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El tenue rededor del mundo, de Julio Eutiquio Sarabia | Antonio Moreno

Metafísica del viaje

 

Julio Eutiquio Sarabia, El tenue rededor del mundo, Conaculta, México, 2015, 112 p.

 

En El tenue rededor del mundo, de Julio Eutiquio Sarabia, el lector tiene que atravesar un mundo descoyuntado. Ello implica, además, como la pedagogía de los aventureros, parcelar territorios, reinventar un vocabulario, elaborar rutas de navegación y, finalmente, intentar ordenarlo. Pero para emprender esa tarea, será necesario merodearlo, dado que el mundo, vastísimo y cargado, sin mapa en la mano, puede condenarnos a la más dolorosa de las incertidumbres.

Somos extremadamente conscientes de que la realidad hay que ordenarla. Sin embargo, en someterla (esa realidad platónica, aristotélica, del sentido común o ingenua) se nos va la vida en prenda.

Ante el encadenamiento de sucesos ajenos a nuestra voluntad, incluyendo los creados por nosotros mismos, esos hechos y fantasías valiosos, tenemos que darles una orientación con un sentido específico. Un discurso.

Por esto, la palabra reconfirma nuestra condición de necrófilos verbales y, a su vez, por la multiplicidad y correlación de mundos discursivos, se consolida la premisa de que no hay lectura única.

Cobra fuerza en este libro la metafísica del viaje, con la evocación directa del mar como resultado de la travesía.

Los nombres de los capítulos que lo dividen configuran con densidad el itinerario de lectura: I. Adiós, muchachos; II. La cercanía; III. Interior; IV. Tumultos; V. Thalassa, Thalassa.

Todo desplazamiento exige tener a la mano la brújula que ayude a encontrar el camino.

La voz poética, no obstante,  articula su discurso y la realidad misma de manera siempre perversa —en el sentido radical del término, es decir, es la voz que toma otro camino—por eso reclama aventuras, invoca engaños y desengaños, mezcla voces, juega al palimpsesto, empalma experiencias sensoriales; especialmente, no reprime jamás sus emociones y lo que deje de fluir el estado de su ánimo.

Extraigo de la primera parte estas dos líneas, que por sí mismas ponen de manifiesto la intensidad anímica, olfativa, de estar siempre en alerta máxima: “La reubicación de los tiestos / reveló el perfume del albahaca”. El lector no sabe adónde va, ni de dónde viene. Hasta que la voz poética mexicaniza la trayectoria: Los Cabos, Topolabampo, Los Herrajes.

Las referencias de una geografía aparentemente concreta forman parte de un orden topológico que trazan una jornada como elemento de una liturgia de las sensaciones internas que buscan confrontar y demoler  realidades normativas.

En esta tentativa de un orden estético totalizador el mundo se dilata y se contrae.

El título del libro propone otras posibilidades óptimas para leer los mundos que construimos constantemente. Con esta dimensión social explícita, El tenue rededor del mundo motiva a descubrir y explorar la reconstrucción de matices entre culturas (antiguas y contemporáneas); las fronteras entre la vigilia y el sueño; los impactos de la ficción y la realidad al momento de organizar los itinerarios de vida; el papel que juegan la poesía y la prosa para moldear discursos; así como las lecturas en la que confluye vertebralmente la tradición homérica; espejismos que se escinden de las densas realidades; trampantojos, olores, sonidos, el fluir crocante del tiempo, climas y presentimientos de un yo poético que no sólo revela su identidad mediante el apelativo de Septimus, sino que declara ser el hijo de los sueños más escalofriantes.

Este poema anuncia los riesgos del viaje, remarcando su condición secular:

No busques veracidad en mi consejo

sino mutismo celebra que sea hondo,

que nunca exceda a la pátina en su prosa.

 

Sabes que eludo cuanto el oráculo concierta

y que no abrigo la ciencia de los números,

ni antes ni ahora que abrazo la deriva

—a la distancia su aura bienhechora,

finita en la redondez de cada viaje.

 

Mejor será si palpas tu pulso y descubres una estrella,

un sendero propicio que te revele los “méritos del alma”.

Mejor si alabas la penumbra y la avizoras

como el momentáneo quiebre de tu corazón.

 

No cruzarás sin mí dehesas o avenidas,

umbrales o listones.

Apegado a ti, ninguno seré

en la calina múltiple del nombre.

 

Veremos los mismos peñascos

y el óxido de los amaneceres

                                               escupiremos ya de pie.

 

El viaje (hecho de lecturas o no) puede durar un segundo o mil años. Este que propone Sarabia reconcilia tiempos heterogéneos. Con una imaginación visceral y, sobre todo, la disposición de que la palabra organice la aventura, porque es la que impone la trayectoria especulativa de todo el libro, pensando en una posible teoría de la construcción textual, destaca la manera en que la voz poética establece una introspección sobre la marcha de sus propios mecanismos de confección discursiva.

En otras circunstancias, El tenue rededor del mundo formula la movilidad (literal o figurada) del lector en una era post-industrial y descolonizada. Incluso, germina el poder de crear mundos abstractos para que pueda recorrerlos con la convicción de que todo viaje infiere hazaña y aventura, donde el lector/viajero jamás pueda darse el lujo de convertirse en un sujeto ordinario, porque no podría derribar las realidades normativas que circundan el tenue rededor del mundo.