Fabián y el caos (1)

Fabián y el caos, de Pedro Juan Gutiérrez | Fernando Montenegro

La obscenidad como método

 

Pedro Juan Gutiérrez, Fabián y el caos, Anagrama, España, 2015, 235 p.

 

El caos es más antiguo que el orden. De eso no hay ninguna duda. En la Biblia, Dios armoniza la catástrofe: esculpe formas armónicas y milagrosas manipulando el barro indomable del universo. Pero antes de que eso sucediera, se imponía el caos, el Big Bang, tal como lo conocemos ahora: una explosión inconmensurable que lo comenzó todo. En estos tiempos apocalípticos no sorprenderá que exista una especial fascinación también por las catástrofes, por imaginar cómo será el fin de los tiempos. Un asteroide, una invasión extraterrestre, una epidemia (la gripe aviar), una bomba nuclear, un huracán. No importa. Tan fascinados estamos por la idea de que algo irrumpa nuestra paz y nos borre de una pincelada, que solemos olvidar que los cataclismos son siempre, también, el comienzo de algo. Esto parece recordarnos Fabián y el caos, la última novela del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez.

En noviembre de 1972, el huracán Laura acariciaba estrepitosamente las costas de Cuba dejando tras de sí un panorama de desolación. En este contexto se desarrolla buena parte de la obra, aunque sería insuficiente afirmar que aquel temporal funcione únicamente como telón de fondo. Este huracán, como tantos otros que flagelan a menudo los poblados caribeños, descubre no solamente las cada vez más frágiles y añejas edificaciones de la isla, sino el estado de lenta, aunque penetrante, putrefacción de su sociedad. Este declive social, sin embargo, no ha sido consecuencia exclusiva de los adversos temporales sino de otro fenómeno eminentemente tropical: la Revolución Cubana. De allí que los dos puntos neurálgicos de la novela estén localizados, por un lado, en 1972, un momento en que la escasez de alimentos y la privación de ciertas libertades ciudadanas (y de consolidación de la Revolución) se imponían en la isla y, por otro, en el intervalo entre 1959 y 1962, los periodos de mayor rispidez política e incertidumbre generalizada que le haya tocado vivir hasta entonces.

En sus anteriores entregas, Gutiérrez se había concentrado en la década de los noventa, lo que se conoce como el período especial, quizá los años más dramáticos en la historia reciente cubana, consecuencia de la extrema pobreza en que cayó el estado isleño una vez que se desmantelara la Unión Soviética. En aquellas novelas, me refiero a Trilogía sucia de La Habana y Animal Tropical, se cuentan las peripecias de Pedro Juan, un sujeto anárquico y hedonista que oscila entre un pícaro callejero, como el Lazarillo, y un devorador sexual empedernido que se concibe a sí mismo como un hijo predilecto de la Revolución, aunque, claro está, como uno destinado a las cloacas, vale decir, el sitial que la gran mayoría de los cubanos iba ocupando a medida que se profundizaba la crisis económica y social. Aquellas novelas parecen funcionar a través de una tensión entre pobreza y sexualidad, las cuales se alimentan una a la otra como el veneno y su cura. Pedro Juan está en el centro de esa ecuación. Esta localización del protagonista genera, a mi entender, uno de los temas que más ha llamado la atención sobre su obra: la obscenidad.

En Fabián y el caos, sin embargo, este rasgo tan característico de su pluma, parece desvanecerse, tal y como lo afirma César Coca, uno de los críticos de su última obra: “Fabián y el caos no está tan dominada por la furia como sus anteriores novelas. Están aquí todos los rasgos literarios que han hecho famoso a Pedro Juan Gutiérrez, de la misma manera que lo están casi todos los elementos ambientales (aunque no aparezca La Habana), pero el tratamiento es más refinado y, el lenguaje, más clásico. Aunque los personajes sigan usando esas expresiones tan gráficas que cualquiera que haya estado en Cuba reconoce en las primeras líneas.” (César Coca, elcorreo.com).

Sin duda, llaman la atención algunas variaciones que Gutiérrez ha practicado en su última novela; pero esto, para quienes han leído algunos de sus ensayos o conferencias, no les debe resultar sorpresivo. El cubano es un autor multifacético que no solamente ha incurrido en diferentes géneros literarios, como la poesía y el cuento, sino que ha expandido su horizonte artístico hacia la pintura, siendo particularmente llamativos sus collages en donde mezcla poesía y pintura. El corte clásico de esta obra, que incluso uno podría leer como novela histórica, representa una característica fructífera para el análisis no solo del autor, sino de su relación con el momento político actual de Cuba que, para variar, se roba la atención de todos los titulares internacionales.

La novela se divide en cinco partes algo extensas (entre 50 y 70 páginas por sección) que tratan las vidas de Fabián y Pedro Juan respectivamente. Los capítulos 1, 3 y 5 cuentan la historia de Fabián desde el año en que sus padres, dos españoles, se casan y deciden irse a vivir a Cuba, más específicamente a Matanzas. Allí sabemos que la pareja, Felipe y Lucía, es solo un ejemplo de los numerosos casos de españoles que, como consecuencia de la Guerra Civil Española, migraron hacia el hemisferio americano. En realidad, el año concreto de la migración de Felipe y Lucía es algo anterior, 1927, el cual, como sabemos, es un año trascendental en la cultura de la península. Ese viaje, sin embargo, marca la intensidad de los vínculos culturales entre Europa y América durante el siglo xx. Lucía y su hijo, Fabián, son un ejemplo de esa herencia europea. La materialización de este legado se puede observar en un piano que Felipe le compra a su mujer para que lo ocupe en su tiempo libre (en su niñez, Lucía había aprendido a tocarlo de oídas). El piano es, claro está, uno de los objetos más preciados de la cultura europea. Allí se compusieron las más elevadas obras de la música barroca y romántica. La sola presencia del instrumento invoca a Bach, Beethoven y Mozart, los primeros maestros de Fabián.

Desde que era niño el protagonista había demostrado poseer interesantes habilidades para el piano, si bien, físicamente, no parecía ser lo suficientemente apto para domar aquel animal musical, pues no solo era pequeño de estatura, algo escuálido y poco agraciado de la cara, sino que tenía los dedos cortos, torpes y lentos. Aún así, su determinación lo llevó hasta el conservatorio de música a pesar de los constantes vituperios de su padre, quien avizoraba, en aquella afición por la música, ciertas tendencias homosexuales de su hijo. De hecho, aquel era el caso, Fabián era un homosexual, por decirlo de alguna manera, orgánico, en constante rebeldía con la figura autoritaria de su padre, un trabajador incansable quien, ante la arremetida de la Revolución, pierde todo su dinero y cae víctima de una parálisis cerebral. Antes de la Revolución, la familia había llegado a hacerse de una vida bastante cómoda en Matanzas, por lo que aquella victoria de la última noche de 1959 marcó un punto de quiebre en esa estructura familiar que, otra vez, representa la familia nuclear burguesa, tanto como la presencia europea en Cuba. La Revolución no solo quebrantó la salud de Felipe si no que, eventualmente, coartó la prometedora carrera musical de Fabián a causa de su homosexualidad.

Por su parte, los Capítulos 2 y 4 revisan la vida juvenil de Pedro Juan. Sus primeros años en el colegio y su frenética búsqueda por perder la virginidad. Allí sabemos de sus primeros encuentros sexuales y, de manera bastante breve, de su vida en Matanzas. Vale decir que la adolescencia de Pedro Juan transcurre ya plenamente en una etapa de consolidación de la Revolución (nace, como Fabián, en 1950), es decir, en una época en que existe un fuerte catecismo político, intolerante hacia cualquier comportamiento que incomodara a la estructura política de la isla. Resulta interesante observar cómo la sexualidad, tal y como lo observa Foucault, se convierte en un mecanismo que alienta la inserción del individuo en la masa proletaria. Pedro Juan, en una de sus disquisiciones, recuerda que la palabra proletario viene de prole, es decir, de descendencia, de procreación, “de tener hijos’’. De allí se desprende que la gran mayoría de encuentros sexuales que protagoniza el adolescente (o al menos así lo percibe él) están influidos por la retórica y política de la revolución: “––Ay, papi, ahora sí, préñame, préñame, papi, de unos mellizos (…). Ignoraba esa tontería y seguía en lo mío. Todo se repetía. Lo de siempre con las mujeres que participaban en mi vida. Todas, sin excepción, querían tener hijos y que yo me esclavizara trabajando con cualquier mierda para mantener en pie todo el andamiaje familiar. ¿Yo proletario? ¡No! ¡Primero cadáver que proletario! Proletario viene del latín proles, de tener hijos.”

No obstante esta resistencia a ser subsumido por el sistema es, paradójicamente, lo que sumerge a Pedro Juan en sus mismísimas entrañas. Gracias a su comportamiento contestatario, durante su alistamiento en el ejército, la umap (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) lo condenó a trabajar en una suerte de carnicería industrial, donde enviaban, como castigo, a todos los desviados para que aprendiesen, con la práctica y con una férrea instrucción teórica marxista, la correcta forma de contribuir a la Revolución. Es en este extraño lugar que Pedro Juan vuelve a encontrarse con Fabián.

Digo que vuelven a encontrarse porque desde el Capítulo 2 sabemos que ambos acuden a la misma escuela en Matanzas. Fabián es descrito como un personaje casi etéreo, transparente, de una fragilidad inconcebible y altamente contrastante con la voluptuosidad y fortaleza física de Pedro Juan y la mayoría de sus compañeros mulatos o negros. Fabián estaba enamorado secretamente de Pedro Juan con quien, después de una serie de altercados, trata de fraguar una amistad que finalmente se ve truncada por una broma de mal gusto perpetrada por el segundo. De allí que la relación entre los protagonistas de la novela esté llena de desencuentros, más allá de que hacia el final de la narración terminen siendo incluso muy buenos amigos, una vez que han coincidido en aquella fábrica repleta de penitentes a la que Pedro Juan fue condenado, como ya se mencionó, por contestatario y Fabián por comportamientos sexuales indebidos.

A pesar de que en la última parte de la novela ambos personajes sostienen una relación de amistad, con frecuencia entrañable y solidaria, nunca dejan de aparecer los cortocircuitos entre ellos. Se trata más que de dos historias paralelas, de vidas perpendiculares que chocan con estrépito y que, si bien, tienen un punto en común, un lugar de encuentro (que siempre es también de conflicto), apuntan en diferente direcciones y, más aún, tienden a formas discordantes de entender el mundo. Fabián representa, en más de un sentido, si no el orden, por lo menos la aspiración al orden. Pedro Juan, como se lee en las últimas líneas de la novela, representa el caos.

La idea del orden es, a mi entender, la línea que distingue la vida de Fabián, por lo menos en lo que respecta a su vocación como músico. Existe en la mente de este personaje una fascinación por la perfección, por lo simétrico. Incluso cuando siente atracción hacia un hombre, piensa en él como un efebo griego, como una figura armónica y sin imperfecciones, como un cuerpo esculpido por la divinidad o que está en relación con lo divino, con lo etéreo y lo onírico. Con lo apolíneo. La música representa también esa fascinación. El primer compositor que aprende a interpretar con maestría es a Bach, quien más bien es propenso a los contrastes, posee cierta inclinación por lo caótico, aunque sea éste un caos organizado por principios incorruptibles. Sin embargo, el compositor que más admira es Chaikovski. Gracias a su influencia la idea de lo clásico (como imagen del orden) ocupa un lugar central en la vida de Fabián. Pero quizá esa debilidad que sentía por el idioma ruso se debía a su presunta homosexualidad (habría que ver hasta qué punto Gutiérrez trabaja con esta conjetura que se hace sobre el celebre compositor). Se trataba, además, de una debilidad que se agudizaba por su incapacidad de interpretar sus obras, siempre inalcanzables para aquellos dedos débiles y escuálidos del personaje. Al respecto, Fabián dice lo siguiente: “Me hace llorar porque se me ha metido en el corazón. Me ha penetrado y me ha convertido en su amante. Yo soy su esclava sumisa y él ni me mira. Cuando deje de amarlo y de llorar podré con él. Mientras me saque las lágrimas él gana la partida. Si algún día logro enfriarme entonces sí podré con Chaikovski. Será sólo una cuestión de técnica y oficio. Pero lo dudo. Me va a emocionar siempre, toda la vida. Y será él quien triunfe. Soy un caso perdido. Una amante indefensa.”

Esa mística relación que Fabián mantiene con su admirado Chaikovski le exige llevar una vida prácticamente de asueto, de sacrificio. Sólo a través de la disciplina, pareciera plantear el personaje, será posible asomarse a ese grado de genialidad. Sin embargo, como ya he comentado, aquella vida que se procuraba Fabián rápidamente se vería alterada cuando la umap lo condena a trabajar en esa fábrica.

Por supuesto que la historia de Pedro Juan era muy distinta. Después de perder la virginidad con una mulata incandescente se había dedicado a gozar de las libertades propias de la juventud. Se dedicó a aprender canotaje, a tener encuentros sexuales con tantas mujeres como pudiese, a invertir sus días en la playa, tomando ron, fumando habanos, hasta que debió alistarse en el servicio militar obligatorio. Allí su naturaleza libertina le jugó una mala pasada, pues entendía que aquel modus operandi era la verdadera esencia del modelo socialista que se profesaba en la Cuba de esos años. Estaba convencido. No obstante, su hedonismo intelectual y vital, su fuerte inclinación por lo dionisiaco lo condenan, paradójicamente, al mismo lugar al que habían destinado a su antiguo compañero. Un sujeto que abrazaba, sin duda, lo apolíneo.

Esta fábrica a la que he hecho tanta referencia es uno de los lugares más interesantes de la obra, pues representa uno de los mecanismos más poderosos de control por parte del Estado cubano de esos años. Sobre aquel lugar, Pedro Juan escribe: “Si eras vago, maricón o religioso, te encerraban allí para que te rehabilitaras a través del trabajo.’’ El trabajo, la categoría central del marxismo que se practicaba en Cuba (o por lo menos el que se profesaba), pasaba de ser un ideal revolucionario a un mecanismo de tortura y de castigo, pero que representaba al mismo tiempo la base económica con que funcionaba el sistema político cubano. Es decir, en el centro de ese sistema se encontraba la escoria de esa sociedad: los homosexuales y los intelectuales que no sintonizaban con el catecismo del régimen.

El autor parece decirnos con esto que es precisamente en el corazón de los aparatos ideológicos donde también podemos encontrar sus cloacas, esas que con tanto detalle había revisado en sus anteriores obras, especialmente en Trilogía sucia de La Habana. Es como si en Fabián y el caos, instalada en los albores de la Revolución, encontrara esa obscenidad primigenia que luego se expandió como una peste incontestable a cada sector de la sociedad isleña.

Resulta interesante, por esto último, tratar de definir lo obsceno. En un ensayo de 1971, Henry Miller construye una defensa contra el uso del lenguaje obsceno, tan característico de sus novelas. Para el norteamericano, el uso de ese discurso repleto de palabras e imágenes obscenas está relacionado con la realidad de los tiempos modernos. Una realidad marcada por la no consumación de los deseos más profundos del ser humano a causa de una negación de éstos. Más aún, entiende que lo obsceno es “un recurso técnico’’ cuyo propósito es “despertar, anunciar un sentimiento de realidad’’ (“La obscenidad y la ley de la reflexión’’). Para Miller, como para otros autores, entre ellos Freud, la moral moderna nos obliga a desentendernos de nuestros deseos más íntimos que están, por supuesto, profundamente ligados a lo sexual. Quizás uno de los gestos más “humanos’’ tiene que ver, en este sentido, con la propensión del niño a levantarle la falda a una compañera de escuela. Necesita ver qué que se esconde. Nuestras sociedades enseguida castigan ejemplarmente este gesto descubridor. De allí que la obscenidad tenga que ver con descubrir, con dejar ver, con poner a la vista lo que antes estaba encubierto y que, sin embargo, como sostiene también Henry Miller, sabemos que está allí. Lo necesitamos.

La relación entre obscenidad y literatura es, por otra parte, bastante antigua y está vinculada con la ley. Como es sabido, algunas de las obras más importantes del siglo xx ––el Ulysses de Joyce, por ejemplo–– se vieron afectadas por ciertas leyes contra la obscenidad. En 1933, una corte de Estados Unidos prohibió la distribución de este clásico de la literatura universal por considerarlo demasiado explícito en cuanto a lo sexual. Casi ochenta años antes, en 1857, una corte de la ciudad de París había también censurado algunas páginas de Las flores del mal por considerarlas atentados a las buenas costumbres y a la moral pública. No obstante, Baudelaire, como anticipándose al veredicto de los jueces, había escrito en su célebre poema introductorio los siguientes versos: “Tú conoces, lector, al delicado monstruo, / hipócrita lector, mi igual, ¡hermano mío!’’ En aquellas líneas el autor ya involucraba al lector como el cómplice inequívoco de aquellas obscenas exploraciones que tanto habían ofendido a los jueces franceses. Este movimiento hizo caer a los jueces en una trampa: para declarar lo obsceno, también debían ensuciarse. La genialidad de Baudelaire radica en que fue capaz de localizar lo obsceno no sólo en la escritura de aquellas escenas pecaminosas, sino también en la lectura de ellas mismas. De allí se desprende una de las definiciones más aceptadas de obscenidad que se pueden encontrar en estos días: “La obscenidad sólo existe en la mente del que observa, no en la obra de arte.’’ (Kaplan, 544) (La traducción es mía.) Después de esto, no es descabellado afirmar que lo más obsceno de la ideología liberal se localiza exactamente en su centro neurálgico: en el que observa, penaliza y castiga, en su sistema de justicia, en su idea de libertad.

Pero si la obscenidad, dentro de las democracias liberales, reposa precisamente en aquella lectura lasciva de los jueces que dictaminan prohibiciones y, por tanto, atentan contra el principio de libertad (de expresión) que erige sus sistemas políticos, en el sistema socialista cubano está localizada, como ya lo advertí, en su fuerza de trabajo. Es en aquella fábrica en la que son condenados a trabajar los personajes de la novela, anticipados ya en las escenas pornográficas de Trilogía sucia de La Habana:* “Pues allí, entre aquellos carritos asqueantes, siempre había gente templando. De pie, claro. Era la única postura posible en medio de aquel lugar tan asqueroso. Las mujeres se inclinaban hacia delante, y los hombres penetrándolas por detrás. Las mujeres gritaban desaforadas. Apresuradas. Unos minutos. Y ya. Después cada uno se iba por su rumbo. Y ya había otras parejas por allí. Por supuesto, muchos hombres pasaban horas y horas paseando, de voyeurs, masturbándose. (…) Yo a veces miraba un rato. Era entretenido. Pero me daba asco aquella zona con tantas ratas y aquel olor nauseabundo.”

Las escenas recogidas suceden en los intervalos de las fuertes jornadas de trabajo de las fábricas. Fabián, una vez inserto en este ciclo de trabajo es, asimismo, subsumido por esta especie de economía sexual que funciona como contrapunto de la maquinaria laboral socialista. Pareciera, en este sentido, que la novela de Gutiérrez busca entender la genealogía de aquella tensión entre trabajo y sexualidad que atraviesa sus primeras obras, en las cuales la gran mayoría de encuentros sexuales ocurre entre el protagonista y una lista interminable de jineteras (prostitutas). De allí quizá la diferencia de estructuras entre aquellas obras de los noventa y Fabián y el caos, mucho más ordenada esta última. ¿Radica allí el gesto político del autor? ¿Da cuenta este gesto hacia lo clásico del momento político actual cubano? En mi opinión, sí. Si en Trilogía sucia de La Habana y Animal tropical se sucede una serie de relatos vertiginosos y breves, donde la historia nacional parece licuarse con una materia oscura, que la absorbe y la hace indistinguible de los fluidos humanos que se empozan en las cloacas, en Fabián y el caos esa misma historia aparece en toda su dimensión institucional y catastrófica, allí donde lo obsceno se escondía aún detrás de los aparatos ideológicos y culturales. Para observar esa oscuridad fundacional, empero, hace uso de una forma novelística más clásica: ¿una novela nacional (histórica) cuyos pliegues ya no son las hazañas políticas ni los paisajes, sino justamente las catástrofes humanas y naturales sus obscenos resultados?

Para terminar, diré que las catástrofes, entre muchas otras cosas, tienen la función de destapar lo que antes estaba oculto, destruyendo, eso es claro, el paisaje previo, aquel orden en que antes se disponían los elementos para exponer y ocultar lo que se considere necesario, según la moral en turno. De esta manera, nada es más obsceno que un desastre natural, que el caos producido por un huracán que a su paso arranca de raíz  los árboles de aguacate y se lleva consigo los techos de las casas, tal como vemos suceder en el pasaje más dramático de esta novela. También las revoluciones suelen ser así de obscenas. Eso parece recordarnos Pedro Juan, haciendo uso, por cierto, del mismo método de siempre, aunque no lo parezca.

* Habría que decir sin embargo, que Kaplan, advierte una diferencia tajante entre lo pornográfico  lo obsceno. Para el filósofo lo pornográfico es esencialmente efectista, mientras que lo obsceno es una estética que el artista trata de construir.

 

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