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Empacados al vacío. Ensayos sobre nada de Brenda Ríos | Por Isaura Leonardo

Ensayar la nada

 

 Brenda Ríos, Empacados al vacío. Ensayos sobre nada, Calygrama, México, 2013.

Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo cotidiano, lo superfluo y lo ridículo, Instituto Veracruzano de Cultura, México, 2013.

 

Yo estaba empeñado en no ver

lo que vi, pero a veces,

la vida es más compleja de lo que parece.

Jorge Drexler

 

Brenda Ríos (Acapulco, 1975) ha publicado este 2013 dos libros con dos editoras diferentes, Empacados al vacío. Ensayos sobre nada, con Calygrama (Querétaro) y Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo cotidiano, lo superfluo y lo ridículo, con el Instituto Veracruzano de la Cultura. Comienzo a leer Las canciones pop… y siento que ya lo he leído. No, no es la sensación que da un déjà vu ni la resonancia de estilos e influencias que pudiera reconocer en el estilo de Ríos (aunque los hubiera y aunque pudiera reconocerlos), es que de hecho ya he leído algunos de los textos. Brenda Ríos sostuvo en solitario durante muchos años el blog “Calle Alta 25: Acapulco Sunset Room”, del que fui fiel seguidora, y que ahora se ha mudado a la plataforma Tumblr (http://callealta25.tumblr.com/page/3), y también mantuvo junto con el escritor Ernesto Priego (radicado en Londres) una especie de epistolario virtual o un proyecto de diálogo/escritura a cuatro manos en tiempo real, llamado “Los reduccionistas” y que se puede visitar en WordPress (http://losreduccionistas.wordpress.com/), y todo esto me parece necesario resaltarlo. Ver esos textos reunidos en un volumen en papel me alegra, me congratula, no porque hayan abandonado el formato “líquido, breve y temporal”[1] donde surgieron, sino sobre todo porque no perdieron la huella impúdica de ese formato menor que es el blog virtual de notas frente a su hermano mayor, el libro impreso, y que le dificulta a la propia Brenda Ríos ceñir sus márgenes genéricos.

No es superficial que la autora asocie a su escritura el término pop y que considere sus textos ensayos sobre el ridículo, la nada, el aburrimiento y la cotidianidad.[2] Frente a la solemnidad y especialización del ensayo académico,[3] Ríos antepone la rutina, el pensamiento suelto, la libre asociación, el apunte, la miscelánea, el pensamiento a ras de presente y tedio, con momentos de poderosa lucidez y decidida belleza. Visitar “Calle Alta 25” era visitar, en efecto, un laboratorio de escrituras cotidianas, simples, breves, profusas de actualidad, pero poéticas, indudablemente literarias y profundas de un modo que va de lo superfluo al existencialismo más duro: desprovistas de pretensión e hiperreflexividad.

El de Brenda no era un blog personal en sentido estricto, sino la estructura expuesta de una libreta íntima para ser leída, el diario de una escritora. Un Work in Progress, un hermoso edificio en construcción de esta urbe que la seduce y agota. Y todo eso está en Las canciones pop…, sin que en su crossover haya sacrificado la impronta de momento de luminosidad que de suyo le pertenece. Verdades como peces siguen nadando por el libro como nadaban antes en su no-lugar virtual: “No te dije que no creía en nada. Pero salieron de mí las verdades como perros liberados”, “La seducción es un ejercicio de voracidad”, “Esto que te escribo/te digo es un conjuro. Porque las palabras mueven cosas.”

“No podría escribir sobre el amor. Es un concepto gastado por las orillas, por arriba, por abajo, desde el centro hasta afuera. Es más, no sabría por dónde empezar. Podría describir la atmósfera de los amantes, podría”, nos dice, es decir, nos dice que no puede escribir y escribe cómo no puede hacerlo. Las canciones pop… son este laboratorio-trampa, este rodeo, esta imposibilidad encarnada que es la escritura, un simulacro y ahí precisamente radica su valor. Este libro es sus propias orillas, aquello que en otro tiempo, otro formato, otra ciudad habría sido filtrado para dar lugar a una prosa de lo que debe y puede decirse, de aquello digno de ser escrito y publicado, una narrativa ficticia en el más estricto sentido de la palabra, pero no personal y ni siquiera propia. Porque uno puede poseer lo que se inventa o despojarse de lo que vive.

Brenda Ríos escribe parada en un vórtice que todavía no alcanzamos a comprender, que vivimos todo el tiempo pero que no hemos asimilado. El blog como laboratorio de escritura, por un lado. Pero también el aburrimiento de nuestras vidas deslavadas de ciudadanos del Occidente civilizado, y en apariencia inmune al hartazgo, como materia viva de la escritura literaria; sin depurar, sin filtro pero con trabajo, con tachaduras, reescrituras y silencios. Ambas cosas entrecruzadas, como nosotros nos entrecruzamos en el punto donde convergen las redes sociales y la vida. La vida que editamos para ser vista por otros y la vida que musitamos a diario donde nadie nos oye, donde nadie nos ve. Antes de rayar en el cliché, porque camino por el filo, estos libros de Ríos me han puesto a pensar en dónde es que surge la escritura, quiero decir: ¿estos textos de verdad surgieron en el blog como dije arriba o existían antes, acumulados, en el músculo donde se gestan las palabras del poeta, del escritor?

Este mismo tema es el que sobrevuela los textos de Empacados al vacío: ¿dónde nace la escritura?, ¿para qué?, ¿importa? Tomo este fragmento de Empacados…: “Los escritores se alimentan de sueños diversos: los propios y los ajenos (…) Hay dos tipos de escritores: los que uno lee y los que uno desea conocer. (…) Creemos en la persona-obra. No aprendemos a separar al que crea y al que es. Y vamos por ahí pensando que los escritores son buenas personas porque hacen personajes, o que viven bien porque hablan de la vida, o que respiran y visten de una forma sublime.” A Ríos le preocupan las figuras del artista y del intelectual, la inquietan esos personajes anacrónicos y macabros a la vez y los canibaliza: “Quizá, entre la horda de jóvenes y viejos de jeans y tenis converse o botas de montaña (aptas para la lluvia) y sus anteojos de pasta, que discuten y discuten el qué del arte, el cómo del arte, quizá haya verdaderos, simples, despojados artistas. Quién sabe.” Y de este modo, en esta ironía, quizás ella misma exorciza sus propios temores.

Sus ensayos indagan, desde el sitio personal, acerca del mundo cotidiano, del escritor y su oficio y compromisos, de lo femenino, de lo que la rodea. En un tono que parece siempre trivial (trivializado), se lanza sobre lo que la incomoda: “Hay quienes creen vivir la ciudad de cafés y restaurantes lounge de Polanco o de La Condesa, la ciudad de la clase ilustrada, egresados de escuelas activas, blancos en su mayoría y bilingües si no políglotas. La ciudad del ligue los viernes en la noche, chic, de los excesos que una familia comprensiva y tolerante perdonará, una familia nacional, católica, ¿quién cuestiona los grados de la fe? La ciudad de la clase trabajadora, cuya segunda o tercera generación nace en el Distrito Federal y tiene acceso a las universidades públicas. La ciudad de universitarios de periferismo tangible: viven en las orillas o en las colonias proletarias, saben de las rutas de los peseros, dónde están las cantinas que no salen en las revistas de La Condechi.”

“Vivir es caminar las mismas calles durante mucho tiempo”, Ríos lapida con sus sentencias, condena, contra todo heraclitanismo posible, a una vida de diario acontecer, de rutina, de caos cotidiano, pero ilumina y desplaza con un poco de humor (tan poco ejercitado en la literatura actual): “Antes de despertarme la angustia ya está lavando los trastes…”

En fin, estos dos volúmenes de Brenda Ríos pueden ser leídos a partir de varias notas; sin embargo, en ambos casos se trata sobre todo de gestos que extienden un diálogo iniciado en otros soportes o incluso fuera de la escritura. Ríos, como gran sustentadora de ese viejo y noble arte de la conversación está, en todo caso, conversando; pone en la mesa lo que muchos ocultarían, y eso, al menos para mí, los dota de un inusitado valor.

 


[1] Parafraseo impunemente a Zygmunt Bauman, de Modernidad líquida (fce, 2003).

[2] Como tampoco lo es el epígrafe de Ricky Martin que abre uno de los volúmenes.

[3] En el que Brenda Ríos se mueve con bastante autoridad. Véase su Del amor y otras cosas que se gastan por el uso. Ironía y silencio en la obra de Clarice Lispector (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2005).

     Texto apare­cido en la edi­ción 156 de la revista Crítica.


Escrito po Isaura Leonardo