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El portal de las revelaciones, de Damián Shell | Alejandro Badillo

Ensamblaje y sueño

 

Damián Shell, El portal de las revelaciones, Libros Magenta, México, 2017, 153 p.

 

Los escritores de cuento a veces olvidan las metamorfosis que ha tenido el género a lo largo del tiempo. La narrativa breve ha tenido un largo trayeco del territorio oral de la antigüedad a las vanguardias del siglo xx. Además, como en otras ocasiones lo he señalado en estas páginas, el cuento tiene una vocación flexible, abierta a la interlocución con otros géneros literarios. Por eso me gusta pensar en la narrativa breve como un laboratorio con alcances muy amplios que necesita, forzosamente, una mano hábil y potencia imaginativa.

Damián Shell (Ciudad de México, 1984) aborda sus cuentos tratando de romper con las expectativas de un lector que busca encuadrar un texto en determinado tema y en un estilo fácilmente identificable. Parecería que todo libro debe seguir al pie de la letra la etiqueta con la que es vendido y que no admite controversias ni ambiguedades. Sumado a esto, hemos visto cómo, progresivamente, gran parte de las colecciones de relatos y, sobre todo, las novelas, abusan de cierto didactismo. Muchos escritores parecen tratar a quienes los leen como si estuvieran dando una clase y por eso la necesidad de ser explícitos, reiterativos. Si las vanguardias intentaron incomodar al lector, la intención de este tipo de textos sería consolar, reafirmar verdades ya conocidas, poner en boca de personajes discursos manidos y perfectamente estereotipados.

El portal de las revelaciones, al contrario de las características que describí, tiene como objetivo la mezcla y el ensamblaje de elementos en apariencia diferentes si no es que abiertamente contrapuestos. No estoy hablando del cruce de géneros como lo hicieron con mucha fortuna autores Jorge Luis Borges, por ejemplo, cuyos cuentos muchas veces parecen ensayos disfrazados. Damián Shell emprende una combinación de atmósferas y de cruces en la trama de sus historias, que evitan que el lector se adelante en sus expectativas. En cada uno de los textos de El portal de las revelaciones hay una intención que intenta sabotear cualquier camino seguro por el que se quiera transitar. Un punto de partida para tratar de explicar la propuesta del autor es la imagen que está en la portada del libro. A coign of vantage, cuadro pintado en 1865 por Lawrence Alma-Tadema, pintor que evocó, en la época victoriana, el mundo antiguo a través de la lente neoclásica. En Alma-Tadema, al contrario de otros pintores neoclásicos, como Jacques-Louis David, en el que hay una atmósfera sobria y los personajes son retratados con dureza y solemnidad, tenemos un contexto de ensueño. Más que pinturas que abordan una escena ocurrida en el pasado, parece que nos enfrentamos a una ensoñación. De la misma forma, los cuentos de Damián Shell abrevan de un indudable componente onírico que, en algunos pasajes, es interrumpido por elementos que rompen con la atmósfera que se construyó desde un principio.

El primer cuento del volumen, “Alma Tadema en la esquina del privilegio”, comienza de una forma que parece ir en contra de la estética que menciono. Incluso el lector que compare la descripción que hice líneas atrás, las referencias a los trazos casi vaporosos del pintor holandés, con el inicio del cuento, se extrañará por las referencias que hice. En realidad, esto es parte del truco del autor. La historia comienza con el encuentro entre un adolescente y un adulto. Los dos están muy cerca del metro Viaducto, sobre la calzada de Tlalpan, en un hotel usado para sexo ocasional. Después de esa referencia muy puntual de la Ciudad de México, el autor describe un diálogo entre los dos personajes. Pronto nos damos cuenta que atestiguamos un encuentro homosexual y que ambos no se conocen muy bien. Cuando comienzan los primeros escarceos, el adolescente empieza a sentir que el ambiente muta, se transforma. Un cambio de párrafo y el muchacho descubre que su cuerpo ha cambiado: ahora es una mujer que tiene vagas reminiscencias de su condición anterior. Aquí abandonamos el territorio real, casi de guía urbana con el que se nos presenta la historia, y nos internamos en lo indeterminado. ¿Estamos ante un intento de realismo mágico o, simplemente, ante una fantasía que, quizás, líneas más adelante, tendrá una explicación que ate todos los cabos? La mujer, un poco desconcertada, cuando el hombre le pregunta su nombre, alcanza a balucear “Alma Tadema”. El adulto, sorprendido, le dice que es el nombre de su pintor favorito y, acto seguido, le describe el cuadro A coign of vantage en el que unas mujeres, sonrosadas, vestidas con telas vaporosas, miran el mar mientras la estatua de bronce de un león parece custodiar el horizonte. Ante el asombro, el lector puede explicar lo que está atestiguando a través de lo surreal o lo absurdo. Más tarde, el hombre la toma entre los brazos y salen a un balcón para observar el mar. En un santiamén, el hotel barato se ha convertido en uno más de los escenarios del pintor Alma-Tadema. A partir de ese momento el narrador olvida un poco a los personajes y se dedica a describir, con muchos pormenores, el aire salino, el brillo del sol, las nubes, entre otros elementos atmosféricos. En este punto hay una nueva intrusión: los espacios naturales dejan paso a una estructura de cristal que da forma a un inmenso edificio construido con materiales extraños. Pronto aparece una nave espacial galáctica del tamaño de una montaña. La nave –MXR-250 para más señas– pasa junto a ellos y se pierde en el horizonte como si se tratara de una embarcación antigua. La mujer, sin poder salir de su asombro, se interna en una especie de déjà vu. Al final, las palabras del hombre –cuando su amante aún tenía la apariencia de un varón– son proféticas: “¿temes que las cosas cambien? ¿O temes cambiar tú?”

Me detuve en los detalles y describí casi secuencialmente este primer cuento porque, a grandes rasgos, es la apuesta que reitera el autor en casi todos los textos. Algo que hay que apuntar: el cambio no es sólo en la interacción entre los distintos planos de “realidad”, por llamarlos de algún modo. El lenguaje y, sobre todo, la intención descriptiva del narrador, también sufren pequeñas metamorfosis que violentan la dirección de la trama. Hay una especie de formato en el que se tiene un plano real, seguido por una ensoñación que, casi siempre, es finalizada por un entorno futurista. En esta ocasión la fórmula se repite pero en un orden distinto. En “Acecha el templo frugal”, quinto cuento del volumen, tenemos a un mago en un templo olvidado. Transcurren escasas líneas para que el protagonista salga y encuentre una nave espacial que lo transporta a un departamento excavado en la roca de una inmensa y altísima pared. Ahí, de repente, recuerda una leyenda antigua que empieza a introducirse en la realidad que lo rodea y que lo llevará, inevitablemente, a una nueva metamorfosis cuyo peso recae, una vez más, en la incertidumbre, en la sensación de haber habitado una historia de la cual sólo queda una memoria ruinosa que recupera poco a poco.

Uno de los intereses de Damián Shell para contar sus historias es la obsesión por el detalle y por el retrato arquitectónico de los escenarios que empiezan a rodear a los personajes, como las distintas escenografías que aparecen, en cuestión de segundos, durante una representación teatral. Este ambiente de rapto, por llamarlo de alguna manera, se refuerza por la brevedad de los textos. Incluso, investigando un poco más los intereses del autor, aficionado y creador de haikús, se puede encontrar esa misma vocación en sus narraciones: elementos ensamblados que tienen, como coincidencia, un estado de ánimo o una atmósfera. Incluso hay similitudes en la intención de acabar los cuentos sin finales redondeados, muchas veces dejando en la última línea un asombro que no se explica. Otro vaso comunicante es la forma de colocar al personaje como un elemento más del escenario maravilloso que se despliega ante sus ojos. En el arte oriental clásico, sobre todo en las disciplinas pictóricas, el ojo del pintor no pone en el centro al ser humano sino muchas veces, si es que aparece, es sólo un elemento integrado naturalmente al paisaje.

Hay un cuento que puede ser la clave para encontrar el sentido de El portal de las revelaciones y que tiene, quizás, como objetivo, dar a conocer a un personaje que crea, de alguna manera, las ensoñaciones que leemos en otras partes del libro. “Huida del estudio del Papa Inocencio X” se desentiende, por completo, de la prosa lírica que busca el deleite de la mirada. Es inevitable relacionar el título del cuento con el cuadro Retrato del papa Inocencio X, uno de los cuadros más famosos del pintor Francis Bacon, quien, a su vez, tomó como modelo el retrato del mismo papa hecho en 1650 por el maestro español Diego de Velázquez. Bacon la frecuentó e hizo más de cuarenta versiones de la pintura. Quien conoce la obra del artista inglés sabe que su estética angustiante, la deformidad y el caos, son una constante, sobre todo en la serie referida. En el cuento de Shell, asistimos a una descripción totalmente realista de un hombre que sale de una clínica siquiátrica. Mientras camina por las calles nos enteramos de la sórdida relación con su familia, que lo recluyó, contra su voluntad, en ese centro. Con escasas monedas en los bolsillos intenta encontrar un amante a través de una página de contactos virtuales. A pesar de conseguir el encuentro, el hombre es rechazado. Más tarde, cuando aborda un taxi para seguir su vagabundeo, se da cuenta de que ha caído en una trampa que lo regresa, casi al instante, al punto de origen, al encierro en el que sólo se puede caminar en círculos, gritar, gruñir. Tal vez el “portal de las revelaciones” es el pasaje en el que los personajes del libro encuentran un respiro, un vórtice en la realidad por el que entra la ensoñación y la fantasía que no requieren explicaciones. Los personajes del libro son fabulaciones de un hombre encerrado y que tiene, como única opción, imaginar. En “Huida del estudio del Papa Inocencio X”, el personaje, después de ser atrapado, se refugia en un libro de la poeta rusa Anna Ajmátova y deja que el azar guíe su mano para seleccionar una página.

La escritura de Damián Shell parte de la indeterminación. El conjunto de narraciones mezcla, casi todas en la misma medida, ambientes legendarios, futuristas; lo profano que interviene en lo sagrado. Exceptuando pocos textos, podemos ver que el trasfondo  psicológico de los personajes, la continuidad en las acciones, entre otros factores, son desechados. No se busca una verosimilitud sino una verdad sentida, no razonada. Imagino que Damián Shell olvida que está escribiendo un cuento y enfrenta el texto como una superficie sin más límite que la extensión y la vocación de narrar algo, contar dejándose llevar por el tono de lo que escribe y no por los significados que puede construir. Por esta razón, lejos de de plantear cabos sueltos que se resuelvan al final de la trama, la aproximación es a través de atmósferas y zonas ambiguas.

Uno de los aspectos del libro que no cumplen del todo y que, quizás, con más distancia, evolucionen en el estilo del autor, es el uso de la adjetivación. Damián Shell plantea paisajes de ensoñación, surrealismo contrapunteado por algunas dosis de realidad cotidiana. Sin embargo, la necesidad de llevar la imagen a un territorio aún más etéreo, inalcanzable, vuelve a algunas frases demasiado abstractas. Es como si el autor desconfiara de su lenguaje y volviera, una y otra vez, a añadirle un peso extra para lograr el efecto deseado. No hay que olvidar que, en ocasiones, escribir la palabra desnuda puede tener más fuerza que rodearla, casi por inercia, de calificativos que pueden ser innecesarios. A pesar de estos escollos que aparecen salpicados entre los cuentos, El portal de las revelaciones demuestra, una vez más, que el género no está agotado y que, al contrario, hay autores que tienen interés en romper las fronteras, comprometerse con la construcción de un estilo sin fijarse demasiado en la literatura que hacen sus contemporáneos o los temas que dominan las listas de los más vendidos.

 

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