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El lenguaje de resistencia de Herta Müller | Por Costica Bradatan

Traducción de Armando Pinto

 

Herta Müller, Cristina and her double: Selected essays, translated from the German by Geoffrey Mulligan, Portobello Books.

El lenguaje es como el aire. Te das cuenta de lo importante que es sólo cuando está corrompido. Entonces te puede matar. Aquellos que trabajan para los regímenes totalitarios lo saben mejor que nadie: entrometerse en el lenguaje pude ser un excelente medio de control político.
Esos regímenes no siempre necesitan encerrar a la gente; en ocasiones es suficiente invadir y ocupar sus mentes a través del lenguaje. En 1984, George Orwell lo explica admirablemente, pero no puedes comprender lo que esta ocupación lingüística significa a menos que tengas la desgracia de ser su víctima. Entonces, una vez que el régimen ha invadido tu lenguaje, comprendes que puede hacer todo lo que quiera contigo. Ya no eres tú, estás secuestrado políticamente. “Puedes abrir y cerrar la boca durante horas, hablar sin decir nada.” Este infortunio pudo haber sido lo que hizo que Herta Müller, a quien acabo de citar, pusiera tanta atención en el lenguaje, en su poder y dimensión política, pero también en su vulnerabilidad. Habiendo nacido y crecido en Rumania bajo el comunismo, la Premio Nobel de literatura 2009 ha estado interesada durante mucho tiempo en la agresión lingüística del totalitarismo. Tal vez por eso le concede al discurso un estatus ontológico especial. En Todo lo que tengo lo llevo conmigo (2009), el lenguaje es algo vivo, una criatura que se mezcla con los demás personajes de la narración. El héroe-narrador nota que el ruso es “un idioma que cogió un resfriado”. Percibe el lenguaje como un matón: “Hay palabras que hacen conmigo lo que quieren.” En Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí mismo (1997), el lenguaje sólo tiene el poder de inducir un cambio en el mundo real: “Algunas cosas se vuelven malas sólo cuando comienzas a hablar de ellas.”
El interés de Müller en la relación del lenguaje y la política no es, sin embargo, llevado hasta sus últimas consecuencias en sus novelas, sino en sus ensayos, como lo muestra su nuevo libro, Cristina and her Double ( Cristina y su maniquí o ¿qué no está disponible en los archivos de la Securitate?) Las piezas de esta colección son profundamente autobiográficas; en este aspecto son ensayos en el auténtico sentido montaignesco de la palabra. “Si mi alma pudiera asentarse, dejaría de probar y decidiríame, pero está siempre aprendiendo y poniéndome a prueba.”** Si pudiera ajustar las cuentas con el pasado, diría Müller, podría escribir sobre otras cosas, pero el pasado sigue obsesionándome a tal grado que me he vuelto un enigma para mí misma. Para seguir adelante necesito volver al pasado.

 

Hertha Muller for FNPI and Ana Marcos

Después de graduarse, Müller fue acosada durante años por la policía secreta rumana, la infame Securitate. Cuando se negó a convertirse en informante, orquestó una campaña contra ella. Fue objeto de interrogaciones arbitrarias, amenazas de muerte, vigilancia y falsos rumores que pretendían desacreditarla, incluido el rumor de que ella era informante. En esencia, esta campaña no era sobre heridas, miembros fracturados, ventanas rotas, sino sobre cosas que no se veían. La violencia del régimen era primordialmente mental, no física. El campo de batalla no era tu cuerpo, sino tu mente y el lenguaje que hablabas; contra tal régimen no te defendías en la calle, sino en tu cabeza. Un gran logro de Müller en este libro, y en otros, es la descripción de la confrontación individual con el sistema totalitario como una lucha sobre las palabras, los discursos (oficiales o disidentes), historias de vidas (grandes o pequeñas), recuentos históricos, metanarrativas, textos de historia y archivos. Pues el totalitarismo es, más que nada, un proyecto lingüístico.
Incluso los episodios más brutales de la confrontación de Müller con la policía secreta están enfocados en el lenguaje. Ella era investigada, para comenzar, porque era sospechosa de haber hecho “pronunciamientos contra el Estado.” En línea con tal acusación, el interrogador no usaría instrumentos de tortura contra ella, sino palabras. “Durante las turbulentas fases del interrogatorio me llamaba mierda, porquería, parásito, perra. Cuando estaba más calmado, puta o enemigo.” En la siguiente etapa llegaban las amenazas de muerte. Pero eso era todavía soportable. “Eran parte de la única forma de vida que uno tiene, ya que no puede tener otra.” Enfrentar amenazas de muerte puede hacerte más fuerte: “Desafías a la muerte en lo profundo de tu alma”, dice Müller. De hecho, una amenaza de muerte es una forma de reconocimiento: eres tratado como un enemigo, reconocido como alguien a quien el régimen tiene que tomar en cuenta. Son peores las calumnias que el régimen fabrica y circula para aniquilarte socialmente. Como Müller descubre, “la calumnia te roba el alma. Estás completamente cercado”. Esta táctica no te ofrece ningún rasgo de reconocimiento: eres tratado como algo despreciable, como basura.
Esas campañas de calumnias pueden hacer que la policía secreta en los regímenes totalitarios parezcan talleres literarios. Pues lo que hacen es crear personajes; inventan gente y la sueltan en el mundo. Cuando, años después del colapso, Müller logra tener acceso a su archivo secreto de la policía, descubre que en los archivos no sólo era una, sino dos personas distintas. “Una era llamada Cristina, enemiga del Estado, a quien había que tener en cuenta.” Excepto por el nombre, este personaje le era familiar, una versión de ella reconstruida por los espías y amanuenses del régimen. El segundo personaje era pura ficción. Para comprometer al real, la policía secreta creó una falsa Müller, un “doble” de Cristina. Este producto literario tenía todos los ingredientes que podían ser más dañinos para mí: “endurecida comunista, agente implacable, miembro del partido”. Trabajar para el Partido –o para su “Escudo y Espada,” como la policía secreta era cariñosamente llamada— era visto con frecuencia como un trabajo sucio que podía privarte de tu respetabilidad social. Evidentemente, el núcleo del Partido sabía esto mejor que nadie.

Herta-Muller, premio nobel

Aunque sostenían ser formas puramente racionales de organización política –“socialismo científico” era el término empleado en la Unión Soviética y el Bloque de Europa del Este– los sistemas totalitarios a menudo recurren a presunciones irracionales. Una de ellas es la creencia en el poder mágico del lenguaje para cambiar las cosas. En las culturas primitivas, por ejemplo, la gente creía provocar algo mediante el simple hecho de nombrarlo, así como podías cambiar algo renombrándolo. El mundo era un lugar encantado para esta gente; puedes actuar sobre él y dominarlo mediante conjuros, cantos y sortilegios.
El comunismo totalitario operaba con creencias similares. Cuando el primer libro de Müller fue publicado en Rumania, los censores eliminaron, entre otras cosas, la palabra “maleta” dondequiera que aparecía. “Maleta” no parece una palabra con connotaciones políticas. Pero en ese tiempo, a principios de los años ochenta, la minoría alemana estaba abandonando Rumania en masa y el régimen quería mantener el silencio sobre ese hecho. En la mente de los censores, si decías “maleta”, querías decir “empacar”, lo que significaba “partir”, “partir para siempre”, lo cual implicaba que el país no era el paraíso que nadie abandonaría por su propia voluntad. La suposición irracional era que si la palabra maleta no era mencionada, la gente no pensaría en emigrar. Como en el pensamiento mágico, lo que no es mencionado no existe.
Ésta era la situación no sólo en Rumania, sino en los estados socialistas en general. Alemania del Este le proporciona a Müller divertidos ejemplos –“palabras-monstruos”, las llama, que se vuelven involuntariamente cómicas”. Por ejemplo, como parte del plan para borrar la religión del discurso público, los ingenieros lingüísticos del país renombraron a los tres ángeles de la Navidad “criaturas aladas de fin de año”. De forma similar, se pensaba que el lenguaje y la imaginería de la muerte minaban el sentimiento de felicidad interminable que sin duda los ciudadanos experimentaban en la RDA. Algo tenía que hacerse. En lugar de féretro, los oficiales propusieron “mueble de tierra.” Y la oficina encargada de organizar las celebraciones y funerales de las vacas gordas del Partido fue renombrado “Departamento de Júbilo y aflicción”, que suena bastante, si no es que deliberadamente, poético.
Detrás de todos estos esfuerzos se hallaba la creencia de que el lenguaje podía cambiar el mundo real. Si los términos religiosos eran eliminados del lenguaje, la gente cesaría de tener sentimientos religiosos; si el vocabulario de la muerte era adecuadamente reconstruido, el pueblo dejaría de tener miedo a la muerte. Podemos sonreír ahora, pero a largo plazo esas políticas produjeron un cambio, si bien no el pretendido. El cambio no fue en las actitudes del pueblo hacia la muerte o el más allá, sino en su habilidad de hallarle sentido a lo que estaba sucediendo. Puesto que el lenguaje juega un importante papel en la construcción del yo, cuando el Estado te somete a constantes actos de agresión lingüística, ya sea que te des cuenta o no, el sentimiento de quién eres y tu lugar en el mundo son seriamente afectados. Tu lenguaje no es sólo algo que usas, sino una parte esencial de lo que eres. Por esta razón cualquier disrupción política en el modo en que el lenguaje es normalmente usado puede a largo plazo lisiarte mental, social y existencialmente. Cuando eres incapaz de pensar con claridad dejas de actuar coherentemente. Dicho resultado es precisamente lo que el sistema totalitario quiere: una población perpetuamente atrapada en un estado de parálisis cívica.
¿Qué puede hacer un escritor ante tales circunstancias? Puede crear un espacio en el lenguaje que el régimen no pueda invadir u ocupar. Si el poder del sistema procede de su habilidad para afectar la mente de la gente por medio del lenguaje, cualquier resistencia debe proceder también del lenguaje. El régimen puede usar el pensamiento mágico para sus propios propósitos, pero el escritor oponérsele mediante un encantamiento de su parte. El estilo de Müller es descrito frecuentemente como realismo mágico. En el pueblo descrito en su primer libro, En tierras bajas (1982), la gente llama a las cosas usando un lenguaje propio. Tomamos conocimiento del “alcalde, llamado juez en el pueblo”, de “los alcohólicos, llamados borrachos en el pueblo,” y de los “no alcohólicos y no fumadores débiles mentales, que son llamados respetables en el pueblo”, de la peluquería, que es llamada salón del barbero” y de la tienda cooperativa, que es llamada emporio en el pueblo”. El pueblo tiene una vida que puede ser captada sólo si empleamos el lenguaje apropiado.
En el invierno, las plantas que sufrieron las heladas son llamadas en el pueblo congeladas a muerte; en la primavera, las que sufrieron la excesiva humedad, podridas a muerte; en el verano, por el calor, quemadas a muerte.
El lenguaje de este lejano lugar no ha sido afectado por alguna intromisión política; el habla oficial no puede entrar al pueblo. Esta autonomía, que habría sido llamada libertad lingüística en el pueblo, le ofrece a Müller un atisbo de esperanza: en su obra, el escritor puede imitar a los pueblerinos y preservar un cierto grado de independencia de las presiones del sistema. Es escritura como autodefensa. Puede no ser mucho, pero algunas veces es suficiente para hacer tu vida y, las vidas de otros, vivible.

Müller nació y creció en un pueblo germanoparlante. Aprendió rumano cuando tenía catorce años, después de que se mudó a la ciudad más cercana, Timişoara. Al principio no fue fácil. Los rumanos, dice, “me trataban como dinero de bolsillo. Apenas había escogido algo en la tienda cuando mi dinero ya era insuficiente para pagarlo”. Cualquier cosa que quería decir “tenía que ser pagada con las palabras correspondientes y había muchas que yo no conocía, y las pocas que conocía no se me ocurrían a tiempo”. Conforme se volvió fluida en rumano, Müller desarrolló por él ese hechizado, incondicional amor del que los no nativos a veces son capaces cuando descubren un nuevo lenguaje. Desde entonces, su pasión por el rumano moldeó su formación como escritora. Aunque no lo emplea con propósitos literarios, “me acompaña siempre cuando escribo pues forma parte de mi propia visión”.
El rumano es una lengua romance, pero continuamente toma prestado de otras: eslava antigua, turca, húngara y alemana, para nombrar unas cuantas. El resultado es un lenguaje multiestratificado, en el que el hablante puede emplear diferentes estratos del vocabulario para que su frase parezca al mismo tiempo seria e irónica, amistosa y amenazante, burlona y sincera. El filósofo E. M. Cioran podía embriagarse con la salvaje belleza de esta lengua; ella tenía, dijo, “un genio bárbaro”. Lo que la adolescente Müller experimentó en Timişoara fue una gradual seducción con la nueva lengua, ciñendo su mente más y más. El rumano era “sensual, desvergonzado y sorprendentemente bello”.
Si la adolescente Müller fue hechizada por la impar, bárbara belleza del rumano, la escritora adulta se ve impresionada por su política implícita. Descubre su “temeraria imaginería” y nota cómo sus palabras irrelevantes ocultan una “inefable postura política.” Es una postura de sobrevivencia entre desastres históricos recurrentes –invasiones, ocupaciones extranjeras, dictaduras–. La vida es demasiado corta y los desastres demasiado grandes para enfrentarlos heroicamente, pero reírse de ellos, idear un buen chiste político, puede equivaler a una actitud política. El régimen comunista se filtró en el país junto con los tanques rusos al final de la Segunda Guerra Mundial. Los rumanos no se rebelaron, pero llamaban a las cucarachas “rusos” y desarrollaron una industria de chistes políticos en la que la Unión Soviética figuraba prominentemente. En cierta forma eso los ayudó a sobrevivir, si bien precariamente. Por medio del lenguaje, los rumanos avanzaron de puntillas por la historia.
De particular interés para Müller es la inagotable capacidad de esta lengua para generar maldiciones. Se deleita al estudiar la amplia variedad de maldiciones rumanas, el mecanismo mediante el cual son producidas y las actitudes políticas que encarnan. Como en la mayor parte de las lenguas, la imaginería sexual juega un papel importante. En rumano, señala, “cuando la gente está enojada dice que te la metan por las orejas, la nariz, la cabeza”. Cuando alguien “interfiere en lo que no le incumbe, los rumanos dicen: que la tristeza te la meta.” Lo que sobre todo fascina a Müller es el lado inofensivo, amable de todo el proceso. Las maldiciones rumanas pueden ser una forma de convivencia: en una reunión de la compañía, una mujer furiosa dijo, “¿Qué demonios quieren, cojones?” Cuando la mujer se calmó, se disculpó por haber dicho ‘demonios’. La gente en la sala se rio. La mujer, ofendida, preguntó: “De qué coños se ríen?”
Müller se siente cautivada; no se cansa de esta fiesta lingüística. La forma en que los rumanos juran puede dar cabida a elementos opuestos –mezclar vulgaridad y belleza y navegar entre ofensa y amabilidad– gana su admiración incondicional: “Siempre he envidiado esta lengua por su vitalidad”, dice. Ciertamente, las maldiciones rumanas resultan adictivas. Cuando Müller dejó el país, se las ingenió para pasarlas de contrabando junto con las pocas pertenencias que le permitieron llevar consigo: “Incluso ahora, cuando maldigo, hablo rumano pues el alemán no tiene maldiciones tan pintorescas. Todas las palabras existen en alemán, pero no están a la altura.” Del mismo modo, Cioran, tiempo después de haberse mudado a Francia y adoptado la lengua del país, recurría al rumano para maldecir. El francés no lo ayudaba en esa tarea a pesar de que se había convertido en un muy buen escritor en esa lengua.

herta muller
Pero hay una desventaja en todo ese maldecir, y no sólo es la ofensa que puede causar a los más sensibles. El problema se haya en la complacencia que genera. “Es por eso que la gente en esta dictadura no se rebela”, dice Müller. La gente maldice al gobierno, al Partido, a la Securitate, al municipio, a los malos caminos y a la policía de tránsito, maldice a los rusos y a los norteamericanos. Y luego siente que ha hecho suficiente política por ese día y es hora de seguir adelante. Cuando maldecir se convierte en un arte tan elaborado, la postura política que presupone se agota en su misma ejecución, y no queda mucho para alimentar la protesta real.
En la Rumania de los años ochenta, durante la fase más opresiva del régimen de Ceausescu, se rumoraba que los chistes políticos que brotaban como hongos en esos días eran creados y diseminados por la policía secreta como una forma de aliviar la tensión social. Un buen chiste, como una buena maldición, le podía dar a la gente una sensación de satisfacción como para hacerla sentir que había hecho su parte de resistencia. Ése era el rumor, pero tal vez incluso este rumor era fabricado en los laboratorios de la policía secreta, ya que, de nuevo, el totalitarismo es un proyecto lingüístico.
Cuando Müller recuperó su archivo policiaco, descubrió no sólo que los agentes habían forjado un”doble” para ella, sino también el fascinante objeto que su trabajo literario había sido para ellos. Sin duda, esa gente tenía pasión por la literatura: su archivo tenía casi mil hojas de extensión. Al mismo tiempo, antes de que Müller ganara el Premio Nobel, ella no tenía ningún interés para el establecimiento literario rumano. En una imponente “historia crítica de la literatura rumana”, publicada en 2008, su nombre ni siquiera es mencionado. ¿Qué clase de lugar es este en el que la policía secreta se entusiasma con una futura Nobel, mientras los académicos literarios la ignoran? Ésa es la Europa del centroeste, en el que el absurdo nace y florece, y en el cual figuras como Cioran, Franz Kafka, Eugene Ionesco, Milan Kundera y Jaroslav Hašek encuentran una inagotable inspiración. Un lugar en el que casi nada parece suceder en la vida real, mientras mucho pasa en literatura y en la mente de las personas.
Es el mismo lugar en el que la gente ha sobrevivido durante siglos por medio de las maldiciones ingeniosas y el arte del chiste político. Ha hecho chistes, comprado tiempo y practicado la paciencia. Chistes como este, que recuerdo de un distante pasado. Un francés, un alemán y un ruso están hablando del coche que manejan. “Bueno, dice el francés, cuando nos trasladamos dentro del país, usamos nuestro Renault; en el extranjero, llevamos nuestro Peugeot.” “Nosotros hacemos algo similar, dice el alemán: en el país manejamos el Volkswagen, pero cuando salimos usamos el Mercedes.” El ruso se mantiene silencioso, haciendo que los otros se sientan más y más curiosos. “Cuando estamos en Rusia, nosotros manejamos nuestro Lada. En el exterior siempre llevamos nuestros tanques.”
*Publicado originalmente en Boston Review, del 8 de marzo de 2014. Se publica con la autorización del autor.
** De la traducción de Ma. Dolores Picazo y Almudena Montejo.