Maquetación 1

La marca del editor, de Roberto Calasso | Eduardo Sabugal

Declaración de principios

 

 

Roberto Calasso, La marca del editor, Anagrama, 2014, 176 p.

 

Una cultura literaria se reconoce también por el aspecto de sus libros

Roberto Calasso

 

Fue Borges, en un texto titulado “La biblioteca total” publicado originalmente en Sur, en 1939, quien pasó revista a esa gran idea, a veces entendida como un capricho y otras como una utopía, que consiste en pensar una Biblioteca Total capaz de albergar todos los libros como si fuesen átomos para la formación del mundo. Esta idea magnánima, que Borges usó dos años más tarde para escribir “La biblioteca de Babel”, incluido en El jardín de senderos que se bifurcan, está relacionada no sólo con el atomismo, dice Borges, sino con el análisis combinatorio, con la tipografía y con el azar. Aunque es una empresa metafísica e imposible, Borges recreó el sueño que guarda la imaginación de todo editor: confeccionar un Universo cerrado en sí mismo, con sus propias leyes internas, compuesto inteligentemente por un número indeterminado de unidades que a su vez fueran microuniversos cerrados en sí mismos y cada uno con sus propias leyes. La perfección de cada una de esas unidades dependería del haz de relaciones que guardara justamente con el resto, como una estrella en una constelación. Esa suerte de elemento mágico, y pretensión de totalidad, es lo que traslucen las ideas sobre el arte de la edición que expone Roberto Calasso. A pesar de que La marca del editor recoge textos dispersos en los que Calasso explica sus ideas generales respecto al arte de la edición de forma fragmentaria, se puede leer como una declaración de principios integral, una suerte de filosofía del editor o poética del editor, que un hombre, mediante su trabajo, ha construido convincentemente con el paso de los años. La mayoría de los textos aquí reunidos fueron publicados o leídos en conferencias que en su larga trayectoria de editor ha pronunciado por todo el mundo, las más de la veces en calidad de director de la editorial Adelphi, fundada en 1962 por Luciano Foà (al que le dedica un apartado especial) y Roberto Olivetti. Estas piezas textuales, que arman la poética del editor Calasso, van desde un discurso pronunciado en el vigésimo aniversario de la editorial L´Âge d´Homme, en 1986, hasta un texto leído en París con ocasión de los trabajos del Bureau International de l´Édition Française, en el 2011.

La sensación casi mágica que justifica la elección de un texto para convertirlo en libro, que sin duda estaba en el juicio que alentaba la creación de una editorial como Adelphi, se explica según las remembranzas de Calasso a partir de una especie de culto por los libros únicos, que eran aquellos que justamente habían corrido el riesgo de no existir como tales. Pero el culto por ese tipo de libros no bastaría por sí solo para entender lo que anima la creación y el cometido de un sello editorial, pues la tarea del editor se bifurca en muchas otras tantas tareas, que van desde la elección de manuscritos o borradores de forma rigurosa pero no sistemática (uno de cada diez de los que llegan a sus manos), pasando por la écfrasis al revés, es decir buscar el analogon de un texto en una sola imagen, hasta la estrategia de distribución de los libros incluyendo su impacto cultural y mercantil, así como la configuración de un lector modelo que puede existir ya de hecho en la sociedad o estar aún por nacer. El trabajo del editor tiene algo de pesquisa detectivesca, de rescatista, y constituye una forma de bricolage en donde el editor establece y sugiere un diálogo específico con “esos numerosos amigos invisibles que son los escritores muertos”.

Así, cuando Calasso habla del arte de la edición como un género literario, está pensando en la impronta que todo buen editor imprime en los libros que publica, cómo, cuándo y dónde los publica. La concepción de una colección, o una serie, un determinado catálogo de libros que llevarán la huella de la inteligencia que los reunió, está en el mismo nivel que la novela que concibe el novelista. Esa impronta que cada libro lleva recuerda la imaginación integradora de un editor. Los libros así entendidos serían como objetos arqueológicos, que de alguna manera archivan ese logos con pretensión de totalidad que los hizo reales y parte de un todo. En esa noción de archivo o residuo que implica todo libro, o toda reunión de determinados libros, en colecciones o series, hay una fuerza mística, incluso erótica, pues la reunión de los residuos, la exposición en grupo de esos universos residuales que constituyen los libros, hay un cara a cara, un cuerpo a cuerpo en el sentido más dérmico. En palabras de Calasso: “La portada es la piel de ese cuerpo que es el libro. Esto constituye un obstáculo grave si se quiere llevar a cabo la partouze de la biblioteca universal: una partouze interminable e imparable entre cuerpos desprovistos de piel.” Esa suerte de orgía perpetua puede entenderse como el amor por la acumulación, el registro y la colocación en un todo, de cuerpos aparentemente individuales, y eso es precisamente lo que anima la voluntad del viejo editor pero sin poner en riesgo la individualidad de cada libro per se, pues existe el riesgo de asesinar (liquidar) la realidad del libro por su hiperrealidad, es decir por su saturación, que para Calasso tiene que ver justamente con la idea superficial de que se puede prescindir de la figura del editor, con la moda de la autopublicación y sobre todo con el uso de la web, en donde hay una intención de “convertir todos los libros del mundo en un único tejido líquido de palabras e ideas interconectadas”, algo de por sí poco erótico, incluso frígido (los libros desprovistos de piel, de portada) y que además colocaría no sólo a los libros, sino al mundo, en el horizonte de su desaparición, porque ya todo se hallaría en un plano superfluo, convertido o transformado en mera información.

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Roberto Calasso (newyorker.com)

 

Después de leer La marca del editor uno se queda con la sensación de que, para el autor italiano, un editor más que un transbordador o un jardinero (imágenes que usa Vladimir Dimitrijević) es más bien la de un astrónomo que descubre constelaciones a través de un largo y sinuoso camino de estudio, instinto y observación, en donde cada estrella descubierta y nombrada, rescatada del tiempo y el espacio, va marcando poco a poco un punto que será reunido con otro punto estelar para finalmente (y esto puede ser que el editor no lo vea en vida) configurar admirablemente el dibujo total de la constelación formada. La metáfora que escoge Calasso para explicar esto es la de la cuenta en el collar, que permanece ligada a todas las demás porque hay un mismo hilo que las surca. El editor debe ser esa inteligencia (logos) capaz de reunir en un mismo hilo, sin que se caigan o atenten contra el collar, cada uno de los ejemplares que por separado conforman una biblioteca. El eje central de la argumentación para entender al editor como un visionario y un arquitecto de algo que va más allá de la confección por separado de cada libro como si fuera una obra aislada, consiste en entender que cada uno de los libros que determinado sello editorial publica puede entenderse “como un eslabón de una misma cadena, o segmento de una serpiente de libros, o fragmento de un solo libro compuesto de todos los libros publicados por ese editor”, ahí radica desde hace cinco siglos la más audaz y alta ambición de un editor de verdad, según el enfoque mágico-organizacional del editor italiano.

La experiencia de Roberto Calasso, que es también la de la fundación y legado de Adelphi, puede entenderse como el recorrido histórico de una figura moderna, la del editor, confrontada con el horizonte de su desaparición o aparente desaparición. La cualidad que más define al editor según el mismo Calasso es la de su capacidad de juicio. Desde Kant, la figura del crítico de arte, está sostenida en la capacidad humana que más admiraba el filósofo alemán, la facultad del juicio. En ese sentido, la figura del editor como la del crítico de arte puede ser entendida como moderna, que emerge justo cuando son enaltecidas cultural y filosóficamente las ideas de gusto y de genio. En ese sentido, un editor anda a la caza de autores o libros geniales a partir de un determinado gusto. Algo que visto superficialmente podría parecer retrógrado justo con el fin de la modernidad, pero desde la perspectiva de Calasso, es en el trabajo del editor, en la construcción y mantenimiento de un sello editorial, donde hay que ir a buscar todavía, el rescate y la configuración de bibliotecas enteras y diferenciadas que puedan tener culturalmente aún un peso específico. Calasso reivindica la tarea del editor con E mayúscula, frente al sintomático y paulatino borrado de los perfiles editoriales, ocurrido en la posmodernidad, en donde se percibe un progresivo aplanamiento de las diferencias entre editores. Pero la tarea que se impone Calasso en La marca del editor no consiste en una simple apología de esa figura moderna poco estudiada, que él rastrea desde Aldo Manuzio en Venecia a finales del siglo xv, hasta la era del e-book y el proyecto de Google que se presenta como agente de la digitalización universal, sino que además se empeña en encontrar los motivos profundos que animan la labor de un editor, las razones por las que determinados sellos editoriales alcanzaron una resonancia social y/o comercial en determinados momentos históricos y geográficos. No se limita a defender lo que él llama la marca del editor sino que la define, la explora y explica, desde su propia experiencia y a partir de ejemplos destacados de editores claves en el siglo xx como Kurt Wolff, Samuel Fischer, Ernst Rowohlt, Bruno Cassirer, Leonard y Virginia Woolf, Alfred Knopf, James Laughlin, Giulio Einaudi, Jérôme Lindon, Peter Suhrkamp y Sigfried Unseld.

De particular interés sociológico resulta la visión de conjunto que da Calasso respecto a la edición de un libro, pues en cierto sentido es cercana a la que propone el estructuralismo genético de Lucien Goldmann, pues podemos rastrear sociogramas en los libros que una determinada sociedad produce y consume, identificar determinadas ideologías o cosmovisiones en la forma precisa en como una sociedad fabrica sus libros, cómo los vende, compra, ilustra, publicita, atesora o destruye. Particularmente interesante para los lectores de habla hispana es por ejemplo el caso ocurrido en la transición de la España franquista a la España de hoy, donde fue en extremo relevante el catálogo cronológico de tres editores de Barcelona: Carlos Barral, Jorge Herralde y Beatriz de Moura. Un editor es producto de su tiempo y al mismo tiempo un educador de la atención, un creador de paraísos, pues para Calasso, en una idea felizmente borgeana, el editor debe de tener una imagen del paraíso si pretende ser un gran editor. Ante la pregunta de quién es el Editor en esa tarea sui generis que socialmente y él mismo se ha impuesto desde comienzos del siglo XX, Calasso responde que es “un intelectual y un aventurero, un industrial y un déspota, un tahúr y un hombre invisible, un visionario y un racionalista, un artesano y un político.”Maquetación 1