el pez

El pez no teme ahogarse, de Luis Vicente de Aguinaga | Felipe Vázquez

El diálogo diacrónico de los poemas

 

Luis Vicente de Aguinaga, El pez no teme ahogarse. Lecturas de poesía mexicana Arlequín, Guadalajara:, 2014, 144 pp.

 

Poesía y crítica fueron un binomio indisoluble en los poetas modernos. El poeta no podía ser moderno si no era, al mismo tiempo, crítico. En el ocaso del discurso estético de la modernidad, la poesía crítica y el poeta crítico han estado en continua retirada, pero quizá esos atributos de la modernidad literaria perduren de manera definitiva en la práctica poética, pues los poetas del siglo XXI no pueden omitirlos a riesgo de proponer una poesía sin capacidad profética, es decir, una poesía sin capacidad para inscribirse en su tiempo, sin fuerza para decir algo que sólo puede decir el poema, sin la tensión necesaria para articular ese más allá verbal que anida en todo poema verdadero; y —por otra parte— a riesgo de proponer una crítica incapaz de evaluar los atributos de un poema e incapaz de señalar dónde está la poesía.

Escribo este deslinde a propósito del libro de crítica El pez no teme ahogarse. Lecturas de poesía mexicana, de Luis Vicente de Aguinaga, donde el autor jalisciense aborda la poesía de Francisco González León, Enrique González Martínez, Ramón López Velarde, Octavio Paz, Juan José Arreola, Eduardo Lizalde, David Huerta, Jorge Esquinca, Raúl Bañuelos, Javier Sicilia, Luis Armenta Malpica, Antonio López Mijares, Víctor Cabrera, Rubén Gil, Claudia Santa Ana y Fernando Carrera, así como algunas reflexiones sobre generaciones literarias y ciertas consideraciones sobre algunas antologías de poesía (se asoma de paso a la intrincada historia de la “guerra de las antologías”). Más que un recorrido por estancias diversas de la poesía mexicana que abarca alrededor de un siglo, el autor de El agua circular, el fuego (1995) establece un tejido sincrónico y diacrónico de relaciones entre la tradición lírica y las obras, entre poetas que coinciden en ciertos puntos aunque sean opuestos en su visión del mundo o en la forma de concebir la forma poética.

El lector de El pez no teme ahogarse —y lo mismo puedo decir de Sabemos del agua por la sed. Puntos de reunión en la poesía latinoamericana y española, otro libro suyo de crítica publicado también en 2014— asiste a la tejedura de una red donde los poemas, incluso distantes entre sí por siglos, dialogan, se responden, se contra-dicen o se carnavalizan: a veces un poema es la respuesta de otro poema, a veces uno es pre-texto del otro, a veces dialogan mediante la figura de un palimpsesto, a veces son ecos que vienen desde el fondo de un laberinto lírico que abarca lenguas, épocas y concepciones estéticas diversas, y a veces el diálogo se abisma en la forma de la sátira o de la ironía. Y aunque De Aguinaga no lo refiere respecto de los poemas que analiza, podríamos agregar a sus reflexiones intertextuales, parafraseando a Borges, que hay poemas que inventan a sus poemas predecesores, hay poemas que inventan una tradición que nadie había descubierto.

Además de este diálogo, el autor de Adolescencia y otras cuentas pendientes (2011) entreteje la crítica como punto decisivo en la continuidad del diálogo lírico: la reseña de un libro de poesía, por ejemplo, puede dar pie —décadas después, en otro país e incluso en otra lengua— a la creación de un poema, a la reformulación de un motivo, de un tópico. Poesía y crítica establecen un espejeo dialéctico, se retroalimentan.

Más allá del trabajo erudito de establecer un entramado de relaciones y de que el levantamiento intertextual incluya recursos como la cita explícita e implícita, la paráfrasis, la parodia, la imitación, la alusión, el plagio, etc., el aporte central de las reflexiones de El pez no teme ahogarse y de Sabemos del agua por la sed radica en el tejido fino, en la observación minuciosa para percibir un diálogo, muy elusivo a veces, entre dos poemas. Es necesario ser un lector sagaz para descubrir una tradición (toda tradición es un diálogo) en una serie de poemas separados por épocas, por idiomas o por ideologías. De Aguinaga lee y escribe crítica desde una posición privilegiada: es poeta, y todo poeta es un lector de múltiples recursos y emplea múltiples recursos para transmitir o sugerir, mediante el discurso crítico, la emoción lírica, el lugar de la poesía.

Si agregamos que De Aguinaga concibe la tradición como una posibilidad de lectura y creación inéditas, pues no concibe la historia de la poesía como un mapa fijo, como un territorio de estratos petrificados, sino como un espacio en continua reconfiguración y resignificación; y en esta perspectiva, concibe el poema —sea cual fuere la época cuyas circunstancias lo hicieran emerger en el tiempo— como un devenir: el poema es siempre el advenimiento de otro poema. A veces da la idea extrema de que un poema es creado por varios poetas a lo largo de siglos o milenios: se necesitan varias vidas para hacer un poema; de esta manera, todo poema es un work in progress: está siempre inacabado y está siempre por ser completado.

¿Cómo lee un poeta a otro poeta? Y aun: ¿cómo lee un poema a otro poema? Y si suponemos la existencia de poemas que son una suerte de rompecabezas que requiere el concurso de varios poetas para completarse, ¿cómo se va configurando la galaxia de un poema que ha requerido la imaginación de varios autores? Éstas son las preguntas centrales que De Aguinaga trata de responder en El pez no teme ahogarse y en Sabemos del agua por la sed. Cualquier crítico académico trataría de responder esas preguntas a partir de las teorías de la recepción (incluida la teoría de la ansiedad de las influencias de Harold Bloom) o a partir de terminologías abstrusas. El autor de Fractura expuesta (2008) tiene la misma actitud que Alfonso Reyes y Antonio Alatorre a la hora de abordar un poema: comentarlo a partir de una lectura razonada, de una erudición conversada, y no a partir de esquemas áridos de interpretación. Los tres comparten el tono de la conversación en sus estudios críticos, la andadura lúdica del ensayo que no desea agotar un tema sino descubrir un horizonte de posibilidades lectoras. Con Alatorre además comparte la disposición a la polémica, al debate sobre temas contemporáneos, ya se trate de la producción poética en el marco de la “industria cultural”, de la guerra de las antologías o sobre postulados equívocos de la literatura actual.

Sobre este último punto cabe destacar el ensayo “Nota sobre la ‘prosa de Guadalajara’”, perteneciente a El pez no teme ahogarse, ejemplo magistral de la argumentación rigurosa, prudente, irónica y sin concesiones. El autor de Reducido a polvo (2004) reflexiona sobre un término de catalogación literaria acuñado por el poeta Mario Bojórquez y luego defendido por Alí Calderón: la “prosa de Guadalajara”, tendencia lírica de un grupo de poetas que, según Bojórquez y Calderón, ha sido más nociva que benéfica para la tradición poética mexicana. De Aguinaga rastrea el origen de ese término, evalúa su calidad teórica, confronta esa teoría con la escritura de los acusados de practicar la “prosa de Guadalajara”, y sus conclusiones son devastadoras: “La ‘prosa de Guadalajara’ es comparable a una proyección psicológica. (…) Bojórquez elabora un adversario hiperbólico para concederse la ocasión de combatirlo: a grandes molinos de viento, grandes quijotes.” Y párrafos adelante concluye: “lo que hacen Bojórquez y Calderón es identificar los rasgos de una posible tendencia y exagerarlos para formar, a su exacta medida, un monstruo que luego tendrán la heroica puntería de liquidar con sus propias manos”.

La erudición conversada, la lectura de alta precisión, la agudeza para dilucidar redes de sentido en las tradiciones literarias, la visión personal y no acartonada (académica) de la poesía, la honradez crítica y la reflexión lúdica son los atributos de El pez no teme ahogarse y de Sabemos del agua por la sed, libros que me han dado, sobre todo este último, una curiosa sensación de felicidad literaria.