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El taller de no ficción de Bruno H. Piché | Por Francesca Dennstedt

El peligro del ensayo

Bruno H. Piché, El taller de no ficción, Libros Magenta/CONACULTA, México, 2012, 253 p.

No soy muy asidua a leer ensayos. Tengo la manía de querer dominar las cosas y aunque el ensayo es un género hospitalario a menudo termina por convertirse en un callejón sin salida. Ya decía Chesterton que seguido caía en la tentación de creer que el mal había vuelto a entrar en el mundo en forma de ensayo y, sin embargo, no había lectura que disfrutara más. Como todo mal, el ensayo atrae por su forma seductoramente libre, porque invita a una comodidad que difícilmente se consigue en, por ejemplo, una novela. Quiero decir: una obra de ficción exige a su lector una resolución que tiende a simplificarse en términos binarios: ¿el texto es bueno o malo? El mal llega cuando, formularse una pregunta tan simple que apela a algo tan instintivo como el gusto, se vuelve una pesadilla. Como ya se ha apuntado, el ensayo no obedece a un propósito lógico ni sale de A para llegar a B –aunque su intención no sea clara, a la novela le cuesta trabajo olvidar los personajes y eso es una constante– y, en la mayoría de los casos, el continuar ensayando la propia escritura es lo único que parece obedecer cierto cauce (vaya problema para el escritor, sobre todo si se es de esos escritores que corrigen de forma obsesionada sus textos). Parece que Chesterton tenía razón y el ensayo es una forma de instaurar el terror en la literatura. Ahora bien, no todos los ensayos son terroristas o, al menos, no en este sentido. Pienso, por ejemplo, en los finalistas del premio Anagrama, más específicamente en Pornotopía de Beatriz Preciado y Filosofía zombi de Jorge Fernández Gonzalo. He ahí parte del problema: ¿qué ensayos son peligrosos?
Para Bruno H. Piché, más apegado a la tradición anglosajona que latinoamericana, el ensayo es un género que aspira a ser todos los géneros, una especie de vehículo todo terreno y al mismo tiempo una continua corrección y exposición de su vida. Para el autor, el ensayo es un laboratorio literario donde se llevan a cabo experimentos tan disímiles como la descripción del cáncer de esófago, que termina por matar al escritor y periodista Christopher Hitchens, o la enumeración de algunas versiones del ya célebre poema de Edgar Allan Poe, entre ellas “The Raven”, del álbum Sunday at devil dirt. Un laboratorio donde se cocinan crónicas, autobiografías y crítica literaria, donde el experimento último consista en crear –son las palabras del autor– un género sin género, una prosa bastarda. Sin embargo, el título del libro hace referencia al género literario de la ficción y al carácter inconcluso del ensayo: El taller de no ficción. En este caso, no creo que la intención de hacer una prosa bastarda resida en quebrantar los moldes tradicionales que definen nuestra literatura sino abrir puertas y hacer que la noción de género ya no importe. Así, lo relevante del título recae en la palabra taller, que remite a lo inacabado, a la necesidad de regresar a ello y continuar experimentando. Quiero decir: no podemos entender El taller de no ficción como un ejemplo de prosa bastarda sino como una propuesta de muchas.
Luigi Amara publicó un texto en Letras Libres donde decía: “Y que el ensayo personal y tentativo se reubique en el estante de la ficción, en ese lado del librero en el que llanamente se amontona la literatura.” Se me antoja pensar que El taller de no ficción es una respuesta a esta afirmación. Si el ensayo comienza a acomodarse en los estantes de la ficción, que además son los estantes de la literatura, implicaría un reconocimiento que el ensayo no necesita: el padre reconocería al bastardo y, por ende, ganaría el apellido. Y más importante, si el ensayo se reconoce a sí mismo como ficción, el autor de ensayos dejaría de ponerse en riesgo, de comprometerse. De este modo, lo personal se convertiría en un mero recurso literario: “Sin embargo, una lectura más atenta a la obra primeriza de Hemingway, por un lado, y una aproximación menos prejuiciosa a la relación entre aquélla y su biografía, por el otro, arrojan un haz de luz no desdeñable para quien, a la manera del cazador en pijama, va en busca del pliegue más íntimo en el que la literatura y la realidad se tornan indistinguibles una de otra; ahí, donde más allá del cuaderno en el que el escritor escribe, más allá de la mesa sobre la cual se reclina para seguir escribiendo (…) o la poltrona donde yace, por su parte, el lector, diría Ricardo Piglia, ‘la tensión entre objeto real y objeto imaginario no existe, todo es real, todo está ahí y uno se mueve entre los parques y las calles, deslumbrado por una presencia siempre distante’.”

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Me aventuro a afirmar que lo que separaría la escritura de Piché de textos como el de Preciado no es la flexible definición de ensayo o qué tanto cabe en el estante de la literatura, sino qué tanto se borra la línea entre lo inventado y lo real y, con ello, qué tan expuesto queda el autor. Al pensar en esto, el horror se hace evidente: hay que comenzar por olvidar las reglas básicas de la literatura: no existen los géneros, existe la escritura y con ella, un hombre que se sienta en un mesa a escribir sobre sí mismo, no un narrador. Y mi pesadilla se hace obvia: ¿qué decir de un libro cuya principal virtud está en la invitación de Bruno a sentarme a platicar de su horroroso trabajo como embajador cultural, de su opinión tan poco popular de Las Vegas, de sus gustos literarios mientras bebemos whisky? ¿Qué decir de una escritura que cada vez que sucede adopta registros únicos y que difícilmente obedecen a una lógica? Hay que pensar en los textos de Piché como escritura y punto: sin etiquetas ni limitantes.
Una cosa que llama mi atención es la cantidad de referencias literarias que maneja Piché en sus textos: pasa por Primo Levi, Alfonso Reyes, William Saroyan para acabar con Hemingway. En algún punto Piché nos cuenta de una entrevista que le hizo a Alejandro Rossi y menciona: “La tarde pasó fugaz. Aquella fue una oportunidad invaluable para que Rossi demostrara, en la placentera intimidad de su propia casa, que la conversación es la continuidad de la literatura por otros medios.” Y precisamente Piché nos demuestra que la conversación puede ser literatura, se ejerza en el medio que se ejerza. Hay que resaltar que El taller de no ficción es un libro que no solamente se lee sino que provoca una especie de conversación muda con el autor y que ello estimula al lector/interlocutor a sentarse a leer más libros. Creo que los fragmentos –y aquí simplificaré las cosas– de crítica literaria son excelentes. No precisamente porque revelen alguna novedad sino porque te hacen salir corriendo a tu librería más cercana y comprar Huesos en el desierto, de Sergio González Rodríguez, o The daring young man on the flying trapeze del ya mencionado Saroyan. En fin, es un libro que hay que leer con otros libros. De nuevo, esto me recuerda al ensayo de Amara, donde se hace una división tajante entre los ensayos académicos o científicos y aquellos ensayos que deben regresar al estante de la ficción y la literatura. Las referencias que llenan el libro de Piché están ahí porque el autor no puede separarse de su vida como escritor, porque todo puede y debe ser literatura, principalmente la no ficción.
El ensayo suele ser peligroso porque nos recuerda que los géneros están desapareciendo y, con ellos, lo que debe y puede ser literatura. Inicié este breve comentario mencionado que no soy una lectora ávida de ensayos porque son textos cuya naturaleza está en poner a prueba la lógica no sólo de la escritura sino la capacidad que tiene el lector para intimar con el escritor. No es gratuito que El taller de no ficción comience con una breve historia de la vida laboral del autor y recurra a la enfermedad como punto de partida para crear dicha intimidad. En fin, no hay que permitir que el ensayo de Piché entre en los estantes de la ficción y la literatura porque nuestra relación se acabaría: no habría más conversaciones y la escritura dejaría de ser sólo escritura para convertirse en algo hermético o, peor aún, en una novela de costumbres y viajes.

 

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