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Los últimos hijos, de Antonio Ramos Revillas | Juan Carlos Reyes

El tigre medirá un metro

 

Antonio Ramos Revillas, Los últimos hijos, conaculta/Almadía, México, 2015, 259 p.

 

 

El hijo que valga más que yo

Es bien sabido que los epígrafes en la literatura pueden ir de lo presuntuoso a lo hermético. En este caso, el que Ramos Revillas emplea con mucho tino para su novela, es un fiel reflejo del tema central de la novela: el último verso del poema “Obra maestra”, de Ramón López Velarde. Paternidad, dolor, gozo, esperanza en el hijo que todavía no existe, angustia por la pérdida aún por ocurrir. Al mismo tiempo, creo que sería una simpleza decir que el único tema de la última novela de Antonio Ramos Revillas (1977), Los últimos hijos, es la paternidad. Puede ser la columna vertebral de la obra, pero ubicarla como único centro dejaría de lado otros temas como la venganza, la muerte, la presión social u otros temas sugestivos. Por ejemplo, la burbuja desde la que sus personajes hablan con distancia y apatía de la suciedad y el fango que se cuelan en su –sólo en apariencia– impoluta vida.

La trama de la novela puede resumirse como si de una película se tratara. Una pareja, Alberto e Irene, pierde a su hijo nonato: el dolor los envuelve pero recula poco a poco y se vuelca en el amor a un gato. Antes de lograr olvidar un poco la tragedia, la pareja pasa por una etapa en la que no importa si su hijo es de carne y hueso: compran un pequeño robot que emula las primeras acciones de un infante recién nacido: un reborn. La habitación de ese pequeño robot-juguete-hijo es la única que los ladrones que entran una noche a su casa respetan. La pareja se siente ultrajada más aún cuando los ladrones vuelven para intimidarlos con un video del robo en el que muestran cómo maltrataron al gato-hijo, su respeto por el cuarto del reborn, y cómo se cagaron –literalmente– por la casa entera. Entran a escena policías, detectives privados, “policías y ladrones”. Alberto encuentra, por medio del detective, la casa de los ladrones y se escabulle por una colonia maloliente para secuestrar a su hija, una pequeña niña casi recién nacida. La pareja escapa con la niña al pueblo de la nana de Irene, El Sartejonal. La vida se detiene hasta que la niña enferma y muere. Alberto regresa el cadáver a la cama de sus verdaderos padres, no sabe si a manera de disculpa o venganza.

Me parece que es la historia, la trama, lo que sostiene a la novela de Ramos Revillas, ya que se puede afirmar que no tiene gran pericia en el lenguaje, y lo digo no como un reclamo, ya que no creo que esa sea la intención, ni del autor ni de su novela. El autor sabe su oficio y lo cumple: contar una historia de manera fluida y a ratos con buenos destellos de intriga, dolor y desesperación. El autor desarrolla una prosa consistente que, en varias páginas, logra un sólido pulso narrativo. La gran duda que me asalta es si Ramos Revillas está consciente de lo que no dice, de lo que queda suspendido en su propio lenguaje, pues es allí donde se encuentra lo mejor de la novela. Por las entrevistas que le han hecho al autor –o por lo menos las que he tenido oportunidad de leer–,no muestra éste consciencia del entramado de ideas que podrían estar detrás de la historia. No me queda claro si su narrador personaje no se detiene a pensar en varios asuntos simplemente por prisa o porque no los ve pasar.

Si en algunos casos se puede escribir sobre un libro sin referirse directamente a su trama, es porque ahí no es donde se encuentra la médula de la escritura sino en sus temas, sus preguntas, en aquellos complejos recovecos que las palabras resguardan. En este caso, sería imposible no hablar de la trama de la novela, ya que es ahí el lugar en el que de verdad ocurren las cosas. De este asunto obtengo uno de los rasgos formales más característicos de la prosa de Antonio, un constante ocurrir que se pausa para pequeñas reflexiones sobre lo ocurrido en el vuelo. El autor mismo define su texto como “una novela sobre la paternidad, la pérdida de los hijos, pero también un thriller, una road novel”. Sí, sin duda, Los últimos hijos es una novela centrada en las acciones. Tal vez sea por ello que por momentos parece que estás leyendo el argumento de una serie de televisión contemporánea, una de ésas en la que hay ladrones, narcos, detectives privados, abultadas cuentas bancarias frente a tópicos sobre la pobreza: viejas nanas, pueblos polvorientos, niños con los mocos escurridos. Tal vez por ello también varios de los capítulos de la novela terminan a la manera de un episodio televisivo. Por ejemplo: “Me acerqué al cidí, lo recogí; en una hoja de libreta pegada con cinta, leí una frase que conocía: ‘Ja, ja, ja’. Y una amenaza. Los ladrones habían vuelto a visitarnos.” O “A la cuarta semana, el asesor de riesgos nos informó que los había encontrado.” En este mismo tenor, noto que cuando requiere hacer algún movimiento temporal, no lo hace sin dejarle claro al lector de dónde es que proviene dicho desplazamiento. Regularmente utiliza objetos que disparan estos recuerdos (“…los focos encendidos mal aluzaban las paredes en donde las fotografías de nuestra boda seguían indemnes”) y, por supuesto, habla de su boda y una época en la que antes fueron felices. O también, “Irene señaló  una charola de alpaca que habíamos comprado durante nuestra luna de miel en Taxco”, volviendo a aquellos días en los que un minúsculo feto muerto no había demolido su existencia.

Los personajes de Los últimos hijos son comunes y corrientes, y eso los vuelve interesantes. El parecido que tienen con una clase media arribista increíblemente extendida por todo el país los hace atractivos por identificables: el que esté libre de deuda que tire la primera piedra. Alberto e Irene desean la vida soñada: un auto del año, una casa en un fraccionamiento –cerrado y con caseta, por supuesto-, una cuenta medianamente abultada, un hijito para llevarlo a la mejor escuela que puedan pagar, y ahorros para que cuando tenga edad, poder ir a Disney. Amparo, la nana, y el resto de los personajes que viven en El Sartejonal, son entes desdibujados, cuya  importancia en la trama se reduce a extras parados bajo las luces calientes: escenario o desierto, da igual. Los ladrones son, paradójicamente, un conjunto uniforme y al mismo tiempo una masa sin forma. Esto a pesar de que están identificados cada uno por su nombre ya que son, como el propio detective privado –Carlos Becerril–, lugares comunes encarnados. El jefe de la “familia ladrona” se llama Horacio Palomares, su hijo José Luis, su hija Carolina y su yerno Martín. Por supuesto que, como “todos” los ladrones, todos los “sujetos de barrio” tienen apodos tan ridículos como previsibles: El Tieso, El Choche, y La Tura.

El bebé es una entidad flotante y compleja, ya que lo construyen una diversidad de componentes (el bebé que han perdido antes de nacer, el reborn que intentan eventualmente criar) y Betsabé, la hija que le han robado a Carolina, integrante de la banda de ladrones que entraron a su casa. Evidentemente, sobre este personaje tan poco dramático, en términos de acción, recaen, desde mi lectura, diversos significados. Por un lado, es la clara materialización de un estilo de vida que han perdido al ser sujetos de un robo; por el otro, es un objeto de deseo jamás asequible; y, por último, un individuo en el que se conjugan dolor y venganza, temas en los que el novelista profundiza a lo largo del texto.

 

 

Para avanzar, necesita ser padre

La novela nos deja claro que existe una clara arquitectura social y cultural respecto a tener hijos, porque habría que decir que existen diferentes visiones dignas de tomarse en cuenta cuando de paternidad y maternidad se habla. Bastaría, como ejemplo, con pedir en el trabajo un permiso por “paternidad”. Es innegable que tanto hombres como mujeres recibimos una “educación estructural” sobre lo que significa ser padres, así como ser hombres y mujeres. Como bien lo dice Alberto: “Quería poseer un hijo, sangre de mi sangre, porque me habían dicho que aquél era el verdadero amor y necesitaba experimentarlo.” Yo no tengo hijos, así que no quiero recurrir a la fácil descalificación ni a la compleja discusión sobre la realidad del incondicional amor a los hijos.

Ramos Revillas habla desde diversos lugares de los hijos como la máxima fuente y reserva de amor en el mundo, como el siguiente paso lógico en un “buen matrimonio”, como la marca sobre la tierra que se volverá nuestro legado. Toda obra y toda acción que el individuo realice antes de tener un hijo posee significado por sí misma, después se convierte en un esfuerzo por tu hijo, en un fresco que se va pintando conforme pasan los años, en un supuesto legado con el que se tiene que lidiar constantemente para que cumpla con su “papel”, para que sea  aquello que se espera de él. Pero no pensamos que, como lo dice el autor, ni el hijo será mejor por tener padre, ni el padre será mejor por tener hijo: “Porque seguirás siendo un hijo de la chingada. Porque ni siquiera los hijos nos vuelven mejores personas.”

A lo largo de la novela el lector se ve en la necesidad de preguntarse constantemente –por lo menos uno sin hijos– si la felicidad, si el por muchos anhelado sentimiento de tener al fin una vida “completa”, sólo viene de la mano de un hijo. Alberto lucha con ese sentimiento decenas de veces y, cuando pierde a su hijo, también pierde la esperanza de plenitud: “adiós a sentirte padre, adiós a sentirte completo”, aunque poco tiempo después, una vez que ya tiene un hijo, no importa cómo –robado, tomado prestado o raptado–, el peso de la responsabilidad lo abruma: “Veníamos huyendo y, de pronto, Betsabé nos chupaba la existencia: en realidad nos hacía sus víctimas. Estábamos ahí sólo para ella, para mirarla abrir los ojos, oír sus lloriqueos. Sin Amparo, aquello habría sido mucho más dificil.” Se dice que perder un hijo es terrible, que tenerlo es grandioso, y que hay que desearlo porque otros esperan que así sea, desearlo porque inconscientemente sabes que ésa será la única huella imprescindible que dejes sobre la tierra. ¿Duda, desconcierto, incredulidad?

El autor plantea en su novela otra idea que me parece sumamente interesante: la falta de hijos. No como castigo o pérdida, sino como elección. Pareciera que no tener hijos es una moda, dice el narrador. Aunque no se profundiza mucho en la idea, es evidente que la reflexión puede ser extensa y tal vez indescifrable. El autor lo dice de así: “¿Por qué quería tener un hijo? ¿Para qué? Me reí de mí: qué poco contemporáneo eres, tener hijos es del pasado: ahora es adoptar mascotas, celulares, viajar por el mundo, vivir para uno, no para alimentar a otros: ahorrar para la jubilación, morir solo, aceptar la inmensa soledad sin nombre que hay en el mundo.” Yo podría aventurar que quizá somos parte de una generación víctima de un individualismo exacerbado, la cual se muestra tan infantilizada –comics, videojuegos, superhéroes, figuras de acción–, que no puede lidiar, en tanto dejarlo todo de lado, al enfrentar la vida como adultos, para arriesgarse a tener algo tan preciado y vivir todos los días con el miedo a perderlo. Tal vez no queremos otro niño al que tener que prestarle los juguetes.

 

Su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un sólo sitio

Ahora dos asuntos que no pasan desapercibidos en el texto de Antonio Ramos Revillas. En primer lugar aparecen a lo largo de la trama varios lugares comunes que hacen trastabillar algunos de los capítulos, ya que detienen o interrumpen una lectura fluida del texto. Aunado esto a que dichos lugares comunes provienen de un imaginario enraizado en la percepción que de las clases sociales se tiene. Entiendo que Alberto, el personaje principal, es un hombre de clase media acomodada que bien puede pensar eso, pero seguramente habría manera de salvarse de esas empantanadas repeticiones socio-culturales. Por ejemplo, la relación entre Amparo, la nana, e Irene parece salida de una telenovela. Es la mujer del campo que vino a trabajar a la ciudad y se encuentra con unos padres que no hacen caso a su hija; así que ella, con todo el amor que le ha sobrado por nunca haber sido madre, la cría como a su hija, y la propia niña le tiene un cariño casi, o tal vez mayor, como el que le tiene a su madre siempre ausente. En otro momento, en un video que los ladrones le hacen llegar a Alberto, uno de ellos dice: “Este huevudo lee mucho”, y otro contesta “Por pendejo”. Así, el narrador no sólo separa a los “ladrones” de los hombres que se ganan la vida de manera honesta –entre todas las comillas que gusten–, sino que también pretende hacer evidente, por medio de ese recurso fácil, la idea de que para la gente “pobre” cualquier gesto de gusto por cierta cultura, la lectura en este caso, es catalogado como inservible y “para pendejos”. Y así otros más: el papá de Carolina no quiere que estudie, a pesar de que ella, una buena chica atrapada en las garras de una familia de ladrones, quiere aprender radiología. O, para anotar un último ejemplo que no hace falta glosar: “En El Sartejonal no había internet, aunque sí televisión vía satélite… No tenían agua potable, pero sí televisión.”

En segundo lugar, si algo no me queda claro de Los últimos hijos es la construcción de sus personajes, especialmente Alberto e Irene: una pareja con una vida “clasemediera”, a decir de la contraportada. Creo que los personajes me llegan a parecer antipáticos por la postura que adoptan ante “la pobreza”, ante “los ladrones”, ante “los pobres”. Justifico el uso de las comillas por mi propia duda, porque no estoy convencido de que sea intención del autor que sus personajes se muestren al mismo tiempo atemorizados, profundamente lastimados, al borde de un precipicio emocional, mientras que no dejan de ser –por más que lo intenten– individuos que muestran constantemente una superioridad intrínseca hacia casi todos los demás personajes de la novela. Dice Alberto: “Apreté los dientes del enojo, porque sentía que la vida era demasiado injusta conmigo. Ahí estaba esa niña que crecería para ser ladrona. Usaría ropa sucia. Gatearía en aquel piso podrido. Pasaría fríos. Hambre.” Se presentan así personajes ensimismados que hablan de otros con displicencia y condescendencia: “Hasta los ladrones desean terminar su día con comida caliente frente a ellos.” Otro ejemplo sería la postura que Alberto tiene ante sus “trabajos” durante la época que pasan escondidos en el pueblo de la nana Amparo. “Iba y venía con mi bicicleta. No me importaba esforzarme, sudar. Incluso esa actividad física resulta curiosa, interesante: pedalear por la sierra”  –dice Alberto, tomando su trabajo en la gasolinera o en el matadero de animales como un pasatiempo para matar el ocio mientras se esconde.

Los últimos hijos es una novela que nos hace preguntarnos qué tan preparados estamos para sortear decisiones que desencajaran nuestra existencia. Preguntas que pondrán en duda nuestra capacidad de empatía por el dolor ajeno, nuestro deseo de venganza hacia la propia vida que no cumple expectativas que ni siquiera eran desde un principio propias. Ramos Revilla escribió una novela capaz de satisfacer narrativamente, siempre y cuando se busca una historia que entretenga y evolucione conforme avanza, pero que en otros momentos se opaca ante lugares comunes y personajes unidimensionales y repetitivos. FInalmente, la paternidad sometida por el dolor y la venganza, el desconcierto ingente ante lo que somos capaces de hacer con tal de alcanzar aquello que nos hemos impuesto como deseo.

 

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