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Los niños están locos, de Héctor Manjarrez | Eduardo Sabugal

Manjarrez y la infancia perdida

 

 

Héctor Manjarrez, Los niños están locos, Era, México, 2016, 219 p.

 

Cuando Margo Glantz revisaba la literatura de Gustavo Sainz y José Agustín en Onda y escritura en México: Jóvenes de 20 a 33, hablaba de “El Imperialismo del Yo” para referirse a esa forma estilística de La Onda consistente en narrar la situación vital del personaje adolescente no desde una focalización externa sino en contar la anécdota en el nivel del lenguaje típico que el propio adolescente creaba (humorístico, citadino y alburero) y que, al mismo tiempo que lograba reproducir una interioridad también lograba reproducir una exterioridad. Glantz citaba al Paz de El laberinto de la soledad:El adolescente vacilante entre la infancia y la juventud queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo”, esa suerte de indeterminación, de estado suspendido ante el mundo que se quiere devorar de múltiples formas (jugando futbol, teniendo una experiencia sexual, combatiendo los prejuicios heredados, delineando violentamente un autorretrato) es la médula de Los niños están locos. Sólo que, aquí, la infancia perdida Manjarrez la cuenta a través de personajes que perdieron, a su vez, el imperio del Yo. Por eso es a toro pasado y desde afuera que el autor relata las viejas alegrías púberes y el tormento de metamorfosearse en adulto, porque “para muchos niños, ser es algo muy doloroso y arduo y difícil de entender”.

Parece imposible recordar el momento preciso en el que uno dejó de ser niño, el día en el que uno empezó a ver el mundo como un adulto y a comprenderlo desde la adultez. Pero también parece haber días en que uno crece, así de improviso, casi de golpe, perdiendo la inferioridad y la belleza, y entonces todo ese mundo de la infancia, ese paraíso que se pierde, se embota en la memoria. Héctor Manjarrez, como un viejo alquimista sabedor de su oficio, logra convertir ese torrente memorioso en relatos. Hay un tono mixto, mitad tierno, mitad amargo, como si esas anécdotas se recordaran como una enfermedad inofensiva desde la salud aburridamente estable. En “Virginia y el árbol”, Ester dice: “Me gustan mucho los niños y por eso disfruto de mi trabajo matutino en la enfermería de una escuela privada bilingüe”. No son unos niños cualesquiera, son niños en una enfermería, levemente lastimados, y aunque no se trata de “La señorita Cora”, de Cortázar, sí se trata de un testigo privilegiado que comprende la enfermedad de ser niño y que da cuenta de esa hermosa sensualidad naciente, misteriosa e inexplicable, que pronto será olvidada, castigada, acaso pervertida. Porque “Esta sociedad tan cobarde y desagradable difícilmente se puede tolerar sin confirmar que a veces la fortuna se ensaña con los que ella misma ha convertido en sus favoritos”. De la iniciación sexual, pasando por el arduo trabajo de volverse hombre y el descubrimiento de la vocación como escritor, hasta las referencias históricas como el asesinato de Rubén Jaramillo en 1962 y el de John F. Kennedy en 1963, el autor evoca paulatinamente, con vagos trazos que se antojan autobiográficos, esa enfermedad de la que fuimos súbitamente curados.

En los cuentos “¿Qué estás haciendo ahora?” y “Mi mamá nunca me pegaba”, la vigilancia se convierte en maltrato y el cuestionamiento monologado es la sinrazón que, como un muro, parece erigirse entre el mundo adulto y el mundo infantil: “¿Por qué no puedes estarte en paz? ¿Por qué tengo a cada instante que estar pendiente de ti, de que no te pierdas, de que no te atropelle un coche?” Y más adelante: “¿Tú crees que a mí me gusta estar todo el tiempo pidiéndote y amenazándote?” Vigilar y castigar, sí, como la denuncia metafórica de una relación político-ideológica, pero también la incomprensión generacional insalvable. Por eso el recuerdo dramático de esos rebeldes sin causa como Elvis Presley (con su chamarra roja) o Marlon Brando en Un tranvía llamado Deseo, y por eso también la ambientación en muchos de estos relatos, construida como si se tratara de una serie de fotogramas sacados de una película de Luis Buñuel o de Ismael Rodríguez para, a través de la nostalgia, recordar que en ese tiempo los adolescentes estaban condenados a ser ovejas olvidadas o vigiladas. Porque para los adultos de esa época (y acaso también para los de esta), los niños parecen tener muchos pájaros en la cabeza. Demasiados. Y esos pájaros los hacen azotarse como estrellas de cine, contra el suelo y las paredes, como rebeldes dolorosamente enamorados de sí mismos en medio de una moral impuesta por los adultos, como el personaje de “El arquero y lo que le sucedió”, que “vive en un mundo de narcisismo ferozmente autocrítico”.

La nostalgia, como en la prosa de José Emilio Pacheco o José de la Colina (quien también recordaba La Bella Italia, aquella mítica heladería de la infancia perdida), se convierte en estrategia narrativa para describir aquel estado suspendido de la pubertad. En “Muy extraños, muy misteriosos” se recalca: “No éramos niños y tampoco éramos adultos, nuestros enemigos comunes. Éramos seres intermedios, humanos, sin duda, pero también ánades y primates y cuadrúpedos e insectívoros y ungulados”. Esa monstruosidad kafkiana de la indeterminación, esa indefinición del bicho raro que experimenta un rito de paso, también recuerda la creatura cortazariana atrapada en el acuario. Como los ajolotes que eran salamandras sin serlo, esos niños locos, esos seres raros catalogados como Adolescens mexicanum, ansían recuperar la felicidad de respirar y sentir y pensar y caminar. Animalitos atrapados en una pecera, en espera de un doppelgänger que los rescate, como en el cuento de Cortázar, o en espera del amor, del erotismo felizmente recompensado, o del futuro que promete una liberación pero que nunca llega, un futuro siempre aplazado que promete un día en el que, ya siendo adultos, se podría finalmente comprender y ser comprendido, entender un poco mejor la existencia y el mundo. No obstante, ese día nunca llega, como cantan los Creedence Clearwater Revival en “Someday never comes”, que se antoja parte de la banda sonora de estos relatos.

Esas creaturas, que no eran animales ni niños, sino unos inocentes, apenas unos pobres púberes babosos, son recordados con cierta ternura a pesar de la crudeza de los relatos, acaso como un ajuste de cuentas, como si se pudiera comprenderlos y amarlos a destiempo, a la distancia. Manjarrez homenajea a Roger Bartra y a José Agustín, porque se sabe perteneciente a una generación y porque esas bestias infantiles, esos niños ferales, eran (y quizá todavía son) sus compañeros de armas, cómplices de esa locura disfrutada y padecida.

En “Doce y medio”, “La sexualidad es honda, ineluctable, eléctrica, misteriosa, sagrada, sensual, enloquecedora, incomparable, peligrosa”. Pero con el descubrimiento del erotismo, le sucede el del temor y el terror. Porque a la par se descubre también el machismo, ese mundillo masculino que impera durante la adolescencia, ese “mundo de la patraña y la fanfarronada, la ignorancia y la jactancia.”, donde los hombres no deben llorar y están siempre dispuestos a violentar al otro, a sucumbir al éxtasis de la violencia, porque, como dice Graciela en Pecado, “Las mujeres emitimos sangre. Los hombres la derraman”. En esa lid colectiva de machos púberes, un niño, si quiere hacerse hombrecito, debe enfrentarse a la dura prueba de no ser o parecer pendejo o maricón. Los partidos de futbol en el viejo Parque de la Lama se transforman en sangrientas batallas campales, donde todos los muchachos se afanan por ser o parecer héroes. En “Hacerse hombrecito”, conforme avanza la adolescencia del personaje, la mente le juega más tretas: “¿Era un signo inequívoco de que tarde o temprano se volvería loco?” No, no es locura, sólo es que aquel niño comienza a darse cuenta de que “a las leyes de la familia y de los maestros se sustituían las reglas de la violencia sin apelación y los pactos formalmente irrecusables. Si te niegas, te sales. Si te sales, te chingas”. Por momentos, Los niños están locos recuerda los comienzos de La Onda, ese relajo  inocente, ese desparpajo ingenuo de los personajes de Gustavo Sainz en Gazapo y los ritos de paso, cuasi-iniciáticos de los entrañables personajes de José Agustín en De perfil, y La tumba. Ya Margo Glantz, en Narrativa joven de México, apuntaba que “la lucha de generaciones es un viejo juego histórico y los combates entre el Rey Viejo y el Rey Nuevo son célebres y míticos (…) Los jóvenes han sido siempre rebeldes, muchas veces han optado por el camino de la anarquía, con ferocidad se han opuesto a las generaciones que los preceden”. Justo ese quiebre generacional, en el libro de Manjarrez, aparece insinuado en cierta superación de la historia. Si en “Pecado” se menciona que la Guerra Cristera es un tema olvidado o suprimido,  la historia de las manifestaciones culturales, populares, aparece para revitalizar, como un hachazo, las viejas formas. Los muralistas producen sueño y “Elvis y Pérez Prado ya sonaban un poco viejos, Bártok y Shostakovich también. Se hablaba de laboratorios sonoros para inventar una nueva música para una nueva era”. Es, en realidad, el anticipo del hippismo y la premonición de una generación que luego se dejó el cabello muy largo, como el Che Guevara o John Lennon, pero que nunca fue feliz ni en el amor ni en la política. En este universo diegético de Los niños están locos, más que brechas generacionales hay muros altos, infranqueables. Como si no fuera posible ningún tipo de comunicación y, por eso mismo, se exigiera siempre, en términos emocionales, un desenlace trágico respecto a las relaciones de los niños con sus mayores.

Esa generación, que vivió bajo la obediencia estricta, vio con profundo desagrado una década después ese supuesto valor de saber obedecer incuestionablemente a sus mayores, precisamente en un momento histórico en el que, en una imagen de propaganda que circulaba por aquel entonces, mostraba a Gustavo Díaz Ordaz besando la mano de su padre en señal justamente de obediencia. Jóvenes que, cuando niños, tuvieron abuelos que encarnaban un racismo inexplicable, un conservadurismo que parecía de otro planeta, porque “Los padres hablaban de rectitud y obediencia a los chicos, pero cualquiera podía ver que a menudo eran mentirosos y abusivos y ni siquiera eran capaces de enterarse. En cuanto a los abuelos, eran aún más remotos y encerrados en sí mismos; provenían de otra era, en la que quizá permanecían casi todo el tiempo”.

En estos cuentos, donde el mundo es visto como a través de un filtro, casi en color sepia, la figura del adolescente es para Manjarrez la del ajolote y la del forastero, la del eterno doliente y el siempre incomprendido; nadie lo entiende y él no entiende a nadie, un ser que sufre hacia adentro, retorcido como alambre de púas, pero al mismo tiempo ávido del exterior, pues es constantemente tentado por el mundo, fascinado, asustado, y ofendido por él. Alguien que tiene que pasar por la mierda y la suciedad del mundo para purificarse y que, sin embargo, no deja de tener una pose suicida, que sigue prefiriendo irse, morirse, pues “ni que fuera tan chingona la vida”. El adolescente, nos recuerda Manjarrez, es una especie de niño perdido con complejo de Cristo: en “Atlante-Necaxa”, el personaje, mientras sufre su condena, piensa con rabia e impotencia: “Crucifíquenme, hipócritas, lameculos, hijos de la chingada”.