Gabriel García Márquez de Gerald Martin

Lec­tura íntima de Gabriel Gar­cía Márquez por Marco Tulio Aguil­era Garramuño

Hay cua­tro certezas que el libro de Ger­ald Mar­tin, Gabriel Gar­cía Márquez una vida, ha con­tribuido a reafir­mar en mí: que Dios, si existe, debe ser mujer; que sólo los grandes men­tirosos pueden ser buenos nov­el­is­tas; que lo único que puede sal­var al hom­bre de la mis­e­ria metafísica es la imag­i­nación y que el gran arte sólo es posi­ble en los países azo­ta­dos por la desven­tura. Al pre­sen­tar la biografía de Gabriel Gar­cía Márquez en Bogotá, Gon­zalo Mal­lar­ino, uno de los primeros ami­gos que Gabo tuvo en Bogotá, dijo que la vida de este autor es una men­tira fan­tás­tica y maravillosa.

Efec­ti­va­mente, desde que comencé a leer la nov­ela de Mar­tin no pude parar: llev­aba el gordo libro a mi estu­dio de arriba y mi estu­dio de abajo, al baño, el jardín, el come­dor y la cocina, lo llevé al hotel en Lechuguil­las donde pasé con mi familia unos días esplén­di­dos… Fue tanta la obsesión por ese libro que cuando le pre­gunté a mi esposa, “¿Te leo?”, ella respondió: “Ya deja esa manía, parece que estás enam­orado de GM.” Cier­ta­mente, lo asumo: si ha habido una obse-sión notable y hasta cen­surable en mi exis­ten­cia es GM, su obra y su vida, tanto así que leí Cien años de soledad de prin­ci­pio a fin acostado en una pen­sión de Cali y que mi primera nov­ela fue acu­sada con justa razón de tener una fuerte influ­en­cia de las arti­mañas del rey de Ara­cat­aca y se llegó a hablar de pla­gio —cosa que el mismo GM desmintió públi­ca­mente (yo le había regal­ado mi primera nov­ela con una ded­i­ca­to­ria que decía así: “Para Gabriel Gar­cía, a quien pienso matar… lit­er­ari­a­mente”: año 1976, local de la revista Alter­na­tiva, Bogotá).

La de Mar­tin es una biografía chis­mosa, como deben ser las biografías (no es una típica y abu-rrida biografía inglesa, sino una biografía muy caribeña, de negra con bal­cón): no sólo está ba-sada en hechos com­pro­b­a­bles sino en ver­siones y chismes de los tes­ti­gos de esta vida que ya es tan pública que en real­i­dad uno parece estar leyendo algo que ya sabía, como sabe las noti­cias de las estrel­las de la farándula…lo que es paradójico, pues GM se ostenta tímido cuando en real­i­dad es desparpa­jado, abso­lu­ta­mente seguro de sí mismo, fan­far­rón, petu­lante, lo que no se le per­don­aba en sus primeros años y ahora, que es más famoso que el papa y la Coca-Cola, se le cel­e­bra. Entonces tenía razón: aquel tipo de baja estatura, desal­iñado, flaco, vestido de colori-nes, big­otón, que se atre­vió a desafiar el pro­to­colo de los reyes de Sue­cia, en ver­dad iba a ser lo que prometió desde chiq­uito: el mejor escritor del mundo. Gabo nació famoso y morirá famoso. Ése parece ser su des­tino, no sé si aci­ago o ven­tur­oso. Tomás Eloy Martínez reg­istró esta frase que le escuchó a GGM: “Yo era famoso ya cuando me recibí de bachiller en el cole­gio de Zipa-quirá, o antes todavía, en Bar­ran­quilla. Fui famoso siem­pre, desde que nací. Pasa que yo era el único que lo sabía.”

Mar­tin es un bió­grafo cré­dulo o fin­gi­da­mente cré­dulo, pero inteligente, lo que lo hace de él y de su per­son­aje tan atrac­tivos como los per­son­ajes de Faulkner. Eso de pen­sar que la mamá Grande es en el fondo una crítica a una Colom­bia inca­paz de cam­biar , “una furiosa reac­ción de Gar­cía Márquez ante la situación nacional”, es bas­tante diver­tido pero incor­recto desde el punto de vista epis­te­mológico: la esen­cia de este relato es una bella retórica, pal­abras, encanto, cuento de hadas: GM ha explotado la real­i­dad para crear una fábula, lo que es coher­ente con su vida. Gar­cía Márquez nunca ha querido dic­tarnos cát­e­dra: lo suyo es con­tarnos cuen­tos que nos ayu­den a con­cil­iar el sueño. GM no ha querido explicar el mundo sino explotarlo para ale­grarnos la vida con sus fábu­las y emb­ele­cos. Esto lo dije hace muchos años y lo sostengo: GM es un escritor de cuen­tos de hadas. (Esta idea la expresa Ger­ald Mar­tin hacia el final de su libro: no sé si porque llegó a la misma con­clusión que yo expresé en un artículo en 1983 o porque leyó mi texto y se apropió de mi concepto.)

Hasta lle­gar a la página 311, en la nota de pie de página, me enteré de que Mar­tin no había inclu­ido mi nom­bre en sus agradec­imien­tos en el pról­ogo para llenar pági­nas, sino porque en ver­dad tuvo una entre­vista con­migo. En efecto, en 1993 estuve en la Uni­ver­si­dad de Pitts­burgh, donde dicté una con­fer­en­cia sobre un tema diame­tral­mente opuesto al que había ofre­cido. En esos tiem­pos Mar­tin era pro­fe­sor en esa uni­ver­si­dad y yo un escritor que tenía éxito entre dos o tres académi­cos norteam­er­i­canos des­ori­en­ta­dos. El caso es que mi memo­ria no reg­is­traba ese encuen­tro. Sólo cuando leí la nota de pie de página com­prendí por qué su cara de inglés agringado me era tan familiar

Inevitable­mente me veo metido en este mundo de GGM cuando me encuen­tro en el libro con el nom­bre de Ger­mán Var­gas, uno de los siete sabios de Cien años de soledad (a quien conocí cuando fui jurado del con­curso Jorge Isaacs de Nov­ela en Cali y quien me explicó que lo que yo estaba usando como cenicero ante las seño­ras orga­ni­zado­ras del con­curso no era tal, sino un recip­i­ente para mariscos. Ger­mán Var­gas fue el primero en recibir el man­u­scrito com­pleto de Cien años años de soledad y el primer peri­odista en escribir en Colom­bia sobre mi primera nov­ela, Breve his­to­ria de todas las cosas). Cómo no sen­tirme alu­dido por el libro de Mar­tin si me encuen­tro con el nom­bre de José Donoso (miem­bro del jurado del mismo con­curso, quien me habló con supe­ri­or­i­dad de Gabo, me rev­eló sus ínti­mos gus­tos por los mozal­betes (gus­tos de José, no de GGM, que sin duda debe preferir las mozal­be­tas, a juz­gar por la cán­dida Eréndira, América Vicuña, las putas tristes y otras infan­tas de buen ver) y me reprochó (Donoso) mis aires de don­juán (no olvido que a Donoso le subió la pre­sión en una mul­ti­tu­di­naria rueda de prensa y se atre­vió a ironizar diciendo: “Parece que voy a cumplir mi sueño de morir ante veinte cámaras de tele­visión y frente a un público fer­viente”). Me encuen­tro en el libro con Car­men Bal­cells, quien me ha rep­re­sen­tado tres veces y en las tres hemos ter­mi­nado sep­a­rán­donos, más por mi ansiedad de ver mis libros pub­li­ca­dos que por su vol­un­tad (lo que me parece prov­i­den­cial: si Bal­cells me hubiera seguido rep­re­sen­tando no dudo que habría escrito mucho menos y de menor cal­i­dad y ahora, a mis 61 años, en lugar de ser un sano deportista sería un anciano cacreco con todos los reuma­tismos y resabios del mundo).

Mar­tin llama la aten­ción en el libro sobre el vuelco de la acti­tud de GGM ante la fama: en la primera etapa de su vida, antes del la eclosión de Cien años de soledad, la buscó casi con deses­peración; una vez que la alcanzó, huyó de ella al punto de no acep­tar entre­vis­tas. Esto es lo que mi mujer llama “el sín­drome de la mini­falda”. Las mujeres se la ponen y sin embargo se molestan porque les miran las piernas.

El libro es despi­adada­mente indis­creto: denun­cia que GGM es una especie de garañón y que Mer­cedes es per­mi­siva hasta el extremo; que GGM y su esposa aban­don­a­ban muchas veces a sus hijos para dedi­carse a via­jar y a vivir los deleites de la glo­ria; mues­tra a un GGM tan obse­cuente ante el poder, que se pasa meses enteros esperando una pal­abra de Fidel; afirma que GGM ha sola­pado a los pres­i­dentes de Méx­ico incluso en asun­tos tan graves como la matanza de Tlal­telolco y que tiene una par­tic­u­lar incli­nación a codearse con los poderosos de la Tierra. Y sin embargo, más que juz­garlo o con­denarlo, Mar­tin sim­pa­tiza con su acti­tud. Hay con fre­cuen­cia alu­siones al carác­ter mes­tizo de GGM, como si esto fuera un defecto. Hay una ligerísima veta de racismo en el libro de Mar­tin que es difí­cil soslayar.

No es estric­ta­mente una biografía. Va más allá: entra en cada libro de GGM no sólo bus­cando los orí­genes viven­ciales de las anéc­do­tas sino tratando de enten­der sus moti­va­ciones políti­cas, su estruc­tura, su relación con las obras ante­ri­ores, mostrando con ello que la obra biográ­fica es el resul­tado de una vida entera de ded­i­cación a un tema y no sim­ple­mente un tra­bajo académico que per­sigue pres­ti­gio efímero. Sim­pa­tiza con su biografi­ado, al punto de jus­ti­ficar, en aras del arte, algu­nas zonas oscuras: saca a la luz asun­tos que sin duda molestarán a GGM y a Mer­cedes, como es el del aborto que sufrió Tachia —mujer de Gabo en Europa—, moti­vado en cierta forma por la irre­spon­s­abil­i­dad de GGM; por una parte mues­tra a una Mer­cedes poco intere­sada en asun­tos int­elec­tuales y más adicta a las com­pras y las banal­i­dades y, por otra, la mues­tra como una matrona de mano fér­rea, una admin­istradora efi­ciente y una autén­tica madre telúrica tanto para su marido como para sus hijos.

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  • Luchoberggrun

    Me da mucha pena con mi amigo Fer­nando Jaramillo y con MTAG ‚pero las tales memo­rias explo­si­vas del Gabo no estan guardadas en una caja fuerte en Carta­gena ‚sino en una caja blindada de Fort Knox (fina aten­cion del gabofilo don Bill Clinton).Y el mem­o­rab­leGGM Fer­nando J. de Villa Maria sabe porque lo se yo y porque asi lo cuento.Saludos,Manuel Berggrun.