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Los demonios de la sangre, de Alejandro Paniagua | Alejandro Badillo

La fragmentación y la locura

 

Alejandro Paniagua, Los demonios de la sangre, Paraíso Perdido, México, 2017, 216 p.

 

Dentro de la novela que se escribe y publica en México hay varias vertientes. Quizás, en primer lugar, una de las más reconocibles es la novela que busca insertarse en los circuitos comerciales y es vendida por los grandes consorcios. Un poco a la sombra de los reflectores hay una gran diversidad de propuestas que han encontrado cobijo en editoriales universitarias o independientes. La novela –uno de los géneros literarios más recientes– nació como un medio de experimentación ya que, por su extensión, permitía integrar una gran cantidad de personajes, digresiones, intercambios epistolares, cambios en el punto de vista del narrador, entre otras innovaciones. Así, el género se transformó desde su aparición hasta dialogar con las vanguardias del siglo XX. Sin embargo, ya avanzada la segunda década del siglo XXI, para un número significativo de lectores parece que el género no ha evolucionado y, el único cambio más o menos perceptible, es la predilección por ciertos temas que abarrotan las mesas de novedades. Por esta razón, entregar una novela efectiva, que se mueva dentro de los intereses comerciales, se ha vuelto un objetivo irrenunciable para un sector importante de creadores. Utilizo el término “novela efectiva” para tratar de describir narraciones que usan un lenguaje y estructura convencionales, asequibles a un lector promedio que sólo busca en las páginas un rato de evasión. Para lograrlo no se debe poner en crisis la narración y apostar por situaciones claras, personajes creíbles, una anécdota que se pueda vender fácilmente y con la cual el público se pueda identificar. No obstante, a pesar de las necesidades del mercado editorial, aún hay autores y lectores que buscan ir más allá de las expectativas que promueve la industria.

En este contexto aparece Los demonios de la sangre, obra ganadora de una mención honorífica en el Premio Lipp de Novela en 2016. Alejandro Paniagua establece su juego de dos formas: la primera –anclada en el pasado– es volver al tema rural, cuyo trayecto va del costumbrismo del siglo XIX a las obras de Yañez, Rulfo, entre muchos otros. El México bucólico, el que indaga en la materia difusa de lo mexicano, entraña varios peligros. Quizás el más evidente es quedarse en la superficie, es decir, apostar por lo pintoresco antes que por emociones y temas universales. Hay autores que siguen pensando su literatura, en este caso la narrativa de largo aliento, en términos casi sociológicos; les interesa captar a cabalidad, con precisión casi científica, los modos y giros lingüísticos de la provincia antes que pensar en la historia, sus posibilidades de tensión y profundidad. Pienso, por ejemplo, en Pedro Páramo, que explora una historia profundamente mexicana sin necesidad de caer en la postal fácil y, sobre todo, reelabora con gran artificio el habla popular. La segunda propuesta de la novela de Alejandro Paniagua es condensar el espíritu de un país que parece anclado en el tiempo y fragmentar la línea narrativa para crear la sensación de que el limbo en el que se mueven las acciones pertenece a nuestra época y no a un texto escrito varias décadas atrás. Así, cada breve capítulo es una pieza de rompecabezas, una serie de espacios interconectados y con un sentido anárquico del tiempo.

La cuarta de forros nos da un par de claves: “opresivos ambientes rulfianos” y “se da el lujo de incluir algunos guiños a La tempestad y El rey Lear de Shakespeare”. La primera frase merece discutirse para analizar a fondo el libro. Hay quienes creen que las figuras del Olimpo literario (Borges, García Márquez, Rulfo) han monopolizado o, peor aún, clausurado para siempre los caminos que abrieron con sus obras capitales. Sin embargo, la literatura es un diálogo constante, una interminable nueva visita a temas vistos desde los griegos. El homenaje e, incluso, la parodia, pueden visitar sin pudor las obras clásicas. El talento y el conocimiento del autor son los que marcan la diferencia. En efecto, en Los demonios de la sangre hay un gusto rulfiano que se queda sólo en la voraz genealogía de las venganzas familiares y el pasado que obsesiona a cada uno de los personajes. Caso contrario es, por ejemplo, la novela de Miguel Ángel Hernández Acosta, Hijo de hombre, publicada en el 2011 por editorial Jus, en la que las similitudes temáticas con Pedro Páramo son muy evidentes: un personaje solitario, Rodrigo, se entera de que su padre (a quien no ve desde hace muchos años) ha muerto y que debe ir a recoger una herencia. El protagonista se embarca en un viaje a Real del Monte, en Hidalgo, que lo enfrenta a un pasado que apenas atisba por las referencias de su madre muerta. En la novela de Hernández Acosta tenemos una especie de universo alterno que es, más bien, un pretexto para seguir indagando en las relaciones familiares, el vínculo con el padre ausente, entre otros temas tratados no sólo por Rulfo sino por muchos narradores. En Los demonios de la sangre el foco radica en las relaciones truncas, historias secretas, una memoria compartida que se revela como una maldición a punto de ocurrir.

El tronco principal, de donde se ramifican las acciones de la novela, es la familia encabezada por don Evaristo, una especie de cacique que, como se puede suponer, somete a su círculo cercano y sus decisiones parecen las de un imprevisible dios. Una característica que se debe resaltar es el lenguaje. Alejandro Paniagua escribe desde la austeridad, construye desde el desapasionamiento y la monotonía. La cadencia y la ambigüedad son sustituidas por una prosa llena de frases parcas y movimientos desnudos. El objetivo es claro: al narrador le interesa contar las cosas desde la lejanía, sin involucrarse de más y dejando, casi siempre, que los personajes –rudimentarios casi todos– se expliquen a cuentagotas, internándose a ciegas en los vericuetos de la novela. No hay grandes diálogos, ni explicaciones que funcionen como larguísimos discursos. Los protagonistas, burdos, son ajenos a los adjetivos y a cualquier retórica. Los únicos momentos en donde explotan es cuando ocurren los reclamos: Próspera –una de las hijas de Evaristo– se interna en la locura y sus exaltaciones verbales son dirigidas a un mundo que, desde hace mucho, la ha abandonado; en el siguiente escalón generacional, Aníbal condensa de alguna manera las heridas abiertas de sus antepasados.

La prosa de Alejandro Paniagua y, sobre todo, la estructura de su novela, corren varios riesgos. El más evidente es que la fragmentación en la línea narrativa sea insuficiente para generar tensión en la trama. Cada nuevo capítulo es un reinicio, un nuevo reto para que el lector encuentre la conexión con el resto de la historia. Al ser una novela no muy extensa, permite tener en mente los pasajes que plantean las diferentes anécdotas que se entretejen; sin embargo, la diversidad de personajes, los guiños y claves que se descubren poco a poco, podrían quedar enterrados en el caleidoscopio que plantea el autor. La apuesta, quizás, intenta reforzarse con las referencias (la magia, los nombres, la venganza) a la obra de Shakespeare. De esta forma, el lector entiende que el camino es una nueva visita a tópicos no sólo explotados por el autor inglés sino por gran parte de la literatura universal, mientras se deja guiar por las historias sin tomar nota de de los detalles y permite que la experiencia sea más sensorial que racional. Una de las cualidades que hay en la propuesta de Alejandro Paniagua, y que la aleja ambién de una lectura superficial, es la casi total ausencia de referencias temporales. Sabemos que estamos en México pero no hay un escenario de fondo que distraiga la atención. No hay una denuncia o un interés en reflejar la pobreza o el abandono en el que está gran parte de la provincia del país. De esta forma los personajes permanecen solitarios, abrumados por sus demonios y sus miserias. En algunos pasajes –sobre todo cuando se destaca lo yermo del paisaje, el desencanto de la atmósfera– parece que estamos en un territorio atemporal, como en uno de los westerns del escritor norteamericano Cormac McCarthy.

Los demonios de la sangre parte de una imagen atractiva: un guerrero se esconde en el cadáver de un caballo. El hombre espera en el cuerpo corrupto del animal y espera la llegada de los enemigos. Este comienzo, a medio camino de la escena fantástica y la estética de lo grotesco, es el que debe explorar el autor en trabajos futuros. Ante la prosa metódica, de goteos precisos y demasiado controlados, es necesario abordar la historia aprovechando el mito e, incluso, la alegoría. Los escenarios predilectos del autor, cercanos a breves pasajes teatrales, deben ahondar aún más en la ambigüedad y la trampa. Por su perfil, los personajes están maniatados a sus circunstancias, quedan a merced de su destino o, en el peor de los casos, se pierden en sus delirios. Con un narrador que soporte y asuma más la psicología de sus criaturas, los fantasmas shakesperianos podrán aparecer en plenitud. El guerrero repite de una manera intuitiva, sin explicaciones, la conversión del hombre a una identidad animal. Evaristo, Aníbal, Próspera, entre otros personajes, son bichos vistos a través de un microscopio, esperando que el ambiente que los rodea se colapse. La laberíntica composición de Los demonios de la sangre tiene el objetivo, como refirió el autor en una entrevista, de retratar la locura. La lente distorsionada y, sobre todo, la paranoia del patriarca Evaristo, contribuyen a ese propósito. También el miedo a dejar de ser tú mismo, a abandonarte, como en el caso de Próspera, es un complemento de ese interés. Ojalá que el mundo creado por Alejandro Paniagua aproveche los recursos planteados en esta novela para que sus historias no sólo abreven de la atmósfera sino también del diálogo constante con el pasado literario, con los viejos mitos que deben estar presentes en la mente de los autores contemporáneos, como las habitaciones de una casa que aún tiene muchos secretos.