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De huecos, puertas y poesía

Toda antología busca llenar huecos, hacer agujeros y abrir ciertas puertas. Lo primero es relativamente fácil cuando se trata de antologar poesía: hay espacios que necesitan ser rellenados y una selección arbitraria puede tapar el agujero, o están tan llenos que necesitan ser depurados. Lo segundo es un poco más difícil. Abrir puertas para la poesía significa, ante todo, conseguir lectores. O al menos así lo pretende la estrategia editorial de Puertas abiertas: el libro se editó en conjunto con Puertos abiertos, una antología del cuento centroamericano; además, se organizó la presentación de ambas antologías para que, de alguna manera, representaran a la literatura centroamericana en la FIL de Guadalajara del año pasado. Por otro lado, tanto para los poetas como para las editoriales es claro —o debería serlo a estas alturas— que la poesía difícilmente es leída por los ajenos al gremio literario. Tomando en cuenta esto, me resulta curioso que los antologadores sigan empeñándose sólo en llenar huecos. Aclaro que esto no es negativo: ya era hora de que se hiciera una antología de poetas centroamericanos contemporáneos, crítica en su selección. Sin embargo, la puerta no termina de abrirse.

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Hace poco más de un año tomé un curso sobre poesía latinoamericana del siglo xx. En él, se estudiaba la poesía a través de diversas antologías, analizándolas, principalmente, como paradigmas culturales sujetos a los gustos y al contexto de los antologadores. A la mayoría de los estudiantes nos gustaron las antologías que hacen algo más que enumerar los libros y premios de los autores: aquellas antologías que buscan justificar la selección, que utilizan la poesía para problematizar diferentes cuestiones —por ejemplo, regiones geográficas, el lenguaje o asuntos políticos— que no atañen de forma directa a la lectura de los poemas. En otras palabras, clasificamos como “buenas” antologías, con todo lo discutible del término, a las que se preocupaban realmente por abrir puertas, es decir, aquellas que planteaban cosas que por lo general se dejaban a la crítica o a la investigación. Con esto no quiero decir que baste con contextualizar la poesía para generar más espacios en los que pueda desarrollarse, sino que emitir posiciones críticas, que incluirían o no el contexto, despierta el interés del lector y produce espacios de discusión. Dicho de otra manera, me resulta insuficiente presentar una antología cuyo propósito principal sea dar a conocer a 48 poetas vivos, y en su mayoría desconocidos, con doce páginas de prólogo donde se dice básicamente lo que cualquier lector, más o menos empapado en el tema, conoce: el modernismo renovó la poesía latinoamericana, la poesía contemporánea está claramente influida por el vanguardismo, y Lorca, Neruda y Vallejo fueron el modelo a seguir.

Puertas abiertas parece construirse a través de la pregunta, ¿para qué sirve la poesía? O más bien, ¿para qué sirve la poesía en una región desgastada y fragmentada desde la independencia como Centroamérica? El antologador, Sergio Ramírez, sugiere una respuesta: “Es una de las cosas para las que sirve la poesía, aunque algunos no quieran darle función alguna. Para hacernos siempre más libres”, algo que menciona justo después de hablar de Gioconda Belli y de cómo las mujeres poco a poco se han ganado un espacio en la literatura centroamericana. Esto me hace pensar que, principalmente, asocia su idea de libertad con algún tipo de compromiso social, en este caso con el género. Primero que nada, plantearse a estas alturas que una de las funciones de la poesía es la libertad, no agrega gran cosa a las discusiones que se han venido generando sobre el tema. Segundo, me alegro de que la mayoría de los poemas seleccionados no sea simplemente un lamento o un desafío a las normas establecidas.  Sin embargo, es curioso encontrar que esta línea de libertad se manifiesta de forma muy clara en los poemas escritos por mujeres, como en el caso de Ana María Rodas (1937):

 

Me clasificaron: nena? Rosadito.

Boté el rosa hace mucho tiempo

y escogí el color que más me gusta,

que son todos.

Me acompañan tres hijas y dos perros:

lo que me queda de dos matrimonios.

Estudié porque no había remedio

afortunadamente lo he olvidado casi todo.

 

Tengo hígado, estómago, dos ovarios,

una matriz, corazón y cerebro, más accesorios.

Todo funciona en orden, por lo tanto,

río, insulto, lloro y hago el amor.

 

Y después lo cuento.

 

Me permito la cita larga porque es un claro ejemplo de lo antes mencionado. Rodas ganó un espacio en las letras guatemaltecas porque fue una de las primeras mujeres en tocar temas abiertamente eróticos y utilizar un lenguaje reservado para los hombres. Sin embargo, su poesía me deja poco satisfecha y me hace pensar que sólo se ganó un lugar en esta antología por ser mujer y escribir sobre ello. Todos los poemas antologados de Rodas hablan de lo mismo, en mayor o menor medida, y buscan ser un desafío, puramente quejoso, a la sociedad patriarcal. El problema está en el hecho de que la voz poética liberada de prejuicios difícilmente se sostiene porque se expresa a través de lugares comunes, imágenes vacías y estructuras débiles, dando como resultado una mera acumulación de palabras con un ritmo distorsionado. Los textos más bien parecen esbozos de poemas, donde se repite una fórmula hasta agotarla. Y esta fórmula es: soy mujer y puedo hablar, sentir y hacer lo mismo que un hombre:

 

De acuerdo

soy arrebatada, celosa

voluble

y llena de lujuria

 

Qué esperaban?

 

Que tuviera ojos

glándulas

cerebro, treinta y tres años

y que actuara

como el ciprés de un cementerio?[1]

 

Ana Istarú es una poeta costarricense que sigue la misma línea de Ana María Rodas: ambas escriben poesía erótica, utilizando un lenguaje provocador y con conciencia de género. Es de esperarse que la poesía de Ana Istarú sea mucho más consistente e innovadora en cuestiones de género, pues ella nació en 1960, veintitrés años después que Rodas y en los inicios del feminismo. Algunos críticos dicen que escribe poesía de ruptura porque no se ajusta necesariamente a una agenda feminista; sin embargo, sus poemas están escritos de una forma tradicional. Esto me lleva a pensar que para Istarú la poesía debe ser, ante todo, solemne:

 

Pene de pana

Pene flor del destinado mío

Empuñadura del sol

Envidia del anturio

Agua palabra

Mástil de las estrellas

Garza despierta

Garza dormida

Cigüeña

Farol de la promesa fecunda sobre el humus

 

En fin, me da la impresión de que la inclusión de algunas poetas está sujeta, más que a la calidad literaria, a un sentimiento de obligación por sólo antologar mujeres que hablen de estos temas. Cabe mencionar que la inclusión de poetas como Moravia Ochoa e Isabel de los Ángeles Ruano demuestra que en Centroamérica las mujeres escriben sobre otros temas y no se limitan a su género. Habría sido mucho más rico dejar estos temas, aunque probablemente significara no incluir tantas mujeres. No esta de más mencionar que esto me resulta retrógrada porque alimenta la idea de que la mujer no puede hacer literatura, sino que sólo escribe literatura femenina.

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En un principio, pensé que una antología de poesía centroamericana contemporánea estaría llena de poesía comprometida. Quizás esto se deba a que, cuando pienso en escritores centroamericanos, los primeros que se me vienen a la mente son autores como Miguel Ángel Asturias, Manlio Argueta o Augusto Monterroso. Sin embargo, en Puertas abiertas son pocos los que siguen esta línea y, para ellos, la poesía no pretende ser un arma sino más bien una forma de, parafraseando un poema de Humberto Ak’bal, taparle la boca al silencio, de producir literatura. Esto me hace retomar la pregunta inicial de para qué sirve la poesía y me pregunto: ¿valió la pena hacerse esta pregunta? Esta antología me hace pensar que no. Tampoco creo que importe gran cosa para la mayoría de estos poetas, que no cuestionan su utilidad. Creo que es más pertinente preguntarse cómo escribir poesía cuando ya no tiene espacios para desarrollarse —o simplemente, cuando ya no tiene espacio— y quizá menos en países como los de Centroamérica. Si esta antología deja abierta alguna puerta, es precisamente en este punto: ¿qué recursos tanto estilísticos como temáticos se deben utilizar para atraer lectores? ¿Quiénes son y cuál es el perfil de los lectores de poesía del siglo xxi en Latinoamérica? Si algo tienen en común los poetas antologados es que buscan hacer una poesía más accesible: la mayoría utiliza el verso libre, sus poemas son cortos y su lenguaje es coloquial. Muchos de ellos se acercan a la narrativa. Quizá la nueva poesía tienda a borrar las barreras entre los diferentes géneros literarios: “El hombre huraño, imperativo, que agitando el índice señala propiedad, dominio, ubicación, ‘¡Míster, Míster!’, y que finalmente asienta la poderosa palma sobre la coraza del carro y dice: ‘¡Yo lo cuido!’, el de la pupila nublada no me reconoció. No recordó, psiquis abolida, aquellas veces cuando con Beltrán mirábamos en la costa del lago las constelaciones que el se sabía de memoria…”

Después de leer Puertas abiertas, me queda claro que la poesía centroamericana no busca encasillarse en ninguna escuela, que si bien encontramos la influencia de la vanguardia y el viejo ánimo innovador del modernismo, es una poesía joven que experimenta con nuevas formas de expresión. Con ella, los autores no buscan rellenar los posibles huecos históricos de su literatura, lo cual resulta favorable porque permite dejar ciertas preocupaciones de lado. No se escribe poesía para sentir libertad, ni para denunciar dictaduras y muertes. Tampoco necesariamente se escribe poesía para hacer literatura. La actualidad y lo novedoso de su poesía por lo menos a mí me deja satisfecha. Si Sergio Ramírez no logra interesarme con sus descuidos y su prólogo, escrito sin ninguna intención más allá que la de cumplir con el protocolo, autores como Javier Payeras, René Rodas, Juan Ramón Saravia, Carlos Perezalonso, Rigoberto Paredes y la lista sigue, más un par de autores ya canonizados como Gioconda Belli y Ernesto Cardenal, dejan la puerta bien abierta.

 


[1] Aprovecho este poema para ejemplificar otro aspecto de la antología que llamó mi atención: ¿es descuido del antologador la falta, por ejemplo, de signos de interrogación en este poema o así se escribió originalmente? No me interesa apuntar las faltas de ortografía o de redacción, sólo mencionar que los errores son suficientes como para hacerme dudar, una vez más, del trabajo del antologador.

Sergio Ramírez, Puertas abiertas. Antología de poesía centroamericana, FCE, México, 2011, 479 p.

Texto publicado en la edición 149 de Crítica


Escrito por Francesca Dennstedt

(Tijuana, 1988) es estudiante de Literatura en la Universidad de las Américas Puebla. Ha publicado crítica en la revista Separata. Revista de pensamiento y ejercicio artístico. Ha participado en diversos talleres de creación literaria. Actualmente trabaja en una tesis sobre la poesía de Luis Felipe Fabre.