Indio-Borrado

Indio borrado, de Luis Felipe Lomelí | Hugo Valdés

Desfile de escenas

 

Luis Felipe Lomelí, Indio borrado, Tusquets, México, 2014, 176 p.

 

Indio borrado, de Luis Felipe Lomelí, novela el intenso rito iniciático por el que transita el Güero, un auxiliar de electricista de trece años de edad, hacia la autoafirmación por medio de un acto de justicia que le será reconocido aun por sus enemigos. Mientras el protagonista porfía en su tarea de entender el duro mundo que le tocó, sin amargura ni autoflagelación, descifrándolo silenciosamente para sí con la idea de asumirlo en mejores condiciones, se va tejiendo una tragedia “funcional”, tan necesaria como catártica. Sitiado por el poder y el control de la calle a manos de una u otra pandilla, debe lidiar también con un enemigo quizás aún más pernicioso: el padre brutal, irresponsable y abusivo –tiene progenie sólo para su provecho–, consecuente metáfora de la ciudad que margina, por tratarse de un asentamiento ilegal del sur de Monterrey, a la colonia Revolución Proletaria, lugar de andanzas y destino del Güero. El daño que el padre innominado ocasiona en la familia, infiriéndole una marca de horror que trasluce en el devenir cotidiano –signado por el abandono autista de la hermana violada y la inercia existencial de la madre abatida por la migraña, acaso síntoma de una depresión crónica–, es visto de forma elíptica por una voz narradora a la cual le debemos esta novela adictiva cuyo ritmo, a ratos sosegado, parece solo haberse dispuesto así para dar pie al doliente estrépito del alma.

Como si se ensayara con él, dejándolo ser y hacer, insuflándolo de paso las viejas voces en las que se sustenta su mitología íntima, el narrador confronta al Güero con sus recuerdos discreta, amorosamente, escogiendo lo más sustantivo de una vida que, pese a su brevedad, esplende para los lectores. Por lo demás, no escapa cómo aquél empatiza con el destino en vilo de los personajes de Indio borrado: el Güero y su familia vulnerada; Lina, la adolescente de ojos verdes que veía al muchacho “como si lo hubiera mirado siempre” y quien seguramente será la novia y pareja de aquél; Milo, que “nomás despierta ternura si no trae el acordeón”, etc. Así, barajando despacio una suerte de juego de estampas que procura más detalles del espacio y del elenco, consigue retardar la acción a fin de potenciar sus alcances.

Por la factura de este desfile de escenas, algunas tan escuetas como un microcuento, pareciera que el Güero se ocupara de armar para sí su mundo inmediato o que el narrador lo refractase rápidamente en aquél para recrearlo sin acudir a descripciones ociosas. La estrategia evoca también una declaración que el protagonista rinde in mente con miras a trazar una cartografía de ese pequeño mundo que rueda siempre amenazado por las pandillas rivales y en el que la confrontación con el padre –al que olfatea como un animal a otro– es inevitable. Más allá del simple guiño simbólico, la hombría y la dignidad del Güero deben cimentarse en la destrucción de cualquier enemigo.

Fungiendo como manes tutelares –o los mayores que suplen a la proterva figura paterna–, las luciérnagas son espectros que son voces que fosforecen y, abrigadas en el secreto del tiempo, recuerdan lo que sus dueños fueron alguna vez. Fantasmas formativos que van desde el nativo primigenio y el trabajador ferrocarrilero, pasando por el gobernador Santiago Vidaurri, hasta los primeros industriales –cuyas voces le confían sin empacho sus corruptelas, tal como otra confiesa también, con elipsis turbadora, haber asesinado a alguien cercano, tal vez a un bebé–, cada cual dicta el quehacer del Güero como si se tratara de su código genético expuesto. Ligándolo a una tradición ancestral, Luis Felipe Lomelí reclama para su personaje una parte de la grandeza que signó a generaciones de regiomontanos, los pioneros, los constructores, los adelantados, sumándole a ello su pasado y sangre indios, exterminados en aras de la modernidad y ahora conciliados y fundidos en la sangre del muchacho. El Güero no es el otro del regiomontano proverbial: es uno más, con los mismos derechos que todos, cuyo autor exige se le tome, al fin, en cuenta. Tampoco puede reducírsele a un chamaco pobre y carente de suerte: es un indio rayo redivivo, un potente “guerrero de luz sobre lomo de gigantes”.

Gracias al contexto épico con el que se dota a la novela –todo transcurre, nos hace notar su autor, en el fondo del mar de Tetis–, el Güero se revela como una manifestación de la naturaleza, energía que se reconoce siempre igual a sí misma, tanto en el Monterrey contemporáneo como siglos atrás, antes de la llegada de la colonización española al valle norteño. No por nada nuestro joven guerrero sabe y entiende bien que lo más preciado de un hombre es su profunda identidad y la salvaguarda del nombre: nunca sabemos de él más que su apodo. No por nada, por obra del tatuaje y la tinta ritual antes de salir al combate definitorio, su rostro se antoja “como si fuera de otro tiempo”. En consecuencia, los cerros citadinos no son tales: la Sierra Ventana sobre la que se edifica la colonia del Güero es en realidad un gigante domeñado por liliputienses brutalizados que se dieron la maña para subsistir por medio de la autogestión y la autoprotección.

Sin embargo, en un mundo donde los niños crecen muy rápido y la venta de droga al menudeo es la única salida para cuantos no saben más que hacer, el equilibrio conseguido entre las bandas y sus dueños o patrones territoriales puede romperse por las causas más fútiles –el robo de una cachucha a guisa de desafío, por ejemplo–, orillando a Sierra Ventana a la guerra consigo misma, como si no fuera suficiente la tensión que se establece entre las diversas colonias que se asientan en aquélla y el proyecto regiomontano de progreso y bonanza.

De hecho, y no obstante que se haya fortalecido con sus propias reglas, legado de la disciplina izquierdista de sus fundadores y de los cuales ya ni permanece el recuerdo, Revolución Proletaria parece estar siempre a un tris de la contienda fratricida a causa de sus enormes carencias y el olvido al que la condenó Monterrey, expandida desde hace mucho fuera de sus límites originales y ni siquiera así con la menor disposición para incluir en ella a los marginados crónicos. Insular dentro de la conurbación metropolitana –reflejo de la Sultana del Norte, multiforme y múltiple, catalogada como una nación dentro de otra–, deviene la cantera de seres acaso necesariamente violentos, a los que sólo les es dado columbrar la ciudad matriz de la que no forman parte mientras esperan la oscura llamada del destino. No es extraño por ello que la voz narradora insista en mostrarles al Güero y al lector, a partir de una acción pasada –un disparo que aquél no hizo contra uno de sus adversarios, convertido luego en aliado–, el derrotero existencial del personaje en el fugaz relato paralelo –acorde a la llamada dimensión posibilista–: aquello que también pudo suceder y que, en el universo de Indio borrado, no habría sido en verdad muy distinto; sólo se trataría de otras vidas rotas.

Habitantes de un limbo innoble donde el odio se asemeja ora a la tristeza, ora a la esperanza, están destinados a medrar en labores como las que desempeña el Güero en calidad de “topo”, quien auxilia en la construcción desovillando el cableado eléctrico: en el nivel simbólico, todos aquéllos son “topos” también por vivir de forma subterránea y distante respecto de una ciudad que se complace –y se sofoca más cada vez, desconociéndose a sí misma– con su creciente sectorización social. Sólo evolucionan en aves de presa cuando, como el Güero y los suyos al robar algún dinero con que adquirir armas a fin de enfrentar a los Dragons, “caen”, “saltan” sobre alguna casa de la colonia inmediata desde los hombros del gigante.

Aun cuando acude a inocentes cábalas, como hacerles nudos a la bolsa del supermercado con el afán de volverse momentáneamente invisible o esperar a que los dígitos de un boleto de camión sumen veintiuno para ganarse el prometido beso de Lina, el Güero no pierde de vista la doble misión que tiene en puerta. Cumplirá, tal vez sin saberlo, uno de los consejos de su maestro, según el cual la voz narradora compila y escancia al modo de un breve tratado de filosofía práctica, tanto como pudo servir de epígrafe para la novela: “Lo importante de un topo –dice José Isabel– no solo es saber cuándo empujar y cuándo jalar para que no se atasquen los cables, lo importante es encontrar la fuerza indicada para sacar todo el mugrero.” Ya que saca de sí la carga negativa que lo lastra y suma cadáveres al “río de muertes que fluye bajo las calles asfaltadas” de Monterrey, rayo convertido en hombre, el Güero se encumbra como un adulto responsable de su familia y de su territorio, a despecho de la impune peligrosidad de los Dragons, responsables incluso de graves delitos contra gente que no habita en Sierra Ventana.

En El evangelio del Niño Fidencio, Felipe Montes imagina una ciudad de cemento y ladrillo que emerge en las primeras décadas del siglo xx para imponerse a la construida entonces con piedra sillar. En la visión de inicio de milenio que condensa Indio borrado, Luis Felipe Lomelí imagina con razón un Monterrey surcado por símbolos y “silbidos de balas que tejen el aire”, cuyas entrañas-tuberías son recorridas por serpientes que envenenan el agua y la tierra, fatalmente y sin remisión, como un eco siniestro de la paranoia zumbona del militar que, en la cinta Dr. Strangelov de Stanley Kubrick, comienza la tercera guerra convencido de que los comunistas soviéticos han inficionado a Occidente fluorizando el agua.

 

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