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Desde la isla, de Caridad Tamayo | José Homero

La joven narrativa cubana

 

 

Caridad Tamayo Fernández, Desde la isla. Antología del cuento cubano, Ediciones Cal y Arena, México, 2016, 168 p.

 

Una antología implica dos excesos: el primero, pretender conocerlo todo del conjunto que se representa: periodo, movimiento, generación, país… La serie puede continuarse como se prefiera.

Esta arrogancia se complementa con un acto no menos osado: ejercer un criterio.

De modo que toda antología es una muestra de un conjunto que el compilador nos ofrece como una representación fidedigna y cribada por un gusto particular.

Frente a la colección se imponen diversas prácticas lectoras. Una, la primera, incluye la disensión. Si quien reseña es un especialista, buscará las costuras visibles de la confección, la ausencia de refuerzos en las uniones, la zafiedad de los forros. Usará el producto como oportunidad para demostrar su pericia y lamentar que no esté a la altura de la que (él) hubiera podido cortar. Una segunda práctica es reaccionar como viajeros en una cultura extraña y ajena que nos excluye pero ante la cual nos creemos con los suficientes conocimientos para trazar esquemas y entablar comparativos. Con la maleta llena de lugares comunes, prejuicios e impresiones, pretendemos convertir en observaciones generales lo que son ejemplos particulares; deducir leyes o intuir conductas y prácticas colectivas a través de casos únicos o insólitos.

De esta manera, toda antología involucra excesos: de su autor o de su lector.

En elogio de la crestomatía, cabe decir que es labor necesaria cuando el tema en compendio, sea por cualquier razón –lengua, ajenidad geográfica o temporal, cultura, novedad–, es poco conocido. Ese corte, con resonancias estadísticas depuradas por el tamiz estético y subjetivo, mostrará así sea fugaz, parcialmente, el estado de una literatura, el valor de un movimiento, la calidad de una generación.

Desde la isla. Antología del cuento cubano, de Caridad Tamayo Fernández, compila a diez narradores cubanos menores de 40 años. Al paso el primer reparo: en la portada leemos el título que he consignado; en la portadilla, tras el título, el lema cambia: “Joven narrativa cubana”. Conjeturo que ésta era la denominación y que el término “antología del cuento cubano”, que no incluye lindes, no determina un periodo y sugiere una ambición mayor –elegir dentro de la vastedad del cuento cubano–, lo impusieron los editores, quienes, malos criminales, no borraron las huellas del crimen en interiores. Sustento mi afirmación en la dedicatoria de la investigadora que expresa agradecimiento por “el interés de promover la joven narrativa cubana”. E intitula el prólogo: “Joven escritura cubana en los comienzos del siglo xxi”. De hecho, esta obra continúa una más ambiciosa que incluía a más de treinta autores y se proponía un auténtico mapa generacional: Como raíles de punta. Joven narrativa cubana (Ediciones Sed de Belleza, 2013).

Y no, no he comenzado esta recensión colocándome los impertinentes del crítico tiquismiquis que arruga frente y nariz para inspeccionar a los invitados sino porque toda compilación, para apreciarse, para sopesarse, requiere la medición con sus propias reglas. Por ello en principio, para apreciar el resultado, se impone aclarar que ésta no es una selección del cuento cubano sino de la joven narrativa cubana,

Siendo Tamayo Fernández una especialista en literatura cubana, su investigación incide en el primer exceso que listé: la tentación de conocerlo todo. En el ensayo de presentación incluso presume: “con los libros de más de cincuenta autores menores de cuarenta años ante mí…” Su propuesta es que si en épocas anteriores la corriente subterránea, aquella versada en asuntos escabrosos –homosexualidad, prostitución, adicciones, críticas al sistema, testimonios de la singularidad y la decadencia–, circulaba bajo la superficie, hoy lo subterráneo es la superficie, como si hubiera ocurrido una eclosión tectónica. Conforme a esta traslación, el primer principio para deslindar esa prolijidad narrativa parece ser el grado de disensión con respecto a otras generaciones y también con el régimen y sus valores petrificados. Precepto que no deja de ser un poco paradójico si atendemos que la autora es directora del Fondo Editorial Casa de las Américas. O acaso los mexicanos, acostumbrados a que el gobierno mexicano elija a sus escritores y artistas críticos y contestatarios, lo consideremos un gesto normal. No siendo especialista en literatura cubana ni pretendiendo exhibir mis conocimientos confrontando una muestra porque no es la mía –renuncio al exceso crítico–, me limitaré a disentir no con el juicio sino con los argumentos de Tamayo.

Los puntos cardinales que orientan su escrutinio son: cotejar a los narradores del nuevo milenio con las generaciones anteriores; sus temas con el corpus revolucionario tradicional o tópico. El enfoque es la comparación: sumar simpatías y diferencias. Trazado el terreno, la autora va añadiendo características que surgen del cotejo y contraste: la historia personal frente a la Historia mayestática; la tópica sórdida frente a los topos uranos; la subjetividad frente a la voz colectiva; la anomalía frente a la ortodoxia… En fin, cuando se comienza el camino de las oposiciones se puede casar más parejas que en ceremonia colectiva del 14 de febrero.

Definir una generación por sus disparidad con la precedente o más remotas me parece tan lábil y, para decirlo pronto, tan ocioso como describir a un caballo por lo que no es. Las diferencias permiten apreciar mejor las peculiaridades, pero cuando toda descripción se concentra en la separación en vez de en la especificidad, mal andamos de criterio. Esbozar un retrato por esos contrastes puede conducir a afirmar, por una parte, “un elemento discordante parecería ser la familia feliz” (p.20), para en seguida señalar “pero también hay gente feliz” (ibidem) y concluir: “no todo es tan oscuro”. Si las discordancias no son definitorias, ¿para qué elegir un extremo? Más congruente sería escribir que junto a autores que critican a la familia y los valores establecidos aparecen otros que los niegan. Argumentación semejante se despliega en otros casos.

Del mismo modo que se pretende describir a la generación neomilénica por sus cambios de ruta, también se busca contrastar los valores de la Revolución, ese corpus de ortodoxia y credo refractario al examen de la realidad –vengo del pasado: ya existía la posverdad–, con los neovalores o anti valores de los escritores jóvenes aún: así la posición frente al trabajo y el desempeño social. Más allá de esta endeble lógica, Tamayo acierta cuando renuncia a teorizar sociológicamente y se adentra en elementos textuales como indicadores de coordenadas: la inclinación por los temas de la infancia o la adolescencia; la tendencia al realismo sucio; la atracción por la violencia; y el catálogo de recursos formales, la preferencia por determinada forma o estrategia narrativas.

Cabe aquí preguntarse si la crítica que dirijo hacia Tamayo es hacia ella o al sistema crítico que la sustenta. ¿No es acaso obsoleto el sistema crítico cubano que continúa reparando en el árbol de las oposiciones trazando esquemas donde se alinean de uno y otro lado ciudad/campo, héroe trabajador/antihéroe pícaro, revolución/desencanto? El andamiaje teórico de la académica incluso se antoja anticuado: situar al Roland Barthes más impresionista (el de Sobre la fotografía) como punto de referencia o reciclar anticuallas conceptuales, tales “el aquí y el ahora”, “el cronotopo”. Esta pobreza de marcos teóricos conduce a afirmaciones más propias de un crítico periodístico que de un especialista; reprueba, por ejemplo, “el uso (a ratos abusivo y erróneo) de lenguajes “callejeros” y “la mezcla de registros lingüísticos y estilos narrativos.” ¿Cómo se dictamina cuándo es erróneo y abusivo el uso de lenguajes callejeros?, ¿desde qué posición?, ¿cuál es el punto de enclave?

A despecho de la vacilante argumentación del prólogo para trazar un mapa de la nueva narrativa cubana, elogio el juicio de la elección. Quizá no sea una brillante analista pero tiene buen gusto y con eso basta. Mejor esta virtud que la opuesta –brillante analista con pésimo tino––. Entre los diez convocados, la mayoría con gran calidad, destaco a Jorge Enrique Lage, joven escritor de ciencia ficción, ya reputado internacionalmente, cuyo “Wireless”, una fábula cruel en los linderos del ciberpunk y con guiños a nuestra época signada por el imperio de los zombis tanto como del sexo violento y maquinal, se antoja el cuento más propositivo y digno de cualquier otra antología. Cuentos ejemplares con base en su composición y atendiendo a una poética más convencional son “Eclipses”, de Susana Haug Morales, narración en primera persona donde se entreveran el monólogo y el flujo de conciencia para trasmitir la abulia existencial de la protagonista y sus conflictos entre las demandas de una madre dominante y tóxica y los roles de la sociedad; “Fuga”, de Anisley Negrín, otro relato en primera persona que además de patentizar la soledad de la protagonista se revela máquina eficaz para atestiguar el descubrimiento de la preferencia sexual. Bien construidos, es también “Matadero” de Dazra Novak, en el que se confronta la violencia de la posesión erótica en el asiento trasero del destartalado automóvil con el sacrificio ritual de un animal trazando pasadizos entre el machismo y la superstición. “Figurantes”, de eficacia bien planeada, es de entre los relatos notables el más predecible y convencional, con huellas de Chéjov leído con voz de Onelio Jorge. Bueno en su factura, con todo.

Y aunque no los considero logrados con fehaciencia, destaco por su atrevimiento, por su humor y también por la acritud de su mirada a la sociedad en que surgen, dos relatos. Uno es “La clase”, que convierte la referencia y las claves intertextuales en desplazamientos paradójicos, en un recurso donde se cita a César Vallejo pero se ejerce a Lewis Carroll para descentrar el texto e implicar siempre otra cosa, movimiento que sólo se detiene cuando comprendemos que el desamor y la desolación son el centro ausente de ese discurso elusivo que teme nombrar el motivo que lo impulsa. El otro cuento, con visos de alegoría y resabios del absurdo de Virgilio Piñera, es  “Caballo muerto”, de Raúl Flores Iriarte, quien mezclando elementos fantásticos hasta alcanzar el absurdo expresa una crítica al sistema político no falta de humor.

Desde la isla, pese a la ambigüedad de su criterio, al engañoso subtítulo, es una buena muestra de la joven narrativa cubana y un testimonio de que a pesar de sus duras condiciones continúa siendo una de las literaturas más propositivas del continente. La eficiencia de sus narradores, el despliegue de sus técnicas, la singularidad de sus procedimientos –que se explicarían por su virtual aislamiento, por su escritura al margen de tendencias y culturas concéntricas–, la convierte en una de las tradiciones más pujantes y notables.