isla de bobos

Isla de bobos de Ana García Bergua | Por Gregorio Cervantes Mejía

El reino de la ingenuidad

Ana García Bergua, Isla de bobos, Era, México, 2014, 248 p.

La isla Clipperton o Isla de la Pasión es un pequeño atolón coralino de apenas seis kilómetros cuadrados poblado sólo por cangrejos y pájaros bobos de patas azules que ha sido disputado por México y Francia desde el siglo XVIII.
En la actualidad, la isla —distante 1,100 kilómetros de la costa mexicana— pertenece a Francia, luego de un alegato de más de 30 años con México.
En 1906, para asegurar la soberanía mexicana sobre Clipperton —donde se acababa de instalar la Pacific Island Company para explotar los depósitos de guano—, Porfirio Díaz envió una guarnición militar, al mando del capitán Ramón Arnaud, y ordenó la construcción de un faro sobre el único promontorio del lugar: una formación rocosa de 29 metros de altura.
Entre 1908 y 1910, la compañía norteamericana canceló sus operaciones y retiró a su personal, pues el guano resultó de baja calidad y poco rentable. A eso se sumó el inicio de la revolución maderista en México, por lo que el envío de provisiones desde el puerto de Acapulco se volvió irregular.
La situación se agravó para 1914, tras el golpe de Estado de Victoriano Huerta, cuando se cancelaron por completo los envíos de suministros a la isla. Entre sus ocupantes se extendieron las enfermedades y, para 1916, sólo quedaban con vida el guardián del faro y 15 mujeres y niños.
A mediados de 1917, el farero —que se hizo llamar “rey de Clipperton” y esclavizó a las mujeres— fue asesinado por una de las sobrevivientes. Al poco tiempo, los últimos pobladores de la isla —cuatro mujeres y siete niños— fueron rescatados por un buque norteamericano.
A partir de estos sucesos, Ana García Bergua construye Isla de bobos donde, a manera de líneas convergentes, las historias de Raúl y Luisa Soulier muestran no sólo lo acontecido con los ocupantes de la isla de K., sino también los orígenes de su estancia ahí y los esfuerzos de los sobrevivientes por reintegrarse a la vida en un México convulsionado por las luchas revolucionarias.
En más de un pasaje se advierte sobre la resistencia de la novela y sus narradores a detenerse en lo ocurrido a partir de que el guardián del faro se proclamó rey de la isla y someter a mujeres y niños. Contra la insistencia de los periodistas y curiosos, las sobrevivientes quieren dejar atrás ese periodo, recuperar sólo lo valioso de sus esfuerzos y reconstruir sus vidas:
“La crónica borraba ya todo lo ocurrido y se centraba en la historia de Saturnino: se llamaba ‘El negro Barbazul’ y abundaba morbosamente en las barbaridades de ese Saturnino. Luisa sintió que se le revolvía el estómago: ¿y la valentía del capitán Soulier?, ¿y el sacrificio que hicieron todos por resguardar aquella propiedad de la nación?, ¿por qué no había una comisión a recibirlos, por qué retornaban a la capital como unas perfectas desconocidas a las que se miraba con interés escabroso?”
Pareciera que Isla de bobos pretende atender los reclamos de Luisa y contar los esfuerzos de la guarnición por permanecer en la isla, convencidos de que prestan un valioso servicio a la nación, y también de hacerla habitable en la medida de sus posibilidades. Un esfuerzo que a la postre resulta desesperanzado: terminan hambrientos, enfermos y olvidados en un pedazo de roca que ya no interesa a nadie, sustentados tan sólo por los pájaros bobos, tan inocentes como los mismos ocupantes del lugar.
El primer capítulo de la novela muestra claramente esta mezcla de inocencia e idealismo. Raúl Soulier abre la historia recordando su infancia y juventud, llenas de afecto y mimos, con un futuro promisorio:
“Yo, chiquito como de cinco años, ya me veía grande, igual al futuro héroe que veía mi madre en mí, pues el espejo reflejaba sus ojos. Podría decir que crecí en ese espejo. Día tras día me observaba en él, aspirando a llenar su luna con mi imagen. Mi padre me parecía Dios, y era de lo más natural que él me considerara un sucesor brillante, eso daba comodidad.”
Pronto, sin embargo, las circunstancias dan al traste con las expectativas. La muerte del padre de Raúl lleva a la ruina a la familia y él debe sepultar sus sueños bajo el oficio de boticario, que considera mediocre.
El segundo capítulo —que abre la otra línea narrativa de la historia— confirma esta perspectiva: justo cuando acaban de asesinar al farero, las mujeres sobrevivientes en K. son rescatadas por un buque norteamericano. El alivio que provoca el rescate y las expectativas de regresar a México, reencontrarse con sus familias y reconstruir sus vidas, se topará muy pronto con el morbo de la población, alentado por los periodistas, y el desdén burocrático hacia sus reclamos de derechos y pensiones de viudez.
Ana García Bergua desarrolla una historia donde las ilusiones se rompen constantemente, donde privan el desencanto y la porfía. Porque Raúl y Luisa, a pesar de sus constantes tropiezos, se empeñan en sostener sus expectativas, en creer que pronto las cosas cambiarán para bien.
Este optimismo ingenuo de los personajes se muestra con mayor claridad en sus esfuerzos por convertir a K. en un sitio habitable: abren una escuela, organizan tertulias, hacen traer toneladas de tierra fértil para cultivar alimentos. Pero todo resulta en vano.
En las mañanas enseñaba a leer y escribir a los niños, mientras su esposo supervisaba diferentes tareas: agricultura o construcción de casitas o reparaciones. Daba sus rondas con los soldados, curaba a la gente que por alguna razón se enfermaba, pues había sido farmacéutico. Se cruzaba con uno y parecía poseído por la actividad, a veces ni siquiera escuchaba lo que se le decía. Muchas cosas no lograron el capitán y su esposa, pero no les faltaba el espíritu. Trataron de hacer agradable la vida en una isla perdida a mitad del mar, nadie los podría culpar, por el contrario. El capitán se dio cuenta muy pronto de que sus ocupaciones le dejaban mucho tiempo libre. Y entonces probaba cosas. Probó a plantar cebollas, y al principio sí se dieron, durante un par de años. Otras frutas también, y verduras. Se dieron porque habían traído tierra de allá. Pero el salitre se comió todo a fin de cuentas. Ese salitre era tanto, tan terrible, a veces parecía que nos iba a comer a nosotros también.
En efecto: la isla está llena de bobos. No sólo esas aves nativas, que no le temen a los humanos y se convierten en el único alimento disponible, sino también los miembros de la guarnición y sus familias, convencidos de que están prestando un gran servicio a la nación, de que harán habitable el lugar, de que se reanudarán los envíos de víveres, de que serán rescatados…
Esa ingenuidad de los personajes atempera los acontecimientos trágicos. Las enfermedades, las muertes, las vejaciones son vistas a la distancia, como recuerdos desagradables que empiezan a nublarse.
Lo mismo ocurre con los constantes rechazos sufridos por Luisa de parte de la burocracia gubernamental: se nos da parte del suceso, pero sin que la voz narrativa caiga del todo en el desaliento o la desesperación. Como si, haciendo caso de la consigna del capitán Soulier, los narradores de Isla de bobos estuvieran empeñados en mantener la dignidad, aun cuando deban presentarse cubiertos de harapos o rechazar las pocas posibilidades que se presentan para salir de la isla.
Nos despedimos del capitán Martinsson y su familia, así como del capitán Salinger, quien amigablemente nos dejó algunos víveres para resistir en lo que llegaba nuestro barco. Vimos al buque alejarse hasta que hubiera sido imposible hacerle señales de que regresara. Ebrios de honor, el teniente Álvarez y yo hicimos un pequeño festejo en el que cada quien dijo palabras patrióticas e iluminadas. Pero sólo mi esposa y el teniente cargaban en los ojos la misma mecha encendida que yo. Tenía miedo por los niños, pero era mayor mi convicción de haber hecho lo correcto y mi fe en que el ejército nos rescataría. Esa misma noche le hice el amor a Luisa, que estaba preñada de tres meses, y cuyos ojos no dejaban de admirar lo que representaba el raído uniforme que no me quité sino hasta aquel momento. Al terminar, le comuniqué mis inquietudes. Claro que vendrán por nosotros, me respondió ella entre suspiros, claro que vendrán.
En efecto, esa ebriedad de honor, idealismos y buenas intenciones se convierten no sólo en un agravante de la situación de los habitantes de la isla, pues los lleva a rechazar las alternativas para salir de ahí que ellos mismos consideran “indignas” o “antipatrióticas”, sino también en un poderoso sedante ante los sucesos que se presentan: la soledad, el escorbuto, el hambre, la locura de los pocos sobrevivientes.
Las escasas voces que los llaman a la lucidez —las de los familiares en las pocas visitas que los protagonistas hacen al continente, las de los oficiales de los dos barcos que logran llegar a la isla durante el periodo de abandono, las de los mismos protagonistas— son acallados por la porfía de hacer “lo correcto”, lo que el deber y el patriotismo dictan.
Isla de bobos parece mostrar, al final, que el sentido del deber, el patriotismo, la justicia, la voluntad de transformar el entorno, son apenas ilusiones que permiten a sus personajes sobrellevar sus penurias. Incluso los mismos protagonistas parecen convertirse, conforme transcurre la historia, también en ilusiones, en seres sin una existencia concreta, invisibles para su entorno: sus vidas, lejos de alcanzar los niveles trágicos que podrían depararles los acontecimientos vividos en la isla, se van diluyendo en el desdén de funcionarios, periodistas e, incluso de los mismos familiares: “Hipólito se acordaba de Esperanza, de sus encías blancas, su gesto adolorido, su cuerpo en los huesos, el miedo que tenía de hablar, y no se la imaginó ‘feroz como su señor y dueño’. Mientras, sus compañeros de oficio se seguían pasando el periódico de mano en mano y exclamaban: ¡es de novela! Pronto lo olvidaron, apasionados con la fiebre de suicidios de señoras y señoritas que comenzaba a afectar a la capital.”
Sí, incluso personajes que parecieran más prometedores dentro de la trama, como Esperanza —quien mata al guardián del faro— o Juanita —la niña que enmudece tras lo vivido en la isla K— se diluyen en la novela, con sus historias vistas de manera marginal, a la distancia, como si ya no importaran para nadie más una vez pasada la novedad de la desgracia. Lo mismo ocurre con las demás sobrevivientes, cuya presencia se difumina apenas vuelven a México.
Sólo Luisa Soulier, gracias a su porfía, mantiene su voz presente hasta las últimas líneas, a la espera de que algún presidente, por fin, le reconozca sus derechos y su pensión de viudez.

 

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  • aline

    Hola muy interesante la nota solo quisiera corregir un error es Martina quien mata a Saturnino y no Esperanza