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El apocalipsis (todo incluido), de Juan Villoro | Eduardo Sabugal

El Apocalipsis según Villoro

 

Juan Villoro, El apocalipsis (todo incluido), Almadía, México, 2014, 221 p.

 

El terreno donde mejor se mueve y ha movido Juan Villoro es la crónica. En los ocho cuentos que forman su caleidoscópica visión del Apocalipsis persiste esa vocación de cronista con mucho más intensidad que la de cuentista. Villoro no construye cuentos de forma convencional, su prosa avanza respondiendo obstinadamente las preguntas periodísticas del quién, cómo, cuándo y dónde. Parece elaborar los cuentos con tres constantes. En primer lugar, una atención en los detalles, propia de un director de arte, como si estuviera construyendo con minucia un ambiente, una serie de decorados que responden a una determinada atmósfera, alguna emoción, una geografía, una época, y cuida en sus cuentos los decorados escenográficos, de utilería y vestuario. Muestra de ello es “Forward Kioto” (que parece un homenaje al Lost in translation, de Coppola), que consigue una asombrosa ambientación fotográfica desde el mundo hípster del df hasta el lejano Japón.

En segundo lugar, hay un eje conceptual claro que deja ver hasta cierto punto los hilos con los que armó cada uno de esos cuentos. Transparentar, así, la columna vertebral de cada cuento parecería un error o un equívoco en un escritor tan experimentado como Villoro, pero en su caso parece un efecto y no un defecto. Tal es el caso de “Los sucesores”, donde el tema del futbol, la homosexualidad inconfesa, la volátil noción de honor, los secretos de familia, y la historia de España y México antes y después de la Guerra Civil española, así como las referencias a Guillermo del Toro, son sólo primeros planos que esconden el verdadero tema central, la infancia perdida, la inocencia perdida, tema central que aborda también en “El día en que fui normal”.

En tercer y último lugar, en los cuentos de Villoro hay una ansiedad por lo que comúnmente se ha llamado “vuelta de tuerca”, esos twists dramáticos que rayan en lo inverosímil pero que, de no estar ahí, los cuentos se volverían llanos, planicies aburridas. Los personajes y el propio autor parecen convencidos de que cualquier cambio drástico mejorará su situación. Como recompensa al correr el riesgo de acercarse a la inverosimilitud con esos cambios drásticos, Villoro logra el efecto de la sorpresa, bordeando siempre lo lúdico porque los cuentos en su pluma parecen siempre un juguete, un artefacto divertido. Por triste, cruel, trágica o melancólica que sea la historia que contienen, los cuentos siempre son motivo de desenfado, de risa socarrona o de sonrisa irónica, como cuando uno es víctima de una buena mala broma. Así, en “Confianza”, el tema no es el adulterio, ni el erotismo de amantes emergentes y fortuitos, ni el peso de los nombres o lo sórdido de la pornografía infantil o el asesinato, sino el tema de lo anormal, aquello que esta fuera de la estadística. Todas las falsas pistas que mediante las vueltas de tuerca se van revelando en el cuento, y que se convierten en falsos temas, sólo son eslabones en una cadena de significación que, vista panorámicamente, tiene que ver en realidad con la aporía de lo normal. Así también en “Yo soy Fontanarrosa”, el futbol, las situaciones en extremo absurdas que van cambiando el destino del personaje de forma inesperada, los policías como personajes pintorescos a la vez repulsivos y divertidos, sólo esconden el tema medular del cuento, la rencilla y venganza literaria entre dos escritores, uno exitoso y otro en desgracia, y que pertenecen a mundos paralelos pero antagónicos, tema que repetirá en “La jaula del mundo” donde la conversión, la enfermedad de Remi como metáfora de la revelación, el mundillo del teatro, la crítica del pri, enmascaran en realidad el antagonismo que hay entre dos artistas, uno que encarna la figura de la eterna “joven promesa” fracasada y la figura del farsante exitoso, representado por Ocaranza, antiguo actor cocainómano. Gemelos enemigos y complementarios, la versión de Cástor y Pólux que Villoro actualiza en un decorado de falsedad perfecto, la boda de un político.

 

Juan Villoro | Fotografía: unoaxaca.mx

Juan Villoro | Fotografía: unoaxaca.mx

Además de esos tres elementos estratégicos, en el libro hay dos temas que van entretejiendo y supeditando los múltiples subtemas, el pasado versus presente y la dimensión desconocida. En “El día en que fui normal”, la infancia recordada desemboca admirablemente en el tema del doble y en el de la ciudad inhabitable, inabarcable, justo esa zona desconocida mitad trampa y mitad rito de paso. La dimensión desconocida, en términos temporales y no espaciales, parece ser en Villoro el Apocalipsis. No es casual que el autor haya escogido el Apocalipsis no sólo como tema en uno de los cuentos, sino también como concepto para darle título a la antología. El escritor que narra en este libro, a través de diversos narradores, recorre un camino lúdico y sinuoso que exige que sus lectores se diviertan como él en ese recorrido errático. De alguna manera, es la forma que tiene Villoro de decir optimistamente su pesimismo: la idea de que México es un país donde el presente intenta arruinar en vano el pasado, y en donde la simulación, el excesivo teatro de la farsa, alcanza no sólo a la vida política del país sino a la misma idea de Apocalipsis. Juguetonamente, Villoro describe un país donde, como dice en “La jaula del mundo”, “La Revolución había ocurrido para convertirse en museo y el teatro para justificar a un político”. En “El Apocalipsis (Todo incluido)” un hombre, que en lugar de descubrir ruinas las encarna, es un impostor más en plena edad del peldaño, que imparte tenebrosas conferencias sobre el Apocalipsis maya, que enamora y embaraza a Montse Llovet, una catalana desempleada de 27 años. Los efectos del “Stilnox”, la ceremonia de la farsa del último turista de una zona arqueológica, el show del desastre, son los accesorios que rodean al tema posmoderno de lo post-apocalíptico; la ridiculización del papel que juegan los apocalípticos e integrados, el fin de los grandes relatos, la cultura del espectáculo y la cancelación del señuelo hegeliano del fin de la historia. La construcción de los personajes y la estructura de los cuentos parecen en Villoro semejantes a la mente maya, ordenada en ciclos, donde las etapas no marcan un fin definitivo sino que abren nuevos ciclos.

Aunque el libro es fresco y seduce por la prosa rápida y sencilla, encuentro dos debilidades: la primera es el uso del lugar común (“la vida es un enigma” y frases por el estilo) y la sintaxis predecible que no sabemos si se debe a una inteligente ironía deconstructora del autor o a un descuido producto de la excesiva confianza en el estilo o en el rápido avance narrativo de la historia. En lugar de usar la fragmentación de rompecabezas, la estrategia de montaje tipo tarot, con el poder de la síntesis y el símbolo, como lo hace el remitente anónimo de emails con fotografías de Graciela Iturbide, en “Forward> Kioto”, Villoro prefiere lo exhaustivo del cronista que todo lo ve y todo lo quiere contar. Tal energía narrativa, sin embargo, induce al descuido. A veces ese descuido le hace a Villoro caer en zonas pantanosas como la caricatura, los clichés televisivos respecto a la relación de pareja, los géneros y las nacionalidades, e incluso en la banalidad ofensiva, por ejemplo aquel pasaje del cuento que le da título a todo el libro en donde equipara la homosexualidad, la drogadicción, la fe en el matrimonio y las conversiones religiosas con la impostura. La otra debilidad es el componente kitsch, la buscada disolución de la alta cultura en la baja cultura, las referencias “cultas” mezcladas con la cultura popular. La mención forzada de marcas, personajes famosos o de la élite cultural mexicana, palabras “obscenas” o “vulgares”, así como el uso de la tecnología de moda (MacBook, YouTube, blogs, iphone, Facebook, etc.) conviviendo con citas históricas y antropológicas, le dan al libro un aire pop y kitsch, como por ejemplo la alusión cuasi-homenaje, en “La jaula del mundo”, al artista gráfico Sergio Hernández y sus óleos, grabados y dibujos, a partir de una lectura libre del Popol Vuh, donde supuestamente hay una reelaboración de los pasajes de la historia maya-quiché.

El único cuento corto de este libro es “El mal fotógrafo” y, paradójicamente, es el mejor, comparado al cuantioso y cansado ejercicio textual que implican los otros siete. El poder de la síntesis, la cualidad fotográfica de la eternidad en un instante, se respira en ese recuerdo que un personaje tiene de su padre, o mejor dicho, de las fotografías que sacó su padre. Profundo, con hermosas imágenes, este cuento desentona del resto justo como un separador en medio de un libro, una flor seca, una postal, acaso una fotografía de infancia que Villoro cuela por ahí para releer los otros siete con óptica renovada.

A los personajes de estos cuentos lo único que les queda es el pasado, para revisarlo, para evadirlo, para recomponerlo, para vengarse de él. Quizás en eso radica su falso Apocalipsis: en carecer de presente y de presencia real, porque para ellos el pasado es insulso pero fuertemente determinante (como Xibalbá, el mundo de los muertos) mientras que el presente es artificioso y volátil. Se evoca constantemente una época anterior al Internet, cuando el pasado podía borrarse. En esa nostalgia por el pasado, parece encontrarse también la veta y el espíritu de un escritor de literatura infantil, de los cuales Villoro nunca parece alejarse, de tal forma que ese pasado perdido, la infancia, reaparece como un mundo fascinante, de peligrosas aventuras, digno de Indiana Jones.

 

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  • Alfonso Forssell

    Buena reseña, aunque merece un comentario espejo. Como reflejo de las dos debilidades que encuentras en los textos de Villoro, encuentro dos en el tuyo.

    Delatas su uso de lugares comunes mientras te sirves del lugar común sobre Villoro por excelencia: que la crónica encumbra su obra. Segundo, tu crítica es inteligente y bien escrita, pero condimentarla con líneas (muy buena selección, por cierto) extraídas directamente del libro, sin uso de comillas, revela incertidumbre y afecta la compostura del resto de la crítica.

    (Bonus: un tanto jocosamente y continuando el juego de reflejos, tu crítica retoma la actitud del escritor pambolero que admite haber hecho una crítica severa y caprichosa en contra de Fontanarrosa, y así pasar por escritor fino)

    ¿Desconcierto ante lo kitsch y la alta cultura en una misma página? Es como si no hubieras leído la literatura de los últimos 30 años, compa. Y tampoco es que Villoro abuse; lo emplea con el talante de quien sabe de lo que habla.