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Cuentos completos, de Elena Garro | Alejandro Badillo

Apuntes sobre una huida

 

Elena Garro, Cuentos completos, Alfaguara, México 2016, 542 p.

 

Hay varias perspectivas para aproximarse a la figura de Elena Garro (1916-1998). La más visible, sobre todo en los últimos meses, es la privada. Su papel como esposa de Octavio Paz y sus polémicas en el movimiento estudiantil de 1968 han concentrado la mayor parte de las discusiones. Su vida retirada en París y su posterior regreso a México para morir en Cuernavaca, rodeada por sus catorce gatos, la convirtieron en un fetiche atractivo, casi el personaje de una de sus muchas historias. En México, a veces demasiado enfrascados en la vida del autor en lugar de su obra, la narrativa de Garro tiende a ser opacada por las polémicas entre aquellos que han investigado su vida hasta el último detalle. Sin embargo, los cuentos, novelas y obras de teatro de la autora nacida en Puebla, merecen un amplio debate en los círculos literarios. En este año, aprovechando el centésimo aniversario de su nacimiento, Alfaguara publica su narrativa breve. La publicación de estos Cuentos completos, con prólogo de Geney Beltrán Félix, es un acontecimiento editorial ya que gran parte de estas narraciones resulta desconocida para los lectores cuya referencia más cercana y casi única es Los recuerdos del porvenir, novela publicada en 1963.

Los Cuentos completos que Alfaguara integra a su colección de recopilaciones del género que incluye a autores como Juan José Arreola, Juan Carlos Onetti, William Faulkner, entre otros, reúne los volúmenes La semana de colores (1964), Andamos huyendo Lola (1980), El accidente y otros cuentos inéditos (1997) y La vida empieza a las tres (1997). Además ofrece los cuentos inéditos “Amor y paz” y “Lago mayor”. Una de las primeras intenciones que surgen cuando termina la lectura de estos cuentos es poner en la balanza el momento de publicación, la etapa creativa de la escritora, su búsqueda y el contexto literario que la rodeó. Los dos textos inéditos que incorpora la edición de Alfaguara constituyen una especie de regalo para los lectores, sin que estos descubrimientos afecten la lectura de la obra recopilada. Garro, a pesar de no ser una autora de pocos textos, al estilo de Juan Rulfo o Julio Torri, al parecer tampoco dejó mucho material póstumo. Esto se agradece puesto que, en el afán de vender a una autora perteneciente al canon nacional, se pueden sacar a la luz obras que no fueron pensadas para publicarse.

Los cuentos de Elena Garro muestran, para el lector curioso que se acerca por primera vez a ellos, una mezcla de intereses y búsquedas estilísticas. Si observamos los años de diferencia entre el primer volumen (1964) y el segundo (1980), encontraremos un gran lapso en el que pueden entrar varias suposiciones: un alejamiento del género o, simplemente, una contención de la autora para la publicación, cosa que no representa una sequía creativa sino un trabajo en solitario, dedicado, hasta hacer públicos los frutos de ese periodo. Igual sucede con el intervalo entre su segunda y tercera publicación. La semana de colores muestra lo que, generalmente, se puede ver en los primeros libros de cuentos: arrojo y un evidente deseo de aventura sin pensar demasiado en la crítica. Si pensamos de nuevo en el año de publicación, 1964, podremos entender los riesgos de la autora y las similitudes o diferencias con sus coetáneos. En aquella época, los resabios de cierto tradicionalismo literario comienzan a desvanecerse. Farabeuf, de Salvador Elizondo (1965); La obediencia nocturna, de Juan Vicente Melo (1969); las obras emblemáticas de la contracultura: La tumba, de José Agustín (1964), y Gazapo, de Gustavo Sainz (1965); incluso obras inclasificables como Los peces, de Sergio Fernández (1968), son algunos ejemplos de escritura que olvidó los viejos moldes para internarse en propuestas difícilmente vistas en la producción nacional. Por este puñado de ejemplos, la década de 1960 está enfrascada en la experimentación que llevó a romper los límites de la narrativa. Ésta seguirá, en varios autores, la estela dejada por la literatura europea y norteamericana. El caso de Elena Garro no es la excepción, aunque su experimentación se aleje de los autores mencionados. En La semana de colores no vemos, como sucede en Elizondo o Fernández, un lenguaje novedoso o un rompimiento extremo con las estructuras temporales o la identificación de personajes; tampoco advertimos un intento de representación generacional o búsqueda de identidad ante una sociedad anquilosada como en José Agustín y Gustavo Sainz. En los cuentos de este primer libro se mezcla una escritura aparentemente tradicional con la reiterada obsesión por descubrir el lado fantástico de una realidad que parece inamovible. En su primera incursión en el cuento, Garro se mueve entre las aguas del cuento tradicional y una mirada extraña que desemboca en varios frentes: el absurdo, el sueño, el equívoco que queda como un cabo suelto y reta, desde su interrogante, al lector. “La culpa es de los tlaxcaltecas”, quizás uno de los cuentos más famosos de la autora, muestra la intención de buscar un paralelismo temporal que repta bajo la cotidianidad de los protagonistas. En “Los zapateritos de Guanajuato”, la indefensión de un par de artesanos llegados a la ciudad de México y la ayuda que les brinda una mujer es sólo el inicio de una confabulación cuyos hilos, una vez desenredados, terminan en una escena sostenida sólo por la ilógica y el absurdo. La obsesión del tiempo, visto como una coordenada falibe, maleable, se refleja aún más en uno de los mejores cuentos del libro: “¿Qué hora es…?” La trama gira alrededor de la espera: una mujer alquila un cuarto de hotel porque espera la llegada de un hombre que viaja de Londres a la ciudad de México. La espera se prolonga y el dinero se agota. Sin embargo, ella resiste los cuestionamientos del gerente del hotel y se aferra a una visita que, antes del punto culminante de la historia, parece un desvarío. Esta pieza también tiene su ancla en una de las herramientas que usa la autora para dar cohesión a sus textos: la tensión provocada por un misterio cuya resolución parece no llegar. No nos encontramos ante un dilema detectivesco sino, muchas veces, son los mismos personajes los que crean el misterio con decisiones ilógicas o cuyas motivaciones parecen fantásticas. El lector devora línea tras línea para saber adónde conducen las maquinaciones. Garro entiende el cuento, en esta primera incursión, como lo dictan los cánones: pocos personajes, un solo centro de gravedad cuya ancla radica en la distorsión del tiempo y la extrañeza que se asoma poco a poco, entre líneas, hasta que se convierte en lo más importante. La tensión, en otros cuentos, se logra por una amenaza que, también, tiene una gran dosis de enigma. En “El robo de tixtla” una niña es testigo de la incursión de unos ladrones en una gran casa. Su negativa a contar lo que ocurrió hace que aparezcan diversas suposiciones que, de nueva cuenta, serán superadas por una vuelta de tuerca. En La semana de colores los personajes pertenecen a un lienzo que, en un primer vistazo, es aún deudor del relato costumbrista o la descripción cuya primera intención es el folclor. Sin embargo, en una segunda mirada, o al avanzar en los párrafos, nos damos cuenta que la autora se vale de esas criaturas y de ese escenario para darle un giro, cambiarlo a una dirección en la que domina la maravilla. Otra muestra interesante en la que entran en juego estos elementos es “El árbol”. En este cuento, fundado en el diálogo entre dos mujeres, la sumisión empieza a revelarse como una fuerza amenazante aunque, en varios pasajes, aún ambigua.

El segundo volumen de la autora “Andamos huyendo Lola” es, quizás, el más complejo de definir y de analizar. También es el que, a mi gusto, asume los mayores riesgos y afronta las pérdidas que sufren los textos híbridos. En este libro, Garro olvida la concreción de sus anteriores trabajos y encadena situaciones que, en algunos casos, tienen tonos de pesadilla. No hay una situación que monopolice las decisiones de los personajes sino que la trama se dispersa en pequeñas situaciones, breves escenas que conducen a otras. En cada uno de los diez cuentos se conserva, como una constante, la visión de los perseguidos o las peripecias de aquellos que parecen invisibles a ojos de los demás. Los protagonistas, casi siempre mujeres, huyen de cuento en cuento jugando diversos tipos de papeles. A veces el escape es por motivos políticos, a veces por fuerzas que las acosan sin muchas explicaciones. Garro, imagino, trata de darle unidad a su libro haciendo que sus cuentos tengan pasadizos entre ellos. Sin embargo, al contrario de su primer volumen –La semana de colores– no le interesa conservar la tensión dramática usando un embrollo que se debe superar. Las piezas de este segundo libro apuntan más a la creación novelesca de personajes y situaciones. Aquí la narrativa de Garro pierde el encanto que había logrado detonar en su primera etapa. Si bien los personajes, como apunto líneas atrás, intentan hablar desde sus constantes escapes, desde situaciones que los ponen contra la pared, la narración se regodea en diálogos, aventuras breves cuyo peso queda en evidencia desde las primeras líneas y no añaden un elemento de incertidumbre sino se sumergen en un proceso meramente descriptivo y, en algunos puntos, psicológico. En Andamos huyendo Lola, al menos en los textos más largos, hay más de noveleta que de narrativa breve o cuento. El texto que le da nombre al libro es el que más se aproxima a la intención de reflejar la vida de los personajes antes que concentrar el foco narrativo en una anécdota. Usando como escenario un hotel, Garro nos introduce en un caleidoscopio de personajes, extraños entre ellos, que huyen en las calles, buscan alojamiento, se ayudan o sufren constantes traiciones.

La tercera etapa recopilada por Alfaguara, correspondiente a El accidente y otros cuentos inéditos y La vida empieza a las tres, funciona como una especie de resumen de los libros anteriores. “El accidente”, en casi todos sus elementos, se desempeña como un cuento policial que no tiene mayores sorpresas que la solución de la conjura. En “La vida empieza a las tres”, se regresa a a la primera etapa de Garro. Usando de nuevo el juego en el tiempo, la narración parte de una línea real (el viaje de una pareja en barco) y, por otro lado, una tragedia que da comienzo a una nueva vida para las aparentes víctimas. El tiempo se detiene y las figuras, fantasmales, dejan rastros que rompen las dimensiones y aparecen, como huellas de agua, ante la vista de otros. Uno de los cuentos más crudos de todo el volumen es “Hoy es jueves”. El relato, extenso, es una descripción pormenorizada de las penurias de una mujer. Aislada por su familia, violentada por su esposo, va de caída en caída hasta que, en la conclusión, se refugia en una especie de oración psicótica que le impide acabar con la vida de su hijo. El relato, totalmente realista, no depara ningún giro y la protagonista transita por la trama hasta un final que se contruyó desde la primera línea.

Un aspecto interesante en la narrativa breve de Garro, y que Geney Beltrán Féliz subraya en el prólogo, es la mirada del perseguido. En muchos casos, sobre todo en “Andamos huyendo Lola”, los personajes se enfretan a fuerzas, casi siempre irracionales, que los acosan hasta llevarlos a situaciones límite. Los mejores momentos de sus narraciones aparecen cuando el elemento fantástico se introduce sutilmente en la trama y lleva al cuento a una conclusión que, sin ser sorpresiva, deja en el lector la sensación de un descubrimiento. Los cuentos más flojos son aquellos cuya vocación parece perderse de más en una divagación innecesaria, como si la autora, demasiado enfrascada en la vida de sus personajes, olvidara que también está escribiendo para otro.

Una de las primeras inquietudes al momento de hacer una crítica a la obra cuentística de Elena Garro es situarla en su época y, así, mirarla en el espejo de otras obras e inquietudes artísticas. Lo primero que salta a la vista es una exploración solitaria que, si bien puede tener algunos vínculos con autores coetáneos, parece un ejercicio de escritura volcado hacia sí mismo. La mirada de Garro, obsesionada con la huida, parte de la tradición pero la extiende a su gusto, interesada, ante todo, en reflejar sus inquietudes. El tiempo como leitmotiv no sólo genera, en algunos cuentos, una atmósfera fantástica sino que deforma los ámbitos en donde se mueven los personajes. Como en una pesadilla, se buscan pero no se encuentran o quedan atrapados como insectos en una telaraña de situaciones. Es por estas características que los cuentos de Elena Garro, a pesar de los altibajos que puedan encontrar lectores que concuerden con mis apreciaciones, merecen este rescate y, sobre todo, la difusión entre los lectores. Como colofón, hay que señalar que la edición de Alfaguara, a pesar del interesante prólogo de Geney Beltrán Félix, parece carecer de cuidado editorial. Hay varias erratas e, incluso, cambios en el tiempo verbal de algunos relatos que no responden a las intenciones de la narración. Ojalá, para próximas recopilaciones, aspecto sea tratado de manera profesional.

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