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De la intimidad, de Luis Vicente de Aguinaga | José Homero

Vicios privados, virtudes públicas

 

Luis Vicente de Aguinaga, De la intimidad. Emociones privadas y experiencias públicas en la poesía mexicana, FCE, México, 2016, 131 p.

 

“No existe otro poeta mexicano alrededor del cual se haya tejido mayor número de mitologías”, sentenció Vicente Quirarte en referencia a Ramón López Velarde, por entonces en su centenario natal. Por su parte, José Luis Martínez observó que en México, de un modo u otro, siempre terminamos celebrando la poesía y la prosa velardeanas.

Si comienzo esta recensión con alusiones es porque De la intimidad. Emociones privadas y experiencias públicas en la poesía mexicana es una forma de diálogo con López Velarde a través de la cavilación de sus conceptos e intuiciones, pero también de homenaje al recuperar la voz del poeta y ubicarla en el concierto de sus ancestros y sucesores. De este modo, Luis Vicente de Aguinaga cumple con una de las más loables encomiendas críticas: cuestionar al sujeto del análisis, debatir con él, reconocer sus contribuciones, apreciar las diferencias.

Al modo de antiguas rutas medievales, un emblema preside el itinerario textual: encontrar, en poemas escritos desde la profunda subjetividad, un proyecto público, una política. Para conseguirlo, toma  uno de los oxímoros más conocidos de López Velarde, la patria íntima, y lo literaliza convirtiéndolo en motivo. En tanto la propuesta es encontrar en la poesía un fundamento político y avizorar el poema como una plaza pública, lo que se escenifica no es sólo la voz –alzar la voz a la mitad del foro– sino también una subjetividad indeclinable que por radical termina legando idearios políticos, así sea que éstos se traten de utopías.

Preside el ensayo un aforismo de resonante elegancia clasicista: “Si bien a toda política le resulta indispensable una plaza pública para existir, la política de la poesía tiene lugar en una plaza íntima”. Y aunque esta máxima determina el derrotero, no implica delimitación. Pese a los hallazgos de diversos tipos, tanto acotaciones e iluminaciones en torno al álbum velardeano –así la revelación intratextual pero también el haz de reverberaciones simbólicas de una de las más arduas metáforas de esta poesía: “los sexos, sañudos cual escorpiones” – como en la fecunda tarea de acercar poetas, poemas y tradiciones para encontrar raíces o territorios comunes o develar fuentes prohijando secuencias de lecturas, reconocimientos estilísticos o temáticos, el volumen no se limita a cumplir un cansino trayecto crítico. Tampoco es, por supuesto, un volumen de teoría o anhelante de tan amargo destilado, aun cuando podamos encontrar en esa tesis –el poema es también un espacio público– todo un lema para emprender movimientos disidentes. En cambio, lo que sí se reconoce, es en primer término un homenaje a López Velarde pero también a una idea de la poesía. De la subjetividad, dirá De Aguinaga; de las emociones, corregiría. En este sentido el volumen, al tiempo que es diálogo, conversación, defensa de la tradición en el mejor sentido de T. S. Eliot, se reconoce también como un viaje, un paseo –de ahí la división que alude o cifra esta condición andante: ingreso, estancias (en número de cinco), egreso–. De ahí su condición alada, de ahí su naturaleza de ensayo.

Si en la danza discursiva terminan enlazadas las parejas de términos en apariencia contrarios (poesía y política, intimidad y vida pública, subjetividad y conciencia cívica), sucede porque el diálogo sustenta una articulación que es al mismo tiempo una circulación. Diálogo del autor con la estética y la tradición velardeana, diálogo de los poetas elegidos con la tradición, diálogo de la tradición mexicana con otras tradiciones, diálogo de la literatura con otros discursos. El ensayo se convierte así en una suerte de eje o cruz en movimiento a través del cual se abren caminos a diversos territorios. Desde situar poemas específicos dentro de un tema común –un tópicoºº1–, como sucede con Miro la tierra, de José Emilio Pacheco, en contexto con las profecías bíblicas y la tradición renacentista, hasta unir y encontrar elementos, pasadizos, galerías comunicantes, entre poemas que lucubran sobre el regreso del poeta a su solar natal y concluyen que tal empresa es imposible –López Velarde, Placencia, González Martínez, Rosas Moreno–; o bien abordan el dolor a partir de una experiencia personal –César Vallejo, Luigi Amara, Ángel Ortuño, Jorge Ortega.

Cabe decir que si bien la tarea crítica de Luis Vicente es menos conocida que su poesía, ésta posee un método, huelga decir, pomposamente, un camino. Y camino y ejercicio, recorridos, paseos, circulación son acciones a las que nos compele el atlético De Aguinaga, no sólo aquí sino en otros de sus ensayos de origen académico pero de ambición heteróclita. Recuerdo así uno de sus muchos ensayos dedicados a Juan Goytisolo, cuyo asedio suma ya tres tomos, donde aborda la presencia de Barcelona en la obra del escritor exiliado. En ese ensayo, erudito y a la vez ligero, De Aguinaga deambula por los monumentos y las ruinas del escritor catalán para encontrar en la nostalgia, en el recuerdo de la ciudad perdida, una declaración política. En rigor, diríase que esa conciencia, ese vaivén entre el texto recóndito y secreto, único, y las consecuencias colectivas, alimentan esta obra.

Ejercicio de literatura comparada, puesta en situación de diversos discursos en celebración a ratos intertextual, en otros intratextual, De la intimidad debe leerse como uno de los ensayos más vivos, en el sentido de que propicia tanto acuerdos como disensos, de la presente literatura mexicana. Nos compele a visitar de nuevo ciertas zonas de la poesía mexicana hoy no necesariamente las más visitadas, a reconocer en todo poema su punto de inflexión con respecto a un conjunto más vasto –De Aguinaga no teme invocar a la tradición ni ejercer de cartógrafo y hablar de literatura nacional, literatura occidental o literatura universal, términos hoy tan temidos como si fueran nombres de sicarios– y por ello cumple con creces su misión de situar el poema como un espacio cuya subjetividad termina siendo pública.

El ensayo de egreso, “Elogio de la obstinación”, al tiempo que reflexiona en torno a la apropiación de Elías Nandino de un tema de José Juan Tablada (“La luna”), De Aguinaga razona sobre la presencia de la crítica dentro de la poesía o, mejor dicho, de cómo un poema entraña también labor crítica. Estamos dentro de esta zona de intermitencia tan cara al ensayista y de la deriva en torno a la validez del poema de Nandino, así se antoje un ejercicio derivativo con respecto al de Tablada, pasa a discernir sobre la pertinencia del ensayo en contraste con el análisis académico y finalmente a encontrar que poesía y crítica, al construirse sobre la analogía son, más que recipientes aislados, vasos comunicantes por donde circula el río profundo de la experiencia estética. “No veo por qué la poesía y la crítica deban recorrer separadamente sus distintos caminos”, concluye De Aguinaga y el lector asiente.

 

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