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Despertar con alacranes de Javier Caravantes

Las puertas clausuradas

Nuestro estilo de vida parece construido sobre la mitificacion de la juventud: buscamos extenderla por todos los medios posibles: rutinas de ejercicios, cremas, dietas, vestimenta, complementos alimenticios, aparatos para reducir tallas y pesos. Le atribuimos, incluso, el arrojo, la claridad y la voluntad suficientes para emprender las transformaciones sociales que los adultos y ancianos son ya incapaces de realizar. Depositamos en esta etapa nuestras esperanzas de cambio social, de lograr un “orden más justo” y vemos con esperanza acciones emprendidas por jóvenes que parecen apuntar en esa dirección.

Javier Caravantes (Atlixco, 1985) parece ir a contrapelo de estas nociones, a juzgar por las 12 historias contenidas en Despertar con alacranes, protagonizadas todas ellas por adolescentes o niños que comparten una profunda soledad así como una imposibilidad absoluta de vincularse con los adultos.

A semejanza de los personajes trágicos, los protagonistas de estas historias parecen sujetos a un destino que los rebasa, frente al cual sus elecciones no representan salvación alguna. Al igual que aquellos, los jóvenes de Despertar con alacranes no tienen oportunidades: sus decisiones, cualesquiera que éstas sean, no podrán modificar el resultado.

Pero, a diferencia de los héroes trágicos, en cuyo final existe al menos un atisbo de grandeza, para los personajes de Caravantes esta posibilidad está bloqueada de antemano. Sólo encuentran el mismo aislamiento, violencia o soledad que ya padecían al principio.

“San Cristóbal”, el relato que abre esta colección, es buena muestra de ello. El protagonista es arrancado de su entorno por la decisión paterna de huir de sus acreedores en Guatemala y atravesar México con la intención de llegar a los Estados Unidos, donde según el padre les espera el paraíso.

Lo relevante del cuento no radica en las circunstancias por las que atraviesan sus personajes —viajar hacinados dentro de un camión, ser expuestos a asaltos, violaciones o a ser asesinados, recibir ayuda dentro de un refugio, etc.— sino en el conflicto entre los proyectos del padre y los deseos del hijo, quien intenta convencerlo de detener el viaje y establecerse en México con ayuda del sacerdote que dirige el refugio para migrantes donde se detienen un par de días.

Este mismo conflicto entre lo deseado y lo alcanzable —que en el mejor de los casos sigue siendo sólo esperanza o vacío, o un regreso al punto de partida—, es la constante en Despertar con alacranes, como si la intención del libro fuera recordar al lector que los sueños no pueden atravesar la barrera que los separa del mundo real, que ninguna de nuestras acciones será nunca suficiente para alcanzar el paraíso anhelado.

Tal vez por ello, el protagonista de “Las armas” ve frustradas sus intenciones de escapar al destino violento que se forjó en Atlixco, de donde es enviado hacia la casa del padre con la intención de cambiar. Y el personaje se esfuerza en lograrlo: “esperaba ansioso las clases, los trabajos y los exámenes: las buenas calificaciones. Por fin olvidarme de lo que había hecho. Cambiar. Demostrar que podía ser una buena persona”. Pero el entorno —nuevamente el entorno— le es adverso. A semejanza del protagonista de Los olvidados, de Luis Buñuel, a quien el destino aparta de sus buenas intenciones, en el caso de “Las armas” también se conjugan una serie de incidentes que parecen indicar que, por más fuerte que sea nuestra voluntad, no hay posibilidad alguna de transformación.

Entonces la ensoñación aparece como uno de los pocos refugios alcanzables, pero siempre insuficiente. “La oportunidad” muestra esta completa sujeción de los personajes de Caravantes a un entorno regido por los otros, los adultos, a cuyas necesidades deben responder quienes aún no alcanzan la edad suficiente para tomar sus propias decisiones.

Santiago anhela convertirse en futbolista: desde su ventana ve y escucha a los demás niños enfrascados, cada tarde, en partidos a los cuales no puede asistir. La madre, actriz frustrada, espera con ansias una oportunidad para que el hijo triunfe en donde ella no pudo y, con ello, cambie la fortuna familiar. Cuando la oportunidad aparece, a través del aviso sobre un casting para un comercial, todos los empeños familiares —incluso la búsqueda de un trabajo por parte del padre, desempleado— se enfocan en tratar de darle la mejor imagen posible a Santiago para que consiga el papel.

Así, el cuento se desarrolla a lo largo de una tortuosa sesión de peinado durante la cual los padres desgranan penurias y esperanzas, mientras el hijo —de quien penden ahora todos los proyectos familiares, mismos que a él le resultan ajenos— se refugia en partidos de futbol imaginarios.

“Un lugar propio” comparte este mismo recurso. Un relato breve donde el protagonista se ve obligado a vivir en un pequeño departamento infestado de cucarachas, las cuales parecen perseguirlo, a juzgar por lo que él mismo cuenta, desde la casa paterna. Los anhelos siempre aplazados de contar con una vivienda propia, sin cucarachas, salen a relucir cuando recibe la noticia de que su vecina, Lucero, quien le subalquila la señal de internet, se muda “a un departamento grande”. Caravantes juega, en este relato, con un paralelismo referente al cambio: para saldar una deuda con Lucero, el protagonista dispone sólo de un billete roto. Durante el resto del día, busca afanosamente deshacerse de ese billete, cambiarlo. Pero la imposibilidad de lograrlo parece anticipar que, para el personaje, cambiarse a un lugar propio, limpio y con luz, también será imposible.

No importa si se trata de recuperar un amor perdido, seducir a mujeres aún desconocidas, ayudar a la madre a escapar de una relación destructiva o conseguir la estabilidad laboral (algunos de los asuntos que se dirimen en los relatos de Despertar con alacranes), el resultado es siempre el mismo: las expectativas frustradas, la soledad, la incapacidad de lograr un contacto real con el mundo exterior, aparentemente dominado por adultos igualmente frustrados, solitarios e incapaces de relacionarse con los demás.

Tal vez por estos rasgos, estos doce relatos de Caravantes trajeron a mi memoria una crónica de Fabrizio Mejía Madrid publicada a comienzos de la década de los noventa*, cuando el polvo producido por la caída del Muro de Berlín y del “socialismo real” aún no se disipaba. “Nacidos el 2 de octubre: la generación quebrada” reúne una serie de retratos sobre jóvenes que rondaban los veinte años para ese momento. Una generación que el identifica a través del “chavo separado, frío, aislado, despegado. Nadie los nota, pero estos fantasmas diurnos pasean por las banquetas en busca de un empleo, una chica, un amigo y terminan derrotados (de antemano), recargados contra una pared, viendo pasar los autos. El último derrumbe de las expectativas de la urbanización mexicana, el boom petrolero, se cristaliza en una pierna apoyada en una barda y las manos en las bolsas”.

Entre la crónica de Fabrizio Mejía y el libro de Javier Caravantes median 22 años, suficientes, tal vez, para que aquella “generación quebrada” haya cedido su lugar protagónico a otra. Mientras los personajes del cronista son jóvenes sin expectativas, apáticos, para quienes el desencanto parece ser el punto de partida, en los del narrador ese desencanto es el final de un esfuerzo inútil por lograr sus proyectos personales.

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La juventud retratada por Caravantes sueña y desea, tiene iniciativa, incluso, para buscar la concreción de eso que anhela, pero las circunstancias parecen representar un mundo infranqueable, un laberinto que devuelve a los personajes, una y otra vez, al punto de partida.

Despertar con alacranes nos muestra a un autor que no desea perder el tiempo con la construcción de atmósferas ni en extensas búsquedas dentro de sus personajes. No hay tiempo ni paciencia para ello. Lo importante es centrarse en el desarrollo de las acciones y que sean éstas, además de uno que otro gesto o actitud de sus personajes, los que nos releven eso que llamamos “mundo interior”. No da tiempo para más.

Eso permite un puñado de cuentos ágiles, donde el lector consigue vislumbrar apenas los rasgos esenciales para comprender el conflicto que se desarrolla en cada historia, porque no hace falta más, porque no es necesario embellecer ni maquillar las circunstancias, pero tampoco revolverlas al grado del tremendismo.

Más bien, el autor parece estar siempre en busca de un equilibrio, de una mesura que le permita decir lo justo sin dejar cabos sueltos ni exageraciones. De ahí las frases cortas, que muestran por lo regular una sucesión de acciones con un tono a veces cortante, como si se tratara más bien de órdenes: “Raquel quita la mesita de centro de la sala, en su lugar acomoda una silla y le ordena a Santiago que se siente”.

A esta parquedad de recursos se suma el anonimato de los personajes. Conocemos pocos nombres y pocos rasgos físicos. Contados son los relatos donde el autor se detiene en estos aspectos. “La oportunidad” y “Las chipileñas nos vinieron a arruinar la vida” son dos casos atípicos dentro del conjunto, pero justamente porque en ambos el motivo del conflicto está fuertemente ligada a las características físicas de los protagonistas: el cabello rebelde de Santiago en el primero de los relatos mencionados; la piel del protagonista oscurecida por el sol, en el segundo.

Algo similar ocurre con las acciones. Nos enteramos apenas de la información indispensable para entender el conflicto y sus antecedentes. No más. No es necesario. Esa parquedad casi marcial en la información disponible para los lectores es evidente en “Sí o no”, donde el protagonista termina involucrado en una revuelta contra un presidente municipal, de cuyos motivos sólo se nos informa: “mi tío tiene muchos problemas”. Así, alrededor de los personajes aparecen elementos que revelan un conflicto mucho mayor al referido con expresiones tan vagas como “Política, ya sabes…” No necesitamos más que estas escuetas referencias y algunos detalles del exterior para descubrir la trama completa: un pueblo cansado de las corruptelas de su presidente municipal decide tomar literalmente aquella sentencia utilizada en las tomas de protesta oficiales: “que el pueblo os lo demande”.

Así ocurre también con las propias reflexiones de los personajes. Caravantes no se regodea en ello, ni siquiera en los relatos narrados en primera persona. Estas reflexiones están supeditadas a la acción y toman, incluso, esa forma: las ideas y recuerdos de los protagonistas toman, en sus mentes, la forma de los acontecimientos en los cuales se centran: “Yo estaba emocionado con la idea de un lugar propio. Había comprado revistas de decoración para interiores. Antes de salirme de este viejo edificio, pensaba usar muchas latas de insecticida y no llevarme la plaga de cucarachas a mi nueva casa. No. Nada de planes, deshacerlos. El contador me dice con su rostro hinchado que para la empresa es imposible siquiera realizar los trámites, que tal vez después.”

Tenemos, así, un narrador donde todos los elementos están supeditados al desarrollo de las acciones, que busca todo el tiempo deshacerse de los elementos que puedan obstaculizar o retrasar su marcha; un narrador obsesionado con el desarrollo de las acciones y el conflicto, que no vacila en desprenderse de todo el lastre que sea necesario con el fin de desarrollar, con la mayor fluidez y precisión posible, la línea central de cada historia.



* Fabrizio Mejía Madrid, “Nacidos el 2 de octubre: la generación quebrada”, Nexos, núm. 155, noviembre de 1990.

Javier Caravantes, Despertar con alacranes, Tierra Adentro, México, 100 p.

Publicado en la edición 151 de Crítica


Escrito por Gregorio Cervantes Mejía

Actualmente es redactor de la revista Crítica, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Es autor del libro de cuentos Cambios de Estación (Secretaría de Cultura de Puebla, 2001). Fue incluido en las antologías Los mejores cuentos mexicanos, edición 2002 (José de la Colina, ant.; Joaquín Mortiz); Antología de narradores en Puebla, Insólitos y Ufanos (Jorge Arturo Abascal Andrade, ant.; UAP, México, 2003); De claro en claro… Cuentos sobre el Quijote (AA. VV., Ediciones de Educación y Cultura, México, 2005); Fuego cruzado. Jóvenes narradores de la zona centro del país (Fondo Regional para la Cultura y las Artes, Zona Centro/Conaculta, México 2006).