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Fuego 20, Ana García Bergua | Andrés García Barrios

Una divertida y estremecedora parábola de la oscuridad actual

 

Ana García Bergua, Fuego 20, Era, México, 2017, 310 p.

Para escribir este breve comentario se antojan dos caminos. En el primero podemos seguir la pista de la trama y decir que el texto es toda una aventura de película. Incluso podemos pronosticar que no tardará quien lo lleve a la pantalla grande, convertido en un thriller de terror y humor negro lleno de entretenimiento, acción, sarcasmo, ritmo creciente y, por supuesto, monstruos malvados.

En el segundo camino, si intentamos con el tema, hablaríamos del eterno desgarramiento entre el bien y el mal, con almas que se pierden por pactar con el diablo, se encuentran al ser fieles a sí mismas o se mantienen indecisas y vagan penando.

Si unimos ambas vías, tendremos el divertidísimo y escalofriante viaje de una heroína chilanga de comienzos de los ochenta. En busca de sí misma, desciende a los infiernos, pero en el descenso decide que, por si las moscas, mandará al diablo una parte de sí mientras conserva arriba la otra. De este modo se divide y se pierde. Al mismo tiempo otro personaje, también dual y desgarrado, emprende el mismo viaje. No obstante, en su descenso, se mantiene fiel a sí mismo, logra sostener la mirada al diablo (esos “ojos que da pánico soñar”) y emerge sano y salvo.

Estos dos personajes, cuyas vidas se entrelazan en capítulos alternos, son una de las muchas dualidades que caracterizan la novela, tejida toda sobre la imagen del doble, del par, de lo oculto, de lo que está unido y se separa, del que se hace pasar por otro o se apodera de él, del que quiere lo que no es suyo, del que se engaña. Están ahí el hombre que esconde una vida oscura, la chica desabrida convertida en femme fatal, el homosexual que se retuerce entre el deseo y la ley, unos santos travestis, dos piernas femeninas tan espectaculares que parecen tener vida propia, una mujer poseída por el diablo y por la poesía, el piloto aéreo cuyo último vuelo va de un décimo piso a la acera (donde queda estampado como mariposa negra), dos mansiones que de noche colindan pero de día permanecen separadas miles de kilómetros, y un alma en viaje astral que, por ser inexperta, deberá trepar a un avión para transportarse.

También está ahí, como eje central de la novela, o más bien como un cruce de calles, la mezcla de acontecimientos históricos con hechos imaginarios. Parte medular de la acción comienza aquel 24 de marzo de 1982 en que, en la Ciudad de México, hizo explosión la Cineteca Nacional. Al hacerlo, se llevó consigo la vida de una cantidad indeterminada de personas y nuestro más importante acervo cinematográfico. Hoy, en 2017, las causas del incendio siguen sin conocerse, tanto como el número real de muertos. Inclusive todavía está en el aire todo tipo de hipótesis, como aquella que sostiene que la explosión fue intencional a causa de motivos políticos. Por ejemplo, desaparecer documentos fílmicos que comprometían a gente poderosa. Es aquí donde la imaginación toma el relevo y crea, en el vientre de aquella sociedad enferma, una pequeña secta de políticos sensibles, intelectuales y corruptos cuya sede de maniobras se ubica en el número 20 de la calle Fuego del Pedregal de San Ángel, la colonia de los más ricos en aquel entonces. A ese domicilio llega nuestra protagonista para empezar su infernal descenso.

Si nos dejamos llevar por el entusiasmo, podemos ver en el 20 del título una pista de la dualidad que rige a la novela (por cierto, no es sólo el número del domicilio diabólico sino también la edad de la protagonista); pero si nos sugestionamos y nos domina la superstición, descubriremos en la escritura misma de la novela un acto nigromántico. Durante toda la primera parte, Fuego 20 nos lleva con interés creciente por el mundo objetivo, cada vez más enigmático pero siempre realista, tangible e incluso histórico, y justo en la mitad exacta del libro hace emerger del papel una lengua de fuego ─tal como la que habrá surgido de la pantalla de la cineteca nacional─, la cual nos calcina el alma y nos hace sentir que lo que tenemos en las manos no es sólo un texto de imaginación sino un objeto escalofriante.

Resulta dudoso que el efecto sea intencional, es decir, un propósito consciente de Ana García Bergua, quien, según esto, dominaría su oficio al grado de simular la magia. Lo mismo ocurriría con su recreación de los años ochenta, en la cual, más que descripciones fidedignas, enfrentamos una auténtica vuelta al pasado en la que la realidad se repite con tal precisión y frescura que parece que el texto ha sido dictado desde otra época. Cierto que Ana García Bergua se ha mostrado otras veces capaz de recrear atmósferas de antaño con un realismo mimético; sin embargo, en Fuego 20 parece ir más allá y convertirse en una suerte de medium. El resultado es una especie de espejismo del tiempo, fondo perfecto para una experiencia tan divertida como angustiante.

A nadie deberían sorprender estas cualidades del escritor que oficia entre lo conocido y lo misterioso. Sin embargo asustan. Por eso es mejor detener aquí todas estas averiguaciones acerca de la práctica de la brujería en la novela de Ana García Bergua y retomar un punto de vista más razonable. Para empezar, aferrémonos a algunas referencias que están a la mano y que parecen sólidas. Por ejemplo, la influencia de Mulholland Drive, la película de David Lynch, obra maestra del terror bizarro, la cual se separa igualmente en una trama doble, alude a la vida dentro del cine, ocurre en el pasado y nos dice, asimismo, que el mal es la cara oculta detrás de la inocencia y la bondad.

Lynch no sólo está presente, de forma sutil, en la estructura y la atmósfera del libro, sino directamente en la trama, pues dos de nuestros personajes ─un andrógino y una japonesa chilanga─ participan en la filmación de Dune, la película de ciencia ficción que ese director rodó en México justo en aquella época. De hecho, el séptimo arte aparece todo el tiempo como inspiración del texto, y está presente tanto en los acontecimientos históricos mencionados como en la vida cotidiana de los protagonistas, quienes van continuamente al cine en busca de distracción y oscuridad para el romance. Por lo demás, en Fuego 20 está el espíritu de la comedia juvenil actual, ligera y veloz, cuyos personajes son chavillos desubicados que hacen largos viajes en coche, cambian bruscamente de clase social, se debaten con su sexualidad o, de plano, transmigran a otro cuerpo. Esta ligereza conversa, como un juego más de opuestos complementarios, con el horror de la tragicomedia mexicana al estilo de Luis Estrada (director de La ley de Herodes y El Infierno, entre otras películas), que describe el ridículo terror de nuestra corrupción política y social, y nos ayuda a reírnos de ella.

En Fuego 20 ─dejando de lado el iluminado realismo de la época─ nuestro presente se disfraza de pasado. Digamos que se trasviste de un tiempo que el lector nostálgico recuerda más ingenuo que el actual, pero en el que comenzó la firma del pacto diabólico que hoy todos los mexicanos estamos obligados a cumplir. La novela de García Bergua es una divertida y estremecedora parábola de la oscuridad actual y, simultáneamente, una bella y luminosa metáfora de cómo sólo la aceptación de nosotros mismos nos salvará. “No cabe duda de que sólo somos una mirada”, resuelve el personaje que, justo al final, acabará aceptando su propia forma de ver las cosas y uniendo de nuevo el bien y el mal, la luz y la sombra. Sí, su mirada, en la cual, por tratarse del verdadero espejo de su alma, encuentra la única fuerza posible ante la realidad deseada y amenazante.