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Lapidario, de Hiram Barrios | Eduardo Sabugal

Escritura lapidaria

 

 

Hiram Barrios, Lapidario. Antología del aforismo mexicano (1869-2014), Fondo Editorial Mexiquense, México, 2014, 399 p.

 

Desde Hipócrates en el lejano siglo v a. C. hasta la era de la información, donde impera la falsa sentencia tweetera, la práctica del aforismo, cultivada con esmero por unos cuantos productores y receptores, ha permanecido con muy variados tonos e intenciones. No en balde la lingüística ha desarrollado una disciplina conocida como paremiología, que pretende estudiar la versión culta y popular de la escritura y el habla lapidaria, esa forma de la brevedad que adquiere el pensamiento o bien esa forma de pensamiento que adquiere la brevedad, cuando se habla o se escribe, y que ha desembocado en formas como las del proverbio, el refrán o la máxima. Privilegiando el lema que hizo popular a Mies van der Rohe en la arquitectura y el diseño, “menos es más”, el aforismo parece tener el mismo principio creador. Hiram Barrios, traductor, escritor y catedrático, egresado de la unam y especializado en la uam como mexicanista, recuerda en el prólogo de su Lapidario que la teleología del aforismo es aquel antiguo precepto que rezaba Maximum in mínimo contineri divinum est (Lo divino es que lo mínimo dé cabida a lo máximo). Así, el arte de la aforística pareciera un arte peligroso que desdeña la argumentación, los desarrollos narrativos, las acumulaciones y los efectos hipnotizadores producidos por la extensión y los barroquismos de largo aliento. Quizá por eso Francisco Tario maldecía, en su Equinoccio, la superabundancia de las palabras. Lapidario, además de poseer una variopinta selección de estilos aforísticos a partir de diferentes horizontes intencionales de producción, también es una manera de seguir la evolución histórica del aforismo. En casi veinticinco siglos, el aforismo ha saltado de la intención médico-doctrinal a la político-moralista, desterritorializándose poco a poco de su campo originario y constituyéndose en una forma no auxiliar sino per se, al mismo tiempo que ha ganado cierta autonomía genérica y estética. Es interesante seguir el rastro de la práctica aforística que propone Barrios: desde aquella que intentaba exponer una idea (Séneca, Cicerón y Marco Aurelio) hasta la que vuelve el aforismo un soporte filosófico contemporáneo lleno de humor, pesimismo, ironía y espíritu saboteador (Nietzsche o Cioran) y que ha terminado por refrendar el aforismo como escritura subterránea o periférica. En las letras universales, según Barrios, el aforismo adquirió fuerte presencia con Karl Kraus, Giovanni Papini, Ramón Gómez de la Serna, Stanislaw Jerzy Lec, Antonio Porchia y Alain Bosquet. Lapidario reúne los aforismos de cien autores mexicanos (o extranjeros que escribieron en México) desde 1869 hasta 2014, es decir, desde Ignacio Manuel Altamirano hasta Piolo Juvera, y pretende mostrar un panorama representativo del género aforístico escasamente atendido por la crítica, según lo comenta el propio Barrios en el prólogo.

Además de acercar al lector a la escritura lapidaria de esos cien autores, el libro obliga a reinterpretar los alcances, la vigencia y la circulación del aforismo. Uno de los aciertos de Lapidario es la de mostrar que el género no es un género menor y que el aforismo ha mantenido históricamente una fuerza latente no siempre visible capaz de oponerse a la quietud del lenguaje y al establecimiento de un orden social y lingüístico, repleto de lugares comunes. En ese sentido, Barrios apunta que el aforismo ha optado por una línea de investigación y elaboración discursiva emparentada con lo que él llama antiproverbio. El aforismo, una especie de anticuerpo del statu quo, sabotea la moraleja, pues “la enseñanza del aforismo es subversiva, disidente, algunas veces linda con la irreverencia o el absurdo”. Erige una visión particular que critica, precisamente, los valores, conductas y costumbres que la sociedad considera virtuosos y que se propagan de boca en boca a manera de consejos vitales”. No es casual que la filosofía y el logos aforístico hayan utilizado la ironía y el humor para provocar un pensamiento emancipatorio. Después de todo, detrás de toda escritura lapidaria hay una declaración y defensa de principios, ya sea de forma afirmativa o bien a través de la vía negativa o la perversión. En ese sentido se puede rastrear en el aforismo, más que una postura estética, una ética. Después de todo, escribir lapidariamente es una actitud hacia el lenguaje que revela un horizonte de intencionalidad más profundo, pues si le hacemos caso a Octavio Paz “la moral del escritor no está en sus temas ni en sus propósitos, sino en su conducta frente al lenguaje”.

El recorrido de Barrios por el aforismo mexicano incluye los momentos que él ha considerado fundamentales y que le sirven como periodizaciones historiográficas o etapas hasta cierto punto evolutivas: “el nacimiento de su práctica, en el siglo xix; su fortalecimiento, durante la primera mitad del siglo xx; su proceso de normalización, durante las últimas décadas del siglo pasado, y las primeras de este milenio”. Particularmente interesantes resultan los apartados dedicados a las generaciones que irrumpieron en el medio siglo, de 1940 a finales de 1960, y el denominado Diáspora y exilio, donde se reúnen aforismos de extranjeros que escribieron desde México, sobre todo exiliados españoles. En la década de los cuarenta, Barrios localiza cuatro libros claves que, según él, lograron rescatar y fortalecer el género, aparentemente en desuso: Aforismos inmorales (1942), de Luis S. Orlaineta; Lampos (1945), de Arturo R. Pueblita; Equinoccio (1946), de Francisco Tario, y Límite (1949), de José Jayme. Respecto a Diáspora y exilio, destacan los españoles José Gaos (quien escribió al menos unos mil doscientos aforismos), José de la Colina, José Bergamín y Max Aub; y los guatemaltecos Augusto Monterroso y Luis Cardoza y Aragón.

Aunque se advierte que no se hará una caracterización que permita una distinción genérica exacta, no parece claro porqué esta antología deja de lado (por no considerarse aforismos) ciertas formas textuales lapidarias pertenecientes a los géneros vecinos de la minificción, el haikú, el poemínimo, el epigrama, la greguería, el proverbio, el refrán, la adivinanza y el adagio. En el caso de la minificción, por ejemplo, no parece suficiente considerar, como lo hace Barrios, el número que supere las veinte palabras y la presencia de una historia elíptica para dejar zanjada la distinción, pues tanto el aforismo como la minificción son cosas fingidas, productos de la inventio, y ambos hacen, como reconoce el autor, uso de la brevedad, la concisión y cierto efecto sorpresivo en el desenlace. La ficcionalidad del aforismo contemporáneo tendría que haber hecho mucho más amplia e interesante la selección presentada en Lapidario, pues como lo ha señalado Violeta Rojo en Breve manual para reconocer minicuentos, el aforismo suele ser una de las formas que puede adquirir el minicuento gracias a su carácter proteico.

Por otro lado, parece una debilidad de la antología incluir el fenómeno del twit, pues además de no estar justificada su inclusión (es dudoso que pueda entrar dentro del género) tampoco hay una selección rigurosa o una profundización al respecto. Incluso Barrios parece ir en contra de sí mismo al no privilegiar, además de la economía verbal, el cambio de paradigmas, el moralismo rebelde, la mirada trasgresora y hasta disidente, que sí lo guiaron como criterios de selección en los apartados previos del libro. El último apartado, Propuestas para un nuevo milenio, no parece estar bien equilibrado, y aunque sabemos que en una antología siempre hay criterios subjetivos que irremediablemente tienden a dejar fuera ciertas cosas e incluir otras, en este apartado parece imperar una suerte de ocurrencia o capricho en la elección de los escritores incluidos, pues no todos son escritores que hayan cultivado el aforismo con recurrencia ni todos han usado exclusivamente las redes sociales con esa finalidad, ya que han terminado por darle una salida en papel a dicha escritura lapidaria. Se echa de menos alguna referencia al libro de Cristina Rivera Garza, Los muertos indóciles, quien en el capítulo titulado “Breves mensajes desde Pompeya: producir presente en 140 caracteres”, se revisa el fenómeno de la escritura en twitter y se dan nombres de autores que, a juicio de la escritora, la han explorado, de forma relevante y/o problemática. El último apartado de Lapidario es una arena movediza riesgosa que contrasta con el resto del libro, pues no hay criterios claros de selección. ¿Se tomó en cuenta el número de seguidores en twitter?, ¿la publicación en papel de lo escrito previamente en la red?, ¿la relevancia de los autores en otros géneros ajenos al aforismo?, ¿la renovación del género o aportaciones estilísticas que hay en esas formas de escritura? No se precisa cuál fue la criba de esa selección. Se excluyeron poemínimos, neuronerías, alburemas, periquetes, gracejadas poéticas o greguerísticas, y a ciertos autores como Jaime Sabines, Juan García Ponce, Carlos Monsiváis y Alejandro Rossi, pero se incluyeron autores como Piolo Juvera, cuya calidad literaria dista mucho del resto de los antologados. También hubiera sido necesario incluir una selección de la sección Rayuela, publicada por el diario La Jornada, que aunque no aparece firmada con el nombre de un autor, de alguna manera representa el uso eficaz, político y periodístico de la escritura lapidaria contemporánea en la sociedad mexicana. En su defensa, Barrios advierte en el prólogo que la antología fue incluyente y permisiva, y que se concibió “como un trabajo preliminar, exploratorio y en construcción”.

En todo caso, este Lapidario recuerda lo fresco, maleable e insistente que es y ha sido el aforismo en nuestra geografía. El diccionario Larousse informa que una Lápida es una piedra que suele llevar una inscripción, y que lapidar es matar a pedradas. En cierto pasaje bíblico (Juan 8:1-7), Jesús, ante la inminente lapidación de una mujer adúltera, advierte a quienes la condenan que sólo aquel que esté libre de culpa puede arrojar la primera piedra. Haciendo un símil, se puede pensar la figura del escritor lapidario como alguien que se asume exento de culpa, que arroja sus frases y construcciones sintácticas como piedras a los otros, construyéndose él mismo como una suerte de cínico o crítico que logra invertir tramposamente la condena platónica mediante la cual los poetas miméticos fueron expulsados de la República, transformándose ahora, mediante el lenguaje, en el artífice de la condena. La escritura lapidaria convierte al condenado en juez, gracias a los malabares aforísticos. Aunque, como decía Salvador Elizondo, los aforismos más ciertos son siempre los aforismos menos brillantes, hay cierto aire de audacia heroica o de triunfo lingüístico en el arte de elaborar expresiones lapidarias que recuerdan el ejercicio del poeta. No sin incluir una amarga y paradojal dosis de humor negro, puesto que en el ejercicio del escribir y hablar lapidario hay siempre cierta predilección pesimista, un dejo de desazón, pues “nada endulza tanto la boca como decirle al prójimo una verdad amarga”, tal y como escribe Nikito Nipongo.