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Diarios 1945-1985, de Salvador Elizondo | Gabriel Wolfson

Vida con mi escritor

 

Salvador Elizondo, Diarios 1945-1985 (prólogo, selección y notas de Paulina Lavista), fce, México, 2015, 339 p.

 

“Fui mujer de Salvador Elizondo durante 37 años, tres meses y 29 días”: esto es lo primero que leemos en este voluminoso tomo donde el Fondo de Cultura vuelve a hacer una labor editorial decente: frase categórica según quien la mire, y más si la complementamos con una de la página siguiente: “Me convertí pues en la mujer del escritor, mi admiración y amor profundo por él me llevaron a reflexionar sobre muchas cosas. Me preguntaba yo cómo debía ser la mujer de un escritor, cómo procurarle paz y aislamiento, indispensables para la creación de su obra, en realidad de dos obras, la de él y la mía propia porque yo debía ser una artista digna de él”. Me decidí a leer los Diarios de Elizondo por dos razones: primero, porque últimamente me atrae la escritura biográfica, las memorias, las vidas de los otros, los epistolarios, los chismes; segundo, porque quería resolver de una vez si Elizondo me importaba o no, dado que tras la lectura deslumbrada de Farabeuf y Teoría del infierno hace veinte años cada nuevo libro suyo me fue dejando más indiferente. Pero este libro –lleno de fotografías a menudo más interesantes que los textos, donde, para mi gusto, emerge un Elizondo más entrañable que en su escritura: Elizondo bailando seguramente una rumbita, haciendo una mueca siqueiriana, atrás de una cámara de cine, frente a la sede del Partido Comunista Francés, de bigotito corto, de gabardina larga, jugando con sus hijos, leyendo, con máscara de luchador, con un perico, modoso, despeinado, fumando, bebiendo– poco pudo para satisfacer mis dos razones. Básicamente porque, pese a todas las evidencias en contra, no es un libro de Salvador Elizondo.

No cabe duda, y estos Diarios lo confirman: Elizondo era un grafómano (en su caso, y aunque el drae no lo permita, parece quedar mejor la voz grafomaníaco): alguien entregado a la escritura aunque no tuviera nada de qué escribir, una especie de José García, el personaje de El libro vacío, pero sin su inseguridad y más bien confiado en su talento, en su capacidad lúdica; al menos, en su capacidad para volcarse al interminable encadenamiento de frases, con las cuales llenó monstruosas cantidades de libretas (porque claro, como grafómano clásico y pintor en su juventud, escribía, bocetaba y rayoneaba a mano y, me imagino, rendía tributo a la religión de las papelerías: libretas favoritas, plumas especiales, obsesiva desorganización del escritorio, rituales de escritura: “La diversidad del color de sus lomos [de las libretas, escribe Elizondo en una de esas libretas] da cuenta cabal de una manía por no sintetizar en un todo armónico la vasta gama de esas insinceridades”). Como un On Kawara del altiplano, aunque sin el gesto conceptual, logró al final disolver la transitividad de su diaria tarea escritural hasta perder de vista, atinada y milagrosamente, que el ejercicio no conducía a nada.

Ahora bien, ¿qué hacer con esos desquiciantes montones de libretas? Y antes que eso, la decisión más difícil: ¿hacer algo o no? ¿Hacer algo sólo porque su autor fue un escritor, alguien socialmente reconocido como tal? ¿Hacer algo por pensar que hay en ellas material que muchos lectores disfrutarían? ¿Hacer algo cuando el autor, en su delirio grafómano, distinguía no obstante su escritura con fines exteriores, públicos, de la mucho más ingente escritura de su ritual cotidiano? De esa primera decisión, sin embargo, aquí no queda margen para que nos concierna. Pero una vez tomada, había que decidir cómo ofrecer el material de estas libretas: ¿todo, a riesgo de agotar el presupuesto del Fondo? ¿Qué partes? ¿Sólo las entradas del diario de ciertos años, una muestra representativa de distintas épocas? ¿Qué haría representativos ciertos párrafos y otros no? Para bien o para mal, Paulina Lavista, viuda de Elizondo, decidió intervenir muy fuertemente en esta labor editorial. Para empezar, como vimos, con un sustancioso prólogo que podemos juzgar de varias maneras, como un texto candoroso y desesperante (definirse a sí misma sólo en función de ser la mujer de Elizondo, mostrar sin sonrojos su fanatismo por el genio en pantuflas que tenía al lado), o como una escritura generosa justo por su falta de protagonismo y por su malicia para hacer ver entre líneas la conducta sentimental de toda una época (de ahí el “yo debía ser una artista digna de él”: ¿se oculta algo en ese tiempo verbal, algo como una mínima ironía sobre esas expectativas naturales, tan dominantes que ella misma las asumió? ¿Habla, pues, en ese debía ser la tranquila rebeldía frente al machismo progre de nuestros grandes escritores de la segunda mitad del siglo xx?); pero que, a final de cuentas, resulta un texto más personal que muchas, muchísimas páginas de estos Diarios, la breve puesta al desnudo de Paulina Lavista, una completa declaración de amor o devoción (no tanto por decirlo, que sí, sino sobre todo expuesta en su decisión: “dedicar el resto de lo que el destino me depare de vida a cuidar, clasificar y difundir la obra de mi esposo, lo que considero es mi obligación”) y al mismo tiempo una oblicua pintura de época, una época, como decíamos, de “grandes obras” y de “artistas”, una época donde ser “escritor” suponía más incertidumbres prácticas –es decir, menos becas– pero más seguridad existencial en la definición unívoca de eso, del “ser escritor” (concepto tan contundente que puede acarrearle a otros la sincera asunción de algo como una obligación ética frente a la “obra”).

Pero además del prólogo, Paulina Lavista se encargó propiamente de concebir este libro. Lo que leemos no son los diarios de Elizondo sino una selección, una lectura de ese diario, acaso muy buena lectura, pero que, por principio de cuentas, lima las impurezas propias del género, su desorganización, su carácter improvisado. En estos Diarios tenemos, como dije, muestras representativas. ¿De qué? Fundamentalmente, de la diversidad de intereses de su autor, ésa es la lectura de Lavista, el corte que realiza a las decenas de libretas: a través de ellas debe verse un artista total, entregado a sus obsesiones retóricas lo mismo que a sus grandes lecturas, capaz de escribir en esas libretas ensayos pulidos que luego entregaría o no para su publicación lo mismo que insensatas frases sueltas, noticias banales de la vida literaria lo mismo que “fragmentos en los que se filtran los ecos de la historia”, como los caracteriza la editora. Incluso nos topamos con un “Diccionario”, armado con “distintas entradas de los cuadernos”, procedimiento con el que también se conforma una “Minimalia”, conjunto de previsibles aforismos elizondianos. Podemos agradecer, me parece, esta decisión, por cuanto supone no haber pensado en armar nuevos libros de Elizondo, espulgadas sus libretas para juntar cincuenta páginas de aforismos u ocurrencias; pero no habría de pasarse por alto que estos Diarios son la mirada panorámica de Paulina Lavista, su entera perspectiva, un libro más bien suyo, como aquel de Bárbara Jacobs sobre Monterroso, Vida con mi amigo. Y no porque, como ella misma lo sugiere, haya eliminado pasajes demasiado personales, cosa entendible y justificable, sino porque terminó restando a los diarios su forma, ese carácter intempestivo, inconveniente, falto de unidad, dueño de un sentido que sólo puede otorgarse a posteriori. Aquí, en cambio, el sentido está dado desde el principio, en el prólogo y en los resúmenes que anteceden a cada capítulo: ahí está la historia, parecen decirnos, ahí el relato de una vida –o de dos, más bien–; lo que sigue, las páginas de Elizondo, son sólo ejemplos que confirman esa historia, que la ilustran. Casi una biografía de Elizondo escrita por su viuda.

Y con todo, pese a las sustracciones y acomodos, pese a que de Elizondo queda un retrato de diseño, una panorámica para dar cuenta de la multiplicidad de sus intereses y la voracidad de su escritura, queda también una gran estampa, la pintura de un tiempo cercano y que sin embargo, por su cerrazón, su tonalidad de cosa acabada, luce, me parece, lejanísimo. Como se trataba de ofrecer el retrato completo de un escritor, por fuerza también se brinda el marco de sentido para esa efigie, el contexto bajo el que esa definición de escritor y la ciega confianza en que esa idea de escritor era deseable y posible cobraron fluida existencia. Porque ésta es, pese a todo, una de las potencias mayores de los diarios, su cualidad de testimonio inconsciente, de ineluctable registro de una cultura –y una barbarie, claro–: donde el diarista cree estar dejando un apunte de lucidez extraordinaria el lector futuro podrá desviar la vista de una simpleza, un tópico de la época, mientras que acaso se detendrá a husmear ahí donde el diarista describía aburrido un gesto coyuntural, ahí donde el superyó y hasta el ello se habían ido a dormir.

Un ejemplo un poco abusivo: ahí donde Elizondo registra una manía de alguien que solía acompañar sus párrafos de dibujitos, “Siempre acabo haciendo un retrato de Valéry”, yo leo una opaca generalización de sus diarios. Porque aquí tenemos eso, la imagen amplia de Elizondo, desde su infancia tímida y presuntuosa hasta la semivejez donde relee por enésima vez a Joyce. Una imagen que a mí se me presenta como la de un clásico prematuro. Existe, no cabe duda, un Elizondo heterodoxo, sede de fantasías perversas, con ganas de escandalizar, fuera de lugar y gustoso de estarlo, encantado con viejas cámaras o instrumental médico, artífice de S.Nob, un cruce entre Joseph Cornell y un personaje wesandersoniano, lépero y borracho, categórico y aficionado de minucias, precursor de la selfie estrambótica, dandi, impulsor de la Escriotística (“Técnica mágica de desciframiento de las huellas del escroto impresas en una tarjeta de visita”). Pero existe también otro Elizondo, que en los Diarios termina imponiéndose: el que acaso escribió Farabeuf aún flirteando con la pintura y el cine –al menos– y que después, no obstante, muy pronto se asumió ya plenamente como escritor y, sobre todo, como un escritor clásico. ¿Qué significa eso, el clasicismo, en el caso de un lector de Joyce, Mallarmé, Pound? Que los leyó sin polémica, sin partidismos (o con uno solo: el del cosmopolitismo frente al nacionalismo obligatorio de su época, motivo, por cierto, recurrente en el libro, el de la “asfixia” que siente Elizondo por vivir en México: “Lo último que haré en esta mierda de país. A como dé lugar el año que entra me tengo que ir de aquí”); que los leyó cuando ya no suponían una audacia, cuando ya habían sido asimilados a la más estricta y central tradición literaria moderna. Que los leyó, en suma, sin que su lectura implicara ningún problema frente a la lectura de Reyes o Valéry, a quienes podía ubicar en el mismo lugar que a aquellos tres, un no lugar, un espacio naturalizado, libre de agonismos: el espacio de la excelsitud literaria.

El clasicismo en Elizondo se termina de revelar para mí en estos Diarios como decisivo, un carácter que, insisto, podría sonar exagerado o absurdo asignado al espíritu diletante que escribió Farabeuf. Pero es que su clasicismo no consistía tanto en cierto corpus de lecturas –aunque también: ahí están Dante, Trayectoria de Goethe o su Mallarmé clasicista– sino en un modo de leer y un modo de entender la literatura y entenderse como escritor (“I am very tired of my life as a professional man of letters”, escribe a fines del 83). Más allá de las dudas vocacionales de la juventud, el estatuto de escritor parece no representarle a Elizondo ningún problema, no le acarrea ninguna duda: ahí están los premios, las reseñas y el “espaldarazo” de Paz para confirmarlo socialmente como tal; ahí un campo literario muy pronto conquistado –justamente con Farabeuf– dentro del cual, en vez de peleas o riesgos, aparecerá cada vez más la erudición, el alto saber clásico; ahí una desconfianza frente al lenguaje que, sin embargo, se manifiesta más como una desconfianza dicha que como una latente angustia históricamente situada –esto es, como un tópico literario moderno–; y ahí, para colmo, la perfecta vida literaria a la mexicana lista para habitarla, aun con el dandismo y las excentricidades de Elizondo (“No fui a la junta de Vuelta. Me aburre soberanamente”), vida literaria donde, por cierto, se transparenta el enorme peso ornamental que el Estado priista concedía a los escritores, en un momento en que en general aún había un solo poder político y había también una única clase letrada más o menos compacta, homogénea, de fácil identificación (desde nuestra actual ingenuidad de provincias no puede uno dejar de asombrarse con esos contactos directos: con el hecho de que en octubre del 72 le hablaran a Elizondo del pri para pedirle hacer “una crónica del congreso del partido” y sobre todo con que Elizondo no pudiera simplemente decirles “número equivocado” y en cambio tuviera que hablarle a Paz para pedirle su opinión al respecto; con la llamada de la Secretaría de Gobernación para imponer a Montes de Oca en el programa de televisión con Borges, Arreola y Elizondo; o con una cena de junio del 81 en casa de Paz, con León-Portilla, Rossi, Krauze, Solana y el presidente López Portillo: “Octavio y Solana habían bajado a recibirlo en la puerta del edificio. Al poco rato regresaron de tal manera que cuando entró el Presidente no había nadie que nos presentara. A mí me saludó primero con un gesto de que ya me conocía. Después seguían su secretario particular, un tal Casillas, que no descubrió la pólvora como veremos un poco más adelante, y el general Godínez, Huitzilopochtli redivivo, también en uniforme de verano con botines de charol, personaje muy interesante. Finalmente entraron Solana –que me presentó al Presidente–, Octavio –que nos volvió a presentar–, Marie Jo –que también nos presentó”).

Y hay un último elemento que termina de dibujar el clasicismo de Elizondo y a mí me invita a alejarme de él: la recurrencia de su tío Enrique González Martínez, una presencia cardinal para la poética elizondiana, y un escritor a quien conozco y a quien no detesto –mucho menos por su participación en el huertismo– pero sí considero decisivo en la conformación de una poética mexicana justamente clasicista, restrictiva e inútil. Antes de cumplir 40 años, Elizondo, que había comenzado aborreciendo El deslinde, proclama que Reyes y González Martínez son “los más universales de nuestros autores. La poesía en castellano del siglo xx se ha hecho, con excepción de Juan Ramón (Cernuda, sí), en México”, y después enlista su particular canon –mismo que se vería confirmado en su Museo poético, un mamotreto conservador que sinceramente no entiendo por qué ha merecido tanto reconocimiento–: Ortiz de Montellano, González Rojo, “algunos sonetos de Placencia y de Pagaza”, algo de Ponce, Concha Urquiza y Cuesta. ¿De verdad? Ya no nos detengamos en esa curiosa necesidad de concebir la universalidad como parámetro de excelencia o interés –o mejor, en ese dar por hecho esa entelequia–, sólo preguntémonos qué poesía leyó Elizondo, o más bien cómo la leyó, puesto que Torres Bodet le parecerá “un poeta de refinadísima sensibilidad” y puesto que, como si no lo supiéramos ya pero estos Diarios confirman, fueron Elizondo y su generación quienes consolidaron, al punto de la petrificación, de lo indiscutible bajo ninguna circunstancia, la idea de que Muerte sin fin más ciertos poemas de Paz –“Piedra de Sol” y “El cántaro roto”, sobre todo– eran el paradigma absoluto de la poesía mexicana. Quizás el problema no fue tanto el de los títulos que eligieron, sino el de la fe en la perfección, frente a la cual ya no quedaba nada que decir.

 

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