ESPUMA

Espuma de Bulldog, de Daniel Bencomo | Juan Antonio Alfaro

Nadie pone sentido a tanto lirio

 

 

Daniel Bencomo, Espuma de Bulldog, Luzzeta, Guadalajara, 2015, 72 p.

 

 

“Sólo una respuesta: escribe descuidadamente de manera que nada que no sea verde sobreviva”. Éste es un verso de Paterson, de William Carlos Williams.

“Nadie pone sentido a tanto lirio”. Éste es un verso de Espuma de Bulldog, de Daniel Bencomo (San Luis Potosí, 1980).

En ambos casos se atenta contra el paisaje. Contra lo verde y calmo que puede habitar en el poema y, por tanto, “incluye su excedente”, según las palabras de León Félix Batista.

Del sonido a la escritura, y viceversa, Daniel Bencomo busca ante todo lo textil-textual, el tejido, la plasticidad en cada verso que, como efecto mismo de la escritura, debe desvanecerse hasta provocar una “zona de conflicto” en la que la imagen carece de significado, de paisaje, y se vuelve ruido y luego silencio para impregnar el poema de interferencias. Así, en “De cómo perdí el ticket de compra”, la entrada vertical genera la ilusión de versos que recuerdan los poemas estructurales de Ulises Carrión, en los que ya no queda más que el esqueleto del poema y los sonidos simulados de cada acento a lo largo del verso; o, más cercana en el tiempo, la interferencia en el poema de Bencomo recuerda el “Soneto de las estrellas”, del artista plástico Jesús Bubu Negrón, compuesto de dos cuartetos y dos tercetos, de once estrellas cada verso.

Espuma de Bulldog utiliza a lo largo de sus cinco secciones zonas de inestabilidad similares a la anterior. Pero decir que un libro como éste agota sus mecanismos así de rápido sería caer en una lectura bastante reducida y superficial.

En los poemas de Espuma de Bulldog, cada verso es una escisión que, más allá de otorgar ritmo y respiración, altera el sentido y desintegra lo escrito en el verso anterior para negarlo o potenciarlo ––o ambas cosas–– y, a partir de ahí, desfasar el discurso: “Resina en el circuito / venzo-diaze- /píndaro”, “otro cielo es carbón, o 14 / ícaros cuelgan en el gancho del rastro”, se lee en “Pirita”. James Phelan escribe a propósito de lo que llama “el texto cerrado”: “es aquel cuya ambigüedad lleva en última instancia a un vacío centrífugo que resiste y niega cualquier significado central. Lo único a lo que tiene acceso el lector es a la capacidad metamórfica del propio lenguaje poético”. Ésta parece ser la principal propuesta de este libro.

Lo poético en la escritura de Bencomo es entendido como algo pantanoso, “curvilíneo, de expresión turbulenta y densa”, para decirlo en términos de Kozer. Esta densa escritura permite que el poema gane por acumulación, es decir, la saturación de imágenes provoca que en numerosas ocasiones los poemas no sean metáfora de nada ni relato ni representación, sino que vencen cualquier progresión lógica y se sostienen a sí mismos porque eso es exactamente lo que quieren decir: inauguran un sentido basado en su construcción sonora, en sus fragmentos y, sobre todo, en su acumulación opaca o borrosa, barro o borra, que tiende al neobarroco –o posbarroco− y que obliga a mirar al lenguaje como actor principal.

Dice Enrique Mallén acerca de la poesía del lenguaje: “Se trata de una reevaluación del papel sociocultural y psicológico del lenguaje. Pero no sólo eso: se trata también de un énfasis en el ‘goce verbal’, el valor puntualmente sensual de las palabras”. Ya Roger Santiváñez afirmaba hace algún tiempo, en una entrevista, que escribe por secuencias fónicas. Bencomo también parece guiarse por este principio y por el sonido que implican la paronomasia, las aliteraciones, la elipsis y las dilogías, tan usadas por los conceptistas: “buril error en el error anhelo”, “Lírica viene de lirio. / Lírica viene delirio. / De- / viene lírica lirio”, “adrede, alarde, kilómetros de celuloide”. Por citar algunos ejemplos.

La descripción y las instrucciones que aparecen como imperativos y parecieran hacer que el lector toque terreno firme revelan, al final, ser sólo pareidolia, yuxtaposición y una multiplicación de imágenes que se metamorfosean hasta sabotear el poema y sabotearse a sí mismas para devolver al propio lector y al mundo a “su ilusión despiadada”, tal y como dice Jean Baudrillard en el epígrafe que abre el libro. “Cayó Uno Mismo por seguir las instrucciones”, “Podrías filetearme y no encontrarías nada”. Se lee en “Esta calle tiene humus…” y “No es safari”, respectivamente.

Esta misma escritura, este mismo uso del lenguaje, permite a Bencomo re-utilizar, a lo largo del libro, palabras −navajo, bukkake, porno, Gillette− para descontextualizarlas y generar nuevos sentidos (que no descifrarlos) y, siguiendo a Giorgio Agamben, fundar una “poética de la inoperosidad”, basada en “una operación del lenguaje que desactiva y vuelve inoperosas las funciones comunicativas e informativas para abrirlas a un nuevo, posible uso”. En cambio, cuando el “yo” se hace presente lo hace como un “yo ficcional”, como un constructo generador de significantes, pero que sigue resistiéndose a generar sentido: “Escuchas al doble del doble del que dicen es tu doble, / tu desdoble épico, / fugaz e irrepetible”. Esa ficcionalidad permite cuestionar el “tú”, parodiarlo y, lejos de una ilusión dramática, provocar descreimiento, inestabilidad: “Anda y hazte cargo de una mínima tragedia, ofrece tu silueta al holograma del Yo. (…) Inhala otros vapores, más dobles o maleables, llenos de barro entre la encía, focos rotos. Aquí te esperaremos”. Huir de la realidad y entrar en la poesía, lenguaje sierpe (José Kozer otra vez), impureza y distorsión. Todo esto es Espuma de Bulldog.

“La boca abierta (le llamaban el pasmo) (…) / (…) espuma de bulldog en aguas ya estancadas”. Éstos son versos de Espuma de Bulldog, de Daniel Bencomo. Jesús García Fadrique dice que la espuma “reúne burbujas y forma estructuras (…) geométricas definidas por las uniones de las burbujas (…) en diferentes direcciones y tamaños, unidas por contornos de películas delgadas de líquido por donde circula la disolución que las forma, después de inyectar un gas”. Imagino que la escritura de Bencomo es ese gas que se hincha en forma de burbujas de muy variado volumen y genera inestabilidad, como en sus poemas, e infecta, todavía más, las “aguas ya estancadas”.

¿Y el bulldog? Ahí, a lo lejos, ladrando, envuelto en la rabia de no entender castellano. Pero aquí creo que Daniel y yo coincidiríamos con Montalbetti:

 

Enseñarle castellano a un perro

es la verdadera enseñanza.

“Nunca va a aprender”, dicen.

¿Por qué? ¿Acaso el castellano

es cuestión de inteligencia? Tal vez

será mejor aprender a ladrar entonces.