Llamadas de Ámsterdam de Juan Villoro

El eterno retorno a la mujer barbuda por Rafael Toriz.

a Jorge Vásquez

Por razones inciertas que desvelarían a urbanistas y a sindicatos enteros de psicólogos y terapeutas, numerosos viajeros suelen representar las distintas ciudades del orbe como mujeres categóricas. Así, para ciertos imaginarios masculinos, La Habana puede ser una furia huracanada, París una anciana cascarrabias, Samarcanda una perfecta desconocida, Buenos Aires una histérica primorosa, Barcelona una puta carísima y Lisboa una tía abuela obsesionada con sus nostalgias. La ciudad y las mujeres son un mismo territorio porque, lo queramos o no, en ellas habitará por siempre la melancolía y la memoria. Personalmente no me resulta complicado entender la obsesión de los desamorados: las ciudades, como las mujeres, son un tránsito permanente: aquella casa vieja que recordamos arbolada es ahora un multifamiliar despótico que no guarda el menor vestigio de su pasado; aquella mujer que amamos con locura es ahora un ser plenísimo y radiante que vive con un hombre próspero y bien parecido que en otro momento ella misma hubiera tildado de pendejo.

Después de haber habitado varias ciudades y disfrutado de los embelesos de Cupido, queda claro que una de las pocas certezas de nuestro paso por el mundo es el cambio de sentido en los múltiples bulevares de la existencia: la vida es cualquier cosa menos una calle de una sola mano.

Juan Villoro (1956) ha demostrado a lo largo de cuentos, ensayos y crónicas ser el fanático por excelencia del Distrito Federal, esa mujer inmensa y fantástica que el necaxista, sin embargo, no ha dudado en señalar como la “mujer barbuda”, lo que lo convierte más en el marido que en el amante de la región más transpirante. Villoro —siguiendo la pedagogía flâneur de Walter Benjamin y algunas de las inquietudes de Georg Simmel y Sigfried Kracauer—, al igual que Novo, Monsiváis y otros tantos ha ensanchado la topología mitológica del Distrito Federal con una pasión que invita a quedarse en la ciudad pese a la desaforada catarata de infortunios que propina día con día a sus incontables habitantes.

Publicada por vez primera en el número 35 de la edición española de la revista Letras Libres (2004), posteriormente por la editorial bonaerense Interzona en 2007, Llamadas de Ámsterdam es, entre otras cosas, la descripción de un amor que, como la mayoría de estos relatos, termina en separación y desasosiego.

La noveleta cuenta la historia de Juan Jesús —un pintor de medio pelo que, a semejanza del personaje de La obra maestra desconocida de Balzac, es un artista sin obra— y de Nuria Benavides, la hija predilecta de un corrupto senador del PRI que, no contento con relatar todo tipo de venalidades y vilezas personales a través del desplazamiento moral del tipo “lo que hizo menganito”, es un tipo que consigue manipular a su entorno inmediato con una suficiencia que al lector podría recordarle, acaso y sólo acaso, al “jefe” Diego Fernández de Ceballos.

La historia, ubicada en la calle Ámsterdam de la colonia Condesa,* gira —al fin hipódromo— alrededor de una pareja que no consigue perpetuar su idilio por motivos tan evidentes que por esa misma razón pasan desapercibidos. Juan José, pintor con aspiraciones medianas a quien la escasísima crítica que lo toma en cuenta no pasa de considerarlo un “Chucho el Rothko por confundir la influencia con el plagio”, consigue una beca para estudiar pintura en la capital holandesa, viaje que no será otra cosa que la proyección de una esperanza puesto que, por merced de un cáncer en la sangre que aqueja al padre de la novia, ellos no sólo no visitarán los países bajos sino que a la postre habrán de separarse para mayor desventura de nuestro pintor metido a diseñador gráfico.

De aquí en adelante Juan Jesús —personaje al que el destino habrá de negarle hasta el indigno privilegio de retornar a su patria bajo el estigma del “Jamaicón” Villegas— no hará sino despeñarse en el calvario que su nombre le vaticina: perderá a su mujer, su tranquilidad y hasta la pátina de olvido con la que el tiempo suele recubrir a los antiguos amores. Juan Jesús postergará su desdicha, por causas que la novela resuelve con una naturalidad impresionante, hasta esa estancia muy lejana al amor propio en que uno sabe que lo ha empeñado todo por el caballo equivocado: el momento maldito de la extemporánea llamada telefónica, lugar predilecto para la manifestación de los fantasmas.

Uno de los principales aciertos de la prosa de Villoro, además de las conexiones insospechadas entre las personas y los hechos que una vez unidos parecen aliados antiquísimos, es su elegante y humorística manera de adjetivar (una síntesis muy lograda entre López Velarde y Sergio Pitol en sus instantes más lúcidos), haciendo de la extravagancia una cotidianidad necesaria y adictiva, como sucede con las multicolores pastillas agridulces o con la embriagante espesura del Benadril, jarabe para la tos.

Para muestra unos ejemplos: “Solía exponer en esas galerías que saben aliarse al secreto y se ubican en una calle doblada hacia un panteón o en el último patio de un centro cultural”; “El otro, en cambio, soportaba bien que lo putearan, pedía otra botanita entre dos mentadas de madre, sin que se le desordenara el fleco peinado con mousse”; “El departamento parecía aguardar que lo fotografiaran; había un aire de sobredecoración”; “Eres el único optimista que conozco… No mames —le dijo al Tornillo—. Tengo la autoestima de un salvadoreño sin papeles”.

No cabe duda de que el poder de imantación sobre el lenguaje que consigue el narrador es extraordinario. Uno sucumbe al hechizo de un ritmo que envuelve en una atmósfera relajada, triste e ineluctable. Se venía anunciando desde las columnas de Domingo Breve, Los once de la tribu, Safari occidental y, sobre todo, en De eso se trata: Juan Villoro, sin duda alguna, se encuentra en su mejor momento.

Algunas de las reseñas de la novela no han escatimado las cucharadas al momento de ensañarse con el personaje de Juan José; de pusilánime a resentido, pasando por clavado y mequetrefe —como sucede con el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio en la película Revolutionary Road—, se ha dejado de lado una insinuación que bien mirada es casi una evidencia incriminatoria en la novela: la incestuosa relación del padre con la hija, que a todas luces perturba la comunidad de los amantes. Reparar en este punto es importante tanto en la particularidad del relato como en la generalidad de la vida: es fundamental tener presente, pese a lo mucho que disfrutemos flagelándonos por nuestras pérdidas, que para mandar un amor al carajo también se necesita de la consecuente cooperación de la pareja.

Sin lugar a dudas, Llamadas de Ámsterdam ha llegado para imponerse en el canon de esas nouvelles que, como Aura o Las batallas en el desierto, han hecho tanto de la ciudad de México como de la memoria un lugar inolvidable y permanente, añadiendo un distrito análogo a la ya muy vasta geografía de nuestras nostalgias. Si con la novela de Fuentes aprendimos que el pasado es un presente diferido y con las palabras de Pacheco atesoramos un México precioso que duró un par de sexenios, con Villoro aprenderemos a colgar el teléfono antes de que una voz estentórea nos deshaga nuestra difusa identidad al anunciar impasible “tamales, calientitos, tamales, oaxaqueños”.

Nada me resta ahora sino cerrar con la oscura luminosidad de ese amoroso desencantado que fue Julio Ramón Ribeyro en sus Prosas apátridas: “En la vida, en realidad, no hacemos más que cruzarnos con las personas. Con unas conversamos cinco minutos, con otras andamos una estación, con otras vivimos dos o tres años, con otras cohabitamos diez o veinte. Pero en el fondo no hacemos sino cruzarnos (el tiempo no interesa), cruzarnos y siempre por azar. Y separarnos siempre.”

 

* Barrio que, en mi opinión, representa la palermización de la circunstancia mexicana.


Juan Villoro, Llamadas de Ámsterdam, Almadía, Oaxaca, 2009, 88 p.


Escrito por Rafael Toriz

Ensayista mexicano (Xalapa, 1983). Estudió música y literatura en la Universidad Veracruzana. Ha sido distinguido con mención honorífica en el Concurso Internacional de Ensayo convocado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la República Islámica de Irán (2001). Fue becario en el área de ensayo de la primera generación de la Fundación para las Letras Mexicanas (2003-2004). Es ganador del Premio Nacional de Ensayo “Carlos Fuentes” (2004). Textos y traducciones suyas han sido publicados en libros antológicos y revistas especializadas en ciencia, literatura, arte y teatro de Argentina, España, Estados Unidos, México, Venezuela e Italia. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en el área de literatura.

  • Sergio Rodríguez Blanco

    Como nos tiene acostumbrados Toriz, esta reseña es un torbellino sexual en el que la noveleta de Villoro se conjura con una dinamita altamente explosiva: polvos de López Velarde y de Leonardo DiCaprio sólo pueden resultar en una gran bomba. SRB