william-rowe-hacia-una-poetica-radical-beatriz-viterbo-ed-230801-MLA20398555745_082015-F

Hacia una poética radical, de William Rowe | Eduardo Sabugal

En busca de lo invisible

 

William Rowe, Hacia una poética radical, fce, México, 2014, 353 p.

Desde una variante radical que intenta combatir el privilegio epistemológico de cualquier forma de comunicación y una profunda admiración confesa hacia la obra de Raymond Williams, con una adaptación hasta cierto punto sui generis de las posturas hermenéuticas deudoras y herederas de Hans-Georg Gadamer y Paul Ricoeur, la propuesta de Hacia una poética radical planteada por William Rowe se propone como un ejercicio híbrido que se nutre de los Cultural Studies, por un lado, y de la hermenéutica más tradicional de corte alemán, por el otro, dándole protagonismo a los horizontes de producción y recepción a partir de la noción de historicidad.

La hibridez de Rowe también queda de manifiesto en este libro al trabajar en dos mesas: la parte teórica (la exposición de su propio método interpretativo) y la aplicación en casos concretos en torno a la obra de Vargas Llosa, Roa Bastos, José Donoso, César Vallejo, Emilio Adolfo Westphalen, Juan L. Ortiz, Nicanor Parra, Carmen Ollé, Raúl Zurita y Diego Maquieira. Ya en Memoria y modernidad. Cultura popular en América Latina (William Rowe y Vivian Schelling, Grijalbo, 1993), Rowe había dejado claro su interés por la región latinoamericana y por el esfuerzo interpretativo para entender, desde un modo distinto, las configuraciones culturales que han permitido cierta producción literaria pero, sobre todo, cierta recepción de esa obra y sus relaciones (muchas veces de confrontación) con los viejos discursos articuladores de identidades, problematizando la idea de mestizaje y transculturación, y la antigua distinción entre alta y baja cultura. Sin embargo, en aquel texto publicado en inglés en 1991 aún había una marcada influencia de Néstor García Canclini en la forma en que Rowe usaba el concepto de lo híbrido, y se percibía cierto apego al discurso de autores de la región que reflexionaban sobre los mass media y lo popular como Carlos Monsiváis y Martín Barbero. Hacia una poética radical, escrito en inglés cinco años después, supone cierto distanciamiento respecto a esas aproximaciones e incluso algún tipo de revisión crítica de los autores citados. Ahora, más que intentar una suerte de reivindicación de lo popular, se propone pensar la literatura reflexionando sobre la fuerza hacedora de la textualidad, entendiendo el hecho de cultura como un hecho de lectura. Dentro de las diversas perspectivas teóricas que han existido para abordar el hecho literario y sus problemas (identificación y diferenciación progresiva en el devenir histórico), a Rowe parecen interesarle por igual aquellos enfoques que toman en cuenta tanto lo que acontece en torno a la obra (público, contexto) como lo que la sigue (recepción, influencias), pero huye radicalmente de cualquier enfoque esencialista, importándole más cómo funciona socialmente lo literario, o sus condiciones de posibilidad, que la sustancia de la literatura o algún rasgo universal de la misma. Eso literario que Rowe pretende comprender se encuentra siempre comprendido como un hecho cultural. Dicho de otra manera: lo literario, que puede o no desembocar en un determinado producto validado y legitimado como literatura, le interesa en su textualidad y al mismo tiempo en su inserción dentro del imaginario cultural. Lo literario sirve para reconstruir escenas de forma dialógica, es decir, en permanente diálogo con los múltiples registros hallados en una textualidad siempre rastreable históricamente a partir de prácticas culturales precisas.

La poética radical intenta romper las fronteras esencialistas que definían lo literario de forma rígida. Si de forma convencional se entendía la naturaleza de la literatura a partir de una cooperación hiperprotegida, el uso de etiquetas institucionalizadas y un uso particular del lenguaje (su rarificación), Rowe parece sabotear aquellos parámetros al proponer un análisis más transversal que penetre las diferentes capas culturales en las que un texto circula y que, al hacerlo, tal y como sucedía con la semiótica no significante de Guattari, o La arqueología del saber que proponía Foucault, las estructuras y dinámicas de poder (obediencia o desobediencia) salen a la superficie, o al menos se revelan paulatinamente mostrando sus reglas o leyes. De hecho, uno de los cometidos de esta radicalización de la poética es la de encontrar técnicas para hacer evidente lo invisible o lo espectral de las sociedades. El estudio del dolor en Cesar Vallejo, la puesta en escena en Nicanor Parra, la antropofagia en José Donoso, la enunciación autoritaria en Vargas Llosa, el vestigio de la oralidad en Roa Bastos o el delirio y la herida social en Zurita, por citar algunos ejemplos, son estrategias interpretativas para cumplir con un objetivo que parece coincidir con lo que Deleuze le exigía a la filosofía: disolver complicidades y zanjar cuestiones. Al mismo tiempo, Rowe se aleja de la típica idea sociológica de Campo, expuesta principalmente por Pierre Bourdieu, pues para Rowe no siempre existe en América Latina una autonomía de eso que el sociólogo francés llama “campo cultural” o “campo literario”. Sin embargo, aunque se aleja de Bourdieu por considerar los límites de un Campo provisorios y sujetos a revisión, sí parece interesarse en algo similar al concepto de Constelación usado por Walter Benjamin y, aunque no lo dice, al de Sociograma usado por Claude Duchet para referirse a ese conjunto fluido, inestable, conflictivo, de representaciones que, fragmentadas e interactuando entre sí, gravitaban en torno a un núcleo.

La poética radical de Rowe, más que una fría fusión horizóntica a la manera en que Gadamer entendía la interpretación en Verdad y método, sugiere una especie de rapto lúcido producido por la comprensión intracultural de la producción textual, lo cual implica el reconocimiento y exploración de su facticidad. Es decir, una comprensión no desde el interior del texto o desde una exterioridad meramente abstracta, sino a partir de una reciprocidad e intercambio entre la textualidad propiamente dicha y las realidades culturales en las que se produce, circula y recibe determinada obra literaria. Una “especie de mareo, pero un mareo lúcido, productor de nuevas percepciones, capaces de penetrar en esas invisibilidades que las sociedades producen mediante los discursos escritos y hablados”. Incluso Rowe se vale de la metáfora del Aleph borgeseano para entender la multiplicidad en la que se hace y lee la textualidad, capturada en un espacio que escapa al dualismo del dentro y fuera, semejante a un campo quántico en donde el observador no puede separarse de lo observado. Para explicar esta especie de pliegue crítico, cita desde la irradiación de Eric Mottram hasta los planos que sabotean la inmanencia de Gilles Deleuze y Félix Guattari, pasando por la teoría de los paradigmas de Thomas Kuhn y la inversión dualista de John Cage.

Rowe realiza un ardoroso esfuerzo por contestar una vieja pregunta que ya se formulaba García Canclini, ¿cómo ser radical sin ser fundamentalista? La respuesta parece hallarla justamente en la obligada inserción del hermeneuta en todo ejercicio de hermeneusis, es decir, abandonando la idea purista e ingenua de la neutralidad e intentando dar con las transformaciones de determinado campo cultural en el que forzosamente debemos colocarnos al momento de emprender un análisis. El mismo García Canclini entendió esas transformaciones como procesos de descolección y desterritorialización, asociados a cierta crisis no sólo social sino política y cultural (por ejemplo, el caso de Sendero Luminoso y los efectos provocados por la violencia en el Perú, o el lenguaje totalitario en el Chile de la dictadura pinochetista).

De Raymond Williams, Rowe retoma la idea de “la estructura del sentimiento”, pues según él la reflexión de la cultura debe ser a partir de la concepción de esta mediación de la socialidad sin disminuir la creatividad individual ni el trabajo artístico, porque es en las artes en donde se expresa la structure of feeling. Una imagen que resume muy bien la multidimensionalidad en la que Rowe coloca la textualidad como objeto de una actividad profunda de hermeneusis en pos de lo espectral, o de esa llamada estructura del sentimiento, es el caso de la escritura de frases que el Raúl Zurita realiza sobre la superficie del desierto de Atacama. De alguna manera, en esa acción queda de manifiesto el afuera del texto, algo hasta ahora invisible o fantasmal, que al interpretarlo logra paradójicamente sacar a la superficie la interioridad textual y materializar lo invisible. Sólo inscribiendo la escritura en un cuerpo social es como la condición de existencia, en apariencia intrínseca de un texto, logra mostrar su anclaje cultural e histórico, haciendo visible lo que antes de su refracción era invisible socialmente (por ejemplo, según Zurita, al escuchar la palabra patria expresada en la propaganda oficial de los militares una persona toma conciencia de todos los significados suprimidos, vale decir, “el idioma resulta dominado por lo no dicho”).

La utilización de la teoría y del análisis hermenéutico para el establecimiento de un corpus y un canon le parece a Rowe inútil e indeseable, pues le parece un procesamiento del pasado que sólo a las sociedades de control y sus agentes les resultaría útil. A Rowe no le importa identificar qué hierba arrancar del jardín de la literatura y qué planta cuidar con esmero (que recordaría la vieja forma de entender la Cultura como Colere, que hace alusión etimológica a cierto tipo de cuidado), pues no se trata ya –según él- de incluir o no tal texto, sino de “cómo enmarcar prácticas culturales heterogéneas, que incluyen diferentes mediaciones, diferentes tradiciones y, como es el caso en los territorios de diglosia o mestizaje cultural, hasta diferentes historias culturales”.

Los ejemplos que escoge Rowe para aplicar su poética radical parecen ser, como apunta Eduardo Milán en la introducción, escritores designados en el terreno literario por un destino rupturista como Vallejo, Parra, Zurita y Maquieira, o bien signados por un principio de obediencia simbólica o, en el peor de los casos, real, como Vargas Llosa. Todos ellos le sirven a Rowe para visibilizar los espectros de la socialidad en la trama cultural de cada uno de sus países, apuntando hacía una especie de ejercicio hermenéutico (aplicación de una poética radical) en la región latinoamericana, que pudiera servir para dar con una radiografía parcial, temporal e histórica, un dibujo de una constelación o sociograma, de cierta dinámica cultural en América Latina, a partir de una interpretación de la obra de escritores no necesariamente canónicos o paradigmáticos.

william-rowe-hacia-una-poetica-radical-beatriz-viterbo-ed-230801-MLA20398555745_082015-F