La tensión del umbral, de Eugenia Almeida

La tensión del umbral, de Eugenia Almeida | Gregorio Cervantes Mejía

La voluntad de entender

 

Eugenia Almeida, La tensión del umbral, edhasa, Argentina, 2015, 304 p.

 

Una joven se suicida en un crucero concurrido. El suceso, que apenas si merecería una nota breve en las páginas policiacas de los diarios, detona una intriga política que perturba incluso a las altas esferas.

Con La tensión del umbral, Eugenia Almeida (Córdoba, Argentina, 1972) ofrece no sólo su primera novela policiaca, sino también una historia que reflexiona en torno a las relaciones entre la clase política y los medios de comunicación, a la par que explora los mecanismos internos –y casi invisibles– del ejercicio del poder.

Para desarrollar la trama, Almeida reúne un conjunto de voces apenas esbozadas, distinguibles una de las otras sólo por un apellido, una profesión o puesto insinuados, o algún peculiar giro del lenguaje, pero sin permitir en ningún momento que de entre estos elementos surja una individualidad definida porque el anonimato y el ocultamiento son los rasgos que distinguen no sólo al conjunto de personajes sino a la historia misma: los acontecimientos se desarrollan de manera brumosa y el lector tiene todo el tiempo la sensación de que, por más atención que ponga en la lectura, hay algo que siempre se evade.

La trama podría sintetizarse como la confrontación entre Guyot, un periodista empeñado en investigar y comprender las causas del suicidio de la mujer, y Blasco/Benteveo, quien ha dirigido un grupo que durante los años de la última dictadura militar en Argentina controló a la policía, al ejército y a los medios de comunicación, y que busca impedir los avances de Guyot al tiempo de borrar todo indicio que lo vincule con el suceso inicial. Pero esto funciona como escenario para el desarrollo del conflicto central entre una voluntad de comprender un acontecimiento y otra decidida a mantener ocultos los elementos que ayudarían a dicha comprensión porque –como se insiste una y otra vez a lo largo de la novela– a veces es mejor aceptar que no se puede comprenderlo todo.

Los primeros intentos de Guyot –quien estuvo años atrás en un psiquiátrico luego de que le mataran a la esposa– por recuperar la historia del suicidio y ahondar en sus causas se topan con el desdén de la dirección del diario donde trabaja. A eso se suman los intentos de su informante en la policía, el comisario Jury, por disuadirlo. Dejar el caso, olvidarlo, aceptar que existen acontecimientos y fuerzas más allá de nuestra comprensión, es la consigna reiterada a lo largo de la novela.

 

–No agités el agua, Guyot. Si algo de esto molesta y te agarran haciendo preguntas se te va a poner feo.

–¿Vos qué pensás?

–Que lo mejor que podrías hacer es dejar de buscar. Ya está. ¿Qué querés saber?

–Qué pasó.

–Una piba que se suicidó. Eso pasó. Triste. Más triste que la mierda. Tuviste la mala suerte de verla. Ya está.

–Pero necesito saber por qué.

–Porque hay gente que no aguanta.

 

Parca, dura, la voz narrativa de La tensión del umbral apuesta por las pausas, por el silencio. Lo fundamental está en lo no dicho, en lo invisible. Julia Montenegro, la suicida, apuntó con el arma al pecho de un hombre, en la puerta de un bar, y tras ese gesto dio vuelta al arma y se disparó a sí misma. Ese gesto, que no se cuenta en el primer momento, es clave para el desarrollo de la historia: comprender las razones del suicidio requerirán conocer la identidad del hombre y su relación con Julia.

Pero los primeros indicios son sólo un conjunto de objetos personales sin sentido aparente: cosméticos, lapiceras, algunos comprobantes de compras, identificaciones. Y esos pocos elementos bastan para detonar la serie de preguntas de Guyot, reforzada luego por la aparición de fragmentos de fotos, por la credencial de una biblioteca. Más tarde, algunas libretas con anotaciones, fechas, una computadora con archivos que parecieran ser fragmentos de alguna narración.

Guyot, obsesionado, hurga entre esa maraña de elementos y la madeja empieza a desenredarse, justamente, a partir de las ausencias, de lo no dicho: una fotografía recortada, páginas arrancadas de viejos diarios en la hemeroteca, una palabra resaltada con negritas en una nota fúnebre. “El silencio que llega después es perfecto. Se ha dicho algo que debería ser callado. El policía lo sabe, aunque no se puede tener la certeza de que esa palabra ha sido mencionada deliberadamente o por pura casualidad. Buzzeti siente un golpe con los ojos que traen, como una red vencida, la hoja del diario que tenía Guyot, la necrológica, una palabra en negrita. Sabe que no debe volver a mencionar esa palabra. Sabe que ahí hay algo y que eso para él es inalcanzable.”

En este aspecto, La tensión del umbral parece inspirada en algunos de los postulados de Michel Foucault respecto al discurso: lo que se dice, dada su peligrosidad, requiere sujetarse a mecanismos de control y regulación. No todo puede ser dicho en cualquier momento ni por cualquiera: “en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento y esquivar su pesada y temible materialidad”.[1]

De esta manera, lo que pareciera una simple investigación policiaca, encierra también una pugna por el control de un conjunto de conocimientos. Al tratar de comprender algo tan íntimo como los motivos que llevan a una persona al suicidio, Guyot se involucra, quizá sin demasiada conciencia de ello, en una confrontación por controlar la información a la que está ligada la muerte de Julia Montenegro, la cual, como se le advierte al periodista en varias ocasiones, va más allá de lo que él mismo puede comprender en ese momento.

Y aquí, de nuevo, se hace presente Foucault: la verdad es resultado de un acto de voluntad, más que de una concordancia lógica. El hecho de que Guyot se niegue a aceptar la muerte de Montenegro como un suicidio más, desata la trama de la novela. Su empeño en comprender y en descubrir lo que hay detrás de aquel acto generan un movimiento desde la parte contraria: construir una verdad que oculte y proteja a los involucrados en esa muerte.

Como si de una partida de ajedrez se tratase, Almeida concede un capítulo a cada una de las fuerzas contendientes. A la par que seguimos los avances de Guyot en su investigación, presenciamos también las acciones de su contraparte, Blasco/Benteveo, por frenarlo. Y esta lucha, que al comienzo se limita a un juego de ocultar y descubrir información, se torna violenta de manera gradual: llamadas telefónicas, vigilancia, allanamientos, pequeños robos, golpizas y finalmente asesinatos. Y como en toda partida de ajedrez, siempre se sacrifica a las piezas de menor valía: Blasco/Benteveo hace todo lo posible por no tocar a Guyot, por quien siente respeto.

A lo largo de la partida entre Guyot y Blasco/Benteveo se devela que lo oculto en la historia va más allá de la identidad de este segundo personaje y su vínculo con Julia Montenegro. Se trata de conservar la secrecía de un grupo organizado durante la última dictadura militar, responsable de numerosas acciones de vigilancia, secuestro y ejecución: “Llegué a manejar más de quinientos activos. Policías, militares y civiles. Y los que estaban afuera, aunque no tuvieran la certeza de que realmente existiéramos, siempre estaban dispuestos a hacer cualquier cosa si se mencionaba a Los Gravísimos. En los 70, en los 80, en los 90. En 2005 paré. Otra vez empezaron a joder con los juicios sobre la dictadura y alguno iba a hablar. Hubo un par que se mataron justamente para no tentarse. Pero había mucha gente metida.”

Como si Almeida, en esta novela, apostara por la hipótesis de que los auténticos responsables de los crímenes de la dictadura permanecieron (y permanecen) invisibles, que nunca son los políticos que aparecen frente a las cámaras quienes toman las decisiones. Y que las auténticas pugnas por el poder transcurren lejos de nuestra mirada, perceptibles sólo por aquellos que conocen los códigos o por quienes tienen la capacidad de prestar atención a los silencios: “¿Vos te imaginás lo escalofriante que son para algunos tipos esos silencios que hace? La gente lo escucha y cree que esa es su forma de hablar. No. Esos silencios son un mensaje en clave para los otros.”

[1] Michel Foucault, El orden del discurso, Tusquets, España, 2002, p. 14.

 

La tensión del umbral, de Eugenia Almeida