1493170110_743947_1493170405_sumario_normal

Emilio Carrere: bohemio y nigromante | Ricardo Sevilla

 

Emilio Carrere –un hombre que vivió en pleno auge del modernismo y la bohemia madrileña– fue un escritor dedicado a fomentar la superchería literaria. En La torre de los siete jorobados y La calavera de Atahualpa exhibió su irremisible gusto por el ocultismo y el espiritismo. Afirmó, con una candidez infantil, que por las calles de Madrid había vampiros y pérfidos bebedores de sangre caminando libremente: “tengo la inquietante sospecha de que hay aún brujos entre nosotros”, escribió en un chusco y delirante ensayito titulado “Brujerías”.

El poeta –que al principio de su carrera había engatusado al público escribiendo versos en un ripioso tonillo becqueriano– creyó que detrás de los sucesos ordinarios de la vida existía una sombra de misterio y que en el fondo de la “hipócrita sociedad española” siempre había estado latente “una tremenda práctica de magia negra”. Sobre este tema redactó incalculables cuentos y novelas acompañándolos con tediosas moralejas, como Los muertos huelen mal, Gil Balduquín y su ángel, El sacrificio, etcétera.

El bohemio español –a través de artículos chispeantes e ingeniosos– practicó un periodismo donde exhibió una extraña erudición en temas paranormales, destinado exclusivamente a entretener a cierto auditorio que se regodeaba leyendo fábulas macabras. Sus relatos –a los que tramposamente solía cambiarles algún detalle para venderlos dos o tres veces en diferentes gacetas y suplementos– fueron publicados en las revistas y editoriales más populares de la época: Nueva Mundo, La Esfera, La Novela de Hoy, La Novela Corta, La Novela Mundial, entre otras.

Emilio Carrere (1881−1947) no sólo escribía sobre hechizos y sortilegios, también creía en ellos. Estaba persuadido de que realmente existían maleficios que podían hacer daño a la distancia, y aseguró que las brujas –más allá de los burbujeantes calderos donde hervían a gatos negros y gallinas degolladas– tenían realidad corpórea y astral. Sentía un especial arrebato por el tema de los aquelarres y dijo que, además de ser auténticos y cultivarse incluso a plena luz del día, a esa clase de festejos sólo invitaban a los “brujos sabios, los verdaderos magos”.

Como se tomaba muy en serio el asunto de la alquimia –y decía no tolerar engaños en la materia–, alguna vez escribió que le había alegrado en el alma que los charlatanes hubieran sido “achicharrados en los braseros” de la Puerta de Fuencarral. Una tarde –sin que le importara el abucheo generalizado que sus contertulios le obsequiaron– se atrevió a decir que las “estúpidas brujitas faranduleras” habían “pagado cara su codicia en las mazmorras inquisitoriales”. Y es que a Carrere –que estaba obstinado en conferirle seriedad al tema brujeril– nada le molestaba más que las comadronas histéricas que aseguraban haber visto a sus melenudas vecinas montadas en un palo de escoba.

Carrere escribió ensayos alucinantes –y colmados de citas ambiguas– donde hablaba con emoción sobre los ocultistas que, según él, poseían una honda cultura y unas “extraordinarias facultades psíquicas y magnéticas”. Aferrado a esos delirantes saberes, en un artículo que tituló “La comunicación con Los del Más Allá”, sostuvo que Tomás Alva Edison –a quien se refirió, en ésa y otras oportunidades, como “el mago de la electricidad”– en realidad nunca había estado interesado en inventar el fonógrafo, sino en crear un aparato sólo “para poder oír la voz de los muertos”.

Como también fue un trasnochador, el impulsor del decadentismo en España aseguró haberse encontrado varias veces con una buena cantidad de “brujos negros” caminando, muy quitados de la pena, por los muladares de Madrid.

Aseguró que, como el alquimista Cagliostro, realmente existían personas que se acordaban de todas sus existencias anteriores. Y no paró ahí su ofuscación: Carrere aseveró que, si alguien se atrevía a ponerlo en trance, él mismo sería capaz de remontarse hasta los orígenes de la humanidad, donde probablemente él había tenido vida de caballo. En una conferencia, el prolífico y desquiciado literato –fue poeta, narrador, antólogo, prologuista y traductor– dijo que el mismo Cagliostro había predicho, a través de un alfabeto mágico, el advenimiento de la Revolución Francesa y el arribo de Bonaparte.

Su delirante admiración por Paracelso –a quien le achacaba la paternidad del hipnotismo contemporáneo– también lo llevó a decir que Mesmer, a quien sus “bobos amigos” adoraban como a un santo patrón del ocultismo, no era más que “un fantoche” que había tomado de astrólogo suizo su teoría sobre el magnetismo animal.

Sin tener ningún sustento –y siempre amparado en argumentos raros e inconsistentes–, Carrere aseguró que la corte de los Borgia no había estado limpia de prácticas brujeriles.

La figura del demonio, como era de esperarse, lo sedujo y, por aquí y por allá, habló apasionadamente sobre el “Murciélago satán”, tal como lo denominaba Rubén Darío, su máximo ídolo poético.

Además de su gusto por la nigromancia, Emilio Carrere fue también un bohemio inmoderado. En su poema “Alta noche”, el vate se observa así mismo vagando por las calles de un barrio viejo y apolillado, sin más compañía que la fatídica silueta de un perro negro. No debe sorprender: como todo amante de la displicencia –e imitando en este punto a su amadísimo Verlaine–, Carrere se veía a sí mismo como un artista malogrado y  un “amigo de los pordioseros”. Un día le dijo a “Toñito Machado” –como le gustaba llamar sarcásticamente al autor de Juan de Mairena– que, para probar su auténtico amor por los desheredados, no dudaría en ofrecerle a cualquier indigente un lugarcito en su misma cama. Pero nunca lo hizo.

Le gustaba, eso sí, asomar la nariz por la Puerta del Sol, donde solían darse cita los menesterosos –unidos como uno solo a sus miserias– para demandar el clásico sablazo que, en aquella época, consistía en sacarle dos pesetas a los transeúntes. Cierta tarde, en “La pecera” –una tertulia donde participaban personajes como Francisco Villaespesa, Alejandro Sawa y Eduardo Zamacois–, su amigo y editor, Gregorio Pueyo, le dijo a don Emilio: “Es usted un dandy”, a lo que el amante de la nigromancia respondió: “Se equivoca, mi amigo. Yo simplemente soy un aristócrata del andrajo”.

Y es que Carrere admiraba –con el mismo énfasis que a los hechiceros– a los gandules y a los trotacalles. Ataviado con “un pesado y triste ropón de misantropía”, el bohemio aseguraba que no cualquiera toleraba una vida de vagabundo, y dijo que para estar ahí era “preciso tener los huesos muy molidos por los esquinazos del mal vivir, y estar ahíto de rodar de zahúrda en zahúrda por el despeñadero de la vida miserable”.

Hubo momentos, ante el lento desgranar de las horas, en que Carrere –metido en su ampuloso papel de modernista– sintió que su espíritu se encendía “como un cirio” y que su vida era una lacerante interrogación que lo hacía estallar en melodramáticas exclamaciones: “El diablo me atormenta con su cruel mordedura”.

Para impulsar su leyenda de poeta maldito, el autor de la sicalíptica novelita Rosas de meretricio creyó conveniente desgarrarse las vestiduras, y se propuso evocar su infancia lancinante:

 

Yo fui un niño enfermizo, pálido y enlutado,

que demasiado pronto conoció la tristeza

del trágico y grotesco dolor de la pobreza.

Yo he dormido en los bancos de un parque abandonado.

 

Lo cierto es que Carrere jamás fue un niño enfermizo ni pálido, ni mendicante, como solía presentarse. Su tragedia –si la hubo– fue menos aciaga: su padre no había querido hacerse cargo de él y su madre tuvo que criarlo sola. No obstante, tras la muerte de la mujer, su progenitor apareció para rescatar a Emilio de un previsible naufragio. Le consiguió un empleo como funcionario en el Tribunal de Cuentas. Y aunque su quincena no era ningún botín, le permitía pagarse ciertos gustitos. Pero como su impostura de bohemio lo exigía, al tipo le gustaba hacerse el desolado.

Sin embargo el autor del Dietario sentimental no deseaba conformarse con ser un impulsor de la nigromancia literaria. También se pregonó modernista y, siguiendo a pie juntillas las pautas trazadas por su ídolo Darío, comenzó a contar exuberantes historias sobre ilusorias princesas que nunca habían existido.

No obstante, su verdadero deleite fue pasearse, con unción sacerdotal, por zahúrdas, tabernas, meretricios y puteros. Y no todo le parecía infernal, por cierto, en aquellas estancias. Muchas veces, el poeta se detuvo a escuchar las baladitas infantiles que las putas cantaban para solazarse:

 

Tengo una muñeca

vestida de azul,

con su camisita

y su canesú.

 

El bohemio Carrere no desdeñaba el amor de las prostitutas. Al contrario: le gustaba enamorarlas. Con aires de patético Lovelace o de Casanova, se acercaba lentamente al oído de las mujeres para acariciar su vanidad con palabras amieladas.

Enquistado en sí mismo –y más allá de la bohemia, las prostitutas, los vampiros y el modernismo que hicieron latir su corazón–, Carrere nunca se sintió armonizado con la humanidad ni con “el populacho”. A los seres humanos los describió como “una cosa perfectamente despreciable y escupible”, y del vulgo dijo, quejoso, que eran incapaces de entender las “soberbias bromas sobre lo desconocido”. Le impresionaban más –y le asustaban– las brujas, las meretrices y los vendavales. El protagonista de una novelita titulada Una ventana de amor –un bohemio y amante de la nigromancia, muy parecido a Carrere– se torna espantadizo cuando, en mitad de la madrugada, escucha un viento de “graves resonancias plañideras y lamentosas como un gemido del más allá”.

Infelizmente a los “odiosos personajes” de Carrere les tocó vivir –nos confiesa él mismo en su novelita La tristeza del burdel– “en una época en que la voz del pueblo era entonces voz de Dios”.

Cronista minucioso, poeta del arrabal y la bajeza, pionero en casi todos los géneros que cimbrarían las letras del siglo xx español, Emilio Carrere –ataviado con su chambergo y su chalina negros– debería ser consignado como una de las figuras más relevantes y pintorescas de una época en donde la mejor literatura se inspiraba en el infierno y en los burdeles.