LA JOROBA

La joroba, de Andreas Kurz | Juan Carlos Reyes

Sólo de lenguaje vive el hombre

 

Andreas Kurz, La joroba, Ediciones El otro, el Mismo, Venezuela, 2013, 181p.

 

El título del video en Youtube es “Andreas Kurz lee desde Austria su novela en proceso ‘Bajo el agua’”. En algún momento entre ese día nevado en Austria y su publicación, el texto cambió de nombre. Sentado en una terraza poblada por montículos de nieve y un silbido de aire que se antoja helado, Kurz lee en un español en el que todavía es notorio el acento de su lengua materna durante los primeros párrafos de su primera novela, La joroba. Su español no tiene error, ni al escucharlo ni al leerlo. Ha guardado el alemán sólo para él, acaso para pensar en su natal Austria, sus padres, su niñez, algo que seguro jamás sabremos.

Leí La joroba en dos ocasiones. La primera, tal vez por razones ajenas al propio libro, me produjo una atracción casi magnética de inmediato, pero llegué a la mitad del libro y el interés se fue deslavando, fui espaciando los ratos de lectura, y terminó como un libro común y corriente sobre el escritorio. Durante días me estuve preguntando qué había causado ese cambio y, como no supe contestarlo, decidí leer el libro de nueva cuenta. Y fue otro libro: encontré lugares geniales que habían pasado inadvertidos y algunos oscuros callejones de los que Kurz no sale sin algunas heridas. Decenas de temas, particularidades en la escritura, oraciones, rastros, guiños, que habían pasado de largo en una primer lectura. De ello obtengo que La joroba es un libro que invita a pensar en los riesgos que conscientemente toma un autor, un texto que juega con el manoseado régimen de géneros, una novela que no es sencilla ni en sus temas, estructura o tratamiento, que se trata de un texto que permite diversas lecturas en el sentido más amplio de la palabra.

Me pesa que las posibilidades de que el libro de Kurz pase inadvertido son altas. Si se buscan reseñas, o algún tipo de referencia al libro de Kurz en la red, se encuentra muy poco, y aparentemente conseguirlo es muy difícil, de no ser por medio de la propia editorial. Ya que estoy hablando del libro como objeto, no puedo dejar de decir que la edición no es la más afortunada. Tiene algunas erratas: comas por puntos, algún “Asía”, por “Asia” y, por lo menos en mi ejemplar, algunas páginas francamente mal impresas. El libro utiliza los dos primeros párrafos de la novela –ejercicio un poco perezoso por parte de la editorial, creo– como texto de contraportada, lo cual no le hace ninguna justicia. Alguien se pudo haber tomado la molestia de escribir algo sobre los temas, formas y riesgos en los que Andreas se adentra en su primera novela.

La novela de Kurz nos cuenta la vida de Peter Wirth, Anton Salton, Cuasimodo, Heinrich Rahb, Weissbauer, Peter Kellner, Frank Ziereis, que son el mismo individuo y a la vez son otros, más variaciones de ellos mismos; mujeres mudas que tienen en sus manos libros de vivos y muertos; doctores desquiciados demasiado parecidos a hombres grabados en el maltrecho inconsciente colectivo que dejó la Segunda Guerra Mundial. Cuenta la transformación de un hombre de genio a bufón y de bufón a olvido. Narra también un siglo completo de la Europa Central ocupada, desocupada, invadida, olvidada, ya sea por el Primer Imperio, por los Nazis, por la guerra, por el Segundo Imperio, por el propio olvido, por una lucha constante con el lenguaje, por la enorme carga de la invisibilidad forzada. Y esto lo hace poniendo en duda lo contado, jugando con una metatextualidad e intertextualidad de gran calado –una de las características más interesantes de la novela, a mi juicio–, y con inolvidables pasajes ensayísticos que abren preguntas que resuenan a lo largo de todo el libro como infames goteras en un abandonado campo de concentración: digamos, Mauthausen.

La novela está construida en nueve capítulos: dos con nombres propios, Peter Wirth y Peter Kellner; dos con nombres de lugares: Neustiftgasse –una calle en la periferia de Viena–, y un campo de concentración, Mauthausen; un momento histórico: Posguerra; tres Interludios –partes fundamentales de la novela en las que muchas de las claves de su entramado se esconden–, y una final Epifanía.

A lo largo de estos nueve capítulos el autor emplea múltiples voces para narrar la historia de sus personajes y su momento histórico, tanto personal como social. En ocasiones emplea un narrador omnisciente que no juzga ni interfiere con lo narrado, en otras permite hablar a sus personajes sin anunciarlo de ninguna manera. Dice Peter Wirth, o Cuasimodo –que son el mismo–: “Sobre el odio construyo mi vida. Le gusta decir en voz alta frases como ésta. Frases que son ecos de lecturas ya remotas, amalgamas de varios versos u oraciones sacadas de ya no se sabe qué novela o cuento.” Utiliza también monólogos de Wirth en los cuales no queda completamente claro si quien interrumpe y cuestiona es el narrador, porque hay también las pistas necesarias para pensar que, en aras de una redención que sabe inalcanzable, el propio jorobado se martiriza. Wirth ha abandonado la posibilidad de tener sexo con alguna mujer y por ello se masturba con frecuencia y eficacia: “No eres ni masoquista ni santo. Sólo te queda tu mano. Deja de engañarte con tus mistificaciones. Recuerda por qué huiste de la ciudad.” Como decía antes, las voces se mezclan en la narración, llegando en ocasiones a increpar al propio lector: “Si los antiguos creyeron que el semen se producía en el cerebro, sustancia sagrada no en balde, su esperma parece generarse en la joroba. ¡No crean! No eyacula después de acariciar la protuberancia.”

Andreas Kurz

Andreas Kurz

El personaje central de la novela –en este caso quien funciona como vértice del que parten otras líneas igualmente importantes para formar el cuerpo entero de la novela– es Peter Wirth, de quien el narrador da una escueta definición: “Era un hombre pequeño. Diminuto. Medía un metro 50 centímetros y era flaco. Nunca en su vida rebasó los 45 kilos, desde que tiene memoria. Pero tenía una cosa grande, que se había desarrollado de manera inquisitiva, había quitado al resto de su cuerpo todas las ganas de crecer. Su joroba.” Wirth, a quien también llaman “Cuasimodo”, estudió teología y filosofía en la Universidad de Austria, pero un evento que marcó su vida dramáticamente lo hizo exiliarse en un pueblo diminuto en el que da clases de catecismo en una primaria y asiste al párroco en sus sermones de los domingos. “Se instaló el 5 de mayo de 1930, un jueves, día de su cumpleaños”, fecha que será recurrente en varios sucesos paradigmáticos en su existencia, como en 1945, cuando el mismo día fue liberado “del campo de concentración Mauthausen (…) por la 11ª división blindada del ejército norteamericano.” Ese pueblo perdido en la provincia de Austria ve el derrumbe de Wirth, su ostracismo que nadie interrumpe por pena, asco, miedo o respeto. Como lo dice Kurz: “Un pueblo necesita, si quiere ser pueblo, un alcalde, un cura, algunos locos, un borracho y una mujer de fama dudosa. El deforme completa armoniosamente la lista.”

En el capítulo titulado Neustifgasse –“La Neustifgasse es una calle recta y angosta en el séptimo distrito municipal de Viena. Ahí empieza la periferia de la ciudad imperial” –, aparece el personaje sobre el cual la responsabilidad de la intertextualidad en la novela recae: Anton Salton, poeta menor que vaga por cafés literarios y bares junto con su amigo, el padre Weissbauer, en donde se encuentran a escritores –y he aquí otro rasgo de una mezcla entre la realidad histórica de Austria y la novela– como Hermann Bahr, Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal y Karl Kraus. La huella de las lecturas se hace evidente por primera vez en este capítulo en donde se menciona a Karl Kraus y su mítica revista Die Fackel (La Antorcha), de quien Elias Canetti, otro escritor sobre el que aparece recurrentes referencias, era también un ávido lector, al grado de nombrar el segundo tomo de sus memorias La antorcha al oído (Die Fackel im Ohr). Para quien halla leído otros textos de Kurz, la referencia a Canetti, así como a Auto de fe o Masa y poder, no le parecerá aleatoria. Como un buen ejemplo sirva la siguiente nota: “[Palinuro] me platicó de un tal Kien, a quien ha conocido en una de sus andanzas por el submundo criminal vienés. Un mentecato. Decía al mexicano que en su mente se encontraban 25.000 libros y que cada noche, antes de acostarse, los descargaba con la ayuda de un enano. Sólo después de ese trabajo forzado podía dormir tranquilamente.” Más allá de la referencia histórica sobre Die Fackel, vale la pena decir que en la prosa del autor me parece encontrar reminiscencias también de autores como Robert Musil o Thomas Bernhard. Un ritmo pausado que describe con mucho más detalle los sentimientos, preocupaciones y cavilaciones de sus personajes que los lugares y espacios en los que ocurre la historia; una prosa envolvente que, por momentos, emplea páginas enteras para explicar una decisión menor de algún personaje.

Es en este capítulo también en el que ocurre una de las escenas más logradas del libro, el encuentro de Anton Salton con un hombre que dice ser emperador de México y se hace llamar “Palinuro I de México”. De nueva cuenta la metatextualidad, ahora con la segunda novela de Fernando del Paso. Salton se encuentra en un bar llamado El Gusano de Madera, escribiendo un cuento: “Vemos. ¿Qué características tendrá mi personaje? Un hombre feo, marginado por su físico y por su mente a la vez. Un hombre inteligente, como yo, está bien, está bien, nada de auto-biografísmo en la literatura, de todos modos nadie lo va a leer, ¿para qué presumir? Feo e inteligente, nada original eso, un marginado, menos todavía. ¡Qué se vaya al carajo la originalidad.” El juego es transparente, pero se desenvuelve poco a poco a lo largo de la historia. Salton es quien escribe la historia del jorobado, quien poco tiempo después será un ser de carne y hueso, y más que eso, su hijo. Salton escribe la historia de su propio hijo cuando aún ni siquiera lo ha concebido, y Palinuro I de México tiene mucho que ver con ello. Intertexto y metatexto desde donde se le mire, Kurz maneja el recurso con habilidad, aunque a fuerza de ser veraz, en ocasiones la densidad de su prosa y estos juegos espacio-temporales ponen en riesgo la comprensión total de lo contado. Cuando Salton está escribiendo su cuento, se acerca el personaje de Del Paso: “Me presento, entonces. Tú no dices nada, sólo me ves como si fuera un espectro. Soy Palinuro I de México, de misión diplomática secreta en tu país. ¿Con quién tengo el gusto?” Entendemos entonces que Palinuro I de México, como el mismo se presenta, es una especie de viajero del tiempo y quien afirma que su propio “padre” –¿el propio Fernando del Paso?–, también escritor, lo ha enviado en una misión muy importante. Dice Palinuro: “Nací el año de 1977 y fallecí nueve años antes de esa fecha, en un lugar que se llama Tlatelolco o Plaza de las Tres Culturas.” Es el propio Palinuro quien –asumo como parte de su misión secreta para concretar la irrupción literaria en la realidad– le presenta a Salton a la prostituta que eventualmente será la madre de Peter Wirth, y por cuyo embarazo Salton se verá inmiscuido en un duelo a muerte. “[Palinuro] me lleva con las putas y gozo como nunca, me trae a la artista del amor y me muero. Lo había planeado, claro que sí. Hasta me lo confesó, que ése era el dictado, que en ello consistía su misión, que después ya podía regresarse al DF, nunca entendí que es el DF, me lo imagino como una variante del infierno, la antesala a no sé qué círculo dantesco.”

Palinuro se lleva el cuento de Salton sobre el jorobado que, por nuestra parte, hemos leído en diversos capítulos de la novela, para enseñárselo a “su padre”, que también es escritor. La literatura como imaginario se desborda incontrolablemente y surge un verdadero Peter Wirth, un jorobado que a principios del siglo xx nace en Viena y que “fue entregado a las manos piadosas, violentas en ocasiones, de las hermanas caritativas”.

Ya en su exilio, y con la imposibilidad para dilucidar si lo que leemos es la “verdadera historia” de Peter Wirth o el cuento de Salton –aunque para estas alturas habría que entender ya que son lo mismo–, el jorobado es encontrado por Peter Kellner, su propio dopplergänger, ambicioso y erguido. Wirth es invitado a participar en el Deutsches Versuchszentrum fur Human- und Rassentheorie –a saber, el Instituto Alemán de Investigación para la Teoría Humana y Racial, o algo por el estilo– que dirige el Doctor Padre Weissbauer, nombre que evidentemente proviene del sacerdote amigo de Salton –de nueva cuenta el brumoso vidrio de la intertextualidad–. De no aceptar, será capturado y llevado al séptimo capítulo de la novela, quiero decir, “a Mauthausen, un campo de concentración orgullosamente de tercera clase”.

Si al recordar la historia se realizan exorcismos, los nazis llegan por Wirth a su perdido pueblo y queman sus 10 000 libros. No se puede dejar de pensar en Auto de fe, Fahrenheit 451 y Peter Kien. Pero este fuego no es purificador, no es la llama que deja cenizas de donde resurgirá un Fénix: “son llamas que sólo atañen a Peter Wirth, que representan su vida que simbólicamente debe destruirse”. No es extraño que el primer libro en quemarse sea La paz perpetua, de Immanuel Kant. Si cuando Peter Kien pierde su biblioteca se ve en la necesidad de transportarla en su memoria, Peter Wirth pierde su biblioteca y pierde su joroba, pierde su identidad –el único rasgo que lo distinguía de los demás y ahora es sólo un ser diminuto en un mundo lleno de monstruos con los que nunca ha estado preparado para combatir–. Entonces se ve forzado a renunciar a su vida, a sus libros, a su nombre, a su joroba: ahora sólo es un número, 43187, un bufón con una joroba postiza “ridículamente grande y macabramente artificial”.

Wirth sobrevive dos meses con ciertos privilegios –paradoja absoluta– en Mauthausen antes de ser rescatado. Coordina un grupo de presos que funcionan como una corte de bufones para Ziereis, “rey” y “administrador” del campo de concentración: “Lo acompañamos siempre. Grotescos y harapientos. Con uniforme de gala o de trapo. Medievales, barrocos o futuristas. Como ordene su Alteza.” Es aquí en donde el jorobado pierde todo lo que le queda: es obligado a matar a un amigo poeta que, como él, viven únicamente ya en el lenguaje.

Liberado, Wirth vuelve al pueblo que viera años antes su alargada sombra dibujada por una pila de libros ardiendo. Consigue un trabajo como mecánico y, a mediados de “1950, Peter Wirth y la hija mayor de Franz Berger [dueño del taller] celebraron sus nupcias. Hilda tenía 37 años. No sólo la mayor de sus tres hijas, sino la primogénita”. Hilda es muda y Wirth vive una vida de tristeza y monotonía pocos años para después ver morir a ésta una semana después de su cuadragésimo cumpleaños. Lo único que Hilda deja al jorobado es un libro que el propio Kurz ha esbozado en la mente en uno de los tres interludios de la novela.

He dejado dos de estos interludios para el final de este texto porque me parece que haberlos mencionado antes habría arruinado recursos que La joroba de Kurz maneja con tanta pericia. No dejaré de decir que es en estos interludios donde encuentro las mayores luces y sombras de la novela. En estos capítulos Kurz cambia completamente de tono, olvida su novela por unas páginas y se vuelve sobre el lector con páginas en las que su impecable estilo ensayístico –Kurz es un ensayista increíblemente lúcido e inteligente– toma las riendas y, si bien mejora la prosa, el tono de lo que venía contando cambia notoriamente, si no es que por momentos se diluye.

El primer interludio plantea una pregunta clave para el engranaje principal de la novela: “¿Qué hacen los personajes ficticios cuando no están en la novela?” Con mucha ironía Kurz se pregunta por el destino de Juan Preciado, Leopold Bloom, Raskolnikov o el propio Alonso Quijano. En el segundo habla –aunque no lo hace explícito– del libro que Hilda deja a Wirth. Un libro en el que se pudieran encontrar los nombres de los 6 000 millones de personas del planeta. Dice Kurz de nuevo con esas constantes referencias metatextuales: “Una novela de buen tamaño tiene entre 60,000 y 100,000 palabras. La montaña mágica cerca de 300,000, más o menos lo mismo que el Ulises. El hombre sin atributos, con apuntes y fragmentos, por lo menos 750,000. Las novelas más temidas y menos leídas por los estudiantes y maestros de la literatura universal juntan algunos millones de palabras, pero leerlas, aunque sólo sea superficial e indignamente, sólo para acumular palabras, a la manera de cierto jorobado, cuesta varios meses.”

Calcula entonces que, en el mejor de los casos, tendría que leer 360 años para acabar el libro de nombres. “Me espanta –dice el autor–. Tras cada palabra un destino, una vida corta o larga, triste o feliz, plena o vacía. Y todos quieren ser leídos, porque leído equivale a vivido, a haber sido considerado, a no desaparecer en la nada que tanto teme el Padre ateo Weissbauer.”

Wither termina en “Una ciudad sucia. / Una ciudad sucia y peligrosa. / Una ciudad sucia y peligrosa y asfixiante. / Una ciudad sucia y peligrosa y asfixiante y traidora”. Como un anciano a medio año de cumplir cien años, Peter Wirth tiene una epifanía que le muestra el tiempo, el dolor, su vida y espera de la muerte en un cuartucho polvoso del que bien pudo nunca haber escapado: espera tal vez “a ser leído, porque leído equivale a vivido”. En ello consiste la epifanía, en cerciorarse de su existencia y olvidarse de la muerte y de lo insignificante de su nombre en el libro de la vida del que algo o alguien eligió su nombre para contar una historia de dolor y desesperanza.

Para finalizar, comparto dos preguntas que me han seguido durante todo el texto: ¿ Andreas Kurz es un escritor austriaco? ¿Por qué decide escribir su primera novela en español? A nadie sorprenderá la referencia si digo que hace ya muchos años otro austriaco había dicho: “Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo.” La elección de Kurz por el idioma fue completamente consciente, sabía qué alcance, lecturas posibles o acercamiento con la literatura de su país tendría La joroba, escrita en español o en alemán. Herwig Weber, en Historias del espejo. Narrativa austriaca poskafkiana, plantea que, entre otras temáticas, los escritores austriacos han tenido un notable “problema” con su patria, su idioma, la herencia que este traza entre el lenguaje, la realidad y el poder. Kurz establece los límites del mundo de su novela con el propio lenguaje, con la intrincada inter y metatextualidad a la que ya me he referido, pero también con el idioma que emplea para escribirla. Erige premeditadamente un muro infranqueable para aquel lector no hispanoparlante, pero también entre él, su lengua materna y, tal vez, su propia joroba.

 

LA JOROBA