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El agua que mece el silencio, de Rose Mary Salum | Alejandro Badillo

Un mundo imaginario

 

Rose Mary Salum, El agua que mece el silencio, Vaso Roto Ediciones, México, 2015, 82 p.

 

A pesar de la gran variedad de tendencias temáticas y estilos, el cuento actual parece completamente alejado de las fórmulas clásicas. Aquellas estructuras unidireccionales, enemigas del equívoco o la ambigüedad, practicadas por Saki, O’Henry, Edmundo Valadés, entre tantos otros, fueron abandonadas conforme el siglo xx fue explorando nuevos territorios. Me gusta pensar que un buen cuento comienza con una importante dosis de incertidumbre porque hay muchas formas de enfocar la narración de una historia breve. ¿Cómo escribir un cuento que conecte con el lector si la tensión no se obtiene de una encrucijada? La respuesta viene, de la misma forma, de varios autores significativos del siglo xx: la creación de atmósferas, el tono lírico que lleva al cuento a los límites con la poesía, la narración expositiva que disfraza a la ficción de ensayo, entre muchas otras.

El agua me mece el silencio, libro de cuentos de Rose Mary Salum, se inscribe en las reuniones de cuentos que se alejan de los moldes antiguos. La autora muestra, en cada una de sus historias, que la anécdota puede existir, aunque se dosifique en cada una de las páginas; también muestra que el cuento aún puede contar algo a pesar de la incertidumbre. La famosa consigna de Julio Cortázar, que refiere que el cuento gana por nocaut y la novela por puntos, no se puede aplicar a los relatos de El agua que mece el silencio. Una de las razones es que la autora prefiere la línea de una historia coral en la que no hay independencia sino una interacción constante de personajes y escenarios. Cada cuento conecta con el otro no de una manera lineal sino entretejiendo historias paralelas y universos posibles. Por lo tanto, hay una intención clara de que cada texto tenga un impulso adicional apoyándose en el resto, como las ruedas dentadas de un engranaje cuyo funcionamiento sólo puede advertirse en conjunto. Esto no es algo novedoso: de hecho, hay una tendencia a escribir libros de cuentos con un claro hilo conductor. Quizá la necesidad de acercarse a un lector acostumbrado a novelas ha hecho que los cuentistas presenten sus libros como organismos que poseen vasos comunicantes.

Los dos primeros cuentos del volumen funcionan como una especie de resumen de las intenciones de la autora. “El agua que mece el silencio” se cuenta a través de la perspectiva, en primera persona, de un niño. El personaje escucha que su padre habla por teléfono. Acto seguido ocurre, como en una avalancha, una serie de actos apresurados: alguien corre, se acelera el tiempo, las voces suenan estridentes y alarmadas. Alguien pregunta por un niño llamado Ismael. Casi como un detalle, una reacción intempestiva que no tiene continuidad, el padre habla sobre bombas y refiere la necesidad de huir a Siria. A partir de ahí el niño sufrirá una transformación mental y física. Se aisla de los hechos mientras, a su alrededor, llegan breves fogonazos que reiteran la caída de las bombas y la necesidad de alejarse de las ventanas. El niño se interna en un mundo líquido, una burbuja que lo contiene, literalmente, como una pecera a un pez. Sin embargo el agua no le otorga libertad sino, al contrario: lo limita. El niño, contando en todo momento la forma en que el ambiente lo trasciende, termina desorientado, escuchando un nombre que no es el suyo. En el segundo cuento, muy breve, “Alguien me llama”, nos enteramos de la historia de Ismael, el amigo cuya búsqueda nerviosa, en medio de la violencia, perturba a los personajes. Aquí el mundo onírico del niño se introduce desde las primeras líneas: Ismael sueña que está en un barco e, inmediatamente después, el mar se estremece por una tormenta y los relámpagos simbolizan la llegada de las bombas. El texto, más cercano a una viñeta que a un cuento con un desarrollo más complejo, vuelve a aferrarse al equívoco del sueño y a los símbolos que aprovechan las claves dejadas cuando nos encontramos al personaje por primera vez.

El tercer cuento, “Tuberías”, más extenso que los anteriores, vuelve sobre la voz infantil. En esta historia el niño es testigo de un control policial que registra a la madre de Alberto, un amigo. La autora vuelve al recurso de la fantasía que metamorfosea a agresores y a víctimas. El niño, además de refugiarse en el pasado ––en este caso un viaje a la playa con Alberto––, registra cada uno de los movimientos del policía como si fueran los de una serpiente. Después de este sondeo del pasado, sensorial y detallista, el niño se concentra en la acción que transcurre frente a sus ojos: el policía le pregunta si es musulmán; unos segundos más tarde, con la visión del hombre convertido en serpiente, el niño parece unirse en una extraña simbiosis al agresor. El tiempo se detiene y la fantasía llega a tanto que todos los personajes de la historia se convierten en un solo ente que desciende y se introduce en la tierra. Ahí acaba el cuento.

Otro texto, “Horizontal”, se mueve en un tono lírico. La viñeta juega con el nombre de una joven y el deseo urgente y un tanto frustado de alguien que la corteja, quizás el mismo personaje prototípico que hemos leído en los cuentos anteriores. Usando como base la repetición y la sucesión ágil de varias escenas, cual si fueran imágenes iluminadas brevemente por la luz de un flash, la prosa busca sumergirnos en una experiencia sensorial, cercana por el ritmo y las imágenes a la poesía. Un cambio en el tono general del libro es el cuento “La tía”. La historia abandona el punto de vista infantil y opta por un narrador omnisciente. El cuento apuesta por un recorrido más largo en el que caben vistazos al pasado de Zeina, una mujer cuya vida dio un giro al ser herida por una bala que se alojó en su cabeza. A partir de ese momento ella ingresa al territorio de la locura. Este cuento, más ambicioso, no sólo recrea los hechos importantes de la vida de Zeina sino que aborda la reacción de la familia ante su muerte. La mirada de la autora se permite, en esta ocasión, construir una pequeña biografía e intenta un acercamiento más objetivo a hechos que, narrados desde el punto de vista de un niño, carecerían de un tratamiento más amplio. La vida de Zeina sirve para mostrar pequeños vistazos de la historia convulsa de Medio Oriente y sus millones de vidas marcadas, a través del tiempo, por la huida y la derrota.

Al terminar el libro nos damos cuenta de que hay otros intereses aparejados en las historias: el despertar sexual, el amor filial, el descubrimiento de un mundo a veces agreste, el persistente fantasma de la guerra. Casi como una constante aparece el mundo de la ensoñación infantil o adolescente. Ante la irrupción de la violencia, el personaje-niño cierra los ojos y contempla cómo ocurren diversas metamorfosis que lo involucran no sólo a él sino también a los extraños. Cuando la amenaza se cierne, la fantasía la mueve a unos límites que, sin ser menos atribulados, lo llevan a una zona que le es más familiar.

Uno de los aspectos interesantes de la literatura radica en cómo las intenciones del autor no siempre se cumplen a cabalidad cuando su obra llega a los lectores. Rose Mary Salum menciona en algunas entrevistas que el principal interés de El agua que mece el silencio es reflejar el crisol de creencias en Medio Oriente, principalmente en el Líbano, y explorar la violencia que experimenta un niño en medio de la barbarie. Me parece que el objetivo se cumple a medias por las decisiones que se tomaron al momento de elegir el punto de vista y la atmósfera de los cuentos. Uno de los aspectos que más se sacrifican cuando se elige un narrador-niño es que su visión es limitada, ya que la interpretación nunca podrá explorar desde la argumentación o la historia. Por eso queda, casi como único recurso, el ámbito sensorial y lo fantástico. Creo que la voz infantil es mejor aprovechada cuando el peso del contexto no es demasiado importante o se usa la imaginación de un niño para crear alegorías que trasciendan su conocimiento del mundo. Este tipo de personajes se refugian en la imaginación que los aparta, intuitivamente, de las tragedias que marcan a las personas que lo rodean y el país en el que viven. Por eso se echa mano, como herrramienta vital, de la intuición y lo onírico. Por otra parte, en los textos que no son dominados por la voz infantil, se evita redondear el contexto, como si la autora deliberadamente privilegiara un tono más lírico y ambiguo. No hay fechas ni lugares concretos. Esta renuncia actúa en contra de las motivaciones que dieron origen al libro y hace que el dilema de los personajes opaque las escenas convulsas que interfieren con su existencia. El agua que mece el silencio impone su ritmo, deja pocas oportunidades para que aparezcan las relaciones entre la violencia en Medio Oriente, principalmente en la guerra civil del Líbano, y las vidas de las generaciones marcadas por la guerra. Quizás, en una nueva visita a este mundo, se complete el círculo.

 

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