Los ingrávidos de Valeria Luiselli

Completar el rompecabezas por Judith Castañeda Suarí

Un libro puede leerse en más de una forma, lo sabemos, aunque en el caso de Los ingrávidos, primera novela de Valeria Luiselli, pareciera ofrecérsenos una especie de mapa en el que las rutas son varias y de un mismo color; el personaje femenino, o tal vez la propia autora, lo dice en varias ocasiones: “Generar una estructura llena de huecos para que siempre sea posible llegar a una página, habitarla”, o “una novela compacta, porosa. Como el corazón de un bebé”. Estas frases ponen en tinta y papel las interpretaciones de los lectores, dándole a cada uno la posibilidad de armar un rompecabezas incompleto con una o varias piezas propias.

Llama la atención el título que, haciendo uso de una palabra cuyo significado es el no estar sometido a la fuerza de gravedad, se refiere a personajes distantes entre sí, más en específico a una mujer sin lazos sólidos con su entorno actual, con su familia –llama a sus hijos el niño mediano y la bebé, a su marido, mi marido, el vecino tampoco tiene nombre, es el vecino que cría “sapos y cucarachas de Madagascar”.

Yendo más allá, podríamos aplicar otro término al personaje femenino: el de gravidez. El estado de una mujer embarazada, un cuerpo que guarda vida, como lo es el de ella, quien parece narrar las vidas que aún lleva dentro de sus recuerdos: “Todo empezó en otra ciudad y en otra vida, anterior a esta de ahora pero posterior a aquélla”.

Texto fragmentario, experimentación, prosa, novela o no novela; los calificativos se multiplican, y tal vez cada uno de ellos sea correcto. Texto fragmentario: los episodios, pequeños capítulos, van de un par de líneas, un diálogo corto, a párrafos que ocupan una página, página y media o dos, sin otra ley que el propio lenguaje —el libro manda—. Experimentación: términos como “Consincara” para referirse a un fantasma, o las frases “ecos de personas”, “volverse un hueco para los amigos”, reafirman lo maleable y dúctil del idioma, sus posibilidades. Prosa, novela o no novela: no hay un inicio, nudo, resolución como tales, sino una serie de acontecimientos —cotidianidades los más, como atender a los hijos, jugar con ellos, estancias en bibliotecas públicas, salidas a bares, un empleo—, un antes y un después, tres historias en las que el personaje central es, muy probablemente, el subway, la estación del metro inundada de rostros hechos de carne y hueso y de humo.

Novela de fantasmas, si le creemos a la autora en voz del personaje femenino que responde: “¿De qué es tu libro, mamá? Es una novela de fantasmas.” Y en ella se pueden distinguir tres hilos que van entretejiéndose: el de la madre del niño mediano, el de la editora radicada en Nueva York, y el del poeta Gilberto Owen.

La madre del niño nos recuerda a alguien que necesita una habitación propia; su esposo lee los fragmentos que componen su novela —la historia de la editora de Nueva York—, pregunta si eso en verdad ocurrió, si Moby existe, si ella lo conoció, pide: “Por favor, borra lo de los zombies”, califica: “Es horrible lo de la masturbación con la foto, opina mi marido.” Ello, aunado a las actividades de madre de dos niños pequeños —jugar a las escondidillas o alimentar a la bebé—, restan minutos al tiempo que podría pasar tecleando en la computadora; minutos que, sumados, son los más: “Los ciclos de ahora son breves y necesarios. Es imposible tratar de escribir”.

Ella, en los archivos de su computadora, en apariencia, va tejiendo lo que su esposo piensa puede ser su vida de soltera. Aunque ella afirma que es una novela: “Todo es ficción, le digo a mi marido, pero no me cree.” Y le damos el beneficio de la duda al hombre; además de que la vida de la joven editora parece muy cercana, muchas veces la obra guarda algún dato autobiográfico de su autor.

En esa otra vida de bibliotecas, libros prestados y traducciones, de amigos que llegan a dormir, a desayunar o a bañarse, de viviendas casi vacías y bares, va abriéndose paso el poeta Gilberto Owen.

La biografía del autor nacido en El Rosario, Sinaloa, en 1904 es, en un principio, tan porosa y llena de huecos como el libro en Los ingrávidos. Esto, consecuencia de un empleo en la embajada mexicana. Owen salió de México desde muy joven, en 1928, radicando en Nueva York, por lo que “su regreso al país fue… un pretexto de curiosidad para aquellos que nunca antes lo habíamos tratado”, dice Alí Chumacero en su prólogo a las Obras de Owen.

Valeria Luiselli aprovecha esta estructura llena de huecos y la amuebla, tal vez, con más de un dato ficticio —aunque también retoma fragmentos de las cartas de Gilberto Owen incluidas en sus Obras—. Del primero es responsable la joven editora de “piernas fuertes y flacas”. Mientras hojea libros en la biblioteca, da con una carta de Owen dirigida a Xavier Villaurrutia: “Vivo en Mourningside Av. 63.” Y luego, quizás impulsada por un cierto entusiasmo que se siente cuando nos enteramos que vivimos cerca de donde vive o vivió alguien importante, o alguien famoso, decide proponer al poeta en la editorial donde trabaja. Y para terminar de convencer a su jefe, White, decide presentarle un manuscrito que es una traducción de varios de sus poemas a cargo de Louis Zukofsky. Manuscrito hecho por ella misma con ayuda de un amigo, Moby.

Es a partir de entonces que los tres hilos forman un solo conjunto. La autora va esbozando lo que bien podría ser una réplica a palabras del “Drawing hands” de M. C. Escher. Al tiempo que la madre del niño mediano escribe “un libro sobre el fantasma de Gilberto Owen”, el poeta planea escribir una novela narrada en primera persona “por una mujer de rostro moreno y ojeras hondas que tal vez ya se haya muerto”. Se escriben uno al otro, como en el trabajo de Escher, donde dos manos que emergen de la página empuñan cada una un bolígrafo y esbozan el puño de la camisa de la otra.

Consinrostro, el fantasma en la casa del niño mediano, y el fantasma —“o varios”— en el departamento de Gilberto Owen en Filadelfia, el árbol plantado en una maceta, sequísimo en solo dos semanas, abandonado por el poeta en la azotea de su edificio, y luego encontrado por la editora muchos años después, luego de tropezar con la carta a Villaurrutia en el Obras de la biblioteca, son algunos de los elementos que van anudando las tres vidas, pero el principal parece ser el metro, el subway, en el que la editora ve a Gilberto Owen, la cabeza recargada en una ventanilla del tren contiguo, el que “por unos instantes anduvo a la misma velocidad que el tren donde iba yo”, y en el que, a su vez, Owen la ve a ella, en circunstancias parecidas y con un libro de tapas blancas, de título en español: un ejemplar de sus Obras.

La propia autora lo sugiere —incluso desde la portada, estación hecha con grises, blancos y negros—. Como en una de esas notas que escribe Owen sobre su novela no escrita pero pensada, o los post–its que la editora hace florecer entre las ramas del árbol seco del poeta, Valeria Luiselli va dejando anotaciones a lo largo del libro. Una de ellas dice: “El metro, sus múltiples paradas, sus averías, sus aceleraciones repentinas, sus zonas oscuras, podría funcionar como esquema del tiempo de esa otra novela.”

Y así funciona; la editora de piernas flacas ve a Gilberto Owen al otro lado de la ventanilla, él ve a Ezra Pound entre la multitud que espera en el andén, la ve a ella leyéndolo a él… Tanto dentro como fuera del libro, un vagón, el subway, el metro, es un lugar donde infinidad de vidas —¿de tiempos?— se cruzan, donde se guardan por un determinado lapso, lo que dure el viaje.

De la misma forma giran su mecanismo las páginas, las de la computadora, dispuestas verticalmente, las de un libro: en el papel descansan vidas y tiempos hechos con letras, con párrafos; vidas entran, salen y vuelven a entrar veinte cuartillas después o nunca.

Y en Los ingrávidos, libro-vagón, Valeria Luiselli ha colocado un hato de personajes, de historias, que más que responder a la composición tradicional de una novela, forman parte de un deseo de experimentar tanto con el lenguaje como con la estructura de la narración, lo que al final prevalece sobre los hechos que se relatan y termina siendo el aspecto a destacar del libro.

Texto publicado en la edición 145 de Crítica


Valeria Luiselli, Los ingrávidos, Sexto Piso, 2011


Escrito por Judith Castañeda Suarí

Escribo cuentos y trabajo en una librería. Y aunque eso sea algo para celebrar, los años siempre estarán contaminados con dos manchas negras: la ausencia de mi abue y mi profe, Alejandro Meneses. Los extraño desde el primer minuto.

Blog: sinidea.blogspot.com