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El lay de Aristóteles

El poema Le lai d’Aristote ha sido atribuido de manera tradicional al trovador normando Henri d’Andeli, activo entre 1220 y 1240 (aunque en los últimos años esta atribución ha sido refutada y se ha propuesto la autoría de Henri d’Valenciennes, que nació hacia 1170 y murió hacia 1230). El poema medieval fue escrito en franco-picardo; y a partir de una leyenda antigua adaptada a los usos del amor cortés, presenta la derrota de la virtud y la sabiduría a manos del amor. Aunque hace unas décadas se publicó una traducción en prosa, Auieo Ediciones ahora lo publica en una lujosa edición bilingüe, traducido al español por vez primera en verso, y acompañado del poema en prosa “El lay de Aristóteles” de Juan José Arreola. Cabe aclarar que José Luis Rivas optó por traducirlo en verso blanco (pues trasvasar la métrica y la rima habría presentado dificultades insuperables), y sin duda eso ha permitido que su versión sea muy fluida. Sin embargo, no dejo de señalar que Rivas creó una versión óptima, pues fusionó variantes de diversos manuscritos (me refiero a las fijaciones del texto propuestas por los editores filológicos del poema) e hizo un poema ideal. Por ello, el lector curioso observará que no hay correspondencia rigurosa entre la versión francesa y la traducción al español. Quizás hubiera sido prudente una nota filológica donde Rivas expusiera su postura frente al texto, así los lectores no buscaríamos en el texto francés pasajes que sólo están en el texto del traductor. Aún así, la lectura del poema se sostiene sin las precisiones filológicas que añoramos los conjurados de las ediciones críticas.

Sigmund Méndez escribe que la palabra lai es un “posible empréstito de una voz céltica, correspondiente del irlandés laid”, que significa “canto de pájaros, canción, poema”, y agrega: “El lai se cultivó entre los siglos xii y xiv; en su origen, en su más amplio sentido de ‘canción’, la palabra ha designado un poema narrativo octosilábico, relativamente breve, en rimas pareadas, vehículo de leyendas bretonas, de atmósfera fantástica y temática erótico-cortesana, que con el tiempo derivó en otras expresiones, como el lai lírico, y cuya taxonomía se confunde de varias maneras con la del muy próximo fabliau.”

La última observación de Méndez se refiere a que algunos filólogos han catalogado el poema no como lai sino como fabliau e incluso como dit. Ahora bien, Le lai d’Aristote tiene tres personajes: Aristóteles, Alejandro Magno y la dueña de Alejandro (es decir, su novia). Luego de una introducción donde el autor justifica su poema —una justificación moral y poética, eco del dulce et utile horaciano—, la trama comienza cuando Alejandro se aparta de sus deberes de hombre de Estado y pasa todo el tiempo con su dama, pues:

 

Amor cuando se apropia

de alguno lo encarcela sin que suelte una queja;

y domina lo mismo al rey más poderoso

que al más pobre vasallo de Champaña o de Francia.

¡Así de absoluto es su señorío!

 

Los rumores corren por la corte hasta que llegan a oídos de Aristóteles, maestro y mentor de Alejandro. El filósofo decide resolver la situación, reprende al rey macedonio, lo conmina a alejarse de su mujer y retomar los asuntos del Estado. Alejandro se distancia con pesar. Otro día su dueña le reclama ese distanciamiento, Alejandro le afirma su “designio de ser cortés amante” y confiesa que su maestro lo ha convencido de los peligros de Amor. Ella le insinúa un plan para vengarse del filósofo y le pide que a cierta hora “No dejéis de estar a la ventana / de esta torre, que el resto corre ya de mi cuenta”. A la mañana siguiente ella va al vergel y canta y se pasea “distraídamente” y recoge flores. El anciano Aristóteles la escucha y la mira desde su estudio, queda perturbado ante la aparición de la hermosa joven, cierra sus libros, se siente arrebatado por la pasión amorosa y duda de los laboriosos estudios de toda su vida:

 

Ahora desaprendo para bien aprender

Amor, que a tantos sabios ha prendado.

He ya desaprendido aprendiendo conforme

Amor me va prendiendo. Y viendo que no puedo

privarme de él, que pase lo que debe pasar.

Venga Amor a alojarse… ¡que venga a mí!

 

(El curioso lector podrá verificar el feliz juego de palabras que José Luis Rivas logra reproducir en español.) Aristóteles toma del talle a la dama —que viste un manto de seda color índigo y lleva suelta la rubia y larga cabellera— y le declara sus deseos amorosos. Ella aprovecha la locura pasional del anciano y le pide un deseo a cambio de sus favores:

 

me ha venido el antojo de cabalgar un poco

sobre vos por la yerba de este huerto

y quisiera poneros en la espalda

una silla jineta para ir con gran porte.

 

El filósofo se deja ensillar y camina a cuatro patas con la dama a cuestas, en esta situación “se da cuenta a las claras de que es muy bruto y necio”. Alejandro ve la escena, se divierte de “aquel que siendo la suma cordura / no pudo nada contra el loco Amor”, y cuestiona a su maestro. Aristóteles, con un argumento más sofista que moral, sale bien librado de la humillación, pues le dice que si él —hombre viejo y sabio— no ha podido oponerse a la tiranía y los peligros de Amor, Alejandro menos, pues Amor es más poderoso cuando se prende de un espíritu joven. El poema concluye con una suerte de moraleja virgiliana: “Amor todo lo vence y lo seguirá haciendo / mientras dure este mundo.”

Le lai d’Aristote se basa, como dije, en el tópico del sabio vencido por el amor, pero con esta característica: el sabio es rebajado a la condición de cabalgadura (equus eroticus). Sigmund Méndez lo resume así: “El eje temático del Lai es el dominio invencible de Eros, el viejo omnia vincit Amor virgiliano (Ecloga X, 69)”. En la Edad Media, Aristóteles simbolizaba las altas virtudes morales e intelectuales, tanto para los escolares como para los eclesiásticos, pero con la invención de la erótica provenzal y su parafernalia literaria, ritual y musical, la razón aristotélica y el amor cortés quedaron enfrentados y en lucha. Uno de estos combates se desarrolló en el espacio de la poesía. Le lai d’Aristote muestra, más allá de ridiculizar la figura del sabio, que la razón carece de fuerza ante los designios totalitarios de la pasión amorosa.

Ahora bien, cuando Le lai d’Aristote ingresa al campo gravitacional de la confabulación arreoliana, da pie a un breve e intenso poema en prosa. Arreola publica en 1950 una plaquette titulada Cuentos, donde incluye un texto titulado “El lai de Aristóteles”, poema en prosa que retoma el argumento del texto atribuido a Henri d‘Andeli. Arreola tenía el hábito de titular sus textos (hipertextos) de manera idéntica que el texto que lo había inspirado (hipotexto); sucedió con “El himen en México”, basado en un tratado médico-legista de Francisco A. Flores; con La hora de todos, que remite a la novela satírica de Quevedo; con “Calenda maya”, primer verso del poema “Kalenda maia / ni fueills de faia / ni chans d’auzell ni flors de glaia” del trovador provenzal Raimbaut de Vaqueiras; también con “La canción de Peronelle” que se basa en la obra Le voir dit (Una historia real, circa 1362-1365) del clérigo, poeta y compositor Guillaume de Machaut, que narra (en clave autobiográfica, aunque hay críticos que consideran que se trata de autobiografía ficticia) sus amores con la joven Péronne d’Armentières; etcétera, pero más que la recreación de un texto original, Arreola logró transmutar la materia literaria y nos dio casi siempre textos perfectos habitados por la ironía y la belleza. Y esto sucedió con “El lay de Aristóteles”.

Fiel a su costumbre de hacer literatura a partir de la literatura, Arreola da un giro metaliterario a su “versión” del poema medieval: Alejandro no aparece en escena, la dama es sustituida por la musa Armonía que danza en el prado, frente a la ventana del viejo Aristóteles. Éste no puede concentrarse en sus papeles y sale al jardín: “La musa Armonía danza frente a él, haciendo y deshaciendo su friso inacabable, su laberinto de formas fugitivas donde la razón humana se extravía. De pronto, con agilidad imprevista, Aristóteles se echa en pos de la mujer, que huye, casi alada, y se pierde en el boscaje.”

El filósofo regresa humillado a su celda y en venganza “decide escribir un tratado que destruya la danza de Armonía, descomponiéndola en todas sus actitudes y en todos sus ritmos”. Redacta, pues, “su obra maestra, el tratado De Armonia, que ardió en la hoguera de Omar”, es decir, en la destrucción de la biblioteca de Alejandría. A diferencia de las históricas Poética y Retórica, al Aristóteles arreoliano se le impone la escritura de la ficticia De armonía en verso. Al final, el equus eroticus que aparece en el poema medieval es sustituido por el asinus poeticus. Citaré el último párrafo de Arreola: “Pero una noche Aristóteles soñó que caminaba en la hierba a cuatro pies, bajo la primavera griega, y que la musa cabalgaba sobre él. Y al día siguiente escribió al comienzo de su manuscrito estas palabras: Mis versos son torpes y desgarbados como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía.”

Esta suerte de alquimia metaliteraria alcanza una tensión poética llena de ironía, belleza y melancolía. Además el poema de Arreola parece estar labrado en una materia dorada y sonora. El lector debería hacer el experimento de leerlo en voz alta para que descubra sus propiedades rítmicas, plásticas y sonoras. Es sin duda un gran homenaje al autor del texto original. Si el poema medieval presenta a la razón vencida por el amor, el poema arreoliano presenta a la razón vencida por la poesía. En realidad dos caras de la misma moneda. Arreola no exageraba, sin duda, cuando se hacía llamar el Último Juglar, y aunque hay mucho de juglaresco en su vida y en sus temas literarios, en realidad sus textos oscilan entre el trobar clus y el trobar ric, basta revisarlos para comprobar la influencia definitiva de la literatura y la erótica trovadoresca.

Me parece un acierto publicar en un volumen Le lai d’Aristote, la traducción en verso hecha por el poeta José Luis Rivas, y el poema en prosa de Arreola. Además de aderezar la edición con cinco grabados alusivos a la tradición del equus eroticus. No obstante que es una edición concebida como un libro de arte, me hubiera gustado que incluyera el estudio comparado que Sigmund Méndez escribió sobre ambos poemas: “La transfiguración de un relato medieval: ‘El lay de Aristóteles’ de Juan José Arreola”, publicado en la Nueva Revista de Filología Hispánica (tomo LVII, 2009, núm. 2). Ya sé que eso habría sido prosaico en una edición artística, pero quizá con la debida disposición tipográfica no habría desentonado ni hubiera hecho mal tercio con los poemas, pues el ensayo de Méndez es inteligente, erudito, y habría arrojado cierta luz hacia los claroscuros de un poema escrito hace cerca de ocho siglos.

Henri d’Andeli / Juan José Arreola, El lay de Aristóteles, Auieo Ediciones, México, 2011, 73 p. + 5 de ilustraciones.

Texto publicado en la edición 150 de Crítica


Escrito por Felipe Vázquez