Juan Rulfo

Había mucha neblina o humo o no sé qué, de Cristina Rivera Garza | Gabriel Wolfson

Montones de indios

Cristina Rivera Garza: Había mucha neblina o humo o no sé qué, México: Penguin Random House, 2016, 245 pp.

 

 

Hace ya casi diez años que Felipe Vázquez publicó –en esta misma revista, Crítica, número 126– un muy sólido ensayo sobre la posibilidad de que fuera real cierta ‘leyenda negra’ en torno a la supuesta intervención de Arreola, la pequeña ayuda del amigo Arreola, en la estructura de Pedro Páramo. Vázquez se toma mucho trabajo, 54 pacientes y concienzudas páginas ya en la versión en libro (de 2010, y que casi nadie cita en relación con esta polémica), no para asentar que Arreola ayudó a Rulfo, sino para demostrar que, con el material a nuestra disposición hasta ahora, es imposible clausurar toda posibilidad de tal ayuda. El material son los fragmentos de Pedro Páramo incluidos en Los cuadernos de Juan Rulfo (1994), los adelantos del libro que entregó su autor a tres revistas en 1954, los mecanuscritos del Centro Mexicano de Escritores y del Fondo de Cultura, y la edición príncipe del 55. Pero el verdadero material del ensayo de Vázquez es más bien la buena serie de alegatos escandalizados que se han esgrimido contra el menor asomo ya no de contarla como cierta: simplemente, de juzgar atendible la conjetura de que Arreola le hubiera echado una mano a su amigo Rulfo en ciertas decisiones para la estructura de su libro.

Hace más años, con el centenario de Gorostiza, en algún coloquio tabasqueño recuerdo haber escuchado la especie de que Jorge Cuesta había armado la estructura de Muerte sin fin. Cuando se marchó el autor de la conjetura, los demás –entre ellos, algunos verdaderos conocedores de la obra de Gorostiza– se apresuraron a tacharla de disparate vanidoso (“es la típica estupidez con que fulano siempre quiere hacerse el interesante”) y yo me sentí muy tranquilo. En aquel caso, si no olvido algo, no había de sustento más que un supuesto papel misterioso que algún día sería dado a la luz y que iba a demostrar la intervención cuestiana; en el de Rulfo y Arreola, en cambio, hay numerosos argumentos, comenzando por los testimonios de ambos y concluyendo con la estructura tan próxima de Pedro Páramo y La feria, libros, contra lo que sugieren sus fechas de publicación, escritos al mismo tiempo, mientras ambos jaliscienses eran becarios del Centro Mexicano de Escritores. A mí la argumentación de Felipe Vázquez me convence, y no sólo por su rigor y su familiaridad con la ecdótica y la crítica genética; me convence, sobre todo, por hacerme ver que los argumentos de quienes rechazan categóricos la conjetura arreolesca descansan en inconfesados presupuestos, por decir lo menos, bastante curiosos, similares a los que aquella vez en Villahermosa apaciguaron mis angustias de fan. Son en su mayoría argumentos anecdóticos (que Arreola un día, en una sobremesa, dijo que no ayudó a Rulfo, o que cuando dijo que sí lo ayudó estaba borracho) y sobre todo argumentos aparatosos, retórica entrada en tintas que descalifica “numerosas e inútiles leyendas pintorescas” (Jorge Zepeda) y a “supuestos asesores” (Claude Fell). ¿Por qué el furor y la urgencia para negar y hundir la conjetura de la ayuda? Se trata, me parece, de cierto fanatismo ingresando donde no debería, en ese espacio en que una posibilidad –desde cierto punto de vista, ni siquiera tan interesante– habría de ser sopesada y estudiada y no simplemente contrarrestada a base de énfasis. Por un lado, el fanatismo del genio, con sus cargas modernas de autoría individual y propiedad intelectual, aquella idolatría que, ante una pequeña probabilidad de ayuda, de trabajo colectivo o, por qué no, de azar, se despeña al extremo opuesto y tilda a quienes la esgrimen de concebir al genio, como siempre se cita, como “el burro que tocó la flauta”; idolatría que gusta de imaginar al Autor como ente intocado, ajeno a colaboraciones o flaquezas, lidiando en absoluta soledad con sus dudas, consciente por completo de la fuerza y alcances de su escritura, capaz de apartar todo estímulo exterior para mantener la genialidad en la pureza y exclusividad que le son indispensables. Por otro, el fanatismo de la obra, que comienza estableciendo una especie de fatalidad, la Obra como un hoyo negro que devoró a su paso cuanto fue necesario para gestarse en su magnificencia (individual), y concluye con la confirmación carismática de que, en fin, frente a la Obra Maestra lo demás sobra, enseña su irrelevancia, se diluye como dato vulgar del mundo.

El mismo Felipe Vázquez acaso se detiene justo ahí: además de aclarar que sus “juicios son conjeturales y provisorios”, afirma: “Si me preguntaran sobre el trabajo que aquí propongo, diría que lo único importante es la obra de Rulfo y que, en última instancia, mi ensayo es prescindible porque no contribuye a la comprensión de la obra rulfiana, sólo enristra su lanza contra esos molinos de viento que se llaman estudios rulfianos”. Yo dudo que su ensayo sea prescindible. En principio, porque un ensayo sobre ciertos aspectos de la historia genética de Pedro Páramo desde luego que puede contribuir a su comprensión o problematización: el así llamado horizonte de producción del texto, si no contempla también las condiciones, los elementos materiales de dicha producción, se quedará una vez más reducido al psicologismo subjetivo o a la talacha mística. Otro ejemplo notable en este sentido es el trabajo de Leonardo Martínez Carrizales Juan Rulfo, los caminos de la fama pública, donde no se revisa una sola palabra de Pedro Páramo ni de El Llano en llamas sino de las reseñas periodísticas del primer momento de recepción de los libros, con lo cual, no obstante, se describe un panorama compuesto de ciertos rasgos y no de otros donde fue posible la primera lectura ya encomiable y tendiente a la canonización de Pedro Páramo, primera lectura que, además, continúa irradiando las nuestras.

Pero además, el ensayo de Vázquez no es prescindible porque, en fin, no sólo vamos a interesarnos en lo orientado en exclusiva a la obra, en este caso rulfiana (estamos llenos de textos interpretativos de los libros de Rulfo esos sí prescindibles, redactados bajo ese signo de la devoción que tanto ansían, por cierto, la mayoría de los propios escritores); necesitamos más ensayos no de supuesta dilucidación simbólica ni, menos, de homenaje, sino ensayos sobre la cultura (en) que (se) produjo esa obra, sobre la cultura que esa obra modificó y sobre la o las culturas bajo las cuales ahora, entre otras cosas, puede leerse o volver a leerse Pedro Páramo. Eso es, con sus límites bien asumidos, aquel ensayo de Vázquez; eso es, con otros objetivos, desde un territorio de enunciación muy distinto, el vehemente y a la vez escurridizo libro de Cristina Rivera Garza sobre Rulfo, salido de imprenta dos meses antes del año del centenario (y que se suma a una pequeña serie de libros notables de la literatura mexicana reciente que tristemente hemos de leer en el infame papel que elige Random House y bajo su mediocre trabajo de edición).

Tal como anuncia desde las primeras páginas, Rivera Garza se propone hacer una lectura material de Rulfo, de su subjetividad productora. En ese sentido, estoy de su lado. Hay que pensar menos en ese “Rulfo” dado por hecho, parte del santoral, y más en Juan N. Pérez V., como hace la autora, el hombre joven que en 1948, recién instalado definitivamente en la Ciudad de México, se casa porque ya trabaja en la empresa de llantas y puede hacerse cargo de una familia; ese tal señor Pérez que, contra la coqueta imagen muy extendida, no fue sólo vendedor de llantas sino, primero, “fiscal de obreros” en la fábrica y después su publicista. ¿Tan importantes son tales condiciones para la escritura de Pedro Páramo? Yo diría que sí, y no en el sentido de que, reproduciéndolas exactas, obtendríamos cien Rulfos, vaya idiotez, sino porque fue ese joven migrante de Jalisco a la capital, empleado en trabajos denigrantes, en plena miope modernización alemanista quien la escribió y no el viejo mito silencioso ganador del Cervantes. Pero sobre todo, diría que sí porque en el libro de Rivera Garza no se habla sólo de Rulfo, sino también de los mixes desplazados, de la invasión modernizadora, del bondadoso credo que no podía sin embargo, antes de proclamar su ley, detenerse a observar y preguntar; de eso y de las complejas relaciones que la literatura establece no sólo con otra literatura sino con el trabajo, la ideología, la ceguera, el despojo.

Por eso, entre las fuentes de que echa mano Rivera Garza, además de unas pocas específicas sobre Rulfo (entre ellas, la magnífica Un tiempo suspendido. Cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo, de Roberto García Bonilla), resaltan más bien trabajos sobre el empresariado vasco en México, la industria llantera, la cultura del caminar, la Comisión del Papaloapan, los caciques oaxaqueños o el antropólogo mixe Floriberto Díaz. El señor Pérez que asoma aquí no es “el turista curioso [ni el] dandi con tiempo libre”, sino el provinciano migrante cuyos empleos lo van llevando a recorrer zonas del país en tareas de policía migratoria o de mercadotecnia turística. A Rivera Garza, pues, afortunadamente no le basta con referir por ejemplo que Rulfo trabajó en la Euzkadi; necesita indagar en la historia de esta compañía, en el 35% de capital estadounidense que la componía, en los 700 obreros despedidos sin justificación en 1942, en el fuerte rumor de que en los años cuarenta existía en la Euskadi “una cárcel interna”, y en las angustias del señor Pérez por tener que colaborar con ese régimen nefasto. Hay en su libro grandes pasajes sobre la promoción del turismo en el Estado posrevolucionario, la producción del paisaje nacional a cargo de fotógrafos, escritores y artistas (perfecto que aquí se deslice El laberinto de la soledad como coincidente en año de publicación con la primera Carrera Panamericana), la producción de falsas figuras precolombinas o de no falsos pero sí saqueados y estetizados sitios arqueológicos o simplemente de estampas folklóricas, con los que comienza a tejerse el argumento principal y que a mí me resultan fascinantes: para nada párrafos menores (incluso al contrario: me hicieron recordar los momentos en que Julián Herbert traza la historia del Hospital Universitario de Saltillo en Canción de tumba) sino más bien los fundamentos del libro. ¿Por qué lo planteo así? Porque estos pasajes se entrelazan en el primer capítulo con largos momentos de otra u otras escrituras: diálogos entre una mujer y un Rulfo fantasmales, poemas, poemas restructurados como prosas, descomposiciones poéticas de fragmentos rulfianos, citas aisladas, cortes abruptos, cursivas sugerentes, neologismos, variadas amplificaciones, todos ellos recursos muy poderosos que, sin embargo, me dejan indeciso. Mi primera reacción fue de desconcierto y lejanía: leerlos fue atravesar un campo minado de efectos tan precisos como encadenados que no obstante no lograba asumir más que como símbolos: aquí, me decían, se presenta un estilo, una voz ya muy reconocible, una de las disposiciones enunciativas más influyentes de nuestro tiempo; aquí, quizá también decían, acaso se presente aquello que le reste aridez y le gane atractivo a un libro que entonces podrá ser manejado –como ya he visto– en la estantería de las novelas. Más tarde, al avanzar en la lectura, llegué a considerar que toda esa zona ficcional y rulfosa podía constituir una puerta de entrada conveniente y no sólo juego y estilo: algo como plantear primero una paciencia, un ritmo lento, de serena vigilancia, y después y sobre todo, una estrategia de acercamiento emotiva, vital, a un sujeto amado y contradictorio, un señor Pérez atravesado por terribles indecisiones y cegueras.

Algo similar me ocurre con el vehemente capítulo iv, de gran título: “Mi pornografía/ mi celo/ mi danza estelar”. Me ganan más, eso sí, las escrituras que hay en él: el relato sobre la menstruación, la fantasía desarticulada para penetrar a/hacia Miguel Páramo, el cuento “Allá te comerán las turicatas” que Rivera Garza había publicado hace unos años; me convoca la lectura queer de Pedro Páramo (aunque ya anunciada en aquel terceto fulminante de Juan Carlos Bautista: “Rayando el cielo/ pasa una parvada de vergas/ ¡cuir! ¡cuir! ¡cuir!”), y lo mismo la desmasculinización de tópicos rulfianos y de otros, simples tópicos literarios mexicanos. Pero si en el capítulo inicial las ideas trazadas permanecían en latencia, a la espera del poderosísimo capítulo iii que las retomará y expandirá, en este los grandes atisbos se quedan, me parece, en sugerencias. Pronto Rivera Garza apunta que hace falta incluir “el deseo sexual femenino”, tan abrumador en Pedro Páramo, en nuestras consideraciones sobre cómo “México enfrentó el reto de su propia modernización”: una línea que hace pensar si no Comala se hunde también por no saber lidiar con ese deseo, pero que se deja así, como línea abierta sin mayor desarrollo; una línea que encuentra ecos muy sugerentes cuando se observa que en la novela de Rulfo la Historia, salvaje, inclemente, interrumpe y frustra la historia de amor, pero que, insisto, no parece expandirse ni concluir más que con las ficciones sexuales que recorren el capítulo, ficciones que triunfan en su prosa y en su estilo pero que acaso disuelven su posibilidad paradigmática. Es un poco lo opuesto a lo que me pasa con el capítulo ii, “El experimentalista”, con menos efectos poéticos pero acaso con mayor hondura. En él se explora la particular condición de “autor citadino” de Rulfo (tan distinta a la de otros migrantes clásicos de las letras mexicanas, Reyes, Nervo, Vasconcelos, Guzmán, élite provinciana en busca de la educación capitalina, y más parecida en cambio a la de Nellie Campobello: la migración masiva y obligada), su cualidad de lector “periférico” (muy próxima para mí a la de Deniz, otro migrante: lectores tan ávidos como ingenuos, tan voraces y sutiles como pueblerinos), su construcción como sujeto-no-escritor (no tan inédita como señala Rivera Garza, sino más bien en la ruta de Torri, de Díaz Dufoo, de su amigo Efrén Hernández, gente que, como Rulfo, en efecto trabajaba y veía así tremendamente interrumpida su escritura, pero que a la vez aquilataba la independencia de ahí derivada, una subjetividad de escritor mucho menos esquemática), y sobre todo, su perfil como “escritor de textos experimentales”, una gran caracterización porque, más allá de que nos pueda fascinar –o hartar– esa etiqueta, Rivera Garza la argumenta a conciencia y halla su pertinencia al detectar a Rulfo como un autor no de cuentitos o novelitas sino de textos donde se enlazan los detalles realistas a nivel maníaco y la “ausencia de una línea anecdótica que concatene la narración”; caracterización que sitúa entonces a Rulfo sí como lector de Hamsun, Ramuz o Bombal, pero en especial como escritor que responde a una cierta tradición de prosa mexicana, no nacional sino mexicana, donde están Campobello, Yáñez, Hernández, las novelas líricas de Villaurrutia, Owen y Torres Bodet, y donde bien podría añadirse “La cena”, de Reyes, antecedente común a Pedro Páramo y al cuento de Rivera Garza “Allá te comerán las turicatas”, ya referido al inicio de este párrafo.

Pero es en el capítulo iii, “Angelus novus sobre el Papaloapan”, donde acecha, para mí, la principal audacia del libro, un aporte tan discreto como feroz, un trastrocamiento que, quiero pensar, impedirá volver a leer a Rulfo igual que hasta ahora, como siempre, con devoción y sin problemas. El punto de partida es la comprobación de que, en sus dos empleos de ese período (como agente de la Goodrich-Euskadi del 47 al 52, y como funcionario de la Comisión del Papaloapan del 55 al 57, mediando el paréntesis de la beca del Centro Mexicano de Escritores con la que escribió sus libros), es decir, del período de la modernización por decreto de Alemán y Ruiz Cortines, Rulfo visitó ciertas comunidades indígenas de Oaxaca no “como un observador empático e interesado” sino como “parte de la punta de lanza de la modernidad corrupta y voraz que, en nombre del bien nacional, desalojaba y saqueaba pueblos enteros para dejarlos convertidos en limbos poblados de murmullos”. Tras su investigación minuciosa,[1] Rivera Garza puede dar entonces con la imagen conmovedora, fría, angustiosa, de Rulfo como el ángel de la Historia de Klee-Benjamin: ese señor Pérez en el tránsito de convertirse en Rulfo que contempla melancólico, abatido, hipnotizado, los pueblos hechos ruinas, las costumbres fulminadas, las vidas aplastadas que quedan atrás, mientras, con entusiasmo y esperanza, comparte lugar en la avanzada del progreso priísta. De lo primero, de la fascinación y tristeza rulfianas por las ruinas no había desde luego más que evidencias; de lo segundo, de la pueril ingenuidad de su mirada, del paternalismo, la condescendencia, la displicencia, el oficialismo, la ambigüedad, la comodidad, la simpleza de su mirada sobre las comunidades indígenas que visitó, no se había dicho en cambio prácticamente nada.

En esas páginas descansa el enorme poder del libro de Rivera Garza, páginas que no tienen que ver con el previsible morbo de la acusación, entre otras cosas porque no se trata del hallazgo de un documento extraordinario, que lleve por ejemplo a develar el pasado vergonzoso o indigno de tal aforista o de tal psicoanalista. Lo que hace Rivera Garza es ordenar mejor los materiales rulfianos que ya existían, relacionarlos con otras fuentes también disponibles pero que los críticos no habían querido o sabido atender, y leerlos de cierta manera, hacerles las preguntas indicadas –aquellas que desde nuestra admiración a Rulfo normalmente no queremos plantear–, preguntas que, una vez que hacen hablar a los textos –y a los gestos, los movimientos, las decisiones–, se abren a más preguntas: esos malos, pésimos momentos rulfianos, de concordancia con el caciquismo, con lo autoritario patriarcal, con el espejismo de la modernización, ¿lo constituyen también, como lo constituye su ser-empleado? ¿Constituyen su escritura? Una forma más o menos sencilla de comenzar a responder, me parece, podría pasar por interrogar el fragmento 47 de Pedro Páramo, uno de los más anómalos para mí (y que tanto me remite a “La Gloriosa” de Torri), cuando las voces de los personajes, que para entonces se han ido tornando más y más vertiginosas y protagónicas, de pronto son interrumpidas por un remanso pictórico –o fotográfico– a cargo de una voz heterodiegética que dedica una buena cuartilla a un asunto casi de escenografía: los indios que el domingo bajan de Apango a Comala, en plena lluvia, a vender sus productos, y que se marchan de vuelta por la noche sin vender nada, “soltando la risa”. ¿Quiénes son estos indios? Por principio de cuentas, parecen seres extraordinarios, ajenos a Comala: en Comala hay “hombres”, que ese día no van al mercado por estar “ocupados en romper los surcos para que el agua busque nuevos cauces y no arrastre la milpa tierna”: los hombres de Comala no son indios, dice el fragmento, y los indios no son hombres, en todo caso no hombres de Comala. Pero además, se introduce una sinécdoque muy extraña: “La mujer les encargó un poco de hilo de remiendo…”: no las mujeres de los indios, no las esposas, parejas, en fin, sino una sola, “la mujer”: las mujeres de los indios, quizá dice el fragmento, son tan parecidas que caben en una, y quizá también, por tanto, los indios puedan resumirse así, como indios que “sueltan la risa” al mismo tiempo, que “piensan” lo mismo, que voltean a ver a Justina, la criada y nana de Susana San Juan, al mismo tiempo: son, como dice el fragmento, “aquel montón de indios”. ¿No está aquí ya, en Pedro Páramo, la toma llena de melancólica belleza que luego Rulfo va a fotografiar en la región mixe de Oaxaca cuando lo mande ahí la Comisión del Papaloapan, esa toma donde Rulfo, por supuesto, se limita a capturar con su cámara lo que está, lo que existe, pero que encuadra y revela en su doble condición de artista sensible y de observador oficial, esto es, en su condición de imposibilitado para ver ahí, en esos montones de indios, nada más que miseria y rotunda ajenidad? Rivera Garza es clarísima: la función de Rulfo en la Comisión no era ni mucho menos una especie de beca: tenía que “producir un paisaje desolador y, a la vez, un futuro promisorio”, conclusión que se alcanza mediante el ejercicio sencillo y elegante de releer las fotografías rulfianas, tan fácil, en su contexto: el de los proyectos de la Comisión del Papaloapan, y no el de los libros de arte ni el de las galerías (ni el de los homenajes), proyectos donde constantemente se estuvo diciendo que esos montones de indios viven en comunidades aisladas, insalubres, ignorantes, lo que a todas luces justifica y de hecho reclama con urgencia una intervención estatal que lleve hasta ellos los vientos del progreso.

Para mí, en este centro, verdadero núcleo del libro, el estilo de Rivera Garza entrega toda su potencia, y justo porque se disuelve como estilo, porque la repetición maniática de cláusulas, la fijación en términos como talismanes, las elipsis, además de ser repetición y elipsis se convierten en los más afilados recursos de exploración y argumentación, en formas de indagar cada vez un poco más, de repasar, volver a leer, interrogar pacientemente las frases e imágenes y su concatenación. Y porque entonces dan pie a un asunto que ya hace tiempo que no es el señor Pérez ni tampoco Rulfo, sino la lectura que se hace ahora en algunas comunidades mixes sobre los trabajos de aquella Comisión del Papaloapan (y también de la Papelera Tuxtepec y, en fin, del Instituto Nacional Indigenista), trabajos proyectados y realizados sin desde luego preguntar nada a quienes se iba a beneficiar, o antes que eso: sin poner en duda ni un segundo el sentido, la necesidad, la legitimidad de tales trabajos; lectura bajo la cual todo aquello “no podía ser visto, ni antes ni ahora, más que como una invasión”. Con esta dimensión, donde Rulfo es y no es ya lo más importante sino las vidas desplazadas, expulsadas, reorganizadas y rehechas, se alcanza el final del libro, los capítulos “Luvinitas” y “Lo que podemos hacer los unos por los otros”. Si con Rulfo, como precisa Rivera Garza, los mixes gozaron de simpatía y afecto pero no de voz, su libro entonces ha de concluir con eso, con la traducción de un fragmento al mixe, y con la narración de la visita de la autora a la montaña: a intentar no imponer una mirada ni una comprensión previa, a intentar ver y escuchar:

Extranjeros. Eso es lo que somos aquí. Incapaces de hablar su lengua, mantenemos una distancia que no es necesariamente nuestra. Estamos en el territorio de los nunca conquistados, después de todo. Éstas son las tierras altas que ni los aztecas primero, ni después los españoles, pudieron clamar como suyas. Vamos por lo que llegaría a ser, después de 1936, el primer distrito étnico del país, con derechos y leyes propias. Éstos son los ayuujk, como se llaman a sí mismos, la gente de la lengua del bosque. Éstas son sus nubes, residuales. La niebla nos convierte, de súbito, en apariciones. Hay unos 100 mil mixes distribuidos entre las sierras de Oaxaca y Guerrero.

[1] Para la cual, entre muchas otras fuentes, Rivera Garza echa mano de desperdigados textos laborales de Rulfo, con lo que de paso hace ver lo urgente de unas Obras completas bien editadas: a eso bien podría dedicarse la Fundación si de veras le interesara la obra de Rulfo.

  • Benjamín Araujo

    ¡Excelente comentario!

  • Luis Alberto Marín Aguilar

    No hay discusión todavía…

  • Luis Alberto Marín Aguilar

    El ensayo de Wolfson es inmejorable. Aunque está hecho
    bajo la premisa de que se conoce la identidad del autor de “Pedro Páramo”. Si la
    obra fuera anónima, como la “Ilíada”, sus argumentos sólo serían válidos como
    defensa del derecho a la crítica literaria. La mayoría de las veces que un
    escritor escribe un texto, pide la opinión de sus amigos cercanos. Pero es él, el autor,
    el que decide, en última instancia, si acepta o no los cambios sugeridos acerca
    de la sintaxis, de la estructura o de lo que sea. La historia de la intervención
    de Arreola es vieja, y en nada desmejora a “Pedro Páramo” como obra literaria
    por eso. Ni siquiera necesita justificación. La ayuda de un amigo, con
    conocimiento de causa, como Arreola, nunca está demás. ¿No es eso lo que hacen
    los escritores que tienen la suerte de tener como amigos a otros escritores? Monsiváis
    mismo también exponía sus textos a consideración de Sergio Pitol, de José
    Emilio Pacheco y del mismo Arreola (léase “El arte de la fuga”, de Pitol). Y ni
    qué decir del caso de los cuentos “intervenidos” de Raymond Carver. Carlos
    Fuentes solía decir que “un libro es hijo de otros libros”. Podría agregarse
    que también “de la pequeña ayuda de los amigos”. Saludos.

  • Angela

    “Leerlos de cierta manera, hacerles las preguntas indicadas”, a la manera de Garza, haciendo las preguntas que mejor le funcionen para llamar la atención, como siempre ha hecho. Su trabajo sobre Rulfo es sólo la extensión de la misma prosa cursi y estilo chambón que ejecuta en “La Castañeda”, donde ejecuta su conocida fórmula: señalar las maldades del progreso, el puño inhumano del gobierno y sentir lástima por la pobre gente que sufrió los tratos del extinto hospital psiquiátrico o, en este caso, los desalojos de una compañía. Al final, de nuevo, como siempre, se aplaude a sí misma por ser tan sensible, tan meticulosa, tan empática con la gente que está “abajito” de ella, por lo que nunca ha hecho nada, ni siquiera darles voz. Entrevista cada que le conviene, a quienes tienen poco o nada que decir, y de las mínimas palabras que obtiene crea un discurso dramático, telenovelero. Toma archivos olvidados (y muchas veces inalcanzables) para sustentar sus teorías a punta de más teorías, de hipótesis e ideas a medias. Se vanagloria de su apertura al darle un espacio en su libro sobre Rulfo al mixe, para que veamos lo generosa que puede ser ella con la gente olvidada. En medio de todo, claro, su “estilo” poético, repetitivo, carente de verdadero significado. Utiliza palabras grandotas, bonitas, las amontona en ideas que parecen profundas si no se les da una segunda leída y todo listo, tenemos un libro importante, comprometido y claro.

    Pero si de revisar el trabajo de los autores fuera de la diégesis y ponerle cara al escándalo se trata, ¿por qué no le preguntamos sobre su papel como jurado en todos los concursos literarios donde ganan sus amigos/protegidos? O si urge tanto la coherencia entre autor, narrador y personaje, ¿por qué no le pedimos que hable sobre el apoyo que nunca ha prestado a las instituciones psiquiátricas en México? Porque de explotar la figura de sus enfermos hizo su carrera y ganó sus puestos como académica, pero de investigar la discriminación que existe hacia la enfermedad metal y hacer algo por la causa está más bien lejos. Son sólo eso, un montón de enfermos, “nada más que miseria y rotunda ajenidad”, material para sus comprometidísmos libros. Por lo menos Rulfo no hizo escándalo de un aura salvadora inexistente ni escribió prólogos de 10 páginas prometiendo hacerle justicia a quienes fueron olvidados, se apegó a su ficción y mantuvo la lectura de su propio trabajo para él. No sorprende, sin embargo, que Rivera Garza quier tacharlo de todos los males del priismo, poco le faltó para decir que Rulfo creó el partido. Al final del día, el león cree que todos son de su condición. Quién sabe qué libro hubiese escrito si la Fundación Juan Rulfo no le hubiera negado al gobierno mexicano los derechos para celebrar el centenario; probablemente habría hecho una apología de un hombre joven que se ganaba el pan cuando apenas iniciaba su carrera de escritor y no tenía ningún reconocimiento en el panorama cultural.