Dos muchachos doctos, conversando sobre pintura y alucinaciones en medio del campo, nos aclara más adelante el narrador entre paréntesis; una frase con tintes de burla, tal vez, un toque de humor. Pero ésta no es la única ocasión en que el narrador se asoma a su propio texto: “cada quien con su guadaña, los dos muchachos eran invisibles a la distancia, vistos desde el cielo; pero a medida que el objetivo de una cámara –nuestra cámara– los busca y los enfoca…”, escribe Bernal Granados dentro del mismo viaje a Paracho, y con ese par de sílabas, además, el autor está invitándonos al texto, incluyéndonos no nada más como uno de sus lectores, sino convirtiéndonos en algo parecido a un espía que, al igual que él, sigue muy de cerca los pasos de esos dos jóvenes en el campo.

Una segunda frontera que Gabriel Bernal Granados rompe con este puñado de textos es la de los géneros. ¿Qué es Murallas? ¿Novela, una serie de cuentos? Es un libro atípico; los relatos que lo componen forman un todo, nos dice la cuarta de forros. Relatos, cuentos. Sí, pues hay unidad en cada uno de los textos. Pero existe un nexo entre varios de ellos, más allá de que el narrador sea el mismo pero enmascarado o de la intención de reducir las murallas a un montón de escombros: los personajes. Varios aparecen en más de un relato, lo que podría convertir los textos en capítulos de una novela corta. Está Rodrigo, compañero de salón del narrador en primera persona de “7:19”, el texto que abre el volumen, aparece también en el segundo, “Ventana al mar”. En ambos casos se trata de alguien mayor, que merece la admiración de los otros pues tiene, junto a Lisandro, Alina y Jimena, “dos o tres años más que el resto del grupo y eso, en la adolescencia, abre un abismo de dimensiones radicales”. Esto porque se trata de un personaje a quien ya no le interesa estar en el patio, como los demás, sino la literatura y el sexo opuesto: en “7:19” escucha la adaptación al español de “Annabel Lee”, de Edgar Allan Poe, en una grabadora, en torno a ella como si fuera una fogata nocturna, y en “Ventana al mar”, dentro de los recuerdos del narrador, lo vemos entre los que juegan a la botella: “Rodrigo estaba ahí, entre los miembros de la rueda. Le tocó hacer girar la botella, que apuntó a Reneé, una muchacha de pecas y melena ensortijada.”

La barrera entre ficción y no ficción es otra barrera que se ve reducida a despojos en las páginas de Murallas: entre la narración hay reflexiones acerca de la pintura o de los símbolos. En dichas ocasiones, el libro necesita del lector no sólo su atención, sino cierta base de referencias que le permitan comprender lo que se despliega bajo su mirada o, en su defecto, la curiosidad para acudir a otras fuentes a fin de resolver las dudas que surjan durante la lectura.

Un ejemplo de lo anterior se da en la misma escena del juego de la botella. Rodrigo besa a Reneé, una Virgen en palabras del narrador, quien ve la boca de su compañero “abrirse y dejar salir de en medio de sus mandíbulas dentadas un dragón enorme y asqueroso que penetró la boca de Reneé”. La “Dama ultrajada por la monstruosidad del dragón”, sus rodillas temblorosas y el rubor que se extiende sobre sus mejillas, hacen que el testigo se imagine con una lanza, embistiendo a Rodrigo y así vengue el honor de la joven.

De san Jorge y el dragón, de la lanza como un símbolo fálico –lo que quizá podría hacer del narrador no alguien que defiende sino una especie de rival del dragón frente a la doncella–, las reflexiones de Gabriel Bernal Granados se desplazan hacia la pintura. Van Gogh, Rousseau, el aduanero. Es en el caso del segundo que algunos lectores necesitamos acudir a una fuente de información; enciclopedias de historia del arte, imágenes en la red. Entonces se completa el paisaje que describe el autor en el viaje de G a Paracho: “las hierbas que crecían a la orilla del camino eran más altas que los árboles, y el marco exterior de las plantas estaba pintado de un negro mate profundo, que las hacía parecer de un plástico irreverente y atigrado”. Entonces nosotros también vemos la imagen que Gabriel Bernal quiere entregarnos. Tal vez la exacta, la de gruesas pinceladas de óleo vivísimas, amararillísimas en contraste con el ultramar del cielo, instantánea donde la mano firme y rápida del pintor holandés predomina sobre la de Rousseau, donde también hay sitio para las imágenes ocre de Van Gogh: “La escena del desayuno en la cocina de la familia Álvarez, en el poblado fantasmagórico de Paracho, Michoacán, es un cuadro pintado por Van Gogh. Si no en términos de composición, sí en los términos del modelado de las figuras. Y el color. Son colores terrestres, que apostillan las frentes y las manos de los personajes como si fuesen tallas en una madera muy noble, la madera del campo en un tiempo remoto, olvidado, necesariamente ficticio.”

Ficticio, necesariamente. No del todo; en Murallas existen un par de eventos que unen el libro con nuestra realidad: el primero de ellos, al cual alude el título del texto inaugural, es el terremoto del 19 de septiembre de 1985; 7:19 es la hora en la que se registró el movimiento telúrico que los nacidos en la década de los setenta recordamos todavía, junto a aquella sensación distinta al miedo, pues algo semejante no habíamos experimentado y en consecuencia no había antecedentes sino un ahora donde correr por un pasillo, zigzagueando sin tener esa intención, poseía ciertos tintes divertidos. El segundo evento lo constituyen las elecciones presidenciales de 1988 en México, cuando valiéndose de un fraude, de la supuesta caída del sistema, la dictadura priista se prolongó un sexenio más y, con ella, la situación que define a la sociedad hasta nuestros días: “las cosas nunca cambian; el poder nunca cambia de manos, los más ricos se hacen más ricos y los más pobres siguen siendo progresivamente pobres”.

Entremezcladas con este oleaje de referencias y voces que nos hablan desde una primera persona, desde una tercera, se encuentra una serie de fotografías que asombran y se saborean, tan envolventes que podrían llegar a nublar lo que está narrándose, como la piel de naranja que es el asfalto granuloso donde el sol de la tarde va a fundirse o un par de montañas cercanas, inminentes, iguales a energúmenos que vigilaran la actividad de una hilera de hormigas. Y, por debajo de todo, se mueven eventos sencillos: una caída en bicicleta, por ejemplo; un corte de cabello, un alumno enamorado de su maestra o asombrado por lo interesantes que parecen los muchachos mayores. Diminuto, podría decirse de cada uno de estos acontecimientos, pero con la densidad suficiente para contener el material del que abrevan la reflexión y la literatura.

 

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