Cratilismo, de la pesadilla mimética en literatura y discurso de Andreas Kurz

El consuelo del melancólico por Gabriel Wolfson

Hace un par de años y aquí mismo, en el número 126 de Crítica, reseñé un libro muy parecido en ciertos aspectos al que ahora me ocupa. Para empezar, por las erratas: como aquél de Frank Loveland, el libro de Andreas Kurz está lleno de ellas: espacios de más, sangrías ausentes, comas sobrantes, un “enronces” por “entonces”, un “ecsritor” por “escritor”, un “derribado” por “derivado”, etc. El problema no es, desde luego, una errata aquí y otra allá, un desliz en la página diez y otro en la ciento cuarenta: el problema es un error casi en cada página, un confiarse a que editar un libro sólo consiste (y ya es mucho, claro) en el olfato para detectar un texto valioso y luego en la pesada tarea de imprimirlo (y luego en la aún más pesada labor de venderlo). Pero más bien, como en el caso de Loveland, el problema real consiste en la discrepancia, en el tremendo contraste que se abre entre un libro notable y los numerosos descuidos que lo visten. Quiero decir que sí, en efecto, habría que cuidar la puntuación, la ortografía y la tipografía de cualquier texto, pero sinceramente no me importaría que la “plataforma electoral” del candidato victorioso a gobernador viniera llena de solecismos, gazapos e insensateces.

En Cratilismo…, en cambio, sí me importa porque, como el de Loveland, se trata de un libro que no debería ni mucho menos pasar inadvertido. Ahora bien, resulta claro que cuando uno dice —y más en una reseña— algo como “no debería pasar inadvertido”, el sentido de la frase puede orientarse a dos opciones: o es una frase hueca, una fórmula de las varias con que componemos reseñas, notitas, prólogos, textos de presentación, y que en realidad no se refiere al libro sino, como por alusión, al hecho mismo de haber aceptado reseñar, prologar o presentar otro fastidioso libro, hecho que se suma a cientos o miles de otros hechos idénticos, propios y ajenos, que terminan conformando este ecosistema cultural nuestro, tan sexy; o bien la frase afirma justo aquello que dice no desear: no tanto “no debería pasar inadvertido” como “seguramente va a pasar inadvertido”. Creo, pues, que el libro de Kurz va a pasar inadvertido (porque la editorial que lo publica no tiene una sólida distribución, porque no habla de centenarios ni bicentenarios ni de “México”, porque supongo que su autor no tendrá tiempo para una gira de presentaciones por toda la república, porque suele ser el destino de lo que se escribe e imprime fuera del DF, porque si uno googlea el libro de Loveland se encontrará con una única reseña, etc.) y creo que es una lástima que eso pase. En lo que sigue intentaré argumentar por qué.

1. Como Loveland, Kurz es fundamentalmente un profesor, un académico,1 y esto determina ciertas elecciones de su libro. Para empezar, el género: como varios académicos de nuestros días, Kurz se ha propuesto escribir un texto sobre temas literarios pero en un registro muy distinto que el que emplea regularmente en sus artículos y ponencias. Pero a diferencia de muchos de esos académicos, lo consigue. Quizás el verbo es impreciso: “conseguir” aquí implicaría una especie de reto, un objetivo más o menos técnico que el gran retórico puede alcanzar merced a ciertos giros de su lenguaje. En este caso hablaríamos más bien de “necesitar”: un día Kurz necesita divagar sobre sus intereses literarios de siempre pero en otro lugar, desde otro lugar, con otra voz o con muchas otras voces, para liberarse de ciertas rigideces, para fantasear, para jugar, y también, claro, para decir lo que verdaderamente quiere decir y en el nivel privado en que quiere decirlo, sin preocuparse de que el texto vaya a ser evaluado por el comité científico de algún congreso o de que haya que buscar las ediciones de referencia de los libros que quiera citar. Así como el poema en prosa, en sus comienzos, le vino en general mejor a los poetas, que buscaban en él una vía de escape de los acentos y las cesuras, podría pensarse que el ensayo ahora funciona mejor en quienes no son ensayistas, en quienes llegan a él huyendo de otros ambientes llenos de fragancias exóticas o polvo de gis y que, por tanto, no lo asumen como un formulario para ser rellenado por el interesado: Montaigne no era ensayista ni se autoproclamaba ensayista, para el caso.

Y todo esto porque, además, Cratilismo… arranca con un “Preámbulo” dedicado, podríamos decir, al estado actual del ensayo en México. El preciso diagnóstico de Kurz señala dos rasgos dominantes en la práctica del género: el tópico —con ecos posmonietzscheanos o hippihermannhessianos— de la primacía del camino sobre la meta (el trayecto en sí es ya el destino, la gran enseñanza, etcétera); y la posición ciertamente vanidosa de que “lo que importa en el ensayo son los azarosos propósitos de las pulsiones privadas, aun las gástricas” (frase de una ensayista mexicana que cita Kurz) siempre que tales pulsiones o arrebatos o caprichos vengan revestidos de “estilo”, es decir: todos somos iguales en pulsiones o arrebatos pero hay unos arrebatos menos iguales que otros, es decir: mis caprichos son dignos de leerse porque los sé aderezar con estilacho. Para rechazar tales rasgos Kurz hace irónicamente explícito el “camino” de su ensayo (vean mis digresiones pulsionales, parece decir), se pone gombrowicziano (“Si el ensayo es un archigénero, los chiles en nogada son una archicomida, y el América un archi-equipo-de-futbol”) y, sobre todo, se pone escéptico y serio: el arte de escribir bien “es un arte inalcanzable para la mayoría de nosotros. Se trata de escribir a secas, de hacerlo con corrección y dignidad y sinceridad, no de lucirse, de payasear, como yo payaseo ya a lo largo de 563 palabras” (y más adelante: “que el yo [del ensayo] no se ensanche, que no trate a los que lo escuchan como si fueran insectos”).

Que Cratilismo… se escribió, digamos, en un cubículo universitario pero durante las horas muertas o secuestradas de la jornada laboral lo prueban los usos desviados y productivos de ciertos procedimientos académicos. Cuando habla de “José Justo Gómez de la Cortina y Gómez de la Cortina”, Kurz precisa: “No sé si el nombre así escrito es correcto, o si se trata de un error de imprenta en mi edición de las Poliantea a cargo de la UNAM. Si es error, espero que no se corrija”, y eso porque, a partir de esta curiosa duplicación de apellido, Kurz comienza a hilvanar un nuevo capítulo en su disquisición sobre quienes, cratílicos, pudieran pensar que un apellido doble acaso corresponda a las hazañas doblemente prestigiosas de los antepasados. Lo mismo, pero más acusado, cuando Kurz confronta sus conjeturas sobre Sócrates y Cratilo con “la traducción castellana del diálogo [platónico] que yo consulto, que es la de ‘todo el mundo’, la anónima de Porrúa”: de este no poder confiarse a una edición muy poco confiable pero tener que sujetarse a ella se desprenderán las frases más incisivas sobre el texto fundador del cratilismo. Algo recuerda todo esto a lo que ocurría en otro libro también reseñado en esta revista: en Leyendo agujeros, Luis Felipe Fabre se ajustaba al hecho de que en ese tiempo era imposible conseguir los poemas de Mario Santiago Papasquiaro, pero esa carencia era de pronto la mejor base para discurrir sobre los infrarrealistas. Y algo recuerda, sobre todo, a la magnífica lectura que hizo Julio Ramos del Facundo, donde Sarmiento no aparece sólo como alguien fatalmente ubicado en una cultura llena de fisuras y anomalías, sino como quien maneja voluntaria y maliciosamente esa distinta y fascinante posibilidad cultural.

2. Algo que se desprende de este primer comentario sobre el ensayismo de Kurz y sus condiciones de posibilidad son sus “recreaciones ficticias”, sus coloquialismos y sus chistes, elementos que, me parece, mucho tienen que ver con este espacio intermedio de su enunciación: entre la academia y la literatura, también entre la tradición alemana y la mexicana, entre una y otra y otra lenguas. Uno pasa la página y de pronto ya no es Kurz quien habla sino un Fausto gachupín que, para colmo, le lee a Novalis un fragmento de la Crónica mexicana de Hernando de Alvarado; no sólo eso: después de preguntar a Novalis si su Enrique de Ofterdingen finalmente hallará la flor azul, este Fausto movedizo lo desconcierta con una referencia nada menos que a José María Arguedas. Monólogos (o diálogos) dramáticos, como los que Guillermo Sucre estudió en la poesía de Borges, pero aquí potenciados por una malicia lúdica e impúdica: la de un profesor que, una vez vacío el salón de clases, abre su cajón de disfraces y se entrega a montar en solitario una comedia beckettiana llamada “La literatura moderna”. Otras dos de estas recreaciones ficticias: Oliverio Girondo, en su cuarto, despotricando en español bien mexicano contra la muerte, y la muerte, una calaca medio muertesinfín, huyendo del cuarto de Girondo, “espantada, en pánico, asqueada, pero muy excitada; se le endurecieron los pezones”; el pequeño Arthur Rimbaud, quejándose y mascullando barbaridades, echando mano de geniales mexicanismos (“¿Por qué siempre tan sobrio Baudelaire? Aun así se peló joven”), preguntándose “¿por qué no nací sinestésico?” y rehaciendo su famoso soneto: “A ver… ¿Qué color tendrá la A jodida? ‘A jodida, E chingada, I bien erecta, O se me antoja, U como un culo grandote’. Como el culo de Paul.”

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  • Héctor

    No es un error el doble apellido Gómez de la Cortina, los padres de José Justo eran primos.