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Los años sabandijas, de Xavier Velasco | Judith Castañeda Suarí

Picaresca del siglo xx

 

 

Xavier Velasco, Los años sabandijas, Planeta, México, 2016, 469 p.

 

Situada en la década de los ochenta, Los años sabandijas, de Xavier Velasco, aborda un fragmento de la vida de dos jóvenes: el “Roxanne”, quien no puede soportar que lo llamen por el pestilente nombre de Lamberto Nicanor Grajales Richardson, y Rubén Ávila Tostado, el “Ruby”. Desde las primeras páginas, estos personajes se nos presentan como una par de pícaros que roban los extintores en el estacionamiento de una tienda Sears.

La novela, más que construirse con la voz de un narrador con madera de cómplice, como vemos en la cuarta de forros, está hecha con aquella que es una especie de divinidad, un poder omnipotente que sabe tanto acciones como pensamientos, que se permite opinar, y le entrega a sus lectores un panorama completo del escenario que observa desde todos los ángulos.

Así, a través de esta tercera persona, tenemos una obra tejida a fuerza de fragmentos un poco dispersos, que comienza desde antes de la página uno y quizá no termine con el punto final. Esta impresión podría deberse a la forma en la que el también autor de Diablo guardián dispone sus capítulos: diez, todos situados en años consecutivos, de 1980 a 1989 y, en su mayoría, centrados en un solo evento como el terremoto de 1985 o el concierto que The Police ofreció en noviembre de 1980 en lo que hoy es el World Trade Center de la Ciudad de México.

Tomando en cuenta lo anterior, asomarnos al libro es como estar ante una serie de televisión cuyos episodios son independientes entre sí, como si nada importante ocurriera entre finales de 1980 y julio de 1981, por ejemplo, pues la mayor parte de los capítulos se conectan con el siguiente por medio de los personajes y los acontecimientos ocurridos entre uno y otro que el narrador se limita a resumir. 1983 y 1987 son los únicos años que escapan a esta descripción, pues están construidos, en su totalidad, desde la primera persona: son cartas cuyo remitente es femenino o asume una identidad femenina.

En este marco, el autor inserta una serie de anécdotas que involucran a Lamberto, a Rubén y a otros personajes, quienes entran, salen, vuelven a entrar o desaparecen de forma definitiva a lo largo de la década: el primer walkman que el “Ruby” ve en su vida; las infracciones que han de levantársele a los automovilistas por una falta que incluso el oficial ignora pero debe existir con seguridad, pues en ese negocio no hay inocentes; una fiesta de cumpleaños sólo para dos que termina en un completo desastre; una suplantación de identidad; un esquema o, mejor dicho, una estafa de pirámide.

Es posible pensar en lo anterior como en una cadena de eventos, a veces divertida, a veces sórdida, y nada más. Sin embargo, en las aventuras y desventuras de los personajes de Xavier Velasco es interesante la atmósfera, una que hace de Los años sabandijas algo cercano a una película ochentera, unos instantes mexicana, de acción, y juvenil estadunidense en algunos fragmentos.

Éste es el caso del ubicado en 1980, el primero. Aquí el autor coloca a sus lectores en mitad de una huida, en el diálogo entre el “Roxanne” y el “Ruby”, quienes llevan la cajuela llena de extintores robados en el estacionamiento de un Sears para venderlos y así conseguir la entrada a un concierto: la sensación de estar frente a la pantalla, viendo una cinta estilo Footloose, se genera gracias a una finalidad quizá banal, satisfecha a través de acciones fuera de la ley, y a una banda sonora integrada por agrupaciones que se alejan de lo convencional, por lo menos en el México de aquella época: The Police, grupo británico de pop-rock, y The Clash, exponentes del punk entre mediados de los años setenta y ochenta, de quienes, por cierto, procede el sobrenombre de los dos jóvenes: el “Roxy” del tema “Roxanne”, de The Police, y el “Ruby” del de The Clash, “Rudie can’t fail”, en el cual tenemos también un grito de guerra.

Otro capítulo-año inmerso en esta atmósfera es 1984. Volvemos a encontrarnos con Rubén y con su primo, Luis, que en 1980 son la llave de entrada de los dos amigos, el “Ruby” y el “Roxanne”, a una conferencia de prensa. Aquí Luis funciona también como algo similar, la diferencia es que ahora debe convencer en vez de ayudar: convencer a su primo de hacerse pasar por un joven actor estadunidense ante un grupo de muchachas en un certamen de belleza.

Las películas semejantes a aquellas protagonizadas por los hermanos Almada se advierten ante la aparición de personajes como el apodado “Comanchú”, Gamaliel Urbina Flores, el agente Espiridión Santacruz Rebollar y el suboficial Estanislao Roa Tavares, entre otros, a quienes el autor describe con bigotes de aguacero y nariz ancha y ganchuda, de cara redonda, pómulos prominentes, mandíbula salida y un labio leporino que complica la pronunciación. Constituyen un grupo de “bronsons” –aludiendo a Charles Bronson–, en palabras del “Comanchú”, Erasmo Cortés Mijangos.

El capítulo es 1981, a finales de julio. Lo sabemos por el evento real del que Xavier Velasco se sirve para situar este fragmento de Los años sabandijas: la boda de Diana Spencer y Carlos de Gales, que en el periódico que cubre la cabeza del agente Espiridión Santacruz Rebollar se anuncia con el encabezado de: “novelesco final de la historia de amor del príncipe carlos y diana”.

Pero sin importar el tipo de escena que el autor nos presente capítulo a capítulo, la constante de la novela es aquel lenguaje que hace saltar a las buenas conciencias, obligándolas a protestar con calificativos como soez, vulgar, majaderías, al mismo tiempo que fruncen la nariz y giran hacia otra dirección la barbilla en alto, dejando así en claro que ellos pertenecen a un sector superior: el de la decencia, el de la gente educada y de buenas costumbres.

Dos son las funciones de este lenguaje a lo largo del libro: crear camaradería y amedrentar al otro. Con él se dirigen entre sí Lamberto y Rubén desde un principio, mientras están huyendo en el Rambler amarillo, modelo 72, de “Ruby”, mientras el dueño del vehículo recita las posibles equivalencias de tres extintores en manos del “Cucho” –“Un vuelo de ida y vuelta a Acapulco. Trece y media botellas de Bacardí. Cinco discos importados. Siete tanques completos de gasolina”– y mientras el “Roxy” lo apresura con un grito nacido de su nerviosismo: “¡Concéntrate, carajo, que nos van a agarrar!”

Están, por otro lado, esas mismas palabras cuando se esgrimen delante de un subordinado o de un prisionero. Así sucede con quienes hacen su aparición en 1981, con el comandante Erasmo Cortés, “Excolega. Expareja. Exaliado. Excompadre, ojalá”. Entonces, gracias a la autoridad que otorgan esas palabras, la cual ensancha aquella que la posesión de una placa policiaca otorga, hay una oportunidad de obligar a un antiguo compañero no sólo a estar cerca, sino a participar de nuevo en operaciones semejantes a las que llevaran a cabo en años anteriores, es decir, cubrir la huida a unos asaltabancos o guardar coca, joyas, facturas o dólares.

De este lenguaje se aparta la correspondencia enviada por varios de los personajes femeninos que pueblan Los años sabandijas. Son los capítulos centrados en 1983 y 1987 y ahí tinta y papel llevan diferentes confidencias a una hermana o hermano, a un ex marido, a la hija de un esposo. Así, a través de un lenguaje coloquial, nos enteramos de que la madre de Lamberto, Felisa Richardson, viuda desde hace quince meses, ha contratado a un par de investigadores para que cuiden por ella a sus dos hijos mayores, al propio Lamberto y al segundo, Gregorio. También, por medio de una misiva, conoceremos la visita de Felisa a la Universidad Iberoamericana, donde descubre a Lulú, novia de Lamberto, alejadísima del nivel social de ellos. Una carta, nacida de diferente mano, confiará a los lectores de Xavier Velasco la preocupación de una mujer divorciada por el futuro de sus tres hijas, entre las que se encuentra Lulú, preocupación que la lleva a no devolver el préstamo que le hiciera José Ernesto, su ex marido, a quien le urge tener ese dinero de vuelta. Dirás que estoy cobrándome la pensión a lo chino, escribe Alma Laura Luna Melgar al hombre, e intenta disculpar su retraso con el argumento de que dicho préstamo constituye el patrimonio de sus hijas.

Junto a estos aspectos, es importante también resaltar uno de los epígrafes que encabezan Los años sabandijas: “No te fíes de naipe limpio, que al que da vista y retén, lo más jabonado es sucio”, perteneciente a Historia de la vida del Buscón llamado Don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños, de Francisco de Quevedo.

Con esta frase Xavier Velasco subraya, además de las características que relacionan el libro con la novela picaresca (el personaje de un estrato social bajo, el esfuerzo por mejorar su condición a través de medios como la estafa o el engaño), el hecho de que nadie está desprovisto del defecto de ser abusivo, aprovechado: gandalla, a fin de cuentas y recurriendo al lenguaje de Los años sabandijas.

Así, esta característica, de la que muchos se enorgullecen y de la cual el lugar común reza que es inherente al mexicano, impregna la mayor parte de las más de cuatrocientas páginas que componen la novela: vemos al “Ruby” no sólo pensando en cuántos extintores equivalen a una entrada de concierto, sino planeando hurtar el primer walkman con el que se encuentra en su vida, aparato que pertenece a Sting, el integrante de The Police. El propio Rubén reconviene a Lamberto porque antes tuvo un walkman Sony en la mano, estando de visita en un comercio estadunidense, y no se lo robó, como si se tratara de un error. Por su parte, las autoridades actúan en esa forma, no exclusiva de ninguna década, consistente en hallar faltas incluso si no las hay y repartirse el botín después de la acostumbrada cuota a sus superiores.

Con un poco de candor, podríamos pensar que las personas de clase acomodada se encuentran libres de este defecto. Pero no es así: Xavier Velasco lleva esta característica al papel casi como si estuviera calcándola de la realidad, a través de las misivas enviadas por un remitente femenino.

Como antes se mencionó, dicha correspondencia está lejos, en su vocabulario, del léxico que usan el “Ruby” o el comandante Erasmo Cortés Mijangos, a través de lo cual las remitentes intentan dejar en claro su superioridad moral. Sin embargo esto es una mentira: se preocupan por sus hijos, pero esa preocupación se traduce en la vigilancia de unos investigadores; no son de la calaña de quienes roban extintores, pero incumplen compromisos adquiridos con anterioridad, como un préstamo.

En estas cartas Xavier Velasco enfatiza el clasismo que impera en México, del que nacen términos como indio, usado de forma peyorativa, o naco. Eso es notorio, sobre todo, en la correspondencia que envía Felisa Richardson a su hermana Elidé, que da clases y vive “en ese primer mundo tan bonito” en el que ha permanecido más de diez años. “¿Y quién más iba a ser, sino alguna pelada de esas que coleccionan hijos de familia? No estaba fea, claro, pero tenía tipo corrientón. Una típica chulis”, confía la mujer en su correspondencia, y más adelante se refiere a la madre de esa “chulis” en los siguientes términos: “trabaja nada menos que de fayuquera”, “Nadie le ha dicho a la pobre mujer que a esas horas ya cerró el cabaret”. Pero los adjetivos que le merece la novia de Lamberto, Lulú, no se comparan con los que usa para describir a su prima Corina: “otro poco y llegamos a Xochimilco. Dios mío, decía yo, ¿será que la primita vive en una chinampa?”, “Ay, no, hermana, qué gente tan horrenda. Imagínatelos en Navidad”.

Por otra parte sus hijos, fieles seguidores de la moda estrafalaria de aquellos años, tampoco se libran de las críticas de Felisa: “¿Sabes cómo se visten tus sobrinitos? Lamberto trae los pelos entre rojo y naranja, un arete con plumas y pulseritas de hule (…) Pulseras de colores, como niña”, “el chico ya parece árbol de Navidad”. Y tanto el “Roxanne” como Gregorio se vuelven otro blanco de los prejuicios de su madre: son “granujas que por si fuera poco parecen maricones” –algo, por cierto, no muy lejano de la realidad; aunque lo que puede intuirse de esta frase es que la apariencia es lo primordial: no importa si eres un granuja, está bien mientras tu ropa y peinado sean los que usa la gente decente.

Este clasismo no pertenece sólo a personas de elevada posición social. En estratos inferiores sirve para, de ser posible, hacer más grande la brecha entre éstos y las clases más bajas. Y tal es la herramienta que usa Alma Laura, la madre de Lulú: “aunque sea mi sobrina, la inocente parece renacuajo. Carita de ranita y cuerpo de ajolote. ¿Cómo no va a sentir envidia por el porte, la clase, el cuerpazo, los ojos, las facciones tan finas de Alma Luisa (Lulú)? Y a eso súmale el coche, la casa, los modales, el novio millonario y el dineral que está ganando ahora”, le dice en una carta a su ex marido, José Ernesto.

Pero la careta se diluye sin remedio bajo lo contundente de la frase de Quevedo: lo más jabonado es sucio; incluso quienes se apropian del estandarte de la moral y la decencia, de la supuesta respetabilidad que da una buena posición, llevan dentro de sí lo que caracteriza al pícaro, ese oportunismo que tampoco pertenece sólo a una época ahora tan lejana como los años ochenta.