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Cuentos negreros, de Marcelino Freire | Judith Castañeda Suarí

Puñetazo

Marcelino Freire, Cuentos negreros, Libros Sampleados, México, 2016, 73 p.

 

Violencia, crudeza. Quien se asome a Cuentos negreros, de Marcelino Freire, percibirá cómo estos aspectos impregnan cada uno de los dieciséis cantos que componen el libro.

Publicado en julio de 2016, Cuentos negreros nos ofrece una serie de textos donde lo primero que resalta es, además de la brevedad, el hecho de que se les designe así, cantos. Sin embargo, al ver que algunos de ellos poseen una estructura similar a la de los antiguos cantos africanos, nos damos cuenta que no es tan extraño dicho término.

Lo anterior ocurre de una manera más notoria con el inaugural “Trabajadores de Brasil”, donde la pregunta-advertencia “¿me estás oyendo bien?”, remate de cada uno de los párrafos, es el equivalente al viejo estribillo, a la respuesta que se alternaba con las estrofas de aquellos cantos que hombres reducidos a la esclavitud, transportados en barcos y vendidos en la otra orilla del mar, llevaran consigo como último vestigio de su tierra, a la manera de un equipaje.

“Trabajadores de Brasil”, por otro lado, es una alegoría del sincretismo con el que debieron enmascararse las prácticas religiosas originarias del África para sobrevivir a la imposición del cristianismo. Así, en este breve canto tenemos a Olorún, nombre con el cual se designa también al orisha Oloddumare de la fe yoruba, que “la hace de cobrador de micro en aquel transe infernal de tráfico”, o a Obatalá, traducido al español por Armando Escobar G. como Lobatelá, quien, si bien es el representante de Oloddumare en la Tierra, en “Trabajadores de Brasil” “chambea para un montón de gente que no aguanta ni un bulto de cemento”. Otros nombres, como Oloraqué, son más bien un juego de palabras y aluden, en este caso, a una de las consecuencias de trabajar de lunes a lunes vendiendo carne.

Más cantos se suman a este primero y, sin ser un reclamo en el cual se le arroja en la cara al blanco el hecho de que nadie es esclavo de nadie, sin estar construidos con un recuento de empleos humildísimos que deben hacerse a fin de sobrevivir, como el corte de caña y la limpieza de escusados, dichos textos se apegan también a la estructura del canto africano, el estrofa–estribillo o llamado–respuesta que es la tradición oral, la guardiana de la memoria de muchos pueblos. Entre estos cantos se encuentran el tercero, “Olvídate”, y el decimocuarto, “Educación superior”. En “Olvídate”, si bien se repite la enumeración de elementos que compone “Trabajadores de Brasil”, se entrevé el desarrollo de un asalto. Aquí llama la atención la epígrafe de Marcelo Yuka, “Toda patrulla tiene un poco de navío negrero”. Esta frase nos adelanta la violencia que imprimirán las autoridades al arresto con base en la cantidad de melanina que guarda la piel de los delincuentes; porque nada saldrá bien, porque la esperanza de llegar a casa, con los niños, y ver en la televisión noticias acerca del aumento al salario mínimo, cuya aprobación se pospone hasta la próxima semana, terminará en golpes que se reciben al subir a una patrulla, en humillación, en una celda inmunda, colmada de gente y más gente. Hay maniqueísmo en lo anterior, podríamos pensar, sin embargo también es cierto que son numerosas las situaciones de este tono y muchas veces la desesperación y la pobreza no dejan otra vía de escape sino el delito.

Al contrario de “Olvídate”, “Educación superior” no constituye un hecho que se narra. Permean el breve texto una serie de temores relacionados con el futuro, con situaciones laborales y de oportunidad de educación. Iniciado con la frase “Mi miedo es” y rematado por un “eh mamá no sé”, cada párrafo es también el eco del recelo que muchos tienen ante las personas de raza negra. Menos inteligentes que el hombre blanco, mirar siempre con lascivia a las mujeres rubias, holgazanear por ahí, pues debido a su inherente pereza no es posible siquiera que traten de buscar un empleo, son los prejuicios que impregnan este decimocuarto canto, el cual Marcelino Freire remata con la misma desesperanza de “Olvídate” al escribir “Mi miedo es que aún con mi título bajo el brazo andando por ahí triste y desempleado la policía me vea feo y yo acabe haciendo una tontería no sé…”

Esta violencia, lo descarnado de las situaciones, se transfiere a las palabras con las que Freire urde cada uno de sus cantos. Así, es el suyo un lenguaje lleno de lo que se califica como altisonancias, pero no sólo eso: la puntuación, o la carencia de signos de puntuación en algunos de los textos, imprime a Cuentos negreros un ritmo vertiginoso que es semejante a una caída en la que la corriente, sin remedio, desemboca en un punto donde ninguna esperanza parece posible.

Pero la crudeza va más allá, por ejemplo, al referirse a situaciones de índole sexual sin redondeces que las suavicen. Tocamientos en un ferrocarril atestado, homosexualidad, todo se muestra, además, libre de cualquier juicio, incluso cuando el hecho que se narra podría constituir un delito, como en “Los alemanes van a la guerra” o en “Yamami”, el último canto, en donde el autor refleja el turismo sexual practicado con menores. Ambos construidos en forma de diálogo, contienen también un pensamiento colonialista. Así lo demuestra Marcelino: Acabamos dándole educación a esa gente, un poco de esperanza, herencia, vive semidesnuda, sucia y deliciosa, esperando a la gente de la balsa, le di dinero a Yamami, son frases de carácter paternalista que colocan en un plano inferior a su destinatario, a la mujer negra o indígena –“Indiecita típica de unos 13 años”–, no blanca, en todo caso, quien espera las bondades que ha de ofrecerle el hombre pálido, resplandeciente y poderoso como los dioses.

Otro ángulo de la crudeza que esgrime Cuentos negreros es la imposibilidad de que algo mejore la vida de los personajes, sin importar si ese algo es tan etéreo como un sueño. Alrededor de esta idea gira el Canto X, “Nuestra reina”. En un par de páginas y haciendo uso de una tercera persona en la que se intercalan las voces de una mujer y su hija, el autor esboza un escenario donde el deseo de la niña de ser Xuxa, la presentadora de televisión brasileña, se mantiene firme, constante aun cuando la marginación le niega cualquier derecho a existir. Sin embargo, ese deseo ha de tomar por la fuerza su derecho a no desvanecerse, permaneciendo a pesar de las dificultades de una madre que sostiene sola a la niña, que vive de la ayuda pública primero y después tiene un trabajo que adivinamos insuficiente.

Un desenlace menos amable es el que Marcelino Freire da al canto “Poliladrón”. Incluido en 2013 en la antología Nado libre, narrativa brasileña contemporánea, bajo el título “Policía y ladrón” retoma la desesperanza de “Olvídate”, es decir, el delito como salida única. Aquí, a través de un narrador–testigo, el autor esboza la biografía de Nando, quien de entrar a una panadería por la noche para comer galletas María y mascar chicle, para llevarse las monedas, pasa a empuñar un arma, a apuntarle con ella al narrador, su amigo, quien ahora intenta detenerlo.

No hay vía de escape, o eso parece, ni siquiera ser bueno para jugar futbol; en una favela, con la muerte de un padre a cuestas, una madre golpeada y una tragedia de fuego, al final te ves parido como el demonio que la dueña de un comercio dijo desde mucho antes que eras. Tal es la violencia, la tonalidad que obliga a volverse y clavar los ojos en ella.

Sin embargo no estamos solos en este aspecto; hay una mirada que responde a la nuestra. Pero hoy los negros nos miran y nuestra mirada vuelve a los ojos; antorchas negras que, a su vez, iluminan el mundo, escribió Jean-Paul Sartre en “Orfeo negro”, su introducción a la Anthologie de la nouvelle poésie nègre et malgache de la langue française. Marcelino Freire lleva este acto de mirar al siguiente nivel en el segundo canto de su libro, “El solar de los príncipes”.

Dentro de esas páginas se repite el ritmo vertiginoso del lenguaje y las denominadas altisonancias, que son como un golpe al rostro de quien observa. Con tales herramientas, el autor nos relata la historia de un querer ver, de una respuesta a los años de expediciones a tierra de salvajes, como una parte del mundo civilizado califica a quienes no comparten su cultura. Así, nos encontramos con un estudio antropológico a la inversa, con un grupo de jóvenes que, cámara en mano, desean entrar a un edificio por sorpresa y ver cómo es el comportamiento de sus habitantes, filmarlos, entrevistarlos en su propio hábitat. Es algo justo para ellos porque el otro, el hombre blanco, el que mira desde un sitial de privilegio, ha subido al cerro, avanzando a lo largo de un corredor de puertas abiertas. Y si él recibe semejante trato ¿por qué ellos no, cuando tienen idénticas intenciones?

En este punto los prejuicios hacen acto de presencia. Con los cuatro hombres y la mujer frente al edificio, la mente del portero se llena de preguntas, entre las que sobresale “¿Por qué no han arreglado el elevador de servicio?” Luego vienen los temores: filmar, así le hacen los ladrones cuando quieren secuestrar, largometraje, metra qué…, ametralladora, los negros armados hasta los dientes, estoy siendo asaltado, voy a llamar a la patrulla.

De esta manera, quienes lleguen a grabar pierden un control que quizá nunca tuvieron, y el trabajo que en un principio requiriera espontaneidad ahora toma una ruta inesperada. El chiste era que nadie fuera avisado, era para que el condómino hablara sobre cómo es vivir con carros en el garaje, escribe Marcelino Freire, reflejando así tanto la marginalidad como la frustración de quienes siempre dan la bienvenida al cerro, abierto las veinticuatro horas del día, y le ofrecen al visitante un poco de su coca-cola. Y entonces vuelve la pregunta: si ellos se abren como pajarito manso, si permiten que el otro –el blanco– manosee su pasado, ¿por qué no pueden hacer lo mismo?

No pueden. Y se atreven, sin embargo. Y muestran el micrófono, y empiezan a filmar con una cámara de tercera mano, aunque después editen, y uno de ellos, Johnattan, brinca el portón de hierro fundido. Es esta su forma de mirar, de apropiarse de un derecho que no poseían y ejercerlo, imitando así a los hombres del “Orfeo negro” de Sartre, los recién liberados de la mordaza, los que levantan una cabeza antes humillada hasta tocar el suelo y en vez de cantar alabanzas a los hijos de quienes los doblegaran, lanzan a ese rostro pálido la violencia de su mirada, el puñetazo de sus palabras, tal como hace Marcelino Freire a través de su pluma, de su poesía cruda y sin tregua.

 

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