el idioma materno

El idioma materno de Fabio Morábito | Por Eduardo Sabugal

Tras las huellas de Fabio Morábito

Fabio Morábito, El idioma materno, Sexto Piso, México, 2014, 180 p.

No hay pues poemas truncos. En cambio, toda la prosa, en un sentido, es inconclusa.
F.Morábito.

Para Fabio Morábito un poeta es alguien que escucha, calibra y fracasa. Escribir poemas es como abrir furtivamente, pacientemente, todo tipo de cerraduras. Y escribir cuentos es como pedir permiso para seguir escribiendo, es decir, seguir viviendo. El trabajo del escritor, para Morábito, es el de alguien que en la madrugada, cuando todos duermen, asecha, roba y protege. Escribir es una empresa desesperada por llenar una carencia, un vacío dejado por la huida o la muerte de Dios. Una empresa pánica, como buscar el mar en todas partes. Pero esta fuga pánica que defiende Morábito es para huir de la referencialidad, la mentira de la equivalencia y de la semejanza, pues parece estar siempre en contra de la tiranía del concepto y estar más del lado de la producción de sentido (como en Gilles Deleuze). Dicho en otras palabras, no está del lado de los significados, fijos como en un diccionario, sino del devenir, del transcurrir, del puro movimiento. Por eso El idioma materno puede ser leído como un diario de viaje, una bitácora existencial, por la escritura de los otros y la propia, por las geografías y las edades añoradas, pero no para decir lo que las cosas y los seres son o fueron, sino para intentar descifrar un proceso, un trabajo mediante el cual las cosas devienen y se metamorfosean en las manos de Cronos. El placer de la lectura de este libro radica en lo que resuena entre viñeta y viñeta, aquello que el lector tiene que ir reconstruyendo entre los múltiples vestigios que Morábito va dejando como huellas en su camino. La brevedad de los textos esconde un gigantismo de referencias que, como en un eco, se van repitiendo y amplificando conforme avanzamos en su lectura. Intertextualidad que redimensiona el viaje de un escritor que trabaja cada pequeño texto como una pieza de relojería.
Si la tarea del que escribe, su situación misma de aislamiento, es vista como la de un tartamudo, un loco, un vicioso ensimismado, un submarinista o un inválido, la escritura es entonces un acto de venganza, la del último hablante. Y su venganza es igual de pánica (búsqueda del dios Pan), igual de grande que el aislamiento en el que se encuentra. Como sucede en el lapso espacio-temporal de la siesta y la masturbación, en donde uno se entrega a lo dionisiaco. Pero la figura del hombre que se aísla para escribir no deja de tener algo ridículo, como los personajes de Dostoievski que son ridículos a fuerza de estar aislados, y entonces la producción que se genera a partir de ese patetismo del aislamiento es una literatura dialógica de náufragos entre otros náufragos. La bitácora de viaje de Morábito se nos presenta como un recorrido lingüístico, idiomático, cuando en realidad es el dibujo mitológico, el trazo vital, de un náufrago entre otros náufragos.
La lentitud de Psique y Eros recuerda que es mediante una gesticulación amorosa y lenta como se construye una obra. El alma de una persona (y en especial la de un artista que se rastrea y se registra históricamente) se construye con gestos, por eso los historiadores del arte prefieren hablar del gesto de Duchamp y no de la obra de Duchamp. Al sugerir que nuestro reconocimiento es gestual, Morábito redefine los viejos términos de estilo o sello. Lo que otros autores llaman estilo, él lo ve como un conjunto de gestos repetidos, concatenados, inscritos en el tiempo y que van definiendo un semblante. Todos nuestros pasos terminarían por dibujar nuestro rostro, como aquel hombre descrito en el “Epílogo” a El hacedor de Borges, que se propone dibujar el mundo y al final “descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. Es ahí, en la definición y configuración de un semblante mediante todos sus gestos acumulados, donde Morábito localiza la lengua materna, la verdadera, la primera, una suerte de lengua primigenia, que él identifica con la poesía. En ese sentido, Víctor Toledo también se ha referido a una lengua de Adán y Eva en su Poética de la sincronicidad.
Esta colección de breves textos memoriosos, que van rindiendo tributos, aventurando máximas y principios, repasando lecturas añoradas y al mismo tiempo autobiografiando, lleva por título El idioma materno, porque para Morábito ese idioma es como un murmullo cerca del fuego, y un libro es justamente algo que rompe un cerco pero al mismo tiempo nace de él. Ésa es la visión del lenguaje que subyace en todo el libro, un cerco que hay que romper pero que paradójicamente es gracias a él como podemos expresar y realizar esa ruptura. Todo escritor escribe en una lengua extranjera, lejos de la materna y del llanto, por eso todo escritor traiciona de alguna manera al mundo. Hay que traicionar la lengua materna para hablar (escribir) en el verdadero idioma materno. Morábito parece suscribir y subrayar el epígrafe de Proust extraído de Contre Saint-Beuve con el que Gilles Deleuze abre Crítica y clínica: “Los libros hermosos están escritos en una especie de lengua extranjera.”
Por otro lado, escribir no sólo es traicionar sino seguir un trazo, unas huellas, como Pulgarcito y como Teseo, a riesgo siempre de que esas huellas nos dejen perdidos, meditando en el naufragio o en el aislamiento total, no en la soledad de la isla de Robinson Crusoe sino en la isla de Filoctetes, un paréntesis espiritual y no un test tecnológico. El Filoctetes de Sófocles, con su herida en el pie, su cueva y su isla, representa en el imaginario de Morábito la figura del héroe-viajante que fracasa y hace de ese fracaso su misión. Por eso en casi todas las viñetas de este libro encontramos una fascinación por el trazar, por el surcar, por el viajar. Trazar es viajar, por eso el objeto fetiche es la Samsonite, maletas que recuerdan el estado siempre migratorio, errante, como los nombres propios en Kafka.
Como contrapunto al tema del viaje (que en el fondo es el del trazo y el gesto), el otro gran tema de El idioma materno es el vacío. Algo que el escritor egipcio relaciona con el efecto Nautilus, pues el alto vacío en el que se hallan los escritores tiene que ver con ese doble vidrio de las ventanas que hay en los submarinos y que garantizan el amurallamiento hermético, la separación perfecta del mundo durante la travesía. Ambos temas, el viaje y el vacío, se enlazan sutilmente conforme avanzamos en la lectura de cada viñeta, todas de la misma extensión y similares estructuralmente, que bajo el disfraz de una engañosa y delgada dermis anecdótica se hallan reflexiones largamente añejadas en torno al quehacer del escritor y del lector. Se dejan ver los esbozos de una poética o una declaración de principios de un escritor maduro, sin duda con un semblante ya bien definido por el paso del tiempo y las geografías. El viaje y el vacío se conectan en el miedo, en la arriesgada osadía de abandonarse por completo al sueño, a la altura, a la caída. Escribir es transitar por el acotamiento, al borde.
En “El justificante perfecto” Morábito sostiene que “escritor es aquel que se enfrenta al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás sencillamente redactan”. El escritor deambula apenas con la inicial de su apellido y con la Samsonite en una mano, siempre con el riesgo de no encontrar una estación fija, un destino, y fracasar. Siempre en la periferia y no en el centro de un yo “auténtico y profundo”. Si recuperásemos realmente el idioma materno, seríamos no sólo antisocráticos sino además anticartesianos. Aunque la metáfora de la escritura como viaje no es novedosa, pues hay que rastrearla hasta el destino homérico, Morábito la vuelve corpórea. Cuando habla sobre la puntuación (aprender a poner comas por ejemplo), afirma que un estilo te cambia la vida. Porque para él la sintaxis respirada no es un asunto de técnica sino de definición de la identidad. Por eso es mucho más loable y ejemplar la transformación de Filoctetes que la que opera en Robinson Crusoe. Esa intención de corporeizar los textos además de resumirse en la idea de la construcción del semblante, mediante la repetición de gestos, también se encuentra en la máxima de que hay que escribir con sangre fría y con un nudo en el estómago. Sólo así, dice Morábito, deben escribirse los cuentos más difíciles: aquéllos con los que se pide permiso para seguir escribiendo y seguir vivos.

 

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