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Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, Marco Tulio Aguilera | Alejandro Badillo

El amor después del boom

 

Marco Tulio Aguilera Garramuño, Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2016, 252 p.

 

El boom latinoamericano, aquel que lanzó al estrellato a autores como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, dejó un rastro que perdura hasta nuestros días. La mitología del boom, como tantos otros fenómenos editoriales, creó personajes que, muchas veces, fueron más conocidos que las obras literarias que los encumbraron. En el caso de la literatura colombiana, la sombra de García Márquez ocultó a decenas de escritores –algunos contemporáneos suyos, otros pertenecientes a generaciones posteriores– que tuvieron que buscar su camino en medio de la fiebre desatada por el realismo mágico y la presencia recurrente de Macondo. Marco Tulio Aguilera Garramuño (Bogotá, 1949) pertenece a aquellos creadores que comenzaron a escribir cuando la presencia del gran patriarca ganaba reflectores en América Latina. Aguilera Garramuño es autor de novelas, cuentos y ensayos. Entre sus obras de largo aliento destaca Historia de todas las cosas (1975), una interesante aproximación al realismo mágico, inspirada por Cien años de soledad, pero también por la idea de la novela total, exuberante, repleta de personajes y situaciones, sólo que en clave rabelesiana y paródica. Este texto, en lugar de quedar arrumbado junto a los epígonos del boom, cuyos nombres están quedando en el olvido, marcó el punto de arranque de una carrera prolífica que explora lo sensorial, lo autobiográfico y lo lúdico.

Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor es una recopilación de tres títulos pubicados anteriormente por Aguilera Garramuño. La idea central de este volumen es el amor y las faenas del erotismo. Uno de los primeros retos, quizás el más importante, es aproximarse a lo amoroso, un terreno que ha sido narrado hasta el cansancio y que, muchas veces, en manos poco hábiles, ofrece sólo una caricatura. Lugares comunes, personajes manidos y anécdotas desperdiciadas, son algunos de los riesgos cuando se enfrentan estos temas. Además, en un mundo en el que tiende a privilegiarse la imagen, en el que lo explícito reina sobre lo sutil, el escritor debe tantear con cuidado cada párrafo y hacer que las palabras dialoguen con el lector antes que ofrecer recetas vistas muchas veces. En el caso de Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, una primera ventaja es la diversidad de historias y enfoques que gravitan en torno a los encuentros y desencuentros amorosos. Hay, en efecto, algún dejo de tragedia en algunos cuentos que recuerda la profecía platónica de los complementarios, aquellos que buscan, infructuosamente, una plenitud que sólo se logra con el otro.

Los cuentos de Aguilera Garramuño seleccionados para este libro tienen dos rasgos: la anécdota bien perfilada, clásica en el relato tradicional, que concentra el interés en la narración. La segunda, quizás más moderna, tiene como interés reflejar las personalidades de los protagonistas que, a su vez, construyen la tensión de la trama. Estos dos intereses conviven en las tres secciones del libro. La primera, “Cuentos para después de hacer el amor”, ofrece un estilo centrado en un lenguaje preciso que no evita la utilización de recursos retóricos para crear ritmo, imágenes y, por supuesto, sensaciones. El segundo cuento de esta sección, “Cantar de niñas”, perfila un tema que se repite en algunas partes del libro: el amor idealizado de un hombre maduro por una niña que, poco a poco, abandona el terreno de la especulación para sumergirse en ambientes más carnales. En el caso de “Cantar de niñas”, el narrador en primera persona contempla, embelesado, las cabriolas y chistes de una niña. Su mente a duras penas puede retener los deseos de poseerla y lucha constantemente por no superar el límite que pone la sociedad a pesar de las continuas provocaciones de ella. La anécdota, apegada al tópico de las lolitas, explorado por autores como Vladimir Nabokov y por el mismo Aguilera Garramuño en un libro anterior: La pequeña maestra de violín (2001) se centra en los devaneos entre hombre y niña; en lo prohibido y en los deseos que luchan por abrirse paso a pesar de que, difícilmente, se concreten en la realidad. El mérito del cuento, entonces, es la contención: el hombre hace castillos en el aire, planea, tiene un tiempo mental que, en realidad, es el gancho narrativo que nos lleva, párrafo tras párrafo, hasta un final que queda en el aire, interrumpido pero esperanzado a que la unión carnal se realice.

Un cuento interesante de la misma sección, de tono abiertamente fantástico, es “Amor contra natura”. En la historia, un rinoceronte queda prendado de un helicóptero. La trama imposible utiliza un tono juguetón para que el lector siga las desaveniencias del animal que, a toda costa, quiere cumplir su capricho. El final del cuento, aún más fantástico, recuerda los trucos de magia recurrentes en García Márquez y otros autores del boom. El último relato de la primera sección, “Las tablas crujientes”, es uno de los mejores del volumen y, curiosamente, el que aborda el amor evitando la fogosidad y el ánimo belicoso del amante aguijoneado por la tentación. El cuento, desde la sutileza de la vida cotidiana, sin demasiados aspavientos, refleja la vida de una pareja madura, en el linde de la vejez. La memoria, las decisiones tomadas en algún punto del pasado y que, en un momento imprevisto, sueltan su carga de repercusiones, son algunos de los polos que encuentra el lector. Una de las reflexiones que, quizás, se pueden hacer en contraste con los otros textos del libro es que el amor es un estado mental, un punto que hace incisiones en la memoria y que, por supuesto, utiliza el espacio físico –el sexo–, pero que también puede abarcar más elementos que pertenecen al ámbito de la experiencia humana.

En la segunda sección, “Cuentos para después de hacer el amor”, destaca la pieza “Un matrimonio feliz” que es, en realidad, un tríptico que revela la vida cotidiana de una pareja. En estos cuentos, un poco a contracorriente de lo leído en la primera parte, tenemos historias que no juegan con una sorpresa o descubrimiento revelado hasta el final. A Aguilera Garramuño le interesa volver interesantes las anécdotas construyendo personajes y evitando concentrar la tensión narrativa en un sólo acontecimiento. Por esta razón los protagonistas tienen cierto aire novelesco que, incluso, hacen pensar en un desarrollo aún más amplio. El cuento que cierra este tríptico, “Sueños de un buen cristiano”, retoma el tema del hombre maduro y la lolita. En este caso, la adolescente llega a pedir trabajo a la puerta del matrimonio. A partir de ese momento el hombre no puede evitar la fantasía con la nueva empleada y, a través de una especie de diario, comienza a narrar sus encuentros con ella. La adolescente, en algunos momentos, parece la víctima ideal para el viejo depredador, pero en otras parece elaborar un sutil cortejo, llevar al límite al hombre que no se atreve a cumplir por completo sus caprichos. En este texto, aún más que en otros cuentos, Aguilera Garramuño echa mano de la contención para crear interés en lo contado. El personaje, con convicción no excenta de humor, saborea un encuentro sexual que, en gran parte de los sucesos, ocurre sólo en su imaginación.

La tercera sección del libro, “Cuentos en lugar de hacer el amor”, funciona como una especie de recopilación de los motivos que describí anteriormente. Uno de los textos más singulares y que tiende una especie de puente con uno de los intereses más fuertes del autor –el mundillo literario y sus criaturas– es “Escritor del post boom”. Como apunto, aquí tenemos un alejamiento de los temas de las dos secciones anteriores aunque el lenguaje –verborreico y veloz– se mantiene y, de alguna manera, le da homogeneidad a todos los textos. En esta historia asistimos a la vida de un escritor famoso: Raz Ruguendas. Autor de varios libros, muchos de ellos muy famosos, nos cuenta las vicisitudes de la fama que lo llevan a dar innumerables entrevistas, firmas de autógrafos y presentaciones de libros en varias partes de latinoamérica. Como colofón a sus desenfrenados días, asiste a una sesión de fotos en la que le piden que se desnude. Este final es el único momento en que aparece lo erótico y, a diferencia de otros cuentos del volumen, no hay un interés explícito en el sexo y la escena aparece como una más del repertorio que se ofreció en las primeras líneas. El protagonista del cuento, alter ego de muchos escritores hambrientos de fama, critica el establishment literario que privilegia la figura del autor en lugar de la obra. Sin embargo, en muchos pasajes de este texto, las balandronadas de Rugendas no explotan lo suficiente las miserias de la fama literaria y la inercia que lleva a escenas aún más absurdas que las que se presentan en el cuento. Se extraña, por lo tanto, una mirada que desmenuce aún más al engreído autor y, apelando siempre al humor, lo ponga en una situación incómoda, en la que no tenga la posibilidad de salir airoso.

Quizás, para algunos lectores, la selección reiterada del punto de vista, es decir, el narrador en primera persona que planea con deleite todas sus fantasías, tienda a repetirse en los cuentos. Sin embargo, me parece que la amplia selección de anécdotas ayuda a contrastar esa apuesta con otros intereses, realistas o fantásticos; escritos con una prosa funcional y veloz o demorándose con algunos recursos retóricos. También hay que destacar el papel de las mujeres en estos textos amorosos. La mujer, en los textos literarios que abusan del estereotipo, parece moldeada, al principio, con el cliché de la hembra víctima, sujeta a las tribulaciones del varón. En Cuentos para antes, después y en lugar de hacer el amor, ellas toman la iniciativa de una manera sutil, menos expansiva y, para mi gusto, más inteligente: seducen desde su indefensión y, de alguna manera, invitan al hombre a su terreno para cumplir sus deseos. Esta característica otorga densidad a las mujeres que pueblan las páginas del libro y contribuye a salir de la órbita del cliché.

En Antes que anochezca, las espléndidas memorias del escritor cubano Reinaldo Arenas, se muestra el sexo como un acto de rebeldía. Ante una dictadura –la castrista– que limita las libertades de los ciudadanos, lo único que queda como espacio de libertad es el ámbito íntimo del sexo. El autor se entrega a la exploración de su cuerpo como un acto de libertad, el último que queda cuando casi todo lo demás es fiscalizado y purgado. Por esta razón, es importante seguir narrando la sexualidad y el erotismo en la literatura. Aguilera Garramuño entiende que aún hay mucho que contar acerca del amor y el deseo. Esa vocación, incrustada en un mundo en el que lo erótico parece acaparado por el discurso visual, merece que el lector se aventure en sus cuentos.