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Greetings to the family, de Luis Armenta Malpica | Luis Vicente de Aguinaga

Saludos a la familia

 

Luis Armenta Malpica, Greetings to the family, Vaso Roto, Madrid-San Pedro Garza García, 2016, 64 p.

 

Nada es más importante que la poesía, salvo la música. Y viceversa.

Greetings to the family, de Luis Armenta Malpica, es un libro de poemas. Pero también es ―aunque realmente no lo sea, o precisamente por no serlo― un álbum de rock. No sólo porque contenga una lista implícita de canciones. No sólo porque aluda o mencione a Jeff Buckley, Patti Smith o Leonard Cohen.

Es un álbum de rock porque la disposición de los poemas que lo componen imita la de los viejos discos y cassettes, con un lado A y un lado B. Lo es, también, porque, al ser un disco, no es un  disco de cualquier género musical: aunque proliferante y copioso, el repertorio es, a la larga, identificable, y va de Jim Morrison a Eric Clapton, de Lou Reed a David Bowie. Pero sobre todo lo es porque incluso artistas folk o de otros estilos, de las hermanas McGarrigle a Rufus Wainwright, atraviesan este libro como personajes de una historia sentimental del rock. El ya mencionado Leonard Cohen, a decir verdad, existe para muchos en esa dimensión de lo que, no siendo rock, lo será eternamente.

Seis poemas que son seis trípticos forman la primera sección de Greetings to the family: su lado A. Los tres primeros explotan la homofonía (que no es tal cosa para un angloparlante) de las palabras tree, árbol, y three, tres. Cada tríptico es, entonces, un árbol: uno para Jeff Buckley, otro para Kate McGarrigle y uno más para Nick Drake. Son esos tres poemas los que dan el tono del resto del volumen, si bien la clave rockera del poemario está lejos de agotarse ahí. Se trata de tres elegías fúnebres. En ellas, las muertes precoces de Drake y de Buckley se ven equilibradas por la de Kate McGarrigle, ya en edad madura.

Cuando alguien muere, la muerte se le reconoce como una cosa propia. Kate muere su muerte; Nick y Jeff, la suya cada cual. Y sin embargo, parece decirse Armenta Malpica, ¿de quién puede ser la muerte, si quien ha muerto ya está libre de toda posesión, de todo enlace, de toda pertenencia?

 

He tenido a la muerte entre mis brazos

aguanté sus rasguños

y el latido violento de su sangre

en mis sienes. El agudo por qué

incapaz de respuesta

como un ferrocarril en las llanuras.

Pasamos pabellones (estandartes sin puerto)

nos quedamos sin agua

y sin respiro.

De todo esto hace poco (da lo mismo

decir algunos años)

y todavía me asustan los fantasmas

en los cuales sumerjo la cabeza

cada noche. Esa mullida caja

funeral

de la que me sostengo

a cada gota.

 

Duele más esta muerte

porque ya no es

la mía.

 

El tema de Greetings to the family, sugerido en el título, está en esa combinación. McGarrigle, madre suave y amable, muere junto a sus “hijos”, rebeldes y profundos. Nick Drake y Jeff Buckley solamente son hijos de Kate McGarrigle a título simbólico, por supuesto. Pero sus hijos verdaderos, Rufus y Martha Wainwright, se hacen oír también en otras páginas. A su vez, los Wainwright fungen como hijos de Leonard Cohen, alejados de Loudon Wainwright III, su padre biológico. Cuando muere Jeff Buckley, por su parte, su padre y precursor, el cantante Tim Buckley, tiene más de veinte años muerto.

Hijos y padres, y también hermanos y hermanas, cantan a solas o en coro, toman y se arrebatan la palabra, en esta especie de ópera rock sin música, pero que sólo es música. El tema, como en otros libros de Armenta Malpica, es el amor (y el dolor) filial. Y su técnica, en cierto modo, es afín a ese tema, porque se compone de citas, recreaciones, paráfrasis y, en fin, procedimientos derivativos, recursos de paternidad y descendencia, por decirlo de alguna forma. Martha Wainwright es hermana de Rufus. La palabra hermana suscita en Armenta una evocación de “Sister Morphine”, interpretada por Marianne Faithfull. “Sister Morphine” lo hace pensar, en seguida, en Mamá Morfina, el tremendo poema del enigmático Eros Alesi. La morfina, madre o hermana, conduce a la heroína, según fuera cantada por Velvet Underground. “Heroin”, por su parte, remite al major Tom de David Bowie, pero no al astronauta melancólico de Space oddity sino al yonqui de “Ashes to ashes”. Todos los caminos llevan a todas partes.

En la segunda parte del poemario, compuesta por doce poemas, la nota personal suena con mayor claridad. Cada texto lleva el título de alguna canción o lo parafrasea (“The ghost song”, “Horses and high heels”, “Goodbye & hello”, etc.) pero en todos queda claro, a fin de cuentas, que Armenta Malpica se refiere a sí mismo, habla consigo mismo y se despide de sí mismo. El cauce de la frase, por ello, se duplica, ensanchándose, para dar lugar simultáneamente al hola y al adiós:

 

Adiós, caro papá. Hola, señora, dulce muerte.

Este día que ahora vamos tejiendo en mi casa estremecida

de mar y vino lila, en pobre paz yo canto al bosque giratorio

y bajo el bosque lácteo. Desde estas hojas de árbol

que han de volar, y caen, para que ustedes sepan

lo que yo: un hombre gira en rudo cabalgar mientras el río

lo traga con el mejor amor, el demasiado, el nunca suficiente.

Adiós al himno: las profundas campanas del ahogado.

Hola a la pobre paz que el sol pone en lo oscuro de este campo.

(…) Adiós al hombre

borrascoso, a la mitad que fui. El miope sordomudo

que perdió la razón de la luz en tus ojos. Éste

es el grito. Ya no nos moverán

de sus orillas.

 

Mamá Morfina, de Alesi, no es la única fuente literaria de Greetings to the Family. En dosis parecidas, Todos los hermosos caballos de Cormac McCarthy, al comienzo del poemario de Armenta, Éramos unos niños de Patti Smith, hacia la mitad, y los poemas de Dylan Thomas, hacia el final, se incorporan al coro. La respiración del poeta se adapta, según el caso, a las imprecaciones, introspecciones o delirios de unos y otros, cantando en todos los tonos y bailando en todos los ritmos.

No todos los poemas de Greetings to the family, como ya he dicho, aluden a músicos de rock en estricto sentido. Pero es el rock, en su espíritu de mestizaje y de necesaria hibridez, el que los vuelve a todos miembros de una misma familia. Cuando escuchamos las impresionantes estrofas de “Hallelujah” sabemos que Leonard Cohen las compuso y cantó memorablemente, pero también recordamos en palimpsesto las versiones de Rufus Wainwright y de Jeff Buckley. El rock es ese palimpsesto. Una canción como “Alligator Wine”, del propio Buckley, es entre otras cosas una recreación de “Put a spell on You”. Mejor dicho: Buckley cantó su “Alligator wine” como si fuera Screamin’ Jay Hawkins gimiendo y gritando en la más recordada de sus canciones.

En cierta ocasión, hace ya muchos años, Jaime López dijo por escrito que, tratándose de rock and roll, todo México es frontera. En otras palabras, ni Tijuana ni Ciudad Juárez ni Nuevo Laredo están menos o más lejos de Memphis, Nueva York o San Francisco que Monterrey, Guadalajara o Acapulco. La emoción, la mitología y el sonido del rock están y estarán siempre al otro lado, más allá de la frontera, pero también muy cerca, casi al alcance de la mano, como una tentación y una promesa. No se trata, entiéndaseme bien, de un mero asunto de nacionalidades. En realidad, todas las naciones del mundo colindan, como México, con el país del rock and roll. Me refiero a una frontera del espíritu: ¿qué otra cosa representa una canción de rock and roll sino ese mundo libre, intenso y furiosamente sexual que alguna vez miramos del otro lado de nuestras casas, de nuestros países, de nuestras adolescencias, de nuestros cuerpos?

 

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