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Murallas, de Gabriel Bernal Granados | José Israel Carranza

En tránsito

 

Gabriel Bernal Granados, Murallas, Conaculta, México, 2015, 88 p.

 

Lo propio del presente es ser irreconocible. El instante, que, suponemos, nos contiene, absorbe en tal medida nuestra atención que resulta imposible presenciarlo. Aun el instante en que nos proponemos sorprender al instante queda ya a años luz de éste, que ha empezado a disiparse y en cuyo lugar comienza a perfilarse la figuración que lo reemplazará o, lo más probable, la tenaz expansión del olvido. Miremos en este momento nuestras manos: ya no están ahí. Apaguemos el ruido circundante para oír solamente la voz que nos llama: esa voz que pronuncia nuestro nombre ya se fuga hacia un pasado remotísimo, nosotros mismos nos hemos borrado. La música se sostiene sobre la angustia extremosa de su propia desaparición, y algo parecido ocurre con las palabras (éstas que aquí van quedando escritas, por ejemplo, o, mejor, las que creemos que están impresas sobre las páginas del libro Murallas, de Gabriel Bernal Granados): mientras acontece la lectura –tus ojos al recorrer esas páginas–, las palabras van siendo suplantadas por las figuraciones que nos llevan a hacernos, nunca sabemos cuáles son en realidad ni qué nos dicen. Sabremos, apenas, o creeremos saber, lo que nos hicieron representarnos. Pero eso basta, y acaso nos salva de caer en la cuenta de que no podemos sino existir de ese modo: gracias a la memoria, menos o más deficiente, que preservaremos de su paso en nuestras inmediaciones, siempre e irremediablemente ciegos al presente.

¿Quién es capaz de percatarse, pongamos, mientras está haciéndolo, del tránsito entre la infancia y la adolescencia? Tal vez sea el tiempo en que menos capaces somos de tratar de poner atención. El mundo está cobrando forma a tal velocidad que apenas alcanzamos a oponerle nuestra perplejidad y nuestra ignorancia. Entre el motín de los sentidos y la conflagración de los miedos nuevos que descubrimos, trocamos las certidumbres con que veníamos por otras, más precarias, que fulguran sólo para inmediatamente hacerse pedazos. Ese mundo es ya los escombros sobre los que vamos a toda prisa, y sólo habrá modo de saber de él cuando hayamos dejado atrás su violencia y, en la distancia ganada por la edad, volvamos la mirada para ver qué quedó en pie y quiénes sobrevivieron. Asombrosamente, sobrevivimos nosotros –o eso parece–, y podemos intentar dar cuenta de lo ocurrido. Yo sospecho que algo parecido es lo que debió sucederle a Gabriel Bernal Granados para que escribiera este libro; lo sospecho porque los trechos de su edad parecen coincidir con los que va cubriendo la edad de quien narra la mayor parte de estas historias: un muchacho que en 1985 pudo andar por los doce años, que para 1990 habría ido terminando la preparatoria, y que entre esos dos momentos, marcados por los sismos que reventaron la Ciudad de México y la afirmación de Carlos Salinas de Gortari en el momento histórico que antecedería a otro sismo que reventaría al país (en la cima de la montaña rusa donde estábamos por precipitarnos al asesinato de Colosio, el alzamiento zapatista y la entrada al Tratado de Libre Comercio), vivió los azoros cardinales que ese tránsito resolvería en los fundamentos de una forma de ser.

No sé, desde luego, en qué medida los recuerdos de Bernal Granados sean leales a su formulación, y tampoco tengo cómo asegurar que efectivamente el recuerdo sea la materia prima de estas historias. Pero hay, me parece, un talante memorioso que deliberadamente prima sobre la ideación de lo narrado, y, al margen de que aquello que llegamos a saber sobre este muchacho tenga o no verificativo histórico, lo cierto es que ese talante convida a aceptarlo y promueve el ejercicio de la propia memoria. Por eso me parece una fortuna que podamos leer este libro siendo estrictos contemporáneos del autor (y, en mi caso particular, puesto que nací sólo un año antes que él, me felicito especialmente por hallar aquí un acceso a mi historia): las mejores experiencias de lectura son aquellas que acontecen sobre el examen de nosotros mismos, y en ese sentido este libro, que bien puede tenerse como una obra de iniciación o de aprendizaje, incita –y lo hace de forma emocionante, entrañable– a una revisión de la educación sentimental facilitada por el reconocimiento de un mundo por el que también pasamos y del que acaso sólo podamos enterarnos al verlo así fraguado, tras una indagación poética de sus sentidos y de la medida en que cuenta como causa para ser lo que somos y lo que hemos sido. Claro: habrá otros lectores que no procedan del mismo tiempo y no hayan tenido que pasar por esos mismos escenarios, pero también a ellos estoy seguro de que tendrá que concernirles igualmente –y con semejante intensidad– cuanto le pasa a este muchacho. Que se enamora, por ejemplo, o que bordea los desfiladeros precarios de la amistad, o que intuye cómo detrás de la apariencia de las cosas hay siempre una verdad cognoscible únicamente por mediación del arte, o que descubre que las palabras de las que disponemos para la nominación de la vida pueden ser tan importantes como la vida misma (oye, por ejemplo, la traducción que Radio Futura hizo del poema Annabel Lee, de Poe, y entiende que en esas palabras el amor se hace tan tangible como habría de serlo en la blancura de los dientes de la sonrisa amada).

Entreverados por la reiteración de ciertas presencias y, especialmente, por una voz que comparece en la primera persona o atestigua desde la tercera, pero sin dejar de ser la misma, los relatos de Murallas sugieren una empresa de reconstrucción de hechos y de búsqueda de sentidos que es, a la vez, la mostración de las evidencias íntimas de una identidad. Como dije, es la historia de una forma de ser, y conforme esa historia se revela va cobrando importancia una sólida conciencia de la fabricación poética que consigue. Para eso sirve recordar –si éstos son recuerdos, pero incluso si no lo son: lo parecen y eso es suficiente–: para que el lenguaje que da cauce a la invención se afirme en sus descubrimientos inusitados y así llegue a impresionar perdurablemente nuestro entendimiento y nuestra emoción. Las vidas que vemos entrecruzarse con la vida que aquí transcurre (los amigos de la adolescencia con todas sus improbabilidades, el peluquero de siempre, el boxeador cuya derrota es tan honda que el muchacho que la vio tiene los golpes marcados en su propio cuerpo, la mujer irrecuperable cuyo pasado imaginado es más neto que el que habría podido informar ella, etcétera), así como esa misma vida que atisbamos al tiempo que se rehace en la consignación de sus momentos misteriosamente más significativos, se vuelven memorables por las palabras en que terminan consistiendo. Como por lo general ocurre con el pasado y con la nostalgia que animan las reconsideraciones que hagamos de ese pasado: importan por las palabras con que nos quedamos para creer en lo que fuimos. Y las palabras que hay en este libro –la prosa meditativa y sabedora del poder supremo de la alusión, una voz que da tanto valor a lo que registra como a lo que entiende que ha de callar– dan a lo narrado esa calidad de los sueños que conservamos a cambio del presente que no supimos ver. Y eso, para mí, como tendrá que suceder para cualquier lector de este libro, es un hallazgo inestimable y decisivo.