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La mano siniestra de José Clemente Orozco, de Ernesto Lumbreras | José Homero

La razón y la destreza

 

Ernesto Lumbreras, La mano siniestra de José Clemente Orozco, Siglo xxi, Editores, México, 2015, 159 p.

 

Robert Hertz, en una obra fundadora, estableció la mano como medida para una antropología simbólica; su división en diestra y siniestra inspira la concepción de una idea bipartita de la sociedad, propia de la escuela de Emile Durkheim. El cuerpo como imagen de la construcción social, microcosmos en cuya esfera se delinearían nuevas oposiciones: natura y cultura; lo sagrado y lo profano… Hertz no sólo señala el ascendente de las manos en este dualismo sino que lo considera inherente a la constitución de la humanidad. La obra ganadora del xii Premio Internacional de Ensayo Siglo xxi, La mano siniestra de José Clemente Orozco, de Ernesto Lumbreras, es un mecanismo de relojería regido por la dualidad; orden que marca su impulso, organización y derroteros.

La primera encarnación de este duplo son las hipótesis cimientos del discurso. Siendo intuiciones difíciles, si no imposibles de probar mediante los pasos del baile dialéctico, imponen el carácter fragmentario y el flujo mediante ejemplos de la obra, implicando una apuesta imaginativa por sobre las pesas y engranes de la lógica. Sin embargo estas premisas –que ahora convenientemente velo para desplegar en todo su esplendor párrafos adelante– no constituyen la única secuencia. La propia composición es binaria y, si la mano implica distinción entre diestra y siniestra, el tiempo de este ensayo se marca con dos agujas, no por supuestos correspondientes a la lateralidad de la página, sino al de los capítulos: pares y nones. En tanto el motivo son las manos en la obra de José Clemente Orozco, los capítulos nones asedian las circunstancias biográficas e históricas del artista, mientras que los numerados con pares exponen anécdotas de personajes mancos de varia profesión, desde piratas hasta pintores, desde poetas hasta ilusionistas, desde músicos hasta militares, a la vez que se aportan información y teorías en torno a la importancia de la mano en el desarrollo de la humanidad pero también repercusiones simbólicas para mejor comprender la dimensión de la pérdida en Orozco. En palabras del autor, se trata de un “correlato del imaginario orozquiano, personajes, obras y estudios que han experimentado o analizado las desgracias de perder una mano”. No son éstas sin embargo las únicas parejas, el ensayo es también una cala sobre la ausencia, el aspecto luciferino del arte, pero también una reflexión sobre los orígenes de la humanidad, la posibilidad de un lenguaje cancelado, el de la mano, y la preponderancia de la razón sobre la destreza. En suma, la bifurcación de dos concepciones del mundo a través del predominio de un órgano sensorial: una presente, la visual; otra oculta o latente, la táctil.

“Pensar es quizá simplemente del mismo orden que fabricar un cofre. Es en todo caso un trabajo de la mano. La mano es una cosa aparte”, escribe Martin Heidegger en su meditación sobre el pensamiento. La proposición fundamental del volumen de Lumbreras o, mejor dicho, el ímpetu del pensamiento, es que la mutilación marcó el estilo de José Clemente Orozco. Esta noción se advierte desde la preferencia por el examen de las manos, la cual aparece no sólo en los estudios y bocetos alusivos: Manos trabajando, mural en la Escuela Nacional Preparatoria; Aflicción; Seis manos o Manos, para citar únicamente trabajos cuya representación gráfica ilustra el volumen; sino también en piezas donde las manos sin constituir un sitio central son preponderantes, como en La sed y La trinidad, cuadros de la serie mural en la Escuela Nacional Preparatoria; en la representación de Cervantes y El Greco dentro de la historia mural consignada en el hospicio Cabañas; y, finalmente, en el retrato de la madre del artista. Sin acometer un trasunto de psicoanálisis, para Lumbreras la cicatriz decisiva, la crisis que define la obra de Orozco, incluyendo sus sendas y ecos, es justamente la lesión que le ocurre poco después de la muerte del padre.

Para Jean Brun, autor de La mano y el espíritu, “una cultura es una cultura de la mano, no porque esté hecha por la mano actuando, por decirlo así, completamente sola, sino porque es ante todo una educación de la mano hecha por el hombre”. La segunda hipótesis que complementa la pareja que rige este volumen es que Orozco fue zurdo. De ser cierta tal conjetura, el pintor, quien conforme a su confesión estuvo a punto de perder ambas extremidades, habría rescatado la mano, por así decirlo, inútil. Siguiendo ese rastro –ya no de carmín, como diría Greil Marcus, sino húmedo y viscoso tal el de un caracol, relumbrante bajo el sol, apenas un hilo de luna bajo la noche de los datos perdidos–, Lumbreras propone que el pintor debió de educar su mano torpe, la derecha, acatando las enseñanzas de la mano ausente, la izquierda. De ese modo, la obra de Orozco surgiría no sólo de una falta, una construcción en torno al miembro perdido, sino que el auténtico y decisivo fantasma aparecería en que toda la obra se construiría a partir de la mano izquierda, instruyendo a la derecha en su aprendizaje siniestro. Bajo esta exégesis, el ambiguo título adquiere precisión: es a un tiempo inquisición sobre la persistencia de la mano ausente pero igualmente sobre la conversión de la mano derecha como siniestra, verdadero oxímoron semántico que nos conduce al oxímoron pictórico.

Comprendemos entonces la necesidad y no mohín de coquetería estilística de recurrir a anécdotas variopintas y convocar a personajes sin manos, verdadera constelación simbólica, pues, siguiendo a Hertz –cuyo ensayo por cierto nunca se cita, lo cual revelaría acaso un escamoteo significativo–, se asocia el lado izquierdo con la rebelión, con la crítica, con la creación, pero también con la negatividad, con la oscuridad y la falta. Sólo bajo la luz de este sol oscuro emerge el pleno significado de la obra: deriva para dilucidar el arte de Orozco a partir de la pérdida física, explicación para someter el carácter único a una elección: el aspecto diríase satánico de la creación.

La gran propuesta de este ensayo magistral y la peculiaridad que lo convierte en cumbre del pensamiento creativo es ser prueba fehaciente de la argumentación sin pruebas. Lumbreras retoma un método dimanado de las pesquisas de los astrónomos, cuyos descubrimientos suelen basarse en la inferencia y la intuición más que en la constatación. Si los científicos deducen a través de las ondas y afectaciones gravitacionales, del sistema de pesos y balanzas que ordenan los ciclos y estelas de los astros, la presencia de planetas –o su ausencia– y también de la materia y la energía oscuras, Lumbreras no duda en utilizar sus propios cuerpos celestes y figuras estelares, siendo éstas los personajes faltos de mano que pese a ello imprimieron su huella en la historia para impresionar más que convencer a sus lectores. Sus pruebas son metonímicas; quien ejerce la asociación es el lector, mientras cumple de este modo el dialogismo necesario de los grandes ensayos. Entendemos así que a la vez que el autor busca asentar ciertas sus ideas, persigue igualmente instaurar un proceso más cercano a las mancias que a la demostración.

Así, en su sinuoso pero ineluctable desarrollo, La mano siniestra de José Clemente Orozco se convierte en un ensayo magistral sobre el arte de escribir ensayos. Si en el origen del género se encuentra la imposibilidad de demostrar, la constatación de que todo pensamiento es finito y permeado por la imperfección de los órganos del hombre, introduciendo la conocida relatividad del conocimiento y privilegiando la creación y la belleza como eje de sus paseos, éste de Lumbreras, siendo a la vez una monografía, es también una exploración del cosmos del arte, de las fuentes de la imaginación y a la par de la naturaleza intelectual del hombre. No avanza mediante argumentos, no aporta pruebas; se vale, como pocos, de esa concatenación elusiva que tan bien cifró Aristóteles en su Retórica, la urdimbre mediante silogismos incompletos, los entimema, y termina siendo, por su variedad de viñetas, historias, bocetos y apuntes una suerte de gran mural literario donde terminamos apreciando con mayor relevancia la figura de José Clemente Orozco.