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Los pigmeos vuelven a casa, de Agustín Monsreal | José Sánchez Carbó

Inventario de brevedades

Agustín Monsreal, Los pigmeos vuelven a casa, Ficticia, Ciudad de México, 2016, 306 p.

Los poetas griegos fueron los primeros en imaginar un lugar poblado por pequeños guerreros que llamaron pigmeos. Siglos más tarde, el discurso positivista de los científicos sociales europeos, impondría el gentilicio de pigmeos a un grupo de africanos caracterizados por su baja estatura, de no más de metro y medio. En cuanto al uso cotidiano, pigmeo se ha extendido para calificar a animales, cosas pequeñas y personas, en este último caso, se utiliza para mostrar desprecio: pigmeo es alguien no sólo pequeño física sino intelectual o moralmente. Este itinerario de la palabra engendrada en la ficción, expropiada por la ciencia social y empleada ordinariamente como insulto es reivindicada por Agustín Monsreal con Los pigmeos vuelven a casa, puesto que el contenido de su libro crea un lugar imaginario donde los pigmeos representan la diversidad de posibilidades textuales breves. La estatura de los pequeños textos de Monsreal se mide cuando al final de cada uno de ellos comienza un torrente de emociones, sensaciones, reflexiones, impresiones y un etcétera incuantificable que no deja de alborotar la mente del lector. Su grandeza es como una claraboya que da entrada a un sugerente universo o un microcosmos como prefiere llamarle el propio Monsreal.

Agustín Monsreal (1941) como cuentista, ensayista, poeta y, principalmente, minificcionista es un referente ineludible en la historiografía de la literatura hispanoamericana y, sin duda, un renovador de una tradición configurada, en el caso de México, por la ingeniosa pluma de escritores como Julio Torri, Juan José Arreola o Augusto Monterroso. El mismo nombre del autor, Agustín Monsreal, se ha convertido en un principio de sensibilidad poética, sea en prosa, poesía o ensayo. Cabe advertir que como lectores tales antecedentes no deben imponerse ingenuamente: se debe proceder con prudencia para valorar cada una de las obras, para considerar si, como dice Monsreal, es “buena, mediocre [o] intrascendente”. En lo particular, la calidad de Los pigmeos vuelven a casa corresponde a la tradición y refrenda plenamente la trayectoria del nombre del autor.

Este “volumen de rarezas” sobrias e inteligentes, las más de ellas tremendamente divertidas, nos advierte el autor en la “Nota introductoria”, “no pretende ser una recopilación de nuestra identidad cultural, ni tampoco recuperar el alma de los cuatro soles, ni la dignidad de ningún mago elegido, y menos ser un formulario de los demonios”. Una vez declarado lo que no es el volumen, menciona que aparte de conformar “una colección completa de bufonadas y de microcosmos hipotéticos”, contiene, entre otros textos, “prosas inmorales e inmortales”, “narraciones descabelladamente objetivas”, “absolutismos teóricos”, “destrezas ultraverbales”, “arbitrariedades poéticas”, “lujuriosidades no breves”, “diálogos dramáticos de sordos”, “necroficciones; nacoficciones”, en resumen, son “desobediencias […] y aproximaciones de estilo propicias para un Inventario de Porvenirismos y un Nuevo Disparatario”.

Este singular inventario está organizado en cinco partes: Las introducciones (así en plural), el “Principio de la Obra”, el “Intermedio”, la “Continuación de la Obra”, el “Epílogo” y el “Fin de la Obra”. Cada sección incluye cierto número de “minificciones, microrrelatos y breverismos” que fueron ordenados por el azar y el capricho. La primera parte, con sus treintaicuatro prólogos, evoca la singularidad lúdica de Museo de la novela de la eterna, del argentino Macedonio Fernández, no sólo por la generosa cantidad de preámbulos textuales, sino por el tono, el estilo, las reflexiones sobre el realismo en la literatura, las biografías, las autobiografías y, en fin, por los ingeniosos juegos metaficcionales. De hecho, en “Dedicatoria al margen” se puede leer que admira a “M.F.”. Estas dos iniciales, es cierto, coinciden con las del nombre del editor de Ficticia, Marcial Fernández, pero, ante lo mencionado, me inclino a pensar que aluden al nombre del extravagante escritor argentino. Las introducciones, los juegos, así como el aparente desorden y el caos del volumen, establecido por el azar y el capricho de Monsreal, son estrategias destinadas a satisfacer al lector salteado sobre el que reflexionó y para el que tanto escribió Macedonio Fernández.

Los universos cuánticos proyectados por Monsreal en Los pigmeos vuelven a casa ofrecen una multiplicidad de lecturas susceptibles de ser agrupadas por criterios temáticos o formales. Antes de centrarme en una de éstas, quisiera simplemente enumerar algunas de ellas. Una posibilidad de lectura derivaría de la intertextualidad por las referencias a otros textos como los cuentos tradicionales infantiles (Caperucita, Blanca Nieves, Pinocho), los textos bíblicos, la psicología y a autores como Kafka, Sandor Márai, Sócrates, Heráclito, El Quijote o Shehrezada, entre otros. Otras claves de lectura pueden reconocerse por los juegos del lenguaje, los neologismos, el humor, el erotismo, la vida de las parejas, las mujeres, el suicidio o por la presencia reiterada de personajes como la Mujer de tu Prójimo o Mi Novia la Psicóloga de las Medias Negras. Asimismo, son constantes los proyectos de libros, las viñetas biográficas, las biografías ficcionales, las declaraciones de amor o el amor propio, es decir, un conjunto de verdades arrojadas por fantásticas ficciones.

De entre las alternativas de lectura sugeridas por Los pigmeos vuelven a casa, resalto las reflexiones de Monsreal sobre estos tres ámbitos: el texto, el lector y el escritor. Respecto al primero de ellos, han sido diversos los nombres que a lo largo de la historia han recibido las ficciones breves. Uno de los más comunes, casi por acuerdo, es el de minificción dentro del cual se pueden reconocer como variantes al minicuento y al microrrelato. En palabras de la cubana Dolores M. Koch, el microrrelato brevemente resultaría de “lo que se le ocurre a alguien” mientras que el minicuento de “lo que le ocurre a alguien”.

Ante esta sintética concepción de la academia, Monsreal, en principio, le atribuye a la minificción, no sin verdad, un poder capaz de proveer de satisfactores emocionales e intelectuales inigualables. Para él cada brevedad es como un elíxir, una sustancia concentrada de la que resulta difícil salir inmune. De igual manera, es un “entusiasmo rabioso” y “un silencio extraordinario” porque el sentido de lo que dice el texto se multiplica en el lector al dejar de decir. Por su parte, al microrrelato lo describe como un “cuento chiquito”, juguetón y cruel, “simpático o bravucón y con gesto de muy pocos amigos, tiernamente lascivo u obscenamente conciso, ficcionalmente veraz, puesto a sonar en el monedero falso de las verdades literarias incontrovertibles: un microcosmos que engrandece el universo”.

Para el escritor de minificciones, Monsreal reserva algunas recomendaciones. Al escritor le aconseja escribir diario y a cualquier hora “lo mismo fábulas breves que relatos eruditos que historias idealmente imprudentes, narraciones fragmentarias”, “escribe, cualquier cosa, escribe”, aconseja. Para el escritor inseguro de su filia minificcionaria, Monsreal diseñó un divertido instrumento con el que podrá descubrir su “minificcioadicción”. Antes de responder con toda honestidad algunas preguntas, el portador de la sospecha debe profesar un primer amor: “¿Te confiesas amante de la brevedad?” Si el escritor afirma esta primera cuestión puede brincarse hasta la última frase pero si persisten las dudas debe continuar con el autodiagnóstico como sigue: “¿Piensas que la vida es muy corta para gastarla en escribir cuentos largos?”; “¿Te gana la risa o las ganas de ir al baño si piensas en escribir cuentos largos?”; “¿Te da por el perfeccionismo y sientes que tardarías una eternidad casi la mitad de tu vida en corregir cuentos largos?”; “¿Te falta vanidad o te sobra arrogancia para escribir cuentos largos?”; así hasta llegar al “no se me pega la gana escribir cuentos largos, y punto”.

Una vez definida la minificción y hecho recomendaciones al escritor para aceptar o reconocer su adicción y la forma en que debe saciarla, Monsreal le dedica varias páginas al cómplice de la trinidad literaria: lector de minificciones. Plantea la posibilidad de que después de la vertiginosa lectura de un texto breve el lector tenga que luchar contra varios elementos que distraerán su atención. Tal vez la levedad de las nubes o el andar de las personas consigan llamar la atención, o puede ser el cálido sorbo de una taza café o los asuntos de las conversaciones de otras personas que por la vecindad migran hasta los oídos, lo que les haga perder la concentración. Monsreal le pide al lector persistir, solicita toda atención: “a ver: concéntrate, piensa, reflexiona, analiza. ¿Le falta o le sobra palabra, está redonda, te cimbró por dentro, te transmitió algo, te dejó como si nada? ¿Dirías que es buena, mediocre, intrascendente? Entonces, puedes pasar a la lectura de la siguiente minificción”. Y el lector volverá dentro de sí para comprobar que a sus textos no les sobra ni les falta nada.

Conviene cerrar esta reseña con una suerte de ética profesional o un ethos del escritor. Ante la pregunta insidiosa de si escribe para publicar, responde que escribe cuando se le da la gana y agrega: “es como si me dijeras para qué vives con una mujer si no formas una familia con ella, si no tienes hijos, casa propia, seguro de vida. No te cabe en la cabeza que el escribir por sí solo ya sea suficiente. Tú necesitas una consecuencia: publicar. Y tener muchos lectores, que los críticos hablen de ti, y de tu obra, que te den premios, que te regalen becas, que tu nombre ande anolándose en boca de la inmortalidad, en el regazo de la gloria. Pendejadas, pinche hermanito, puras pendejadas”.

 

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