9786074217490

La hora mala, de Luis Panini | Alejandro Badillo

(Publicado originalmente en el número 170)

 

El odio y la magia

 

Luis Panini, La hora mala, Tusquets Editores, México, 2016, 167 p.

 

Una de las características importantes de la generación de narradores mexicanos nacidos en los años setenta y ochenta es la dispersión de temas y estilos. Se puede trazar una línea que va del realismo más clásico hasta la imaginación más desaforada. Es difícil, más allá de las coincidencias generacionales, encontrar puntos en común entre las decenas de autores que han publicado sus primeros libros en editoriales independientes o aquellas que pertenecen a los grandes emporios comerciales.

Luis Panini (Monterrey, 1978) es un ejemplo fehaciente de la búsqueda de un estilo que, sin tomar en cuenta los temas de sus contemporáneos, construye un mundo en solitario en el que los códigos forman parte de un paisaje amplio. Sus primeras obras, los libros de cuentos Terrible anatómica y Mala fe sensacional, publicadas en 2008 y 2010, respectivamente, ofrecen una mirada que se regodea en la violencia, la carnalidad y el espectáculo voyerista. En ambas obras, importantes para analizar el resto de sus libros, hay una vocación por un mundo en el que los personajes, antes que reflexionar o sumergirse en densos estados psicológicos, actúan por inercia, como autómatas dirigidos por un instinto ancestral aguijoneado por los medios de comunicación, la imagen vacía de un televisor, enfermedades deformantes e incurables. El festín de desmembramientos y la orgía grotesca de Panini tiene –al menos en mi lectura– como propósito más evidente usar la crueldad para desnudar al ser humano violento, inmisericorde y absurdo. Como la sátira griega cuyo objetivo, además de la risa, era poner en evidencia los defectos de los hombres a través de la caricatura o de la exacerbación de las miserias humanas, Panini muestra en este despliegue carnavalesco un crítica soterrada a la frivolidad del mundo actual, en el que la imagen no transmite más que escenas vacías y el dolor humano se ha vuelto una referencia que mueve a una fría contemplación carente de compromiso.

Tratando de encontrar coincidencias entre los narradores coetáneos a Panini, sólo Carlos Velázquez (Coahuila, 1978) se le puede emparejar en cuanto al uso de la provocación como anzuelo literario. Sin embargo, el coahuilense tiende a la caricatura y Panini, además de la crítica mordaz que puede captar cualquier lector, lleva su escrutinio a terrenos más plásticos: el ojo se sumerge en los hombres y mujeres enfermos o desmembrados como una especie de revelación estética y, detrás del horror de la sangre, se percibe la intención de mirar el cuerpo en derrumbe como un objeto escultórico que, a su vez, lleva la historia a una interpretación que se aleja de lo predecible y lo gratuito. En este aspecto Panini tiene mucho que ver con la narrativa de Mario Bellatin, quien usa a los personajes y escenarios como metáforas absurdas que, además de la información que muestran a primera vista, esconden un experiencia estética en la enfermedad, el sinsentido e, incluso, lo ritual.

La hora mala parece un leve cambio en la obra del autor. Si bien se mantienen algunas constantes (el regodeo en el cuerpo como un objeto inanimado, sujeto a cualquier tipo de experimentación), se añaden elementos de índole fantástica que mueven la historia a una interpretación más interesante, de más dimensiones. La historia empieza con un joven accidentado que yace sobre el pavimento. A partir de este detonante el autor dispone una serie de hechos que, desde una falta de lógica, interrogan y postergan la toma de alguna decisión sobre el joven. Panini toma como referencia la ilusión del tiempo: cada uno de los capítulos de La hora mala está marcado por minutos, empezando desde las tres de la tarde, para que, supuestamente, cada uno de los fragmentos corra como una película en tiempo real. Sin embargo, lo que concentra la tensión narrativa no es seguir este juego, sino observar cómo el tiempo, en lugar de concentrarse, se expande gracias a la falta de acciones que podrían mover la historia en un terreno veloz o una dinámica que, al menos, ofrezca la sensación de que la historia “va” hacia algún lado. El joven se mantiene inerme sobre el asfalto y, alrededor, se reúne una variopinta selección de personajes que, como en una puesta teatral, se incorporan al escenario. Estos personajes indagan, sin ir demasiado lejos, por la condición del joven. Alguno dice que está vivo. Otros más se preguntan si podrá sobrevivir mientras llega una ambulancia. Intervención tras intervención, pregunta tras pregunta, queda claro que ninguno de ellos hará mucho por el accidentado que, como una estatua, permanece en la misma posición, sin dar señales de alguna transición o si lucha por su vida.

Hasta esta parte, quizás el primer cuarto de la novela, nos enfrentamos a esta distensión del tiempo. El efecto es llevar la historia a través de los diálogos y pláticas de los personajes que, como un coro, se enfrascan en detalles, nimiedades de sus vidas que llenan líneas y más líneas. La preocupación inicial es sustituida paulatinamente por la curiosidad y, después, por una apatía que, en algunos, se transforma en odio. El cuerpo del joven pronto se convierte en un problema con el cual deben lidiar. Al llegar a este punto comprendemos que la trama ancla sus primeros supuestos en la poética kafkiana. Personajes que, en lugar de ver lo evidente, se concentran en parloteos que conducen a callejones sin salida. Panini pudo seguir esta línea hasta el final de la novela y, quizás, exacerbar con la caricatura la condición del joven rodeado de un montón de personajes cuyas prioridades tienen que ver con todo menos con él. Sin embargo, cuando los testigos están esperando la llegada de una ambulancia, Panini hace aparecer a un hombre vestido de frac, capa y chistera que, además, está envuelto por una niebla blanca olorosa a azufre. El narrador, en tercera persona, indica que, a pesar de lo sobrenatural de la escena, las personas no se espantan ni reaccionan a esta intromisión. Más allá de que, según mi punto de vista, el comentario del autor pudo ser eliminado para que, quizás, las voces de los personajes indicaran al lector que la aparición no trastoca sus vidas, a partir de este momento la novela deja esa aparente homogeneidad construida desde el comienzo y se encamina a un nuevo rumbo.

Uno de los aspectos que tuerce un poco la trama es, además de la aparición del extraño, el lenguaje del narrador que, sin ser barroco, ocupa giros retóricos que no habían sido utilizados hasta ese momento de la novela. El principal es el uso del epíteto, es decir, definir o llamar a un personaje por una cualidad o característica. El hombre misterioso –una mezcla de diablo con prestidigitador– es definido una y otra vez con epítetos que describen su apariencia o su personalidad. Este recurso le añade al tono de la narración un toque carnavalesco, una sutil exageración que indica, tal vez, una dirección mágica o sobrenatural a una serie de eventos que aún no se desprenden de su condición realista. El mago (voy a definirlo así ya que el autor prefiere esta palabra en casi toda la obra) se expresa en un lenguaje elaborado, teatral incluso, que no sorprende a sus escuchas, cuyas expresiones tienden a la simpleza. El mago comienza a despertar las dudas de los testigos sobre la causa del accidente del joven y, sobre todo, de su modus vivendi. Sin una prueba irrebatible comienzan a especular sobre las costumbres del accidentado. Cada suposición negativa da paso a una peor hasta que no hay vuelta atrás. El extraño, como pieza vigilante de que se cumpla el destino cruel sobre el joven, aconseja, conduce las intervenciones de los testigos que, en la parte final de la novela, no tienen dudas de sus suposiciones a pesar de que estén fundadas en el aire. El joven caído, desde su indefensión, capitaliza todos los odios, miedos y supersticiones.

Llama la atención, además de los elementos que describí anteriormente, el uso de algunos recursos que tratan de llevar la historia a un territorio fuera de lo literario o, para explicarlo mejor, llevar al lector a un sitio menos directo y más sujeto a interpretaciones amplias. Palabras que no se dicen y que están marcadas por una línea que indica una frase perdida. Es como si nos enfrentáramos a un documento censurado o, también, a un espionaje en el que el mensaje, la información, sufre mutilaciones. La sensación es atestiguar, desde una estrecha rendija, la gestación de un crimen.

Una vez terminada la lectura se descubren dos líneas rectoras, las dos piezas con las que juega Panini: atestiguar, por un lado, cómo la atmósfera y el linchamiento de los vecinos sigue sin ningún sustento creíble y, por el otro, comprobar si el mago es sólo un simple detonador de los prejuicios de los personajes o si tendrá un papel más activo en el futuro. Con la conclusión de la historia nos damos cuenta de que el mago es, simplemente, el espíritu de la discordia que sólo hace visibles los pensamientos más escabrosos de los personajes y logra que su contagio diluya la responsabilidad que, en un origen, sienten por el joven accidentado. En Masa y poder, Elias Canetti trata de analizar el comportamiento de las personas en solitario y cuando están sumergidas en la masa. La responsabilidad se fragementa y los peores prejuicios salen a flote cuando alguien encuentra un asentimiento o, por inercia, se suma a un estado que puede ser psicosis colectiva, revanchas absurdas o, simplemente, el deseo de congeniar con el otro para no estar fuera de la comunidad, no ser vulnerable y, tal vez, evitar ser la próxima víctima. Esta problemática, por desgracia muy actual, se mueve tras las páginas de La hora mala.

Habrá algunos lectores que encuentren forzada la intrusión del mago pues su propósito –impregnado de un halo fantástico que busca la ambigüedad– es desatar reacciones que podrían desencadenarse gracias a los propios prejuicios de los testigos, sin necesidad de ningún acicate extraño. Sin embargo la función del mago, según mi entender, enlaza cierta experimentación del relato que encuentra vasos comunicantes con los pies de página, el pequeño pasaje en el que Luis Panini se mete en la narración y discute con la voz que lleva la historia y, finalmente, la serie de equívocos, partes ocultas detrás de rectángulos negros, entre otros accidentes que forman una segunda vertiente en la apuesta del autor. Quizás estos cortes en el camino, estas intrusiones en la narración, podrían explotarse más si fueran más que incidentes asilados en la linealidad de la historia. La extensión de la novela, 167 páginas que podrían ser muchas menos con un trabajo editorial distinto, limita la inclusión de estos breves experimentos.

La hora mala es, como lo mencioné al principio de esta nota, un leve giro en la narrativa de Luis Panini. Se mantiene la crítica social sin caer en un didactismo ramplón y, por otra parte, el estilo narrativo explora lo fantástico y algunos matices coquetean con lo alegórico. En mi papel de lector me gusta más esta segunda posibilidad: pensar en un mensaje cuyo poder radique en un espejo en el que podamos vernos desnudos y que el símbolo sea el que perdure en la mente después de la lectura. Me parece que este aspecto es la promesa que deja esta novela.

 

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